Yo no querría ser Don Draper. Tampoco podría. No doy la talla en la apostura, en esa cualidad suya de sobrevivir a pesar de todos los escollos. Incluso son eso, los escollos, las adversidades, las que lo curten, a quién no. Cuantas más suceden, mayor es la ganancia, más épìca la travesía hacia ella. Habrá gente como Don Draper por ahí. Te cruzarás con ellos y no tendrás ni idea de que has estado muy cerca de alguien al borde del precipicio. En Mad men, la maravillosa serie de AMC, circula junto a él durante siete temporadas. Tendrá a todos los demonios en su cabeza, pero libra con ellos una batalla diaria y sabe cómo mantenerlos a raya, de qué ladina manera contenerlos. Nadie que se haya descarriado tanto puede sacar cabeza y mantener se a flote, pero Draper es un héroe griego, una divinidad conferida con los recursos de todos los demás colegas del Olimpo. Nadie fracasa con ese esplendor de emperador del trago corto, nadie lleva dos vidas sin que una se preocupe por la rutina de la otra, nadie es infiel con más glamour. Si se envalentona el ánimo y se busca una redención que ofrecerle, topamos el duro. Hay un hombre enormemente frágil en Don Draper. Todo lo que hace que ocurra a su alrededor es una distracción enorme para no tener que apencar con esa flaqueza. Su talento para hacer feliz la vida de los demás (salvo la de su mujer y la de sus hijos) es una herramienta inútil para la suya. No hay debajo del traje impecable y el afeitado perfecto nadie con quien contar. La felicidad la inventó él en un anuncio y luego hizo mil más para vender amor. Se le ve entero cuando hace su trabajo. Es el mejor. Se le ve a trozos o no le vemos siquiera cuando llega a casa, se quita la chaqueta, se sirve otro whisky y pierde la mirada en su mujer, que le cuenta, sin que él escuche, lo mal que lo está pasando la vecina porque su marido se acuesta con otra. Están todos vacíos. La mujer. Los vecinos. Draper. Lo que cuenta Mad men es la manera en que cada uno va aliviando los huecos con lo que quiera que se les ocurra y sirva. Don es el masculino arquetípico, el empotrador profesional, el bebedor sin consuelo, el fumador mecánico, el seductor agotado de éxito. Al final, el héroe griego se presenta herido. No hay confianza. Le duele el alma ahora que ha permitido que todo el mundo la observe. La imagen icónica de la serie, la del hombre enchaquetado que cae inacabablemente, es una metáfora perfecta. Draper ha estado cayéndose. Lo ha hecho todo el rato, pero hasta para caer hace falta tener cierto decoro, una compostura. Durante 92 episodios se nos hace ver que estamos en el lado correcto de la vida: podemos encapricharnos de algo y adquirirlo. Se nos dice una y otra vez que somos nosotros los elegidos. Gente como Don Draper garantiza que nuestros sueños se cumplan. Da igual si al contado o a plazos, pero nadie cuida los sueños de Draper: está solo, está triste, lleva la bragueta siempre abierta y un montón de pasta en la cartera. Permitiría hasta que se le mintiera. Lo notaría al instante, pero agradecería el gesto. Ya que no hay disenso en aceptar que una vez se ha llegado arriba (todo lo arriba que cada uno pueda) hay que pensar en ir bajando, admitimos también que Don Draper es el modelo idóneo para ilustrar el descenso. En el camino, vende a su madre, vende un país entero, vende su alma. Cualquier cosa es una mercancía y él es el encargado de metértela por los ojos. A partir de ahí, estás solo con tu deseo. Los dos componiendo una escena satisfactoria. Nadie quiere ser Don Draper, pero todos llevamos uno dentro. También él contaba con eso. Con conocer el alma humana como Dios conoce sus nubes o como un borracho sus bares.
