A J.G. de B. en su noche triste de 1959
Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta.
Lo imagina en sus refugios, cubriéndose el cuerpo
con las ropas del frío, tapándose el alma con las del amor.
Piensa en los consejos de ministros, dirimiendo
la altura verdadera del hombre, tomando
las medidas necesarias para que no sea
ni demasiado alto ni bajo en exceso,
registrando en papeles y en el aire
todo el tamaño formidable de su dignidad,
estudiando cómo conseguir que no se muera de miedo
cada vez que abre la prensa y lea con congoja infinita
los avances del mal por el campo de batalla,
toda la miseria sin significado ocupando las aceras,
extendiendo su marca gris de pesar y llanto.
Y puede ser que ese dolor profundísimo
con el que principia a veces el día
vaya cediendo a poco que no pensamos en él
y nos vayamos entregando a nuestras labores,
pero cuando llega la noche y el hombre se concentra
en sus dolores y mira el techo de la cama
en donde duerme, el mal regresa como un cáncer rencoroso,
ennegrece los muros, revuelve las tripas, se detiene
en los talleres mal iluminados en esta noche triste de octubre,
lo dice el poeta y lo dice muy claro,
y no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal
ni del invierno anticipado en los huesos del hombre
sencillo que busca algo con lo que evitar el frío
y acaba reunido consigo mismo, hablándose en privado,
en total confianza en sus posibilidades, comprendiendo
que no hay con qué tapar el cuerpo ni anudar el alma.
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