Al niño Luis Sotomayor se le ve aplicar con arrobo y vehemencia el rigor del sol castellano inyectado en una lupa sobre la cabeza de una hormiga. Extasiado, alocándosele el corazón en la residencia del pecho, pensaba en su abuelo Francisco en ese mismo patio: tales, según supo, eran sus distracciones de infancia. También las del abuelo de su abuelo, Benito, y con fiable certeza las de otros abuelos de sus abuelos hasta donde la memoria alcanza. El juego, algo más que un juego acabaría siendo, era de desempeño sencillo: buscar una hormiga o un grillo o una lagartija, fijarlos con alguna herramienta y dejar que el fuego de la luz los devastase. Arrobado de malsano gozo, contempla Luis la cabeza de esa hormiga a la que somete con pulcra determinación el infierno del astro rey. Arrobado de malsano gozo, contempla la inquina de los rayos en la testa del insecto. Cree entender que esa tortura a la que concede su empeño más severo no le traerá más tarde reconcomio, arrepentimiento, cualquier forma de desasosiego, pero todo cambia a partir de ese momento de travesura infantil. El corazón, antes loco, parece como si de pronto le doliera y, en lugar de brincar de alegría, se acongojara, se templara y razonara la inconveniencia de su proceder. Una epifanía, un coro de censores, un salto sináptico nuevo sucede en su cabecita de niño. Al dar la hormiga su estertor póstumo, pues ya estaba la faena francamente adelantada, una comezón como nunca había sentido antes lacera su alma, la doblega, la arroja a los perros, y Luisito se duele sin consuelo. He matado una hormiga, confiesa a su madre, que anda ocupada en el trajín de la cocina. Espera que le reprenda con contundencia. Que le vuelva a decir que debe esmerarse en las matemáticas de quinto, en hacer sus tareas, en despejarse con otros métodos menos cruentos. No está bien, hijo, le dice finalmente, sin verdadero enfado. Son criaturas que no te han hecho daño alguno, no debes actuar con ese desprecio por la vida, aunque sea la de una criaturita. Así habla una madre cuando quiere llevar al hijo por el buen camino, pero no la suya, que hasta parece comprender, estar al tanto de sus costumbres zoológicas, saber más de lo que pudiera pensarse. En cierta ocasión, no se había lanzado a hablar todavía, le sorprendió descabezando una lagartija con los dientes. La fijación por esa parte de la anatomía supera en Luisito a cualquier otra que su inspirada crueldad haga concurrir. En otras, ensimismado, entornados los ojos, como en trance, eran las alas de una mosca las elegidas para su festín salvaje. Ninguna de esas escaramuzas quirúrgicas parecía contentar a Luisito. Al correr de los años, adquirió el hombre Luis destrezas insospechadas: extraía órganos con delicadeza, se esmeraba en ocasiones en aplicar una Intervención lo menos lesiva posible, pero ninguna de esas artes le procuraban el goce de la intervención a pelo, motivada por el mero daño, por la inercia misma de la tragedia, inmisericordemente.
Fue entonces cuando su madre le habló y esto fue lo que el niño escuchó: "Hijo, ten a bien prestar atención, te voy a contar algo que debes saber. Es una historia antigua. En el año de gracia de 1688 y en la muy noble y venerable ciudad de Toledo nace un antepasado nuestro. Hay un retrato suyo en el salón. Se llamaba Vicente Jesús Sotomayor. Educado en la estricta observancia de la fe, devoto de misa y lector precosísimo de vidas de santos, se le conocía por andar como a saltitos, ridículamente. No era capricho ni consecuencia de algún trastorno. sino vicio adquirido al sortear como bien podía la populosa cuenta de grillos que alfombraba el patio de su hacienda y de esta forma no lastimar o quebrar sus cuerpecitos inocentes. Por más que la sangre ardorosa de la familia y el poco sentido común que un niño tendría le conminaran a diezmar la plaga que ocupaba el patio, el niño Vicente Jesús, tu antepasado, se reprimía, pensaba en Dios, que todo lo ve. Quién era él para arrebatarles la vida, cómo podría contravenir su voluntad. En sus cortas miras de infante entendía que, siendo precavido, mirando por donde pisaba, dando esos penosos saltitos, no incumpliría mandamiento suyo alguno. Los grillos eran obra del Señor, prodigio de su creación. A fuerza de esquivarlos, empecinado en girar el cuerpo y convocar el paso, el niño Vicente Jesús tomó como hábito involuntario y, a la postre, pernicioso, andar