13.4.26

Del terco mal


No sabemos cómo preservarnos de su malsano influjo, han hecho piña entre ellos, se conocen, se reúnen para ponerse al día en pasquines y en insultos, en sus pocos o ausentes escrúpulos. Su revolución es tangible, está sobredimensionándose, se le da púlpito desde el que oficiar su arenga casposa, malsana, podrida. Sus discursos hieden, sus formas escandalizan, hasta les delata su aspecto, aunque puedan pasar desapercibidos en ocasiones, pero basta que abran la boca para advertir la catadura moral. Repugnan al argumentar, atufan el aire con sus manifestaciones. Aúllan, graznan, rebuznan. Su vocabulario es fangoso. No es que no entiendan lo que dicen, es peor: saben cómo herir, están puliendo su barbarie. Están aprovechando la mediocridad para que la mediocridad triunfe. Se están convirtiendo en plaga, devoran con saña las cosechas, hacen páramo yerto la tierra fértil. Algunos, los menos agasajados por la inteligencia, se embebecen cuando los escuchan: aprecian el discurso sañudo, las palabras hirientes, la sangre del verbo. Cuando no se aman, se comen entre ellos. Desconocen la lealtad, no fueron instruidos para inculcar en los suyos un mínimo sentido de la dignidad: esa nomenclatura les es por completo ajena, la desprecian. Ni dioses tienen, aunque los nombren y les tengan sus rezos. Son los nuevos bárbaros, son el estigma de una enfermedad antigua a la que el hombre todavía no ha puesto remedio. Continúan su cruzada porque el mensaje que blanden es extremo y al público, en el simulacro de una audiencia, le place que se le agite y se piense por ellos. Pensar es una actividad de riesgo: ellos son obstinados mercenarios de una batalla que únicamente ellos advierten. Contra ellos solo cabe la inteligencia, esa herramienta a la que ellos mismos (los de la pendencia, los bárbaros, los ciegos) dan la mayor de sus atenciones, pues llegan a comprender que el manejo que haga de ella sus enemigos podría dañarlos. Para que sus huestes no se apropien de ella censuran su concurso en cuanto pueden. Les falta quemar libros. Son todos ellos la exaltación de las más oscuras intenciones, las más turbias, como cantaba Serrat. Llegaron a ser lo que son por descuido familiar o por pereza vecinal. No fueron reprendidos cuando exhibieron sus primeras inclinaciones bastardas. No sabemos a quién sirven cuando alzan las banderas, son sicarios del mal, siembran calumnias, tienen doble vida, mienten con naturalidad, gastan más de lo que tienen, hacen listas negras, fanfarronean a ver quién la tiene más grande, juegan con cosas que no tienen repuesto y culpan al otro si algo sale mal, continúo citando al poeta. Con todo, siguen en primera línea, se les ve pavonearse en cuanto tienen ocasión, agreden con naturalidad, hurtan sin rubor, besan sin permiso, mienten por principio, comulgan en familia con la hostia bendita de la verdad, pero basta darles un minuto de conversación para comprobar que no son como nosotros, los educados, los que deseamos no faltar a nadie sin motivo. Porque de vez en cuando hay que arremangarse y cantarle las cuarenta a quien nos hace el mal. Tenemos con qué hacerlo, no somos livianos en las réplicas, hemos leído mucho, hemos aprendido a conversar, se nos ha vestido con los primores de las telas más nobles, pero hay veces en que dan ganas de ponernos a su altura, Dios no lo quiera, acudir a la barbarie, dejar sentado que hay sitios por los que no pueden pasar, caminos reservados a la concordia y a la convivencia limpia entre iguales, pero serán estériles los argumentos, nos cortarán a la primera, elevarán el volumen de las palabras, confiarán en que las dimensiones del ruido atenúen las de la cordura. Y quién sabe si volveremos a ser buenos, si es que alguna vez lo fuimos.

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Esplín

  Hace falta cierta educación sentimental para no acabar muriéndose uno tan comido de urgencias.