2.3.24

Fisterra

 


Al mar le está privada la inocencia. Uno lo mira con un respeto infinito. Con temor, con pudor también. A la tierra firme no se la mira igual. Ayer recordé haber estado en el fin de la tierra. Creí entender el pavor mitológico de los antiguos, la sensación de que nada había más allá de esas aguas. Los modestos barcos de pesca que distraían el azul de mi visión parecían naves a punto de emprender un viaje mítico. Ninguna de las fotografías, esforzadamente limpias, registradas con mi cámara nueva, casi estrenada en esa travesía óptica exquisita e irrepetible, me satisfizo después. No porque estuviesen mal tiradas. Creo que no hay fotografía que sea capaz de aprehender esa minúscula porción de felicidad narrativa, de plenitud cromática. Luego está la literatura, los barcos que se atreven a penetrar en el abismo, los que vuelven y lo cuentan a lomos de metáforas luminosas y de historias imposibles y los que se quedan y hacen que las metáforas se conviertan en mitos, en leyendas. Viendo en Fisterra, en la Costa da Morte coruñesa, ese mar primigenio, casi primerizo, virginal y puro en mi fantasía de lector de Melville y de Homero, pensé en Dios, en la posibilidad de que no exista y en la que esté por ahí arriba observando la tragicomedia de su obra. No llegué, por supuesto, a conclusión remarcable. Se mira el mar y se piensa en que no es inocente, en las vidas sacrificadas, en las vidas noblemente salvadas por el indescriptible concurso de su misterio. Ahí es donde guardé mi Leica y anduve de vuelta al coche, sorteando turistas alborotados, yo entre ellos, conscientes de haber asistido a un espectáculo ancestral. Homero me conducía al paraíso. Uno eventual, efímero, como los que encuentro a diario y me abandonan a diario. El faro allí instalado no es antológico, ni siquiera es un gran faro, pero incluso eso parece no cobrar importancia. Al faro lo cerca el mar, lo embiste, lo encierra, lo esconde a la vista, lo borra, lo aturde, pero el mar termina retirándose siempre; no hay asedio que perdure, ninguno permanece. La luz se yergue, derrotando a la sombra, cercándola, embistiéndola, escondiéndola a la vista, borrándola, aturdiéndola. Uno es faro más que otra cosa. Somos la luz que va y la que viene, la que alcanza lejos y perdura y la que se achanta y se pierde a poco de alumbrarse. Somos el faro. También el mar de las mitologías, una especie de manifestación del misterio del agua populosa de la que nada sabemos. 

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