Milton, como Borges, era de manos precursoras. Los dos sabrían una misma cosa, aunque los separasen tres siglos. La noticia de la inmarcesible (es del argentino el adjetivo) rosa no precisa que se la observe. Basta con apreciar su arquetipo, que se libra de la intemperie de la luz y de la tragedia de las sombras. La entera rendición de la belleza sucede en la eternidad. Vemos la primera rosa, escuchamos el rumor de la primera lluvia sobre el mundo, sentimos el primer arrullo de ternura cuando la primera madre tiene en sus brazos al primer hijo. No hay nada que se haya perdido: perdura con inefable afán la perseverancia de la memoria universal. La flor sabe de todas las flores. El lobo que da la dentellada en el cuello del cervatillo hace lo que el primer lobo con el primer cervatillo. Así el amante al verterse en su amada. Así la luz al distraer la terquedad de la sombra. Todo está a la vista, todo es invisible a la vista. Cuenta tan solo la sensación de que no hemos hecho otra cosa que repetir un rito. La poesía se encarga de salvar el esplendor de la belleza. Cuando el poeta cierra el poema, en ese instante en el que cincela el último verso y siente que ha cumplido un ceremonial, el vasto universo no tiembla, no exhibe ninguna señal que exprese la conmoción absoluta de la poesía, pero agrada pensar que algo perdura en su urdimbre íntima. Ni siquiera el insobornable azar logra dar con el modo de que la rosa se difumine y su aroma estrague el aire de los recuerdos. Y la flor está sin que la flor embriague los sentidos. Es la flor sin objeto. Invisible, perfecta, eterna. Da igual que sea bermeja o amarilla o blanca, "oro, sangre o marfil". Porque la memoria respira y tiene un corazón que late con novicia intención de futuro.
18.6.25
Una rosa y Milton / Borges, V
Milton, como Borges, era de manos precursoras. Los dos sabrían una misma cosa, aunque los separasen tres siglos. La noticia de la inmarcesible (es del argentino el adjetivo) rosa no precisa que se la observe. Basta con apreciar su arquetipo, que se libra de la intemperie de la luz y de la tragedia de las sombras. La entera rendición de la belleza sucede en la eternidad. Vemos la primera rosa, escuchamos el rumor de la primera lluvia sobre el mundo, sentimos el primer arrullo de ternura cuando la primera madre tiene en sus brazos al primer hijo. No hay nada que se haya perdido: perdura con inefable afán la perseverancia de la memoria universal. La flor sabe de todas las flores. El lobo que da la dentellada en el cuello del cervatillo hace lo que el primer lobo con el primer cervatillo. Así el amante al verterse en su amada. Así la luz al distraer la terquedad de la sombra. Todo está a la vista, todo es invisible a la vista. Cuenta tan solo la sensación de que no hemos hecho otra cosa que repetir un rito. La poesía se encarga de salvar el esplendor de la belleza. Cuando el poeta cierra el poema, en ese instante en el que cincela el último verso y siente que ha cumplido un ceremonial, el vasto universo no tiembla, no exhibe ninguna señal que exprese la conmoción absoluta de la poesía, pero agrada pensar que algo perdura en su urdimbre íntima. Ni siquiera el insobornable azar logra dar con el modo de que la rosa se difumine y su aroma estrague el aire de los recuerdos. Y la flor está sin que la flor embriague los sentidos. Es la flor sin objeto. Invisible, perfecta, eterna. Da igual que sea bermeja o amarilla o blanca, "oro, sangre o marfil". Porque la memoria respira y tiene un corazón que late con novicia intención de futuro.
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