9.8.26

Lacrimae

 


Ella escucha hormigas con nubes en la boca azul de las algas, lee las nubes cuando las demás ninfas cierran los ojos y nada predice la inminencia de un milagro. Ella es la distancia entre la herrumbre y los salmos, un rumor ocupado en desoír el lamento del aire. Ella canta mientras mueve las piezas del juego. Se sabe todas las canciones del mundo. Un día todos los caballos muertos serán emanaciones de todos los caballos muertos. Ni ángel que promulgue edictos ni hormiga en el camino hacia el templo. La niebla es un mecanismo de defensa de los poetas sin metafísica. Las hijas bastardas harán comercio con sus poemas infantiles. Bastará franquear el umbral con la tristeza de los soldados ciegos, con el humo de las grandes fábricas, con mujeres muy ancianas que rasgan la seda de la eternidad.  Nadiuska está negociando la salvación de su alma. Todo lo que puede ser dicho no expresa lo que el silencio contiene. Mañana llevaré a la imprenta el diario de la redención. Llevaré una brújula en el bolsillo, llevaré cromos del Atleti de mil novecientos setenta y seis, Capón, Bejarano, Cano y Ayala. Iré puesto de té birmano, verán mi corazón intimar con el barro, sabrán de la compostura metódica de mi sangre. Ella será un niño que obedece la danza del crepúsculo; mis ojos, tres piedras en la garganta de mi madre. Comprenderé la última voluntad de los insectos. En mi pecho fallecerán con unánime estruendo todos los días de la prosperidad y de la bonanza. Los relojes están llenos de niebla. El tiempo está izado por una mano de arena. El mundo es un ojo sacado de su cuenca y expuesto a la intemperie del fuego y de los hombres. Tengo en mí toda la sustancia de la luz. Cuando me huelan conocerán el cosmos, sabrán de las palabras del aire. Yo tengo la respuesta, les diré. Ahora estoy aquí, en la enfermedad de las palabras. Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el miedo asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. Patrullas de agentes lingüísticos vigilan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. Siempre tuvo éxito el pecado. Uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado. Me duele el peso del mundo, que ya no es amor. Es óxido, trama de metales con su vocación de réquiem. Siempre tuvo éxito lo clandestino. Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. Ahí pueden verlo, midiendo la boca del espanto. Por si entra con facilidad y no tiene que encogerse más. Es una criatura debilísima Chet. Se ha empequeñecido poco a poco. Ya no tiene la voz dulce de los cincuenta. Ya no se enamora con facilidad. Ya no trae oro cuando abre la boca y la acomoda al metal de su trompeta. Chet es mi padre con música de fandangos. No me preocupa el silencio. Recatado y puro, el dios de la cosecha o el dios del orden mordisquean sin estridencias la cabeza de una avispa muerta. Vírgenes coreanas encienden con entusiasmo incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias. Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Mallarmé en vasco, un verso de Keats en ruso. Mi madre no ha leído poesía en su vida. Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real. Los de Mallarmé. Todos los versos ungidos por el numen de la fe en la bilocación del espíritu. Mi padre duerme con una escolta de pájaros que lo izan muy alto y lo dejan luego en la cama para que no sepa que fue un sueño. Lo dijo el poeta. Yo sólo me dedico a poner al día los registros. Soy el que en la vana noche cuenta las sílabas. El inútil. El que no entiende ni la claridad ni la sombra. El desprendido de la rama del árbol que nunca da con la tierra ni corteja al aire. La poesía se abastece de estos desatinos. El poeta es un dios rudimentario y caprichoso. El poeta es un escriba de sí mismo. Un trémulo trino de trazos tristes. La poesía está adentro. El poema es un fulgor invisible, una luz apenas entrevista, un caos lúcido o un delirio. Uno escribe con pudor. No sabe bien qué decir, si convendrá o no decir. Si habrá pájaros. Si caballos. Si todo es un sueño. Si mi padre acabará echando a andar o a volar y ya no tendré que venir a verle dormir todas las tardes a la residencia donde se muere desde hace tres años.Se ha ido muriendo sin interés. Está enteramente dispuesto a que se lo lleven y cierre los ojos para que ninguna luz le recuerde la luz primeriza, la que lo escoltaba por la Colonia de la Paz, por las calles festejando su mocedad de bolero y Lorca. Los tiene cerrados.Hablo con sus ojos cerrados para que no se desvanezcan del todo. No me miran, ni los miro.También yo los tengo cerrados.Me duelen los ojos cada vez que no veo los suyos mirarme.He ido escribiendo la plegaria con afán orfebre, con tiento, con humildad. No sé nada sobre ninguna de las grandes palabras del mundo. Sé de las pérdidas, de los jardínes sin brújula, de las tardes huecas con un limón en la boca. 



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