Una vez alguien me contó que esta canción de Stevie Wonder le abrió el corazón de la chica a la que amaba. Siempre sostuve que hay una canción a la que confiamos que exprese lo que nosotros no sabríamos. Se le encomienda el recado de que expliquen lo que las palabras no pueden. No siempre damos con ellas. Incluso cuando lo hacemos, en ese rutilante momento de elocuencia, precisarían un arrimo musical, una de esas melodías arrebatadoras que parecen haber sido escritas para que concursen en el acto supremo de granjearnos el amor de alguien. La de Stevie Wonder no es la voz primera, la hace Jim Gilstrap, un reputado músico de sesión que no tuvo carrera en solitario remarcable. Recuerdo que fue la primera canción que escuché de Stevie Wonder. Con entusiasmo infantil, no tendría más de doce años, recuerdo ir con mi padre a comprar el álbum. Fuimos y vinimos en autobús una mañana de sábado. Tantos años después, recuerdo a mi amigo haciéndole la corte a su amada y a mi padre llevando de la mano a su hijo hacia la felicidad.
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