25.10.23

Comer buey, tener fe, Osaka



              Ilustración: Carlos Schwabe, El fauno, 1923 (tomado de César Rodríguez de Sepúlveda)

Espuma cosida al verbo. La sal es torpe. Ignora el llanto. Las gaviotas trenzan una blonda en la fuga del aire. El pecho de una mujer joven todavía se acompasa al baile loco del agua al precipitar su temblor antiguo en la orilla. El mar es entonces tatuaje. Alguna vez quisimos navegar así la piel elemental de los recuerdos. Prende la luz y avienta un olor a mañana gris de miércoles mientras un vértigo de melocotón mordido jalea seda en el mismo brocal de la sombra. Cunde en el aire la saliva del amante ágrafo que manuscribe un temblor de nube en la orfandad de las olas. Pálido el rumor del agua, latido hueco. Vellón boscoso que huele a pistilo. Sangre sin brújula. Vino el amor a quedarse y la música ungió un cuerpo con parábolas y con pequeñas caracolas. Tengo fe en la infancia. Tengo fe en los primores del candor novicio. Hay un niño de mil novecientos doce en algún lugar, estará pensando en el futuro, estará imaginando prodigios, estará feliz, cuenta la ignorancia, el futuro es un despropósito, querido niño de mil novecientos doce. La melancolía aspira a mudar su canto en susurro. El sol alivia la longitud sin consuelo del aire. Cuesta meter el fuego en la voz. Duele la evidencia del mar cuando no se escucha ni tiende a los ojos un horizonte azul como un abrazo. El mar es un zapato si se discute la utilidad del oleaje. El mar es entusiasmo azul y las playas son niños con los ojos abiertos. También la aristocracia del pobre, la concreción sencilla de su anhelo de esplendor. Apostarse frente a él y escudriñar su inagotable afán de infinito es comprender la fragilidad y la belleza del mundo. Se tiene del mar la propiedad de lo fugaz y de etéreo. Hay un coro de ángeles delicadamente coronando un cielo de un fulgor que arrebata la mirada y la turba. Todos los años son de mestizaje, madre. Un fauno puebla mis sueños. Un fauno con la cara de Willem Dafoe. Todos los faunos de todos los sueños tienen su cara estragada, como de gárgola o como de demonio contrariado. El fuego era de artificio solamente. El cautivo indaga con un dedo la naturaleza mágica de la poca luz que la tarde abandona por entre un hueco de una piedra que no ajusta con otra piedra. El polvo es precioso, dice bajito. El dedo se ha hecho a moverse por la luz. El dedo es un demiurgo. Danza, parece. El cautivo nota el cosquilleo de la luz piel adentro. Ha notado que en los días grises el dedo es gris o que arde cuando el verano se esmera en serlo. No lo sabemos con certeza, pero Walt Disney tenía una oreja napoleónica. La otra no era tampoco una oreja al uso. Tengo sueño, apenas duermo. Me duele la espalda, me duele un adjetivo al que no di aprecio ayer y se me está soliviantando en un sueño. Tengo un amigo que verá desde el puente de Brooklyn la resurrección de todos los cisnes. Se les ve en el aire, se esmeran en que se les vea. Tengo fe en el barítono croar de las ranas. Tengo fe en la suave brisa del céfiro. Tengo fe en la vigilia. Uno de estos días comeré buey en Osaka. 

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