Leo en cualquier parte. Nada malogra mi afán lector. Soy capaz de abstraerme, de retirar cualquier distracción o incluso de incorporarlas a la lectura. Lo que no soy capaz de hacer es leer con mal humor. Entonces me inclino por escribir. He escrito con ese ánimo infame con demasiada frecuencia. No sé si he leído más que he escrito, aunque si me paro a pensar, no crean que me entusiasma esa voluntad, me considero más lector que escritor, lo cual quiere decir que estoy triste con frecuencia o que el buen humor no me visita como quisiera y, sin embargo, no hay día en que no me encandile el sol allá en lo alto o la música del aire cuando me quedo quieto y busco en los jardínes un lugar en el que quedarme quieto. Leí hace poco que leer es un ejercicio de soledad absoluta. No hay nada que rivalice con su austera firmeza. Yo no creo estar de acuerdo del todo. Cuando leo, me siento confortado, conozco gente, hablo con desconocidos, siento en el pecho la locura de que puedo confiar en el futuro. Ah, pero escribir. Ahí el mundo se expande y me abraza. Me contiene, lo contengo, nos entendemos.
11.8.26
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