El jazz es un trozo del corazón de quien lo escucha.
30.4.26
En el día internacional del jazz
27.4.26
Escribo a lo que salga
Escribo a lo que salga. Se lo dije ayer a alguien que me preguntó acerca de cómo organizaba la escritura. Tienes un plan, tomas notas, todo eso. Sentí una especie de reparo al saldar su pregunta con algo tan ambiguo, de tan escasa enjundia, pero acabé convencido de que no había una respuesta que fijara con más vehemencia (y rigor también) el modo en que afronto la creación. Salvo en "Mala fe" (Mahalta, 2025), por su condición de novela, requeridora de atenciones, refractaria a la inercia juguetona de mi ánimo, al volcado de algo etéreo, reacio a que se pese y mida, no he sentido la obligación de tener un plan y abordarlo con metodismo, minuciosamente. Hay (hubo siempre) una determinación de exclusivo aliento semántico. Es la manera en que las palabras se colocan, las que comparecen y se quedan y las excluidas, las que no casan y malogran la frase, la que fija el texto, su marca. Entra en lo razonable que ni siquiera las escogidas adquieran la consistencia requerida, pero siempre se yerguen algunas, condenando a otras. La literatura es un ejercicio malabar, mágico, ajeno al rigor con el que realidad nos insta a que la crucemos. Este mismo texto que escribo ahora en el patio de mi casa no tuvo una criba preliminar que lo aupase. No me senté con las ideas establecidas, fiables. Carecí de intención al comenzarlo. Escribí lo que surgió, escribo ahora. Tal vez algo vaya quedando en claro, no obstante. Hubo una imposición a la que di residencia e hice mía. Viene a ser una arborescencia, un irse apartando de lo que quiera que se formuló (esa primera rúbrica, ese escribo a lo que salga) hasta que la distancia impide que pueda acometerse un regreso, aunque haya a veces recursos y la trama (de haberla) comparece y se enriquece (espera uno que así sea) con la sustancia aportada por las bifucarciones. Al final, qué quedará, qué habré impuesto a la realidad, cómo se dirá que fue mía la imposición.
26.4.26
Este país
La política, la que se cuece en estos tiempos extraños, la que se coció, dejadme que en mi pesimismo sostenga que también la venidera, es un alucinógeno: peyote en el córtex cerebral, psicodelia en el lado ingenuo de la masa gris. El gobernado, a fuerza de ingerir fármacos legislativos, confunde la realidad con el Boletín Oficial del Estado. Ebrio de decretos, hechizado por la oratoria de quienes administran su destino, el ciudadano se convierte en un adicto a la narcosintaxis y se ciega de programas y de promesas cada cuatro años, que es el umbral natural en el que el político se mira al espejo y observa el estado de conservación de su sonrisa (todos los dientes están perfectos) y la prestancia orgánica de su gesto. No es que haya desafecto por la política en España: ese desdén es global. Se puede estar en contra de España o a su favor, entenderla o desentenderse, pensar qué podemos hacer para que mejore o no tener inclinación personal alguna hacia su mantenimiento y sustento. La idea de la patria es complicada. Parece que el hecho de nombrarla delatara algún tipo de adhesión ideológica, cuando no debería inferirse pronunciamiento político de ningún tipo: es otro el invocado. Al modo en que uno cuida su propia casa o a su familia y se esmera en que medren en bienestar, los países reclaman atenciones, no siempre discursos. Los países nacen, crecen, se desmembran, mueren. No sabemos cuáles habrá en el año 2134. Ya no hay Roma. No conviene hablar mal de ellos. Ni del país propio ni del ajeno. El hecho de que hayamos nacido en uno es aleatorio, bien podríamos haber pertenecido a otro, pero tampoco la vida que se tiene es la que se planea de antemano. No hay un propósito fiable. Todo es tan frágil.
