11.7.22

192/365 Pedro Pablo Rubens

 


Uno no recuerda nunca las palabras exactas; tampoco qué voluntad las animó. Importa cuáles elige, de qué modo hace ver a los demás que la belleza ha ocupado la atención de quien la percibe. Hay que esmerarse en ese momento en que se verbaliza la fascinación que produce la belleza, pero cuando el desgarro es grande y esa visión lo llena todo no es necesario el concurso del lenguaje. Se omiten las palabras, se deja de confiar en ellas. No hay manera de explicar el asombro puro, ese vértigo que nos conmociona bien adentro. A veces pasa lo mismo con el amor. Uno tampoco da con las palabras precisas. Los buenos poetas emulan una respuesta; los malos, en su titánico esfuerzo por restituir lo que sienten, sólo crean más incógnitas, únicamente añaden interrogantes. Uno aprende a moverse en estas imprecisiones. Araña la superficie del corazón de las cosas, pero no penetra, no se llega al final por ver qué hay. Detrás del arte debe estar el origen mismo de la vida. A lo mejor está el Dios en el que no me es posible creer, con el que entablo un diálogo feliz, aunque baldío, por el que en ocasiones siento un afecto primario y por el que, en otras, mantengo una actitud de indiferencia. Pasarán todas esas cosas porque no poseo el lenguaje, su código medido. En cierto modo la belleza (o el amor o la fe) es un estado del ánimo que no debería ser transmitido al exterior. Da de sí en privado fulgor. Calla quien lo observa, calla y lo hace suyo, deja que lo alimente. Por eso, cuando entro en una catedral, no hablo, no me creo capaz de decir nada que deba ser dicho, no hay de verdad nada que decir. Sólo hay que mirar. En esos momentos no hay una soledad más apacible, de más hondo pálpito. El mundo, dentro de ellas, se detiene. Las hicieron para eso. Se levantaron con esa voluntad de grandeza. Las del pintor son invisibles. Palabras que no se articulan en sílabas, pero que inducen un significado. Probablemente tengan la loca elocuencia del la intimidad con la que atesoran. Loca y eterna. El tiempo no las toca. Permanecen. Crecen. Adquieren hondura a cada siglo que las atraviesa. Se ama la pintura por ese arrimo de verdad. La de uno esa verdad. La aplicada con el corazón. El pintor que me hizo pensar la pintura (lo cual es tal vez un contrasentido) fue Rubens y sucedió en el Museo Del Prado. Hacia falta ese deslumbramiento para que yo tuviese la conciencia de la que antes carecía. El hecho físico de contemplar el óleo mismo que él pintó me desconcertó. Debería recordar cuál fue, poder enfrentarme a él en una pantalla, ver qué siento desde lo que sentí. No pudiendo, busco en la red cuadros de Rubens. Espero un clic. Un destello. Una sacudida. No daré con él y dárselo mismo. Quizá aquel milagro sucedió para que nada lo enturbiase. Como un sueño. Los museos son mapas de sueños. Contienen las historias que inventamos. Mi imaginación produce la idea de que no fuese Rubens el principio activo de esa epifanía. Sería una de esas escenas suyas entre lo bucólico y lo galante en donde el amor es un estado visible al modo en que lo es un jardín o el cuerpo rotundo de una mujer desnuda. Rubens es de desnudos y de transfiguraciones o sería un episodio épico en el que los caballos se yerguen con majestuosa armonía sobre un campo sembrado de soldados muertos o agonizantes. Rubens es de cuadros grandes en los que los ángeles y los caballos son piezas que amedrentan o conmueven. Sus santos exultan grandeza. El gran maestro flamenco los hacen sensuales, los sublima como si todo el cielo fuese un milagro y esos hombres piadosos hubiesen recibido el recado de contarlo a las almas reacias. Rubens aceptó los encargos de tema religioso (Elevación y descendimiento de la cruz, La asunción de la virgen, la Resurrección de Cristo) y procedió con rectitud y respeto, pero ah qué carnalidad la de sus figuras, qué trasunto terreno, qué sutileza brutal, si se me permite el oxímoron. Creo que volveré pronto al Prado. Tengo que ver de cerca los prodigios. La pantalla del ordenador es un simulacro digno, pero no hay corazón, no veo al pintor detrás de su obra. Entonces veré si escojo con primor las palabras que restituyan toda esa festividad de los ojos. Si daré con las exactas o no podré acuñar las más elocuentes. Mirar bastará. 

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