Que la realidad se obstina en copiar a la ficción es algo que no se pone en duda. Hay abundante bibliografía, evidencias tangibles, doctas cabezas que elucubran con resuelto desempeño. Se constata esa voluntad invisible en la que lo meramente circunstancial tiene su correspondencia en el mapa de la eternidad. Como si cada pequeña cosa anhelase tener otra idéntica de la que valerse para cuando el tiempo ejerza como suele su vocación de fugacidad y de olvido y su comparecencia en la realidad se vea comprometida. Como si un arquetipo legislase las menudencias de lo verosímil. Como si debiera hacerse una copia de respaldo con la que precaverse de la fatalidad, que intimida a su manera, que se empecina en borrar los perfiles y entenebrecer las maneras y los gestos. La idea de que haya un correlato admisible, una especie de verdad a salvo de cualquier fractura, está poco o nada extendida. Debiéramos hacer un registro fiable de lo que fuimos. Lo que somos es irrelevante. Como lo que bondadosamente seríamos. Es el pasado el que dicta las respuestas, aunque las preguntas las formule el frágil presente. Ese almacenaje preciso haría que pudiéramos tirar de él cuando la necesidad lo exija. Yo querría restaurar mi yo de diez de junio de dos mil veinticinco a algún yo de julio de mil novecientos ochenta y dos. He señalado un año, podría haber indicado diez. De haber un buen disco duro que acogiese los datos que hoy creo saber manejar cuidaría que nada perturbase su integridad mecánica, no lo expondría a que un transporte descuidado malograra su chasis, arruinando su exquisita circuitería interna. Me esmeraría en alojar en su cálido vientre lo que de verdad me importa: una sombra, un recuerdo.
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