31.7.22
30.7.22
211/365 Jaco Pastorius
El New York Times, en su nota necrológica, decía que era "un Monet con sentido del ritmo". John Francis Pastorius III. había muerto de una paliza a la puerta de un club de Florida el 11 de septiembre de 1987. El portero se ensañó con él cuando se le negó la entrada y trató de acceder al forzar una puerta. Una semana después de su ingreso hospitalario, la familia le retiró la asistencia respiratoria que lo mantenía en un coma irreversible. Era el mejor bajista del mundo y tenía conciencia de que era así. No por vanidad, ni por haber sido elegido en alguna lista de alguna revista reputada, sino por convicción orgánica, por una sencilla conclusión cartesiana. No había grabación en la que alguien hiciera lo que él. Nadie había retirado los trastes al mástil de un bajo eléctrico (una Fender) y llenado los huecos con una resina. Jaco tenía su herramienta y le puso nombre: Bass of Doom. Era su Lucille doméstica. Con ella hizo las diabluras que engolosinaron las orejas de Joe Zawinul, alma de Weather Report, que lo reclutó para la banda y cubrió la marcha de Alphonso Johnson. La mejor banda de jazz rock tenía un muchacho al mando y la mecánica loca de su instrumento arrastraba a todos los demás músicos a seguir su vertiginoso compás. Basta escuchar Donna Lee, el clásico compuesto por Miles Davis y grabado por el quinteto de Charlie Parker en 1947, la pieza que abre su disco de debut, Jaco, para darse cuenta de que se está escuchando algo nuevo. Don Alias toca las congas de fondo y Jaco se enreda en una ejecución dulce y trepidante, hipnótica, capaz de moverte a dejar lo que andes haciendo y fijar todos tus sentidos en los malabarismos técnicos del bajo. Había hecho resurgir el bebop con un himno para las nuevas generaciones.
La primera vez que supe de Pastorius fue al maravillarme del sonido de su bajo en Bright size life, el disco con el que otro genio de la guitarra (Pat Metheny) debutaba en la música. Era 1976. Once años después, Jaco desaparecía. Dejó un monumental registro de su talento. Se le comparó con Jimi Hendrix por la osadía en la digitación. Marcus Miller, Victor Wooten o Christian McBride se presentaron en sociedad tras alimentarse de sus discos y probar a tocar como él. Bipolar, autodestructivo, bebía agresivamente, buscaba heroína antes de tocar y tocaba hasta arriba de cualquier sustancia. Antes de ese abandono y durante el tiempo en que duró, tocó en tres discos fastuosos de mi adorada Joni Mitchell, en seis en la banda de Zawinul y Shorter y se agenció una big band con la que realizó tours por todo el país. Era un emperador y recorría con desparpajo y petulancia su reino. "Soy como Jesús, no voy a llegar a los 35 años". Esa fue la edad en que murió. Funk, punk, jazz clásico, rock desgarbado, sones cubanos (había crecido escuchando radios de La Habana en su Florida natal) y hasta soul (Sam and Dave hicieron coros en su álbum del 76, Jaco) fueron su apero musical. Hoy he puesto Birdland, la pieza mayor de Weather Report, una de las más asequibles también, incluida en Heavy Weather, el primer disco que yo compré de la banda, de la que The Manhattan Transfer harían una versión antológica, con la que este gourmet de sus vicios se inició en el jazz hace muchos años. He sentido la misma punzada que entonces. He barrido todos los instrumentos y he colocado el botón de los graves del amplificador a tope. El bajo ha inundado la habitación en la que escribo. Esos fraseos virtuosos se han incrustado en mi cabeza. La han ocupado entera. Son cosas mías esas topologías del milagro. He pensado en Jaco en el escenario, al que nunca he visto.
Leí que espolvoreaba sus zapatillas de deporte con talco para que al brincar al ritmo de su bajo se levantase una pequeña polvareda. Esa teatralidad era marca de la casa: maneras de cotizarse, de hacerse ver, de no hacer que decayese la frase con la que se le recuerda: "Soy el mejor bajista del mundo". El bajo se prestigió como nunca antes lo había hecho. No sólo se le encomendaba sustentar el músculo de la canción en la que participase, sino que se erigía en centro, en columna, en el corazón mismo de la melodía. Su megalomanía lo abdujo, lo llevó a un lugar lejano, lejos hasta de sí mismo. Se dejó medicar para aminorar sus trastornos mentales, pero pronto reemplazó los fármacos por cocaína. Al final de su vida, dormía en parques, mendigaba para comer. Tocaba en las calles de Miami a cambio de unas monedas. Le robaron su bajo inmortal, el Bass of Doom. Permaneció años de unas manos a otras, comprado por músicos ignorantes del instrumento que habían adquirido. Un coleccionista de jazz lo reconoció y se lo cedió a sus herederos. Debería estar en alguna hipotética iglesia del jazz moderno. Los feligreses acudirían en peregrinación, estoy desvariando. Lo mirarían con arrobo. Cerrarían los ojos y restituirían en su cabeza los arabescos y las piruetas, la línea de acordes y los fraseos.