El lugar en donde vivimos, lo escuché anoche en una de esas tertulias de radio o lo soñé anoche y esta mañana creí haberlo escuchado en esa tertulia, es una extensión del mismo cuerpo, una especie de prolongación abstracta, pero de fácil manejo, si no nos ponemos belicosos y a todo le ponemos traba y reparo. Hay quien disfruta en ese manejo de las cosas. Quien evita nombrar a España y dice "este país", como si el refrendo semántico alentara una querencia de la que no se desea alardear o como si no conviniera pronunciar la palabra que la nombra. España no es abstracta, eso no lo escuché o no lo soñé. Es tangible, tiene memoria, historia, cicatrices, ceniza. Incluso si le extirpamos la parte exportable, todo cuanto se usa para representarla y de lo que habría que prescindir para entenderla, España es más que una ordenación territorial, mucho más que una bandera que hacer ondear cuando se gana una competición deportiva. También es una incógnita, una tentativa de algo, un bien común, un mal conocido, un tema de conversación. No creo que haya muchos países a los que les preocupe tanto su noción de nación, perdonen (si pueden) la aliteración. Nunca he visto un francés renunciar a su condición de francés. No hace falta extenderse en la dimensión moral que para un británico (da lo mismo que abrace Europa o la rechace) tiene Gran Bretaña. Aquí hay un empacho de patria o es hambre de ella lo que hay. Nos gustan los extremos. Será nuestro carácter. El termino medio es de tibios. Los tibios del mundo se mancomunan en su tibieza y no declaran jamás nada que los señale. Preferimos callar, no darnos, no comprometernos, hacer que prevalezca lo privado
Es que todo es política, nada queda afuera de ella. Cualquier consideración, por peregrina y mundana que sea la materia de la que trate, acaba arrimada a la política. Sales a la calle a comprar el pan y haces cola y lo más normal es que irrumpa la política. Algo hecho o dejado de hacer nos la trae de cuajo. Ves a un pobre pedir limosna en la puerta del supermercado y es a la política a la que ves. La argamasa de las relaciones que unos y otros vamos teniendo está hecha de ella. A veces se advierte el grumo mismo; otras, por delicadeza o por magisterio del operario, cada pieza se ensambla con la siguiente sin que se perciba ese engorroso excedente de la logística. Cuando la política no hace su habitual corrillo de entusiastas es porque no hay nada que moleste o perturbe. Luego está el que retira la política de entre sus conversaciones. Más que por tibio o por reticente a mostrarse, lo mueve la prudencia, ha aprendido a comedirse, se ha visto muchas veces comprometido y ha sentido que no ha valido la pena esa sinceridad. Estamos hechos de política. La usamos a diario, sin que sepamos.
Hasta donde yo sé, por lo oído o por lo entrevisto, por lo leído o por lo entendido, no hay manera de que salgamos del marasmo sentimental de la patria, no hay forma de que unos y otros la sintamos propia al modo en que es propia la casa o la calle en la que vivimos. Se es más de barrio o de ciudad, se es de Córdoba más que de Andalucía y, por supuesto, hay quien se postula andaluz o aragonés o catalán antes que español. La españolidad ha quedado en cosa pintoresca, en argumento literario, en cosa de refriega dialéctica. No sé bien qué hubo, algo tuvo que haber, para que se desmontara la idea de España, que estaba en proceso de montaje para algunos y montada, bien montada tal vez, para otros. Se ha contaminado la propia palabra que la explicita: España. También la otra: política. A la primera solo la consideramos nuestra cuando hay (ya se ha dicho) un evento deportivo (fútbol las más de las veces) o cuando los desestabilizadores de la periferia la zahieren, la cogen a dos manos y la arrojan a los perros. Ahí, cuando la atacan, sacamos el fuego interno, el larvado; ahí nos declaramos españoles por la gracia de Dios y exhibimos la bandera en el balcón o el pin en la solapa. Lo que no hay es un término medio. La segunda, la política, creemos ignorarla o que podemos pasar de ella, pero se persona con enconada frecuencia. Hay quien ama a su país, supongo. Hasta podemos entender que se produzca ese arrobamiento puro. El amor es de naturaleza extraña, un poco o un mucho teatral. Se puede amar el país en donde uno ha nacido sin que intermedie la tragedia. La de ahora, la partición de España en fases, la demolición brusca de la convivencia, la contienda infame de los políticos, todo ese guirigay de corral, es una tragedia de la que saldremos, a qué ponerse triste o pesimista. Acabaremos saliendo, sí, créanme. No porque seamos fuertes o porque España merezca el esfuerzo. Quizá salgamos por mera inercia. La naturaleza siempre corrige sus desvaríos, enmienda sus errores. No estaría de más que arrimáramos nuestro trabajo para que no todo dependa del azar, ese gobierno en la sombra.
