I
Debe haber una manera de que todo lo malo que nos suceda no prenda, no hiera, no rompa lo que antes fue alegría, esplendor, vida, en suma. Valdría un mapa que nos asegurase poder volver a casa cuando se ha malogrado el camino y no tenemos luz que combatan a las sombras. Las hay para que la luz irrumpa, podría pensarse, pero no siempre se tiene a mano esa llama pequeña que la derrote. Escribir sobre lo que se ha perdido sirve para que la pérdida no lastime. Este libro de Alfonso Brezmes no es un inventario de pesares, sino una brújula hacia la luz. El hecho de que podamos mirar de frente a todo cuanto nos merma y salgamos robustecidos, animados por una especie de don, que será de la tristeza y también de la esperasnza, hace que la vida, por más que nos debilite, prospere. Habla uno de oídas, aunque haya conocido la tristeza sobre la que se funda este (diré ya y repetiré más adelante) excelente poemario. Tenemos con qué hablar del dolor ajeno, de la tragedia ajena. Cualquiera de sus manifestaciones es de una intimidad que nos pertenece, está construida por la misma dura sustancia que nos abate con singular ahínco. Se afinca uno a la tristeza por designio divino, por la mera circunstancia de venir al mundo, qué podríamos usar contra esa bendición, por la pereza de Dios, que no se esmeró en el cuidado de sus criaturas y las arrojó a la alegría, al esplendor, a la desgracia, a la vida, en suma. De ahí que el poeta, más que inventariar su tráfago por ella, se empecine en registrar ese roto primerizo, alargado, perseverante, ese material sensible que, hecho añicos, cunde en la memoria y favorece que importe, más que nada, sobrevivir.
II
Venir al mundo con el recado de que algún día lo abandonaremos iza esta catedral de vida con la que Brezmes nos ha agasajado. Porque hay gratitud en quien lee, una manumitida de retórica, expresada con los más elementales mimbres: el de la conciencia de que el poeta nos habla con legítima intimidad. Como si nos animase a perseverar en lo que quiera que nos haga sentirnos vivos, determinados a festejar cualquier brizna de gozo y acunar su recuerdo para cuando vengan los colores fríos y los colores grises y todo lo que un día fue espléndido se preserve y siga su oficio noble de luz y de entusiasmo. Y mira qué es difícil escribir desde la pena y dar con el músculo de la alegría.
III
Es un libro de colores este libro. Su don es cromático. También universal. Acude Brezmes a ellos para invocar la luz, su fragancia. El hecho de que el poeta decida encomendar a su memoria lo por venir le autoriza a rasgar el velo del tiempo. Es suyo, tiene propiedad sobre su influjo. Eso querrían muchos poetas: poder ver el mundo por primera vez (Origen) y hacer acopio de ese llorar de alegría y reírse de pura tristeza. Tal vez las dos emociones sean la misma. Reímos, lloramos, hacemos como que sabemos manejarnos en la alegría y en la tristeza, aunque el corazón sea quien finalmente se pronuncie. Brezmes lo ha apurado con magisterio: se ha hecho fuerte, ha permitido que la sangre no cuente solo lo perdido en su fluir ciego, sino que se afane por dar con el temblor del futuro. Qué hermoso ese vislumbrar en lo oscuro, ese palpar hasta que de pronto todo cobra sentido y las palabras (ellas son las que lo gobiernan todo) descubren nuevamente la vida.
IV
Ser el poeta y el poema y quien lo lee. (Lo inevitable). Estamos leyendo al hombre, no a sus palabras. Leemos, nos leen. Yo creo que Brezmes se ha arrogado ese oficio en esta rendición de su ánimo. Habla para quien se está yendo, para quien fue, para quien no ha dado muestras de que sea posible que finalmente acaba yéndose, pero también le habla a quien no conoce, al lector que ignora tantas cosas, pero las sabe cercanas, vividas, sentidas. Me habla a mí, te habla a ti. Sobre todo, es un decir hermoso El don de la tristeza: un catecismo laico sobre la pérdida, sobre la melancolía, sobre todo lo que alguna vez nos hizo sentirnos vulnerables, patéticos, tristes, sí, pero sobre todo, humanos, destinados a perdurar como la piedra o como el cielo.