29.7.22
210/365 José Luis López Vázquez
Con algunos muertos uno no puede rebajarse a la apatía. Se les profesa una gratitud cercana al afecto, aunque nunca se paseara con ellos las avenidas y los parques y en ninguna feliz ocasión se les invitara a café en una barra de bar. Son propiedad de nuestra memoria sentimental, son de una intimidad a los que no afecta la rutina de las horas ni se dejan contaminar por el gris de los días. Viven en un limbo perfecto. En vida y también en la muerte. Habitan el corazón, que entiende en ocasiones más de cosas etéreas y de belleza que de cosas tangibles con las que edificamos la parte menos hermosa de la vida. Siempre pensé que la vida está en lo que no se ve, en lo que no se cuenta, en todo aquello que nos ocupa enteramente pero que no es apreciable desde fuera a simple vista, sin el concurso extremo de la sensibilidad. Y José Luís López Vázquez nos enseñó a ser sensibles, a vivir más deleitosamente esa vida de mentira que existe en el corazón y que no se deja contaminar por la rutina de las horas. Se fue como tantos y se quedará igual que ellos. Lúcidamente conservado en los recuerdos de tantas películas en las que fue uno más de la calle, alguien con el don imbatible de ser cualquiera y de representarnos en la vida. Hizo por nosotros lo que tal vez ni pensaron los cercanos: dar un sentido prosaico a las cosas, rebajar el estrago del trajín diario, convocar la ilusión de que la risa (este hombre tenía el talento de hacer que sonriéramos y riéramos sin tener que contar una gracia) podía salvarnos. Si la vida no es comedia y se maneja con los rudimentos de la comedia será insoportablemente tragedia y manejará los de la tragedia. José Luis López Vázquez fue un tragicómica inconmensurable. Su registro para todas las facetas de la actuación podía caer en cierta sobreactuación, un modo de hacer las cosas como sacado de un escenario de teatro en una tórrida plaza de pueblo, pero se le consentía todo. Su voz (histriónica o templada o grave a requerimiento del papel) es la nuestra. Se le escucha a poco que uno ahonda en su memoria y da con cualquiera de sus frases y la repite con agradecido humor. Junto a él, en aquel plantel maravilloso de actores que ocuparon las pantalla a partir de los sesenta, están Alfredo Landa o José Isbert o María Luisa Ponte o Rafaela Aparicio o Gracita Morales (un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo) o Fernando Fernán-Gómez. Capaz de hacer lo que se le pidiera, pequeño en aspiraciones, un poco patrimonio del cine provinciano de esa época, se hizo grande cuando Carlos Saura le requirió en Perppermint Frappé o en Mi prima Angélica o Jaime de Armiñán en Mi querida señorita. Chaplin dijo de él que era uno de los mejores actores que había visto y George Cukor, tras contar con él en Viajes con mi tía, se lo quiso llevar a Hollywood, pero José Luis rehusó. Me lo imagino como si actuara. No, perdone, señor Cukor, yo es que soy de Madrid, que es una ciudad que se está construyendo todavía, y no me veo yo en las A-mé-ri-cas. Abriría mucho la boca, vocalizaría con la teatralidad requerida y ahí se puede usted ir a California, señor Cukor, que muchas gracias. Cuentan que habló maravillas de él a Frank Capra y a Billy Wilder. No se me ocurre pensar en alguien más parecido a Jack Lemmon o al propio James Stewart, más forzadamente. No hay actor español que no suscite un más unánime aplauso que él. Se dedicó a actuar y en las más de trescientas películas en las que participó bordó lo que se le encomendase. Fernando Galindo (Atraco a las 3, José María Forqué, 1962) es la quintaesencia de ese don absoluto para ser otro que le ocupó toda su vida. También la nuestra. A mi padre le gustaba imitar su voz, lo cual era una proeza por no estar dotado el pobre en dramaturgias. Cuando murió en el 2009 me lo contó como el que emite una desgracia familiar.
