15.4.26

Una deliberación

 

A J.G. de B. en su noche triste de 1959

Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta.

Lo imagina en sus refugios, cubriéndose el cuerpo 

con las ropas del frío, tapándose el alma con las del amor.

Piensa en los consejos de ministros, dirimiendo 

la altura verdadera del hombre, tomando 

las medidas necesarias para que no sea 

ni demasiado alto ni bajo en exceso,

registrando en papeles y en el aire

todo el tamaño formidable de su dignidad,

estudiando cómo conseguir que no se muera de miedo 

cada vez que abre la prensa y lea con congoja infinita

los avances del mal por el campo de batalla,

toda la miseria sin significado ocupando las aceras, 

extendiendo su marca gris de pesar y llanto. 


Y puede ser que ese dolor profundísimo

con el que principia a veces el día

vaya cediendo a poco que no pensamos en él

y nos vayamos entregando a nuestras labores,

pero cuando llega la noche y el hombre se concentra 

en sus dolores y mira el techo de la cama 

en donde duerme, el mal regresa como un cáncer rencoroso, 

ennegrece los muros, revuelve las tripas, se detiene 

en los talleres mal iluminados en esta noche triste de octubre, 

lo dice el poeta y lo dice muy claro,

y no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal

ni del invierno anticipado en los huesos del hombre

sencillo que busca algo con lo que evitar el frío

y acaba reunido consigo mismo, hablándose en privado, 

en total confianza en sus posibilidades, comprendiendo

que no hay con qué tapar el cuerpo ni anudar el alma. 



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