24.9.22

267/365 Pablo Neruda

 



No tengo la idea de un solo Pablo Neruda: cuento con varios disponibles, surgen sin que se uno se colija la presencia de otro. Los he ido construyendo azarosamente, con entusiasmo, con gratitud y con perplejidad. Esas tres consideraciones no suelen venir juntas y las manejo con cautela, con asombro y, en alguna ocasión, con abierta zozobra. Así que dispongo de tres opciones: el poeta universal, el dotado de un don incomparable; el marxista y el estalinista de su juventud y el socialista, menos desbocado, de su edad adulta, conjurado a construir un canto social y el hombre que confesó (en letra impresa, sincera y pública) cómo forzó a una empleada que limpiaba su casa cuando fue cónsul en Ceilán (hoy Sri Lanka) y de la que recuerda ser, más que una mujer, una estatua, con sus ojos abiertos, escribe, "impasible" o el abandono (paternal y económico) de su hija Malva Marina, a la que consideraba, por la hidrocefalia que padecía, "un ser perfectamente ridículo, una especie punto y coma, una vampiresa de tres kilos", aunque Vicente Aleixandre, su amigo madrileño, dijera que veía en ella "candor y belleza", lo cual despeña la idea de que fue un padre oscuro, siendo él tan de luces. Fue su mayor alegría y su mayor tristeza, escribió Matilde Urrutia, el gran amor del poeta. Hasta Lorca escribió versos a la niña enferma: "Delfín de amor sobre las viejas olas,/ cuando el vals de tu América destila / veneno y sangre de mortal paloma,/ niñita de Madrid, Malva Marina..". 

No creo que haya escritor al que no se le pueda aplicar este patrón (el arte, la ideología, la vida) y probablemente no haya ninguno que no nos haga rebajar nuestra sincera devoción por excederse en alguna de las manifestaciones estrictamente vitales, en las que no concurre el desempeño de su oficio. Esa reprobación tiene un nombre: cultura de la cancelación. Nombra la costumbre de ningunear (o de denunciar incluso) la obra de un artista al descubrírsele alguna inconveniencia a la vista de la moral que impere en el momento en que se le juzga. Uno piensa en Woody Allen, en Kevin Spacey o en Plácido Domingo, por citar tres nombres insignes en sus campos de trabajo. El hecho de que se nos cuente lo improcedente de su conducta no debería afectar a la idea que se tiene de ellos, a lo felices que nos hicieron cuando dirigían, cantaban o escribían versos para que nosotros, portadores de nuestros pecados, nos deleitemos y podamos, en ese lugar privilegiado de espectador, zaherirles, menospreciarles, anular todo su bagaje profesional. Hoy Neruda habría sido repudiado, condenado en el plebiscito comunitario, alojado en un banquillo de acusados y hasta sentenciado en un jurado penal, imagino. Así que no me intereso por el hombre que esgrimió unos ideales (todos los tenemos) ni por el que, aun arrepentido, cometió faltas, atropellos, delitos o pecados, según convenga cada uno. No rememoro su persecución, su derogación de fuero de senador, su incómoda popularidad para el gobierno de Pinochet. Paso sin apasionamiento por las teorías que apuntalan su muerte, sobrevenida por un cáncer de próstata, según dictamen aceptado, o una administración indebida de medicamentos que lo paliaran, según el dictamen sin corroborar. Que fuera o no asesinado, que violara a una menor, que despreciara a su hija, que defendiera un régimen político que no comparto o que se dedicara en los ratos libres a fastidiar al vecino no perjudica su monumental legado, que le valió el premio Nobel, que le ha hecho una de las personalidades indiscutibles de la cultura del siglo XX. Ninguna de esas revelaciones afecta al acto sencillo de sentarme con el Canto general o los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, los libros que tengo ahora en la mesa, los primeros que he tenido más a mano, y sentir que ese hombre escribió para mí, se desnudó para mí, abrió la luz de las cosas para que no las entenebreciera el olvido o no las callara la ignorancia. Yo amo la poesía de un señor de nombre enorme (Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto), a la que vuelvo de vez en cuando, asombrado y agradecido, consciente de que si he de pensar en un poeta, uno que los represente a todos, Neruda es el candidato idóneo, el que pensaba en las palabras y las hacía fuego y humo, carne y niebla. 

