Transcribir un diario, tener esa voluntad, no consentir que la realidad suceda y lo vivido se difumine, arrumbado al olvido, que es una especie de país del que fuimos reyes y en el que ahora no somos ni vulgares súbditos. No confiar en la memoria, que lo muta todo. Lo que en el ayer sucedió es un palimpsesto. Escrito sobre lo escrito. Hablado sobre lo hablado. Se le da entonces el antojadizo curso que más nos conviene, se registra a beneficio de lector, como si no importara la fidelidad de la trama, su veraz volcado, sino la bondad de su concurso. La memoria se reescribe continuamente. La parte a la que no concedemos credibilidad o la que nos duele o la irrelevante se la aparta, se convierte en ficción o, peor aún, en ausencia. Se rinde uno en ocasiones. Da lo escrito signos de rutina. Se repiten las palabras. Se alude sin conciencia al mismo antiguo asunto. Frase sobre frase. Melodías que no cambian el timbre. Como el tronco frente a la puerta de mi colegio, que se presta a que la copa del árbol parezca una catedral verde y tensa. Adentro suya discurre la vida. Hasta se comprende que exista un diario de esa trama antigua. Anillos. Frases circulares. Palabras que van hacia un lado y se encuentran cuando regresan. Será cosa de arrimarse (poner el oído, dejarse llevar por el ruido pequeño que irrumpa) y escuchar.
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