En el problema de España, como querían los noventayochistas, hace falta una pedagogía, un vademécum en el que se compendien los fármacos que precisa para que progrese como país igual que otros lo hacen, pausada y casi imperceptiblemente. Yo, de entrada, no le tengo un fervor excesivo, pero tampoco la repudio. Hay días que me noto un español subido. Tengo ratos en que me duele (tan arraigado eso de que duela) y otros en los que no me preocupa lo más mínimo. Podían haberme nacido italiano o de Mozambique, pero quiso el azar que mi madre me alumbrara cordobés y es esa la marca que me fue impregnada. Pasa con los países como con la religión: o se cree o no se cree. España es un asunto de fe, tal vez sea cierto. Quizá las nacionalidades sean en el fondo religiones camufladas, convertidas en un apaño político o histórico o folclórico. El territorio, leí una vez, es el grado cero del paisaje, pero primero es el paisaje, primero son los árboles y los ríos, el campo que se extiende donde acaban las calles del pueblo. Puestos a amar, yo amo el paisaje, el que he visto siempre, con el que he crecido. Todo lo demás es un añadido interesado. Recuerdo eso de los ingleses de que allá donde deje el sombrero, ahí está mi casa. Es una hermosa reflexión, dice mucho, demuestra mucho. En ese hilo de las cosas, la liturgia de la patria importa más que el objeto ofrecido en ella. Somos más de iglesia que de Cristo. Si mañana nos pidieran que hiciéramos algo por salvar a España, vaya usted a saber si no sucede, cosas más extrañas estamos viendo, deberíamos empezar por sentir orgullo. No el tipo de orgullo belicista del que cree que lo suyo es lo mejor, ninguneando lo ajeno. Se suele entrar en ese emponzoñado (en el fondo) vicio de sostener que los raros son los otros. Esa idea de que los que no nacieron aquí no entienden, no pueden ni siquiera entender, si se les instruye. La patria se aprende también. No hace falta haber nacido en ella para apreciarla. Ese orgullo es incluso balsámico. Este verano, verán como no marro, tendremos las banderas de nuevo en las ventanas. Hay fútbol. Juegan unos países contra otros. Como si alguno fuera de verdad diferente. Como si no ganáramos todos cuando vence únicamente uno.
24.4.26
Una mitología
Da miedo pensar
que se acaba uno muriendo
sin haber sido
el coronel Kurtz en el Mekong,
Paul enjabonando a Jeanne en un apartamento
sin muebles en el París nihilista de los setenta,
Borges contando de nuevo el mito del Minotauro,
David Bowie rezando con las arañas de Marte,
Tony Manero bailando toda la noche en la discoteca Odisea 2001,
Pedro Páramo en su pueblo de muertos,
Peter Parker besando a Gwen en la puerta del Daily Bugle,
Sam Spade mirando al halcón maltés,
Paul McCartney cantando Get Back en una azotea,
T.S. Eliot cerrando un cuarteto,
Bill Evans componiendo una vals para su sobrina Debbie,
Edgar Allan Poe declarando su amor a la dulce Annabel Lee,
Miles Davis al arrancar So what,
George Bailey en Bedford Falls,
Freddie Mercury invocando a Belcebú en la rapsodia bohemia,
Dorothy en el camino de las baldosas amarillas,
B.B. King hablando a Lucille por primera vez,
Stanley Kubrick eligiendo a Strauss para ponerle música al cosmos,
John Ford con un solo ojo escribiendo la tierra prometida,
Gregor Samsa despertándose en un apartamento en Praga,
Jimmy Page en el solo de Stairway to heaven,
el capitán Nemo pilotando el Nautilus,
Howard Philip Lovecraft buscando cierto libro
en la biblioteca de la universidad de Miskatonic,
Emily Dickinson en el jardín de su casa, escribiendo pétalos,
Julio Cortázar dando la vuelta al día en ochenta mundos,
Juan Carlos Onetti fumando en la cama, urdiendo tristezas,
Jackson Pollock en la arena del lienzo,
Alicia cuando vio en el fondo de un sombrero a Lewis Carroll.
