Si tan sólo huir bastara, pero al final nos atrapan. Tarde, al final, cuando ya ni te acuerdas del porqué de la fuga o a poco de emprenderla, justo cuando más te duele. Ni siquiera hay un plan hecho para tu captura. Es el azar el que te cerca, el que te pone contra la pared y te pide cuentas. Se trata de pagar por lo que hicimos o por lo que no hicimos, qué más da. Huimos sin saber a qué lugar ir o sabiéndolo. Lo terrible de que uno huya es que le vayan cerrando el paso. Que los que no nos conocen creen obstáculos (hasta los cercanos e íntimos) y nos hagan parar. Una vez que se ha comenzado a correr, no es fácil parar. Incluso hay quien convierte la huida en refugio. La carrera es el propósito, no el destino. Se está bien mientras vamos avanzando. La vida, en general, así muy relajadamente tomada, es una huida, un ir hacia adelante, una suerte de movimiento dulce o duro u hostil, según el momento. No basta únicamente con avanzar, con alcanzar lo que se anhela. Qué placer sería disfrutar el trayecto que conduce a la consecución de ese deseo. Se cuenta con que nos atrapan. No hay forma de que la carrera dure para siempre. Llega un momento en que uno precisa parar. No seguir, no avanzar, no desear. Lo hermoso, lo verdaderamente hermoso, es haber huido, haber escapado, haber burlado a la autoridad y corrido, libre, pleno, salvaje, hacia cualquier parte. Pensar, una vez de vuelta, que es posible hacerlo de nuevo.
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