28.7.22
209/365 Karl Kraus
27.7.22
208/365 Jean Seberg
Eran los tiempos del Cahiers du Cinema. Los días de la Nouvelle vague. Truffaut. Chabrol. Sartre, Camus, el existencialismo, la guerra en Argelia: París no era una fiesta. Los primeros cimientos de una imparable sociedad consumista. Cortázar escribiendo en las buhardillas del barrio Latino. Una rubia de pelo corto y ceñidas mallas negras vendiendo en los Campos Elíseos el Herald Tribune. Un alegre bon-vivant, play-boy gañán y atolondrado, verborreico y sentimental, que delinque sin maldad y al que, invariablemente, le concedemos toda nuestra simpatía. Al final de la escapada, la muerte en el asfalto, la traición. Antes: un blanco y negro precioso: jamás París ha sido filmado de esta forma. Antes: una historia de amor naïf subida de tono para la época. Dentro: una tragedia griega o un drama shakesperiano. Jean Paul Belmondo es un Hamlet del hampa, un fan declarado del género negro que remeda en su periplo vital los arquetipos que le ofrecen los films. Jean Seberg es para siempre Patricia, la belleza, una belleza absolutamente intemporal, una imagen que supera el rigor de los años. Bebop: jazz sincopado, el jazz sigue los movimientos ágiles de la cámara. O es al revés, que parece también moverse como espoleada por la música. Amor furtivo, amor clandestino, amor fou. La huida a Roma, que no será posible. La traición improrrogable. Sin aliento. A Michel Poiccard le importa poco morir: sólo quiere acostarse con su chica americana. La chica, Jean Seberg, fue encontrada desnuda y sin vida en un Renault 5 blanco. Llevaba días desaparecida. Tenía el estómago comido de barbitúricos y alcohol en la sangre como para llenar una cuba. Su marido, el escritor y cónsul Romain Gary, se suicidó un año más tarde. Se la desprestigió hasta que dijo basta. Se la condujo a ese limbo tóxico en el que las convicciones son más fuertes que la propia vida. Antes de que decidiera marcharse, había sido Juana de Arco para Otto Preminger. su debut en el cine. Fue su militancia política la que la hizo trizas. Harta de que le ofrecieran papeles mediocres, su ánimo se fue apagando. Los rumores apuntan a que el FBI la enfiló, confiado en arruinar su aura de icono de una época. Todo muy de película, también. Se refugió en la escritura, se hizo poeta. No se sabe para qué se escribe, pero ella lo haría para canalizar esa frustración y no desaparecer del todo. No lo ha hecho. Sobrevive la actriz que, en palabras de Truffaut, hacía que no pudieras ver otra cosa en la pantalla cuando su rostro angelical la ocupaba.