22.4.26
Infancia de los grandes profetas mesopotámicos
A la mecánica celeste no la comisiona de halagos la razón, no la asiste de gozo la ciencia, no la alumbra de júbilos el dios de los hombres. La mecánica celeste es el objeto puro del sueño de todos los profetas. Todos son teólogos. No hay profeta que no guarde un mapa del laberinto, ninguno que le haya hecho salir de él. No hay dios que no tenga al menos un profeta que lo sublime y haga que, en el prodigio de la escritura, en el decir minucioso de la adivinación, se rinda con fatigado afán su catálogo asombroso de causas y azares. La poesía es un instrumento de la divinidad. Todos los profetas son poetas, son teólogos, son etéreos. La religión, un género literario. La literatura lo impregna todo. Vivir es una novelización de la nada hacia la nada. O si se quiere, por arrimar una vía trascendente, de la nada al misterio. Es ese misterio de lo que estamos hechos. Si el poeta cierra los ojos, Dios es ciego; si Él los cierra, el poeta muere. Todo lo que existe es fuego, es ceniza, es fulgor de un milagro que se desvanece al contemplarse, al pensar en su anatomía, en los motivos para que irrumpa. No los tendrá, no los tiene, nunca los tuvo. De ahí que permanezca. Los vaticinios cuentan que las estrellas son letras en el cielo. Está escrito tu destino, mires o no. Todos los que miran al cielo son precursores de la astronomía, pero a veces el ánimo a veces indicios de flaqueza y el atento desaliento se apresta a hacer serio acto de presencia y no se sabe cómo gobernar esa mudanza. Conviene entonces la melancolía. Por lo que supo de nosotros. Por lo que sabrá. Ella convendrá la trama de la tristeza, esa vieja y noble amistad a la que casi nunca concedemos residencia y de la que insensatamente huimos. A ciegas esa huida, fardo torpe su peso. En la infancia de los grandes profetas mesopotámicos está escrita la tristeza del porvenir. El tiempo es un invento de sus juegos. También las leyes. Los oniromantes eran los consejeros de los reyes. Los oráculos provienen de la interpretación de los sueños. Hay quien sostiene que los desmanes que devastan nuestro bienestar surgen de Mesopotamia. Son el sueño escandaloso de algún niño triste.
21.4.26
En la semana del libro / 2
La idea que se tiene de la memoria es casi siempre falible. Cree uno que existe una propiedad de lo registrado, pero todo se deja contaminar por la imprecisión, por el veneno del olvido. Lo que no se recuerda no importa. Es maravilloso que nuestra memoria esté invadida por todas las demás, las ajenas, las imposibles, por las palabras que no hemos dicho y por las historias que no hemos vivido, no al menos en primera persona. Somos todas esas revelaciones extrañas, somos esa azarosa suma. Por eso leemos. Leemos para que dure más la memoria. Leemos para tener en el plazo de una la consistencia de dos vidas. Leemos para que lo que sabemos no enferme, ni sucumba a la pereza. Por hacernos creer que hemos estado en lugares fantásticos, algunos a los que ni siquiera nuestra imaginación alcanza. Por ser otros que no podríamos ser jamás. Esos otros que hacen lo que nosotros no podríamos hacer. Los que aman a sabiendas de que los matará el amor o los que triunfan y el amor los viste y los calza con entusiasmo o los que no tienen riesgo en el correr gris de sus días y deciden envalentonarse y buscar el asombro de la aventura al abrir un libro. Por eso necesitamos la imaginación de los otros, la fantasía de los que escriben para que podamos vivir las vidas que no nos pertenecen. Vidas prestadas. Vidas arrimadas un instante a las nuestras, pero tan gozosas, tan recamadas de épica y de belleza y de asombro. La memoria se construye también leyendo. O viendo cine. Todo lo que la realidad no nos ofrece y está codificado en los libros, en las películas.