 El poeta Neruda es el poeta del hombre. Lo sublima, lo hace depositario de la gracia del mundo, lo convierte en un ser agasajado por las virtudes de la emoción más pura, las del amor al que agasaja el tiempo y la memoria. Uno de los milagros de la poesía es la de hacernos partícipes de la bondad invisible del mundo, la que no se percibe si alguien no nos coge de la mano y nos recita las palabras que abren las partes oscuras y las arrebolan de luz. Neruda es el anfitrión perfecto. Su casa es el mundo: lo elogia sin que nada desmerezca su aplicación benefactora. Es capaz de hacer una oda a la cebolla o al canto de una gallina. Su universo es el universo, su ojo lo barre todo y nada de lo que ve queda fuera de su deslumbrada obligación de registrarlo. Como era hombre fácilmente impresionable, todo poeta verdadero debe serlo, Neruda no dejó de ser un aprendiz. Cada vez que se le lee se aprecia esa asombrosa capacidad de volver a sus orígenes y hablar de las mismas eternas cosas, como si no hubiese podido dar de sí todo lo debido y el poema requiriese un regreso, una reformulación o incluso un más drástico destrozo. Su obra es un bucle, su paleta de colores es siempre la misma, no hubo varianza, no se entusiasmó con las nuevas corrientes poéticas ni se abrazó a la vanidad de sentirse una especie de padre de todos los poetas recién llegados: él era el que estaba siempre por empezar, su poesía era la verdadera causa de su peripecia vital. Al igual que se le atribuye a William Shakespeare, en el teatro, la facultad de exhibir cualquier tribulación del alma humana o a Louis Armstrong, en música, la de saber expresar con su trompeta las mismas vicisitudes, alegrías y penurias, Pablo Neruda es, en poesía, el maestro de lo absoluto: nada le es ajeno, todo fluye en sus versos con pasmosa verosimilitud, cualquier objeto aprehensible por los sentidos (cualquier emoción sostenida por el espíritu) es vertible en versos. El sol le pertenece. También la lluvia o el fluir del río o la cadencia del otoño o el rumor de las olas cuando lamen la orilla en su Isla Negra o en cualquier otra parte. 

Caudaloso como ese mar que amaba, torrencial como la misma lluvia cuando enloquece, Neruda es la fertilidad pura de la palabra, su emisario antiguo, su delirante amante. También el heraldo del amor, que versifica como si nadie antes se hubiese atrevido a hacerlo. He visto a quien no siendo lector de poesía, ajeno a su abrigo o a su didáctica, me ha declarado su devoción no a Neruda, al poeta enorme, al incansable, sino al volcado inmortal (antológico, memorizable, universal) de los versos más tristes, a su cancionero popular y eterno. Fue Neruda el poeta que amaba la vida. Lo dice con vehemencia en su libro de memorias (Confieso que he vivido) y lo refrendan quienes lo trataron y cuentan su compromiso con la época en la que vivió y también el otro, el de las letras, donde fue un chamán o un visionario (Residencia en la tierra), un amante al que lo devasta la belleza y la lujuria (Veinte poemas de amor y una canción desesperada), un ser atormentado y apocalíptico (La espada encendida) o un espontáneo trovador de la alegría (Estravagario). 

Él tan solo hubiese querido tenderse "junto a una joven pura / como a la orilla de un océano blanco" y ver su cuerpo desnudo, el cuerpo terrestre, redondo, transparente, mínimo, simple y azul como la noche en Cuba. Será que "el río anuda al mar su lamento obstinado" o que todo, ya lo sabemos, es naufragio. Hay versos de Neruda que se saben, se recitan sin que cueste, se dan como si quien los escuchara precisara de ellos y nos tocara en suerte aliviar esa orfandad. Las veces en que releo a Neruda me descubro leyendo poemas de los que no recuerdo nada: son nuevos para mí, yo soy el huérfano, pero hay otras en que me conmueve la persistencia de la memoria y el modo en que tutela las cosas que la asombraron. La mía es de Neruda con insólita militancia. Puede estar años sin abrir un libro suyo, pero en el momento en que lo hago (ayer lo hice al leer en prensa que hacía años de su muerte) creo escucharle, me doy por aludido cuando de pronto irrumpen versos que conozco y siento que me pertenecen y que los he tal vez imprudentemente apartado. Anoche dejé unos libros sobre la mesa en la que escribo. Era una llamada, un recordatorio: mañana tienes que escribir de Neruda. Siento que no escribo sobre él, sino sobre mí. De alguna forma, ese es el misterio de la escritura, uno lo único que hace es contarse, explicarse, darse y elige a quienes le colmaron de atenciones para que el trayecto de las palabras sea más ameno. 




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