6.12.23

Un fantasma con un Loden

 Era un enjuto inverosímil, en extremo confiado a la generosidad del viento, espiritual a la manera en que lo incorpóreo se hará tangible, de barba rala y cana a trozos, ampliamente calvo en la coronilla. Gastaba una gafas de cristal redondo, a lo Lennon, que le daban un aire intelectual que desmentía el rostro basto. El dedo índice de su mano derecha exhibía un amarillo de nicotina y los dientes confirmaban al fumador salvaje. Era de abrigo hasta los pies con bolsillos grandes para que entrara sin forzar la tela la petaca y el tabaco. Luego supe que el sobretodo era un Loden, una pieza recia y manejable que los monjes del Tirol crearon para precaverse contra la nieve y el frío y confió a la fama el emperador Francisco José de Austria. Pasaba el día en el bar de siempre, el de su padre cuando su abrigo, supuse. Reparó en mí por los libros que siempre tenía entre manos. Más que por cortedad, fue la prudencia lo que no le avino a entablar una conversación conmigo, a pesar de que solíamos coincidir con frecuencia en ese local. Saber que teníamos un amigo común lo animó a acercarse. Roto el hielo, se mostró campechano y locuaz. Tenía la virtud de hablar con pasmoso desempeño y no dar de sí nada que no quisiera. No se esforzó en presentarse más allá de un nombre, Luis Carlos o Luis Eduardo, tal vez Carlos o Eduardo sólo, yo habré inventado el Luis, no recuerdo bien. Su costumbre era, a lo visto entonces, frecuentar los bares, el de sentirse en ellos como en casa y disponer de iguales con los que intimar. En eso no diferíamos en exceso. De todos en los que podría haber pulido su vicio eligió uno, al que yo iba para desayunar (vivía solo, el piso me venía grande) y a tomar la cerveza del mediodía. Un bar puede ser una piel o una extensión de uno mismo. También yo he practicado ese juego en el que dos que están solos propician no estarlo, al menos durante el rato en que el café humea en la taza. Asombraba su don de gentes, esa habilidad de no creerse mejor ni peor que nadie y granjearse la inmediata simpatía de la persona a la que acabara de conocer.  Provocaba el afecto natural que se le profesa a lo conocido y tasado, pero esa sensación doméstica era extraordinariamente novedosa. 

Recuerdo su encanto popular. Le saludaban continuamente, interrumpían con brevedad su charla conmigo para conminarle a algo, nos vemos luego, acuérdate de llamar, no se te ocurra llegar tarde. Alguien me contó que era de familia de posibles, se decía así, más en un pueblo pequeño. No tenía oficio reconocido, pero sabía a quién encomendar la administración de las tierras que habría heredado. Un piso arrendado por una amiga era suyo. Pequeño, sin alardes mobiliarios, práctico, barato. Me contó que era un casero amable, apenas preocupado de que allí se hicieran fiestas y prosperara el ruido de todos aquellos veinteañeros que habíamos llegado al pueblo para ejercer nuestro recién adquirido oficio de maestros. Una impresión de índole enteramente fantástica prosperó entonces y continúa agrandándose, adquiriendo dimensiones metafísicas. A esa durable huella contribuye el hecho de que jamás lo vi fuera del bar. Pareciera, ahí comienza la sensación sobrenatural, que Luis Carlos o Luis Eduardo fuese un fantasma o uno de esos hologramas a los que ahora se les conceden carta de cuerpo tangible con el que fundar un hogar y emular la construcción de una familia. La extrema delgadez podría deberse a su sustancia espectral. También su locuacidad, su empeño en congraciarse con todos, su ánimo exultante, tal vez consecuencia de la vida que le fue arrebatada y a la que se aferraba con el fervor de quien a todo concede la importancia más alta. A veces hay gente a la que sólo vemos en sitios muy concretos. Como si algo les confinara en ellos. Como si el resto del mundo no tuviese nada que los reclamara. Como si lo que nos dicen fuese humo y en el aire donde el humo se pierde ellos mismos se perdieran. También es posible que nosotros seamos fantasmas, humo. Que alguien nos ate a un lugar, nos dé un escenario en el que llevamos un Loden o tenemos ese don de gentes que ameniza la representación. Luis Carlos será octogenario, supongo. Tal vez haya muerto. No lo estará nunca cuando piense en sus conversaciones sobre todos aquellos asuntos que surgían inesperadamente y que ocupaban placenteramente el tiempo. En cierta ocasión, me refirió que leer tenía que ser estupendo. No era cosa suya leer. En casa hay una habitación con libros que llegan al techo, pudo decir. Lo que más le fascinaba era que yo escribiera. A su modo, sin manuscribir palabra alguna, él era más escritor yo. Tenía cien historias que contar. También tenía la virtud de escuchar las ajenas. Es tan difícil saber dar paso a quien te habla y no escucharse uno. Han pasado treinta y tres años. Lo imagino en el mismo bar. Tendrá su público fiel, los viejos amigos, los de toda la vida. Luego habría personajes nuevos en el escenario. Porque el bar era un teatro y Luis Carlos o Luis Eduardo era el autor y el actor de una trama que todavía sigue en cartel. La taza de café humeará todavía. Es posible que hasta el bar haya sido reconvertido en ferretería o en un todo a cien chino. 

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