17.4.26

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

  La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a explicar su desafecto hacia cualquier posibilidad de que la fe condujera el espíritu del hombre se me cruzó esta mañana bien temprano sin saber bien a qué venía esa irrupción de un argumento tan imperativamente contundente, de tan escasa enjundia doméstica, pero supe rehacer de inmediato mi tribulación y compuse el ánimo para separar eficientemente la basura orgánica de la del plástico, meter los platos del almuerzo en el lavavajillas en el programa corto (vivo desde hoy solo, ensuciaré poco), recoger la ropa seca de la azotea y poner un par de lavadoras (una de sábanas y otra con prendas color), pasar la aspiradora, limpiar el polvo y después (con resignación, primero, con alivio más tarde) pensar en Carla, en qué haría a propósito de Carla, mi novia de toda la vida, que anoche me dejó una nota en el frigorífico bajo el imán que compramos en Estambul en la que leí el seco me voy, que te aguante tu señora madre, escrito con su caligrafía enclenque de niña pija que no ha tenido nunca interés por algo que no contribuyera a hacerla parecer más joven o más esbelta, incluyendo en esas actividades las de ir al gimansio cinco días por semana, comprar cualquier potingue caro del que le hablaran sus tres amigas pijas favoritas o hacer dietas extraordinariamente pintorescas que, por cierto, jamás cocinaba ella, sino que se las servían por un servicio de comida exprés al que un youtuber daba no sé cuántas estrellas en su rendición diaria de pijadas igualmente extraordinarias. 


Me acabo de dar cuenta de que me he quedado muy solo. La echo en falta. Por ratos, la quiero conmigo. Hay pocos platos en el fregadero. Apenas hay ropa que tender. No suena esa música suya melosa que tanto me irritaba. El silencio es una tumba insoportable. No tengo nadie que me reprenda por enganchar un cigarrillo con otro o por dejar las latas de cerveza por ahí, sin tiento, exhibidas como trofeos de un safari insano del que decididamente saldría malparada, son palabras suyas, mi salud. No crea que ella lo expresara así. Jamás cuida el vocabulario ni reprime usar unas frases elaboradas cuando podía acudir (puede acudir) a las más vulgares: "Te estás matando, Ezequiel, no vas a durar mucho". Nadie dura mucho, solía contestarle. Ni siquiera tú vas a llegar a los ochenta, Lola. Te habrás dejado una pasta gansa en cremas y en fitness para nada: a los cincuenta te darás cuenta de que el cuerpo sigue un plan diabólico contra el que no se puede hacer mucho. Yo hace mucho que renuncié a cuidarlo. No hago deporte, no como verdura, no me privo de cualquier cosa que lo contente. De noche, escucho cómo me aplaude. Bravo, Ezequiel, tú dame contento, tú a lo mío. Eso tendría que haberle dicho, de haber sabido que pondría en el imán turco lo de me voy, que te aguante tu señora madre, pero transigí, di por buena su pedagogía buenista, ese querer evitar que la máquina no siga su estricta obediencia molecular y la piel se arrugue o las tetas se le acaban descolgando, amenazando con taparle el ombligo. Estoy considerando en llamarla. Es tarde. Ahora estará dormida. Es de acostarse temprano. Para que no la urja a que me alivie la tirantez viril, todo ese himno de la sangre por sus locas avenidas de gozo. Le diré que me cuidaré. Que iré al gimnasio. Que haré su dieta. Que la cerveza. Que el tabaco. Que Dios con su ingrato Russell.  Pero me temo que ni eso la contente. Querrá que gane en músculo. Que aborrezca las comidas grasas. Que beba té birmano, zumo de melocotón, esas cosas. Que muera. Carezco de fe para una empresa tan costosa. Difícilmente podré hacerle ver que creo en ella, puesto que no lo hago. El amor es fe en el otro, absoluta fe en quien se ama. Acabaré delatándome. Beberé a escondidas. Fumaré con ansia. Saldré a ponerme ciego de esa comida basura que ella aborrece y a la que yo profeso la más altas de mis muchas devociones. Alguna de ellas me matará. Al final, quién no muere. Me digo todo esto con cautela. Lola vivirá cien años. Será inmortal. Todos sus novios abandonados se parecerán a mí. 


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