20.4.26
En la semana del libro / 1
Hay muchas maneras de animar a leer, pero ya no es únicamente la importancia de la lectura, sino el hecho mismo del libro. También habría que hacer oír al desatento la importancia de ese objeto. Uno entre otros, pero conteniéndolos y dándoles sentido también. El libro como caricia, abrigo, oración, consuelo, refugio, delirio, madre, sexo, droga, fuego, bálsamo, paraíso, amigo, Dios, espejo, sueño, hambre, sed, temblor. No podría uno terminar de inventariar lo que hay dentro de un libro. Está el infinito. Está el amor. Está la vida. Está la muerte. Luego de ellos o a la vez que ellos, está el abrazo. Está la salvación. Está la inteligencia. Está la belleza. No hay otro objeto en el mundo que contenga el mundo entero en su interior. Debería festejarse a diario que haya libros. Lo dice Irene Vallejo en su espléndido libro. Curioso que un libro que hable de libros sea uno de los más vendidos y (sorprendentemente a la vez) uno de los más elogiados. No hay instrumento mejor hecho. Es una extensión de nuestro cuerpo, escribió Borges. Es el más asombroso, de hecho. Es una prolongación de la memoria y de la imaginación. Después de la facultad del habla, la de escribir es la más noble. Después de la facultad de escuchar, la de leer se antoja la más digna. Las religiones se han cimentado alrededor de la aureola mágica de los libros. No sabemos si esos libros sagrados fueron una emanación de la divinidad o son trasunto humano, evidencia de nuestra fragilidad y de nuestro deseo de perdurar y que no todo finalice cuando irrumpe la muerte. La felicidad es un libro. Pensar en que tiene uno un libro a mano hace que la posibilidad de aburrirse no exista. Una de las razones que yo arguyo para explicar mi absoluto idilio con ellos es ésa precisamente: denme un libro y olvídense de mí, no les preciso, no hay nada vuestro que me distraiga. Es tal el prodigio de su hechizo que habría que precaverse ante ellos. Tal vez por que nos aturdan o por que nos hagan perder la poca o mucha cordura que se nos ha entregado o la que hayamos podido ir amasando para sobrellevar el tráfago de la vida. Un libro es una vida alternativa. No es en realidad así: un libro está formado por el arrimo de muchas vidas, aunque semeje una o creamos que es sólo una.
19.4.26
Qué habrá luego

De lo que tendría que escribir más en serio es de los fármacos, de cómo organizan tu vigilia, de hasta qué punto gobiernan tu estado en el mundo, de su permanente condición de brida al desasimiento de la realidad, que va a lo suyo, sin que intermedie ninguna de nuestras reclamaciones, algunas absolutamente legítimas, expuestas con irreprochable educación, como si temiéramos enfadar a quien nos dirigimos o hacer ver que las cosas no van bien y queremos que vayan. Los que me acompañan invariablemente en primavera, los que reducen los efectos invasivos de los cien pólenes que me abaten, se alían con los imprevistos y concluyo pensando que uno está sano, pero no se está sano del todo nunca. Todos forman una contundente zaga química cuyo fin es aliviar mi padecimiento, es cierto, pero que me anulan mientras trabajan en mi beneficio. Me dan sueño, más que otra cosa; me desastran el estómago a veces. No sabe uno si va a ser posible llegar al final del día sin flaquear un instante o de que acumular mañana otra jornada como la que se sufre hoy tendrá consecuencias más graves y al final habrá un peaje. Nunca hay uno severo, determinante. Vendrá con su negra cara de finiquito. Se manejan bien estos dolores pequeños. Está la memoria al tanto de otras debilidades del cuerpo y se alegra de que no concurran a la vez y el dolor en la rodilla comparezca cuando la tos ha remitido o que la preocupación por un dolor alojado en el costado no sea simultáneo al que se pavonea en el estómago. Va el cuerpo en soberano trasiego, aplazando o imponiendo sus achaques, dando vivas evidencias de que se le ha forzado en demasía. Si fuera esa la causa, la del exceso… Hay veces en que flaquea incluso cuando se le ha mirado con escrupuloso tiento, no entrando en las algarabías con las que otros lo lastiman. No cabe desoír la admonición de los sensatos, los del cuídate, los del deja de fumar, bebe menos alcohol, camina, haz deporte, esas cosas.