26.7.22
207/365 Constantine Cavafis
Yo creo que los poetas eluden entender la realidad: manifiestan incógnitas, abren zanjas a las que caer y hacer caer. ofrecen extravíos. Como Kavafis (o Cavafis o Cavafy o Kabaphes, con la barrita en la e a la griega) en su célebre poema, ocultan los atajos, exhiben los caminos más largos. La travesía del poeta tiene una vocación de pérdida. El lector de poesía es un aventurero: sale al campo abierto sin brújula y sin arnés, como un valiente al que le interesa más perderse que tener a mano un mapa y saber de antemano que basta mirarlo con atención para dar con la salida. Probablemente la poesía nos aproxima más que ningún otro género literario a la vida. Hay una educación sentimental a la que la poesía, la alta, la limpia, la que más tozudamente nos hurga dentro, contribuye con más certero ahínco que la novela. Las tramas novelescas emulan a la realidad; de alguna forma la duplican, la escudriñan, la abren a la busca de un significado válido que zanje las incertidumbres de vivir, pero a la poesía no le interesa recrear la vida: lo que el hace es acometer el juego de intrigarla, sacrificando el cálido cobijo de la razón en beneficio de la zozobra, del caos, de la herida abierta por la que el lector muere y renace en un mismo verso. Y es verdad que los poetas renuncian a entender la vida: se pierden en la boscosa impostura del verbo, se alistan en el ejército de esa oscuridad de la que nacen después todas las luces posibles. Uno mismo, poeta a tiempo parcial, poeta a trozos, con interrupciones, no aseguro entender la realidad. En ocasiones, la edad y la experiencia (una no tiene que traer a la otra) me aprovisionan de brújulas y de mapas, de pronósticos y de razones, pero leer poesía (no digo ya hacerla) te hace renunciar con pasmosa naturalidad de toda esa cartesiana locuacidad de los años y crees en la inocencia y en el asombro, en la belleza y en la suprema verdad de la literatura. De lo que se trata es de que el camino sea largo, como pedía hermosamente Cavafis. En el resto, hay una certeza cartesiana. Está la casilla de entrada y la de salida. En la travesía, a beneficio de viajante, un sinfín de posibilidades. Algunas colman, sacian, conducen a quien las siente a la imborrable sensación de que se ha encontrado cierto equilibrio, una especie de armonía entre el cosmos y el alma en la que se encuentran la paz y el amor, todo así en plan new age urgente, pero útil al propósito que nos ocupa. Otras devastan hasta el desmayo sináptico. Quienes las padecen adquieren también una sensación imborrable en la que no quieran encontrar ni equilibrio ni armonía, en donde el cosmos es una dura plancha de acero sobre la cabeza y el alma, un vaciadero, un imán para la desdicha, un arrumbadero (permitidme la palabra) con ínfulas metafísicas. Luego están los felices términos medios. En ellos se obra el prodigio diario de vivir. Uno no va a saltos, locamente, al invariable fin de la partida sino que se demora en el laberinto desplegado al efecto. En El dios abandona a Antonio, nos lo cuenta mejor Cavafis: dice que si de pronto oímos a media noche una invisible compañía, no la censuremos. Permite que te abrace y susurre. No te hará bien que invoques la esperanza de que sea un sueño. Ten firmeza, dice el poeta. En Ítaca, el poema que recuerdo haber leído en voz alta, qué más hubiese deseado memorizarlo y recitarlo, aunque fuese para disfrute privado, Cavafis nos confía otro prodigio: el de la templanza, el de no dejarse conducir por la velocidad. Da igual que nuestra Ítaca no sea el hogar de Odiseo, ni de Penélope, ni de Telémaco. Es otra isla de la que habla el poeta. Es la vida a la que alude, ella, ocupada en ocuparnos, mal instruida las más de las veces, pero sin otra herramienta que la reemplace, sin otro mar (proceloso, colérico, manso, amoroso, cruel) en el que ir avanzando. Los males que lo crucen son invariablemente nuestros, al modo en que lo es el bien con el que nos agasaja. Los que saben confían a los que no sabemos la teoría de que uno es feliz mientras no piensa si lo es o no. Se puede razonar eso, pero en cuanto entra a funcionar la cabeza, el texto se desmorona, todo su mensaje se viene estrepitosamente abajo. Que cuanto más enmarañamos los sesos con pesadas cogitaciones, más caemos en la tristeza, en la pesadumbre, en el desafecto, en fin, en todas esas cosas terribles que anulan el buen ánimo. Este mismo texto, mientras lo escribo y lo lees, tampoco favorece a que los dos alcancemos esa armonía tan buscada. O sí. Tal vez un poco de filosofía convenga al paseo. Filosofía doméstica, claro. De la que no trasciende más de lo que se le encomienda. Como si ponemos post-its en el frigorífico y los leemos con esmero cada mañana, antes de abrirlo y servirnos un vaso grande de zumo de naranja con pulpa. Ah la pulpa, la vieja y dulce pulpa reparadora.. Qué placer la pulpa en la lengua. Con qué dulce lentitud nos atraviesa la garganta.