V
Se habita un cuerpo, cuenta un poema, igual que se ama un pájaro en el cielo. Cuenta la dignidad del vuelo, la permanencia de las nubes mientras danza la carne en el pretil del tiempo. Acepta su decadencia, eso dice, tristemente. Y emociona leer que se deja ir, que se suelta "sin ruido". Que la vida obra con arteras maniobras, pero seguimos viajando, transcurriéndonos, dejadme ahora que conjugo a mi manera.
VI
El don de la tristeza, más que otra cosa, es un libro que trata sobre el tiempo. No es del amor de lo que trata. Ni siquiera de lo que lo interrumpe. Porque el amor continúa su tráfago ciego, pero el tiempo es un arcano, un desbordarse sin que haya agua que acojamos dentro. Yo lo que quiero es esa melancolía dulce (es la palabra que más se me ha quedado, más que la tristeza que tanto acude) con la que el amante se sabe depositario de un fin: guardar los recuerdos, guardar los instantes. Y no se crea el lector que es un exhibicionismo imprudente: hay tanto cuidado en el contar, hay tanta belleza dentro de todos esos añicos del tiempo.
VII
Son poemas pequeños los que Brezmes elige. Todo es pequeño, ajustado a una necesidad de que la brevedad (no diré que la concisión) encierre algo enorme, catedralicio. Mira el poeta con los ojos rotos por la pena, pero darían la impresión, si los viéramos, de que se empecinan en aliviar el llanto y buscar un paisaje que permita extender el cuerpo, depositar el alma, que es una cosa física, dura, palpable, con peso y medida. Creo más cosas: el alma es tangible. La poesía la vierte. Podemos ver al poeta si sabemos leer sus versos. Vemos (el verbo es legítimo) cosas que no veríamos si no las leyéramos. Aquí hago mención de algo que considero fundamental en la poesía: decir lo que no se puede decir, contar lo inefable, hacer que lo invisible comparezca, permitir que todas esas grandes palabras del mundo (tristeza, melancolía, pérdida, abatimiento, muerte) se contemplen con una brizna (es la segunda vez que empleo esa palabra) de esperanza. Al final, va a ser que el don es suyo, de la esperanza, del porvenir, de lo que todavía tiene que suceder y nos tiene en ascuas, expectantes, solícitos, hambrientos, sensibles.
VIII
Se muere uno de belleza. Despojado de cansancio, entregado sin tregua a la comisión de lo hermoso. Tardes felices en Venecia (El último vaporetto) en la que los barcos que se pierden duran más en la memoria que todos los que alguna vez nos sirvieron para recorrer lagunas, ríos, mares extraños, quizá olvidados. Engarzo con la cita que Brezmes toma de Piedad Bonnett: "Lo terrible es el borde, no el abismo". Una de las cosas que más me ha gustado de este libro es su capacidad para conciliarnos con la belleza. A veces se nos escapa, no damos con la herramienta que la abre y nos la muestra. Estamos ciegos, las más de las veces. Solo abrimos los ojos cuando nos hiere el temblor de lo inédito, el barco que se aleja, el silencio distinto a todos los demás silencios (Todos los blancos, el blanco). Es esa facultad para no saber nombrar lo que nos emociona lo que rige este poemario. No dar con la nomenclatura, no tener que hacerlo. Se van acumulando los prodigios, se va recamando de amor la memoria. Y no es preciso distinguir un silencio de otro, un blanco del siguiente. Y está a mano "la paciencia / de esperar a lo que llega sin nombrarlo".
