Recuerdo leer con fervor libros que ahora ni abriría o escuchar música con repetida y festejada insistencia de la que ahora reniego, pero unos y otros hicieron por mí algo que no puedo evitar agradecer ahora. Llegada cierta edad, se afina uno. Adquiere la facultad de ser un tamiz exquisito y tiene la rotunda evidencia de que seguirá viendo las mismas películas de cine negro o los mismos discos de jazz vocal que lo deslumbraron y que todavía poseen esa facultad maravillosa que nos hace felices y confiados en que la belleza está milagrosamente a mano y podemos echar mano de ella cuando afuera cunde el gris y se empobrecen los días. Ayer vi uno de esos libros primerizos a los que concedo esa gratitud enorme. No me he deshecho de él. Sé que ocupa un lugar sin provecho. Sé que lo extraeré de su balda para limpiarlo y colocarlo de nuevo en ella. No haré otra cosa con él. Con todo, no me decido a meterlo en una caja o a ofrecerlo a donarlo o arrojarlo al contenedor de papel de mi calle. Siendo sentimental en tantas cosas, no lo soy en desprenderme de los objetos que me acompañaron y a los que ya no hago aprecio. No sé tampoco si un libro, al no leerse, al no contar con él como libro en sí mismo, llega un momento en que muta en objeto. Como si en vez de tener páginas y contar historias fuese un adorno más o menos reconocible. Algo tan frecuente, no obstante. El pobre Eco. No creo que lea de nuevo su Obra abierta. Quién sabe. Lo compré en diciembre del 85. Eso escribí en el interior.
11.8.21
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