De Cavafis se tienen poco más de ciento cincuenta poemas. Se leen en una tarde, pero nos acompañan toda la vida. Sabemos que fue un hombre griego, turco y egipcio, helenista y hedonista, políglota (dominaba el francés, el árabe, el italiano y el inglés a la perfección, aunque él dijera saber algo de todos ellos) y, sobre todo, pagano. Su paganismo es de una pulcritud que asombra. No se prodiga en las tabernas de Constantinopla o de Atenas, de Alejandría o de Londres, buscando la promiscuidad pública, la de los hombres a los que amaba (sin alardes, sin que su educación o su natural corrección se permitieran normalizar su inclinación sexual) y la de todas las cosas prohibidas, que solían encerrar la verdad que anhelaba, la belleza con la que se valía para no frustrar su existencia de empleado del Ministerio de Riegos egipcio más de la cuenta. Es fama que escribió mucho de joven, sin que esa producción viera la luz. Repartía sus poemas entre amigos, les hacía cómplices de su secreto oficio de bardo, pero no hay constancia tangible de esas obras. Es el poeta posterior el que conocemos. La hermosa decadencia y la fascinante sensualidad de aquellos años de juventud es la obra invisible de uno de los más grandes poetas del siglo XX. Espiritual y profundamente pragmático, Cavafis se desboca en sus versos: ahí no existe censura, es el hombre que se cuenta a sí mismo y da cuenta de su padecimiento (y de su libertad y de su gozo de vivir) a los demás. Quién escribe para otra cosa, me pregunto. Sus deseos eran "hermosos cuerpos que murieron jóvenes / y fueron sepultados, con lágrimas, en rico mausoleo,/ coronados de rosas y con jazmines en los pies". Los suyos, lo escribe más abajo, en el poema, "pasaron sin realización , / sin que ninguno sobreviviera una noche / de sensual deleite o una mañana de plenilunio". Todo en esa poesía es fugaz y es furtivo. Lo clandestino lo embadurna todo. El afán de amor es afán de huida o de clausura. Al cuerpo le pide que recuerde, "no solo cuánto fuiste amado, no solamente en qué lechos estuviste, sino también aquellos deseos de ti / que en los ojos brillaron". Como el alma dormida, a la que Jorge Manrique también le pide que haga un esfuerzo y dé paso a la memoria. La juventud fue ayer, dice el viejo del café, "inclinado sobre la mesa, / leyendo un periódico, sin compañía". Fue la prudencia la que lo hizo morir antes. Le hizo caso, qué locura. Al final, varado en sus pensamientos, el viejo se duerme y un "vértigo lo invade". A Cavafis le sucede como a Apolonio de Tiana, contado por Filóstrato: los dioses perciben lo que va a suceder, por su condición de hacedores del mundo; los hombres perciben lo que ha ocurrido o lo que está ocurriendo, pero son los sabios (creo recordar) los que ven todo lo que está a punto de suceder. Hay en esa sabiduría un poco de divinidad. El poeta Cavafis se conturba, se deja llenar por el rumor de la poesía y se convierte no en sabio, pero sí en un dios pequeñito, de poco apresto, un dios voluptuoso y cándido a la vez, una especie de divinidad tímida que escribe poco más de ciento cincuenta poemas y trabaja más de treinta años en una oficina gris de una ciudad gris. Como un Kafka africano. Como un Pessoa mediterráneo. Hacen los tres la misma cosa: escriben poesía sin los instrumentos de la poesía, sin su dulzura antigua. En la de Cavafis funciona la sensualidad del lenguaje, no las palabras sensuales. Se pueden leer esos poemas como si fuesen prosa. Eso no disgustaría a Carver, me da por pensar, ni a Roberto Bolaño, ni a Manuel Vázquez Montalbán. También Borges es un poeta sin empalagos, para entendernos. Los dioses serán paganos también. Deben serlo. Deben creer en la belleza de la obra que han hecho. Deben leer poesía, me dijo un amigo el otro día, un poco entusiasmado con la posibilidad de que un poema suyo saliese en una revista de letras muy de su agrado. Él no vio su obra recogida en un libro: fueron revistas locales, sueltos que él se encargaba de dar a su pequeña feligresía de adeptos. Como una iglesia secreta.