con una muy ligera inclinación del torso que le obligaba, a su pesar, a caminar ridículamente, hubiese o no insectos en el suelo, y desplazarse a conveniencia sin que el trayecto contrajese la muerte de ninguno de ellos. El párroco de la Villa, Don Ramiro Céspedes, le sugirió que procurara desplazarse sin esos torcimientos que le hacían parecer lo que no era y despertaban entre las malas lenguas del pueblo argumentos maledicentes, rumores y razones para insultos. Trajo entonces Vicente Jesús a sus cortas entendederas la causa de su proceder y la creencia de que Dios le observaba sin reprobar ninguno de sus actos. El párroco, campechano en sus consejos, viejo y conocedor de los vericuetos del alma humana, vino a decirle que Dios no reparaba en minucias y que pisar un grillo o una manta de grillos no ofendía su Obra ni escandalizaba a su Divinidad. Que todos somos hijos de Dios, pero que su amor no ha sido repartido proporcionadamente y hay hombres y hay conejos y grillos y hasta moscas que no tienen el mismo escalafón en la mirada atenta del Padre. Añadió que podría , en adelante, matar cuantos grillos le viniesen en gana sin que esa inclinación extraña alentase forma alguna de pecado y que perseverar en tan piadosa conducta hacia la turbamulta asquerosa de grillos de su patio no devastaría su espalda y no terminaría jorobado o arrumbado en una silla sin moverse de por vida por mor de ese inquietante vicio. Palabra santa. Al día siguiente el patio de la casa del niño Vicente Jesús Sotomayor era un batiburrillo informe de alas y caparazones negros, de cabezas perversamente machacadas y de ojos negros escorados hacia el imposible limbo de los grillos muertos. Como no todas las acciones que hacemos convencen por igual a todo el mundo, Vicente Jesús descubrió que aquella matanza no era enteramente del agrado de su madre. No por la caridad cristiana, por demás firme, sino porque, a la postre, cometida la fechoría, desarmado el ejército infame de bichos, el patio quedaba hecho un desastre, un espectáculo baboso de cadáveres crujiendo en el silencio blando de la noche. Así que ese niño, hijo obediente y recto como tú eres, mi querido Luisito, bueno por encima de egoísmo, regresó a su excéntrico paso y volvió a ser el exterminador de aquella algarabía caudalosa de criaturas. El párroco, al tanto de la renovación de tan fea costumbre, le reprendió severamente. Durante un tiempo, anduvo el muchacho en el frágil e incómodo lugar de no tener opinión propia, mecido por la voluble ajena, así que su ingenio obró el milagro de dar con una solución que contentase a todos: al párroco, a su madre y a Dios . Quizá también al Señor, que en todo repara y cada pequeña cosa termina expuesta a su criterio. Grillo que matase, grillo que recogiese del suelo y guardase en una vasija ancha de barro que haría las veces de túmulo cóncavo de grillos inevitablemente sacrificados. Una vez que la vasija estuviese llena la arrojaría a la fértil tierra de Castilla. Como si de un enterramiento protocolario se tratase. Este episodio juvenil, baladí y tal vez frívolo en el fondo, marcó indeleblemente el alma sensible de Vicente Jesús y treinta y poco años después, en las selvas del traidor Amazonas, siendo Capitán de un regimiento de su Majestad el Rey, acabaría recordando los grillos del patio mientras se entregaba, varonil y heroico, a esquivar, con desigual fortuna, con saltitos torpes y patéticos, los cuerpos ensangrentados de la población oriunda, devastados por la pólvora y mutilados por la toledana espada, que alfombraba, como grillos, la tierra glauca de la selva. Y el Señor Nuestro Dios, en su Gracia Infinita, le habló al capitán Sotomayor en sueños, pues así en ocasiones se manifiesta según tenía entendido. Indio que matase, indio que arrumbara en un carro y arrojase después a la fértil Amazonia, luego de bendecir su alma impía, en algún remanso del río, a la sombra, a salvo (mayormente) de las inclemencias y los rigores de los dioses astros. Así que, dilecto vástago, te pido que guardes en lugar seguro los restos de tus diabluras y les otorgues alguna oración que les haga dulce su ingreso en el cielo de los mártires. Sólo así podrás dormir en paz con Dios y contigo. Esa es la enseñanza que los Sotomayor guardamos a mayor gloria de nuestro apellido antiguo. Ahora ponte a hacer las tareas de Mates.
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