5.11.21

Un paseo con Gustav Mahler


 Berg debió escribir Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima, lo cual podría ser uno de esos delirios en los que uno incurre cuando está manifiestamente cansado. No recuerdo cuándo escuché Lulú por primera vez. Tampoco cuándo la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no sean relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos o en dos mil (debió ser verano) entrevió en un paisaje marítimo la razón huidiza de la belleza. Soy de los que piensan que el sentido de las cosas o la belleza que exhiben  está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera, ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos sitios a los que los poetas les dedican su empeño. Ya no sé si soy un poeta. Debí serlo de un modo apasionado en mil novecientos ochenta y cinco y luego fue decayendo esa conciencia preciosa y sutil hasta el mediocre oficio de ahora. Poeta a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o poeta a tiempo completo, de los que se dejan ocupar por los primores de lo real o por la elocuencia de lo invisible. Irrumpe entonces el numen a su antojadizo capricho, sin que se tenga voluntad o algo parecido a una propiedad sobre él. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Será desbarrar el estado natural del que escribe, hace días que no lo hago, vaya usté a saber por qué. Uno escribe, y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. No puedo decir mas. No sabría. No es de mi incumbencia lo escrito una vez volcado. Menos mal. Escribo mucho y no tengo tiempo de adquirir una responsabilidad innecesaria. Ahora, mientras que el lector lee este texto, subo la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Ahora no me gusta Lulú. Es pesada la ópera. No me impresiona como imagino que entonces. La caja de Pandora de la que habla abre sus confinados males precisamente ahora. De Mahler, no obstante, guardo querencia por su opulencia o por su fragilidad. No ha habido merma. Creo que no. Hay veces en que paseo mi pueblo con alguna sinfonía suya en los cascos. Los tramos de más liviano cuerpo se escuchan como a lo lejos, imperceptibles a veces, si se anima el tráfico mientras voy de un sitio a otro, ocupado en la observación de que la música que escucho modifica el paisaje. Lo hace de un modo irrebatible. Hay calles que son ya siempre de Mahler o de Robert Johnson, pongo por caso. Hace un par de días fuimos los dos en comandita. Mahler y yo. No fue un mal paseo, qué va. De todas formas, no manejo con soltura la nomenclatura, se me viene abajo el robusto (antaño) manejo de los nombres. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras. Mirado con objetividad, no soy quien fui, nadie es quien fue, el mundo nunca es lo que dejó atrás. Es nuevo y es hermoso a diario. Duro y complejo, también. El tiempo, el juez severo, escribe sus páginas. No son cosa mía. Tampoco vuestra.

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