No poder discernir el baile de quien baila, escribió Yeats. No tener con qué desligar el nudo de la cuerda. No saber cómo separar la cantidad de los objetos que compila. No poseer distinción fiable del entre el silencio y el ruido y escuchar el uno en la ausencia del otro. No apreciar el agua cuando la lluvia irrumpe, ni lo oscuro si la luz se desvanece. Columbrar el infinito en el eco de un rumor. Escribir como si algo pudiera imponerse a la majestuosa perplejidad de lo real.
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