2.6.25
Gunnar Thorgilsson (1816-1879) / Borges, III
Cuando damos con algo nuestro que se nos había pasado por alto, qué sé yo, un vicio no consciente, una querencia sin pulir o un pecado escasamente reprendido, nos percatamos de lo poco que nos conocemos. Como si no pudiéramos rescindir lo que quiera que sobre nosotros rubricáramos en alguna ocasión, en un papel, en un arrebato de decencia o de dignidad, sobre ser mejores personas o vivir con la más nobles y pura de las intenciones, y muchos años más tarde se nos descubriera (ni uno mismo sería quien develara) que nada de cuanto se urdió logró imponerse a la realidad y ocupar un lugar en ella. No somos el mismo que fuimos, no seremos quienes ahora somos. Va uno siendo incesantemente otro, alguien del que descreemos, pero con el que nos une la filiación de la carne y la obstinada marca de los recuerdos. A veces solo cuenta dar con el beso con el que nos besaron en Islandia. Todo lo demás se desvanece. Se difuminan las espadas, las naves, la historia de los imperios que veneraron sus máquinas de guerra, los clamores y Shakespeare. El tiempo cela su memoria frágil. Se esmera en ciertos detalles. Se cuida de que nada los borre. Todos los besos más hermosos se dieron en Islandia.
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