La batalla que entablamos con el cuerpo la ganamos y perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las va haciendo caer. En torno a uno, conforme avanza, la realidad se obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos, flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego dependa enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa, pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que haya un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando, aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el fondo somos nosotros los que guiamos la nave. Pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla no es que se persiga la adjudicación de un vencedor: lo hermoso es la ceremonia en la que se preparan los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares. Pero y luego, qué habrá luego.
15.4.26
Una deliberación
A J.G. de B. en su noche triste de 1959
Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta.
Lo imagina en sus refugios, cubriéndose el cuerpo
con las ropas del frío, tapándose el alma con las del amor.
Piensa en los consejos de ministros, dirimiendo
la altura verdadera del hombre, tomando
las medidas necesarias para que no sea
ni demasiado alto ni bajo en exceso,
registrando en papeles y en el aire
todo el tamaño formidable de su dignidad,
estudiando cómo conseguir que no se muera de miedo
cada vez que abre la prensa y lea con congoja infinita
los avances del mal por el campo de batalla,
toda la miseria sin significado ocupando las aceras,
extendiendo su marca gris de pesar y llanto.
Y puede ser que ese dolor profundísimo
con el que principia a veces el día
vaya cediendo a poco que no pensamos en él
y nos vayamos entregando a nuestras labores,
pero cuando llega la noche y el hombre se concentra
en sus dolores y mira el techo de la cama
en donde duerme, el mal regresa como un cáncer rencoroso,
ennegrece los muros, revuelve las tripas, se detiene
en los talleres mal iluminados en esta noche triste de octubre,
lo dice el poeta y lo dice muy claro,
y no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal
ni del invierno anticipado en los huesos del hombre
sencillo que busca algo con lo que evitar el frío
y acaba reunido consigo mismo, hablándose en privado,
en total confianza en sus posibilidades, comprendiendo
que no hay con qué tapar el cuerpo ni anudar el alma.
13.4.26
Del terco mal
No sabemos cómo preservarnos de su malsano influjo, han hecho piña entre ellos, se conocen, se reúnen para ponerse al día en pasquines y en insultos, en sus pocos o ausentes escrúpulos. Su revolución es tangible, está sobredimensionándose, se le da púlpito desde el que oficiar su arenga casposa, malsana, podrida. Sus discursos hieden, sus formas escandalizan, hasta les delata su aspecto, aunque puedan pasar desapercibidos en ocasiones, pero basta que abran la boca para advertir la catadura moral. Repugnan al argumentar, atufan el aire con sus manifestaciones. Aúllan, graznan, rebuznan. Su vocabulario es fangoso. No es que no entiendan lo que dicen, es peor: saben cómo herir, están puliendo su barbarie. Están aprovechando la mediocridad para que la mediocridad triunfe. Se están convirtiendo en plaga, devoran con saña las cosechas, hacen páramo yerto la tierra fértil. Algunos, los menos agasajados por la inteligencia, se embebecen cuando los escuchan: aprecian el discurso sañudo, las palabras hirientes, la sangre del verbo. Cuando no se aman, se comen entre ellos. Desconocen la lealtad, no fueron instruidos para inculcar en los suyos un mínimo sentido de la dignidad: esa nomenclatura les es por completo ajena, la desprecian. Ni dioses tienen, aunque los nombren y les tengan sus rezos. Son los nuevos bárbaros, son el estigma de una enfermedad antigua a la que el hombre todavía no ha puesto remedio. Continúan su cruzada porque el mensaje que blanden es extremo y al público, en el simulacro de una audiencia, le place que se le agite y se piense por ellos. Pensar es una actividad de riesgo: ellos son obstinados mercenarios de una batalla que únicamente ellos advierten. Contra ellos solo cabe la inteligencia, esa herramienta a la que ellos mismos (los de la pendencia, los