Anoche, en lugar de continuar con la lectura del libro en el que ando emboscado (Dios no es bueno, Christopher Hitchens, segunda lectura, años después) cogí uno de los diccionarios más voluminosos que hay en casa. Manejado con dificultad (amo los libros electrónicos, amo más los de papel) me perdí en la maraña de significados, acepciones y etimologías. Hice lo que mis alumnos, en ocasiones, realizan cuando buscan una palabra nueva (hoy, uno de ellos ha descubierto el ósculo, aunque ya se había referido en clase) ; otro, por iniciativa privada, el averno): amplían el radio de acción, visitan la periferia, recorren caminos largos, con paradas innecesarias, frugales, pero fascinantes, en paisajes imprevistos, en lugares donde nunca antes habían estado. Como si fuese un viaje. De eso, al cabo, se trata. Viajar del país de las palabras al de las emociones. El lenguaje es, ante todo, emoción.
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