27.7.22

208/365 Jean Seberg

 



Eran los tiempos del Cahiers du Cinema. Los días de la Nouvelle vague. Truffaut. Chabrol. Sartre, Camus, el existencialismo, la guerra en Argelia: París no era una fiesta. Los primeros cimientos de una imparable sociedad consumista. Cortázar escribiendo en  las buhardillas del barrio Latino. Una rubia de pelo corto y ceñidas mallas negras vendiendo en los Campos Elíseos el Herald Tribune. Un alegre bon-vivant, play-boy gañán y atolondrado, verborreico y sentimental, que delinque sin maldad y al que, invariablemente, le concedemos toda nuestra simpatía. Al final de la escapada, la muerte en el asfalto, la traición. Antes: un blanco y negro precioso: jamás París ha sido filmado de esta forma. Antes: una historia de amor naïf subida de tono para la época. Dentro: una tragedia griega o un drama shakesperiano. Jean Paul Belmondo es un Hamlet del hampa, un fan declarado del género negro que remeda en su periplo vital los arquetipos que le ofrecen los films. Jean Seberg es para siempre Patricia, la belleza, una belleza absolutamente intemporal, una imagen que supera el rigor de los años. Bebop: jazz sincopado, el jazz sigue  los movimientos ágiles de la cámara. O es al revés, que parece también moverse como espoleada por la música. Amor furtivo, amor clandestino, amor fou. La huida a Roma, que no será posible. La traición improrrogable. Sin aliento. A Michel Poiccard le importa poco morir: sólo quiere acostarse con su chica americana. La chica, Jean Seberg, fue encontrada desnuda y sin vida en un Renault 5 blanco. Llevaba días desaparecida. Tenía el estómago comido de barbitúricos y alcohol en la sangre como para llenar una cuba. Su marido, el escritor y cónsul Romain Gary, se suicidó un año más tarde.  Se la desprestigió hasta que dijo basta. Se la condujo a ese limbo tóxico en el que las convicciones son más fuertes que la propia vida. Antes de que decidiera marcharse, había sido Juana de Arco para Otto Preminger. su debut en el cine. Fue su militancia política la que la hizo trizas. Harta de que le ofrecieran papeles mediocres, su ánimo se fue apagando. Los rumores apuntan a que el FBI la enfiló, confiado en arruinar su aura de icono de una época. Todo muy de película, también. Se refugió en la escritura, se hizo poeta. No se sabe para qué se escribe, pero ella lo haría para canalizar esa frustración y no desaparecer del todo. No lo ha hecho. Sobrevive la actriz que, en palabras de Truffaut, hacía que no pudieras ver otra cosa en la pantalla cuando su rostro angelical la ocupaba. 

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