bárbaros, los ciegos) dan la mayor de sus atenciones, pues llegan a comprender que el manejo que haga de ella sus enemigos podría dañarlos. Para que sus huestes no se apropien de ella censuran su concurso en cuanto pueden. Les falta quemar libros. Son todos ellos la exaltación de las más oscuras intenciones, las más turbias, como cantaba Serrat. Llegaron a ser lo que son por descuido familiar o por pereza vecinal. No fueron reprendidos cuando exhibieron sus primeras inclinaciones bastardas. No sabemos a quién sirven cuando alzan las banderas, son sicarios del mal, siembran calumnias, tienen doble vida, mienten con naturalidad, gastan más de lo que tienen, hacen listas negras, fanfarronean a ver quién la tiene más grande, juegan con cosas que no tienen repuesto y culpan al otro si algo sale mal, continúo citando al poeta. Con todo, siguen en primera línea, se les ve pavonearse en cuanto tienen ocasión, agreden con naturalidad, hurtan sin rubor, besan sin permiso, mienten por principio, comulgan en familia con la hostia bendita de la verdad, pero basta darles un minuto de conversación para comprobar que no son como nosotros, los educados, los que deseamos no faltar a nadie sin motivo. Porque de vez en cuando hay que arremangarse y cantarle las cuarenta a quien nos hace el mal. Tenemos con qué hacerlo, no somos livianos en las réplicas, hemos leído mucho, hemos aprendido a conversar, se nos ha vestido con los primores de las telas más nobles, pero hay veces en que dan ganas de ponernos a su altura, Dios no lo quiera, acudir a la barbarie, dejar sentado que hay sitios por los que no pueden pasar, caminos reservados a la concordia y a la convivencia limpia entre iguales, pero serán estériles los argumentos, nos cortarán a la primera, elevarán el volumen de las palabras, confiarán en que las dimensiones del ruido atenúen las de la cordura. Y quién sabe si volveremos a ser buenos, si es que alguna vez lo fuimos.
5.4.26
Un sábado de los años setenta
Hay quien sostiene que la felicidad consiste en no tener conciencia de que se tenga o no; quien, cuando el azar o la tenacidad la brinda, piensa en ella sin excesivo empeño, como algo fugaz, de apenas asiento, sin que le turbe, ni lo esclavice. Conozco gente feliz. Alguien dirá de mí que lo soy. No se advierte que flaqueen todos en quienes advierto esa pujanza en el ánimo, ese brillo singular; no hay resquicios visibles que evidencien un roto por donde se escape esa felicidad con la que se visten. Desde afuera, uno aprecia esa especie de exaltado estado del espíritu, esa visión limpia que quizá ni ellos mismos son capaces de percibir. También conozco gente que no parecen haber sido felices en su vida. En esos infelices vence la idea de que no hay modo de contentarlos, de que no hay con qué agasajarlos para que sonrían o miren con alegría, contentos de sí, hospitalarios consigo mismos.
Es un asunto extraño el de la felicidad, sin duda. Si me pregunta si soy feliz, no podría responder certeramente. Si no me lo cuestionan, entra en lo posible que sí lo sea. Como la famosa cuestión de qué es el tiempo. No hay día en que no piense en esa gente feliz, en contarles lo que se ve desde afuera, aunque ellos descrean y no atiendan a lo que yo de verdad siento, pero no doy con la manera sin que se sientan incómodos, abrumados por argumentos a los que tampoco dan un crédito fiable. A la reversa, podría suceder que ellos se ocuparan de mí, pensaran si soy feliz y sacaran la extraordinaria conclusión de que lo soy de un modo irreprochable. De esos amigos felices que tengo tal vez alguno crea que me guía el afecto sincero o que me ciegan los años compartidos, las conversaciones abandonadas en las barras de los bares, los paseos volviendo al barrio. Ahora son otros tiempos y ya no vivimos en ese barrio. Es uno quien cambia, no los tiempos. La infancia es la única patria, dijo Rilke. Lo es hasta el hartazgo. Se echa la vista atrás y encontramos el mapa de esa felicidad precaria, cálida, inasequible al desaliento, forjada en fuego y en barro y en sábados enormes en la plaza, dándole a la pelota, corriendo de un lado a otro como si el mundo hubiese anunciado su finiquito.
