Al diablo no se le tutea, no se le ofrece posada, asiento en la casa, ni siquiera entra en lo prudente que intimemos con él, nombrándolo, dejándonos acariciar cuando nos pone la mano interesadamente encima, abriendo mucho los ojos si goza de lo visto, jaleando su hechizo. Debemos desoír todo lo que nos susurra, no convienen esos regalos, al final cobran su peaje. Si existe el bien, el mal ronda cerca. Si hay Dios, no podemos dudar de que el Diablo rivalice con él, lo desautorice, gane adeptos a su causa y los agasaje como sabe. Robert Johnson fue uno de esos adeptos, un feligrés de la causa diabólica, es fama eso, forma parte golosa de cualquier indagación sobre su corto tránsito por la tierra. Fue un muerto de hambre que en cierta ocasión (son leyendas, qué haríamos sin las leyendas) se apostó en un cruce de caminos entre la carretera 49 y la 61, en Clarksdale, Mississippi, donde se estrellaría fatalmente Bessie Smith, y pidió al Diablo que le hiciera el mejor guitarrista de blues del mundo. Te doy mi alma, alguna tendré, haz con ella lo que quieras, premia mi sacrificio, haz que toque el blues como nadie lo ha hecho antes. No hay constancia de esa petición, cómo pudiera haberla, no se levantó un acta, ni se registraron documentos gráficos. Todo es un rumor parecido a otros de los que tampoco tenemos pruebas y que, sin embargo, creemos sin más. Es la fe la que interviene, ese don maravilloso que nos atraviesa y permite ver donde otros no lo hacen y sentir donde otros no sienten. Una especie de milagro inverso. Después del canje, una vez que el buen Diablo le concedió el deseo de ser el mejor, Robert Johnson compuso y tocó 29 piezas fundamentales del género. Necesitó 2 sesiones la habitación 414 del hotel Gunter de San Antonio y en un improvisado despacho de un edificio de oficinas en Dallas entre mayo del 1936 y junio de 1937. También usó una granja, un almacén y el trastero de un bar. Algunas canciones fueron grabadas varias veces por lo que contamos con 42 grabaciones conocidas, 29 originales. Poseen la virtud de la excelencia. También el de la tragedia. Siempre van de la mano lo hermoso de lo siniestro. De hecho, el blues es el depósito de la herrumbre, el lugar por donde el alma se lamenta de la esclavitud del cuerpo o en donde el cuerpo ignora las exigencias del alma.
Sabemos poco del genio. Se sabe fue el decimoprimer hijo de Julia Major Dods, fruto de una relación extramatrimonial. Que adoptó el apellido de su padre biológico. Que trasegó las penurias del mundo como pocos hasta que la tragedia fue indistinguible de la dicha. Encontró cierto tipo de consuelo en la música, la que se le impregnó en los tugurios y en las calles, todo ese bagaje de dolor que sus semejantes habían transformado en cántico. Así que decidió tocar, parecérseles. La armónica, su primer instrumento, no dejaba de ser un artilugio secundario: Little Robert quería tocar como Son House, no volver a ser motivo de burla cuando rasgaba las cuerdas. El prodigio (un milagro cerrado) no solo se apreciaba en el modo de tocar la guitarra sino en cómo cantaba. Eric Clapton, reconocido deudor de Johnson, quizá quien con más afán difundió su música, mantiene que no ha habido bluesman más dotado vocalmente. También fue un compositor notable (Sweet Home Chicago, Terrapksne blues o I believe I’ll dust my broom) y un receptivo y agradecido ejecutante de piezas de sus ídolos.
Después de tocar en vivo, nervioso y como en trance, Robert Johnson se marchaba a toda prisa del escenario. Como una cenicienta temerosa. Quienes no están dispuestos a avivar leyendas, cuentan que lo hacía para acrecentar el misterio, por dar de qué hablar, por extender su misterio. No había nada más. Johnson tocaba en los precarios estudios de entonces de una manera muy peculiar. Cogía su Gibson y se ponía cara a la pared, sentado en una silla. No quería, al parecer, que le viesen tocar sin que tuviese público de por medio. Podría haber buscado cierta acústica de la guitarra. Satanás le poseía, concluían quienes alimentaron la literatura del mito. Roto por la muerte de su hija y de su esposa en el momento del parto, Robert Johnson (con dieciséis años) se refugió en el blues. Se sabe que la familia de su mujer le recriminó no haber estado cuando su mujer dio a luz. El hecho es que esa circunstancia lo arrojó a la intemperie. Estuvo casi dos años vagabundeando, perdido, destrozado. Volvió a la realidad como un hombre nuevo. Aquí es donde entra la leyenda del cruce de caminos, del pacto con el diablo. Tú me haces un gran músico, yo te entrego mi alma, todo eso. No estaba especialmente dotado para la guitarra, pero de pronto deslumbró a todos con una técnica asombrosa. Al ser preguntado ( consta eso) sobre cómo se había convertido en un guitarrista tan sobresaliente decía que había tenido al mejor maestro. Él nunca se cohibió. Soltaba sin pudor sus tratos con el diablo. Sus letras tenían (además) algo parecido a la poesía: no era un cazurro contando cazurramente una historia, sino un hondo trovador de la vida achuchada de su raza, un testigo cualificado de las penurias de su época. Ese vuelco vino por el mecenazgo de su segunda esposa, de recursos financieros más notables, que lo apartó del trabajo y de la tristeza y trató de centrarlo, haciendo de él un hombre nuevo, menos promiscuo y menos bebedor, básicamente. Casi lo consiguió. El 16 de agosto de 1.938 (probablemente, no hay tampoco certeza en esto) el diablo cobró su deuda. Robert Johnson tenía 27 años y tan sólo hacía dos que había grabado las piezas de su escasa discografía. El dueño de un club de mala muerte en el que solía tocar le envenenó afrentado por la infidelidad de su muy joven esposa con el músico negro. En el certificado de su defunción (no hubo autopsia) no se registra si fue un marido particularmente celoso, un whisky en pésimas condiciones (varios serían) o una mujer de las muchas con las que mantuvo relaciones quien le aseguró seis palmos de tierra. Podemos añadir la sífilis, de la cual hay constancia documental. El diablo se llama a veces estricnina. Sin él no habría rock. Así de sencillo. Eran tiempos duros y gente como Johnson inventaron el blues. Sí, ese género en el que alguien plañe a su manera y parece que ves las lágrimas caer y mojar el suelo de barro. Robert Johnson es el primero de todos los que vinieron después y escribieron las grandes páginas.

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