IX
Dónde habremos sido felices, nos preguntamos. La savia ( Punto de lectura) circula por donde suele, conoce su travesía, vigorosa, dice el poeta, pero el ayer "ya no es nuestro". Y entonces, si se nos pregunta, qué decir, cómo explicar la ocupación del tiempo, "los lugares en donde nos amamos", tan hechos a convertirse en el mismo. También es de eso, del don de la felicidad, de lo que habla este de la tristeza. No es posible extirpar el uno del otro, la carne acariciada con esmero y de la entregada a la dura decandencia, a su destino irrevocable. Al final, siempre hay un final, a pesar del esplendor del trayecto, solo nos pertenece la vida vivida, la que se encarga de que podamos sonreír "si alguien / al vernos tristes, nos pregunta".
X
Aprecio una advertencia en el discurso invisible de todos los poemas: el de una especie de conferencia íntima, contada a unos cuantos elegidos. Como si se nos hubiese invitado a una celebración de algo. No sé exactamente qué motivo exacto la aliento. Probablemente lo sean todos. Cualquiera valdría. El de la bondad o el de la tristeza (tan repetida, tan inevitable) o el de algo parecido a la cercanía de alguien que te echa "una mano en el hombro" para que todo nos haga pensar en lo bien hecho que está. Un leve arrimo de amor. Un gesto sin alharacas. Una mano que comprende.
XI
De llorar está hecho el ojo a lubricarse, a no caer en un secarral terco que no permita entender la variedad de las luces y el vocerío de los colores. (Lacrimosa). Se le da al ojo la cualidad de una entereza que no desea. Se gusta cuando muda la piel y se precipita en lágrimas. Le harán sentirse vivo. La xeroftalmia (gracias, Alfonso, por la palabra) intimida, más que otra cosa. Parece algo más grave, cuando no lo es. El ojo seco es una anomalía de la luz, incluso del corazón. Llorar cura, alivia, calma. Yo he llorado con frecuencia cuando la belleza me ha cruzado. No tanto por el dolor, que también, sino por la belleza.
XII
Hay que saber estar tristes, explorar lo que lo triste ofrece hasta que se adquiere una especie de adueñamiento de esa bruma o de esa niebla o de esa nostalgia. He dado dos sustantivos físicos y uno abstracto, pero los tres son, en esencia, uno, y rescinden el comercio de la materia o del espíritu para poder manifestarse con ambos. Hay una tristeza que pesa como fardo. Una niebla que se cuela en el corazón. Una bruma que entenebrece el espíritu. (Nothingness) "Y vivir así, sin más cuidado, / como el pájaro que cruza la tarde / y va zurciendo el cielo con sus alas / para que no se caiga". Es no caer lo que anhelamos. O incluso caer con lentitud absoluta, a sabiendas de que descendemos, pero sin la rotundidad ineludible del suelo. De confiar en la verdad del aire mientras caemos. De saber que se cae incluso cuando creemos estar siendo elevados, adquiriendo una facultad que no es la propia, la de volar a voluntad, la de danzar y, en la sublimación de la música, pensar que no habrá cansancio nunca y no tendremos que pisar la tierra y morir un poco. Qué de cosas cuenta Alfonso Brezmes, sin aparente retórica, despojado de barroquismos, resuelto en liviandades, en esas ligerezas que guardan enseñanzas profundas. Quién las quiere, se preguntará el lector. Vamos descubriendo el dolor conforme el dolor nos atraviesa. Como el pájaro al cruzar la tarde descubre que se acabará echando la noche y no verá la fronda del bosque ni los tendidos eléctricos. Dice el poeta preferir siempre lo pequeño (De vita levis). "Como quien lleva un cazo ardiendo / o desiste un día de la infancia / de llevarse, cubo a cubo, el mar". Lo leve, añade, "ir echando raíces en el aire / hasta reconstruir aquel jardín / que alguna vez llamamos con nostalgia, / para poder soñarlo, paraíso ".
