12.10.23

Vituperio de la vanidad

 El arrobamiento ante uno mismo, al pensarse o contemplar el rostro en un espejo es lícito si no deviene en vanidad, en menosprecio del talento ajeno o en excesiva o absoluta  adulación del propio. Siempre hemos sabido que no es buena la vanidad. En todo caso, hay ocasiones en las que quien ejerce una disciplina se gusta al ejecutarla, comprende que ha alcanzado cierta excelencia, un pequeño magisterio, una especie de logro que, si se ensalza en demasía, sucumbe, acaba desvanecido, roto, hecho añicos, aunque esos trozos todavía exhiban la compostura y provoquen en los demás admiración, gratitud, goce sin reservas. También hartazgo, constancia no pedida, ni siquiera aceptada, de algo que cansa o que no procede. La vanidad, más que una virtud, es una ansiedad, un desaliento, una tribulación de la que se sale costosamente o de la que no es posible evadirse cuando se padece. Lo contrario a la vanidad es la vergüenza, tampoco buena, a poco que se piense, improductiva, castradora. Es esa incómoda turbación del ánimo al prever o comprender que se ha cometido una falta o un acto indecoroso, un permanente pensar en el qué dirán de nosotros, si hemos procedido con ligereza o si definitivamente mal, irresolublemente, o si ya por fin, ese ascenso no tiene cima, hemos demostrado qué somos, hasta donde alcanza nuestro talento. Está ahí de por medio el decoro en la más severa de las incertidumbres. Lo que para unos es una afrenta, otros se solazan y la aplauden. La estima que uno se dispense hará que sea legítima la que se tenga de los demás, podríamos decir. 


La vanidad es el triunfo del amor propio, que es el más íntimo y del que se extrae la posibilidad de procesar cualquier otro. No se precave ante adversidad que lo mengüe, no da indicios de flaquear si está bien confeccionado. El vanidoso aprecia su condición más que ninguna otra en la que sobresalga y la pule a conciencia o sin ella, enamorado de la imagen que proyecta incluso con más ardor que la imagen que de sí mismo posee. La vanidad se emparenta con el orgullo, pero no comparten el mismo auditorio: mientras que él "ruge en el desierto" como una "fiera solitaria", ella "parlotea de rama en rama a la vista de todos", como un loro. Flaubert, de quien es la cita, recordada en un artículo de Antonio Muñoz Molina, incide en el carácter penoso del que se envanece y la entereza, hasta el coraje", de quien manifiesta orgullo de sí mismo. El vanidoso es una criatura triste, estólida, mecida por vientos huracanados, constantemente urgida a la exhibición pública, a consolidar sin visible abatimiento su lugar en el mundo. Cuando queda en soledad, en esa niebla de la razón y ensimismamiento del espíritu, se retirará no a pensar, ni a descansar, sino a ser otro, a perderse en la posibilidad de que nada de lo que hace realmente le pertenezca y todo sea un fingimiento, una especie de representación teatral a la que le dedica las atenciones más altas, para la que se cree naturalmente seleccionado. 

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