Todo queda ciertamente lejos ahora: lo mitificamos a nuestro antojo, le concedemos el rango metafísico de los paraísos perdidos: cuente el buen lector la niñez o la adolescencia, repase ese paraíso suyo, las calles en las que se forjó la épica más noble del ser humano, la de los juegos y la de la pereza, donde se echó el ojo al primer amor o donde, por obra siempre de la fortuna, se malogró ese enamoriscamiento y se vertieron las primeras maravillosas lágrimas o se dio el beso primero, ése que nunca tuvo rival, por muchos que se dieran más tarde, por muy trabajados y procaces que fueran. La felicidad de la que hablo no es un asunto baladí: de ella depende en gran medida el sostenimiento de todas las posibles felicidades futuras. Estoy con quienes ven en la construcción de una infancia feliz la antesala de una edad adulta no excesivamente malograda. Creo con firmeza en la limpieza moral de los años en los que la moral no es carga alguna y vive uno libre, desprejuiciado, cogiendo esto y aquello, sin pensar en el mal que se causa o en el bien que esos actos conllevan.
La bondad es la sintaxis del alma pura, infantil y ciega. Luego se le afinca la adolescencia, la adolescencia mineral y primitiva, que no deja de ser un florecimiento orgánico, un brotar asilvestrado de todas las cosas, las del pensamiento y también las del cuerpo que acoge a lo pensado. Se tiene de ella un regusto maravilloso de felicidad absoluta, un poco tonta y despreocupada, traviesa y pura también. Está la locura y está la cordura. A veces conviene que se desquicie la mirada o que se impregne de lujuria. Se regresa sin esfuerzo, está a mano la rutina, el gris de las cosas que ya hemos visto, pero lo que dura en la memoria son los atrevimientos, esa osadía de pareja recién casada que prueba a girar sin pensar en nada más, sin que nada les ate, ni les frene. El mundo es de ellos mientras giran.
La edad adulta exige siempre peajes muy altos. No se sale nunca indemne de ir creciendo. Al corazón lo violenta el aire incluso, el aire turbado por la fatalidad, comido de prisas que no precisamos, íntimamente convencido de que no hay vida más allá, ni escapatoria. El corazón tan duro, desmemoriado, sin signos de izado. La memoria tan blanda. El que no recuerda los años de la niñez, la fiebre de los juegos, el vértigo fabuloso de los cacharros de feria, no ha aprendido mucho. Debería existir una posibilidad de volver allá, pero es bueno que no la haya. La infancia no se abandona nunca. A veces permitimos que salga, dejamos que pasee alrededor nuestra, haciendo el tonto, dando brincos. Es entonces, si acude, cuando creemos estar en un sábado de hace muchos años, corriendo de un lado a otro, creyendo que no hay nada afuera que tenga más importancia que el juego en el que estamos y giramos en una atracción de feria y el mundo gira con nosotros y sentimos que no podemos contener la gana de reír. Algo así como el amor cuando fieramente irrumpe.
2.4.26
La ley catorce de los objetos evanescentes
No saber uno a qué asirse, si a la realidad tan elusiva ella, tan de no darse enteramente, o si afincar el asombro a la ficción, tan humana, de tan sencillo manejo. No saber si duelen las nubes o es el dolor su naturaleza y lo que sucede es que no hemos sabido (nunca sabremos) entender a las nubes. Por eso fascina la ignorancia, la extrañeza que todo lo impregna y de la que surge la tal vez única certeza de la que disponemos: la felicidad de lo inédito, la sensación de que solo nos concierne lo extraordinario, que la rutina (el saber, el cartesiano saber) es una trampa y se obstina en hacer que nos duelan las nubes y las piedras, los lunes y los huesos.
Maneras de mirar
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