XIII
"Let's make Itaca great again". Qué lejos están los bárbaros, pero qué rápido avanzan. Es posible que hasta en la pérdida de lo que amamos atisbemos la pérdida de lo que somos. Uno frente al mundo. Qué pequeños parecemos.(Tan hermoso el viaje). Y lo que he reído al leer esa soflama brevísima. Como si solo algunos entendieran y hasta nos diese igual que todos la entiendan.
XIV
Qué delicado habrá sido escribir este libro. No caer en sentimentalismos, no hurgar en los lugares comunes, tantos hay. Ha tenido que lidiar con la dignidad del corazón, que a veces se corrompe o se lastima en demasía y no da de sí mucho tras herírsele. Ha conseguido algo maravilloso: dar a la tristeza un significado nuevo. Convencer (convencernos) de que de ella puede surgir una tristeza mejor, una que haya aprendido a manejarse en la vida y nos haya convidado a ver qué hay cuando solo hay tristeza. Claro que hay oscuridad en la tristeza: la hay en estos poemas, no es posible que no se persone con su negritud inaplazable, con su duelo, con su luto firme. Pero hay evidencias de que las escaramuzas de la luz prosperen y la liza (la de siempre, el bien sobre el mal, la claridad sobre las tinieblas) no acabe ni siquiera en tablas, sino que venzan los colores, la esperanza, ese fundar de nuevo el mar (Tríptico latino: Vanitas) sobre el lecho de las lágrimas.
XV
La tristeza es la ceniza cuando nadie recuerda el fuego. Duele más la tristeza que la muerte. El silencio es un mapa de la oscuridad. Hay que contar hasta cien con los ojos vueltos hacia adentro. Ahí el humo de las palabras, ahí el temblor con su muñeca rota.
XV
(Utilidad de la noche) Para lo que sirve la poesía es también "para pagar a plazos la muerte". Como si Novalis arreciase con algunos versos de sus himnos y tembláramos. Como si fuese verdad que nos pareciese "pobre y pequeña la luz", que el sueño "dura eternamente". Es también de eternidades este libro. Volvemos al tiempo, a su influjo. Hay que tener fe en el tiempo, en lo que hace con quien lo venera o con quien, inocente, lo ignora. "Un día pasearemos juntos", vuelvo a citar el poema de Brezmes. Pide, no obstante, que el amor se vaya y corra "libre". Escribir poesía (esta poesía, este urdir versos) es "contar una verdad / que no existía antes". (Mentiras relativas). Se hace verdad al ser pronunciada. Se sustancia, comparece, íntegra, ineluctable. Al llorar, el poeta, crea el mundo. (Recreación). Las lágrimas son el grumo novicio, el primer asidero desde el que poder levantarse y tocar de nuevo el paisaje. Eso hace la poesía, eso nos regala. He tenido la sensación, conforme iba leyendo, que El don de la tristeza es un largo poema único. Está fragmentado, dividido en muchos poemas, pero son íntimamente uno solo, extendido. Parecería un monólogo, un recitado. Se advierte, déjenme decirlo, generosidad en ese volcado personal, en ese contar que, más allá de la literatura, se erige como un cántico noble, que se permite invitar a Sade, esa reina del pop (alguien dijo que un amor como el nuestro no duraría) o a Tarkovski o a los pájaros de barro de Manolo García o a Ulises o a Lars Von Trier de Melancholia o al Roy Batty de Blade Runner . Quien habla es un hombre del mundo. Alguien que sabe que ocupará el mundo y que el mundo le ocupará a él. Ese es el recado de esta partida de cartas con el lenguaje. Ha ganado él, ha dado con las palabras correctas, con las que erizan la piel e invitan a que le pongamos la mano en el hombro y sienta, en su devastación, un halo de ternura, un pequeño arrimo de esperanza.
Coda
Lean este libro por cualquier razón que se les ocurra. Cualquiera vale. Si están felices o tristes, si sonríen o si lloran con frecuencia. Háganlo para continuar estando felices o tristes o para seguir sonriendo o llorando.

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