31.8.21

Dietario 184

 En la Ética de Cicerón se dice que la virtud no es tal si no es ejercida sin interrupción. Baudelaire sentenció que no es posible ser sublime incesantemente. Cicerón añadió que debe prevalecer la seguridad sobre el antojo caprichoso. Sin que cunda el ánimo de enmendar la plana a los clásicos, se me ha ocurrido discrepar. Cosas de la molicie estival. Hay virtudes ejercidas con brevedad y elocuencia y caprichos que nos congracian con la dicha, aunque causen zozobra y hasta ronde el peligro cuando concurren. Creo con firmeza en que la justicia, la templanza, la prudencia y la fortaleza, virtudes cristianas, harán de nosotros algo mejor de lo que somos, sin que se exija que su concurso fiable y no haya día en que no seamos justos, ni templados, ni prudentes, ni fuertes o si. Que haya que comulgar con la fe para acometerlas a conciencia. De hecho, el extraordinario hecho de que esas cuatro bondades acaezcan a la vez podría considerarse un milagro, que es otro asunto religioso. Si a Cicerón se le concediera que echase un ojo al mundo en el que vivimos, reharía su máxima, no podría defenderla, no tendría con qué. Tampoco Montaigne, al que vuelvo cada año con el frío, no sé por qué el verano no es estación propicia para esa relectura, podría soportar este caos en el que un mediocre alecciona a otros a que vivan mejor al dictado de sus mediocridades. Y no, no ha sido Coelho el primero que me ha venido a la cabeza. A propósito de Montaigne, todos los libros de autoayuda del mundo deberían abrir con alguna cita del maestro. Es más: esa cita debería ser el único texto que contengan. Abundan más los principiantes con ínfulas que el poso de los clásicos, que tiene mayor predicamento y hondura y hay más poetas de bazar que auténticos rapsodas con bagaje lector y sensibilidad. Tal vez el mercado prefiera a los primeros y hagan pingüe caja com sus ocurrencias livianas, dan menos quebraderos de cabeza, y la buena literatura es un magnífico quebradero de cabeza. Virtud la suya que nos provee de otras.

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