25.7.22
206/365 Ringo Starr
Richard Starkey es el tipo detrás de la batería Ludwig que sale en todas las canciones de los Beatles. Era el zurdo que aprendió a manejar la diestra y echó a Pete Best de la banda. Parecía estar siempre de paso. No se podía hacer nada sin él, pero no tenía ni voz ni voto. Su labor era asentir y hacer su trabajo. Pura disciplina inglesa. También no desentonar con Paul y John, que eran los dicharacheros, los verdaderos capos, los que hacían que la máquina no parase. George era el etéreo, el silencioso, el manso, un espíritu puro, un ser de las profundidades del cosmos, un poeta en una ferretería. En cierto modo el beatle Ringo Starr era el beatle más listo. No ganaba en talento a ningún otro e incluso tampoco gana en talento a muchos otros baterías de muchos otros grupos de inspiración infinitamente menor a la de los fabulosos Beatles, pero Ringo Starr, ahora que han pasado tantos años, sigue indemne, refugiado en su carisma sin carisma, completamente a salvo del cáncer de la fama, pero ufano de su sublime mediocridad y exento del patetismo inevitable al que abocaron sus vidas los otros tres genios, pero estoy dispuesto a comerme todas mis palabras y rebuscar entre los discos hasta dar con A day in the life, una de mis canciones favoritas de la banda, y disfrutar con la forma de golpear la batería (aquí casi a trompicones, casi sin tocarla) de este orfebre del ritmo, feliz en esa cara de bufón de pub a las dos de la mañana. Hace poco cumplió ochenta y dos años. Todavía hay algunos exégetas de la obra más grande del rock del siglo XX (llévenme la contraria) que se preguntan cómo ingresó en ese club tan exclusivo, qué ocurrencias tenía, cómo sostenía el inevitable juego de las comparaciones. Y además tenemos a Hitchcock dándole uno de los más divertido de los homenajes que yo haya visto. Dos iconos del siglo XX en una sola fotografía.
24.7.22
205/365 Conde Vronsky
Hay algo a lo que no pienso renunciar en literatura: al asombro. No creo que exista otra adicción mayor que esa en las páginas de un libro o en las horas de un día. En eso, las novelas son fragmentos del tiempo, trozos extraídos de una trama de la ficción que se incrustan en la malla durísima de los días. Por eso amamos la ficción; porque nos permite abandonar el rigor de lo real y deambular sin pudor por la periferia, hocicando en lo que no nos incumbe, alambicando néctares al ras mismo de la palabra. De las novelas amo precisamente esa sensación de pérdida que producen. Perdido, en ese limbo perfecto, comprendo asuntos que, contados de otra manera, se me escapan, huyen de toda posibilidad de que me pertenezcan. Leyendo Anna Karerina (que un hermoso texto de Andrés Neuman me ha recordado hoy) entendí que la familia, a su manera, es un veneno, uno grato, al cabo, administrado con morosa delectación, carcomiendo sin entusiasmo (aunque inapelablemente) la felicidad pura que se trae en el momento de venir al mundo. Algo parecido hizo decir Roald Dahl a su Willy Wonka en la maravillosa fábrica de chocolate: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Anna Karenina tiene el comienzo más rotundo que recuerde: “Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera”. Y no hay ocasión en que un quebranto en su peculiar ecosistema (el mejor, pese a sus rotos) no me haga pensar en el dolor que producen los seres que amamos y en el conde Vronsky, tan mediocre y tan perturbador y fascinante al tiempo, capaz de hacer enloquecer sin que en ningún momento se atisbe, en su comportamiento, mérito para que esa locura ajena prospere y conduzca a Anna al final que conoce incluso quien no ha leído la novela de Tólstoi. De no haber condes Vronsky, una parte sólida de la trama de la literatura se resquebrajaría, no daría de sí lo que el placer lector invariablemente exige. De no existir la promisoria estación de tren en la que Anna espera un tren con la madre del conde, no tendríamos una de las novelas fundamentales de la literatura. Hay venenos gratos, pócimas que se ingieren a sabiendas del daño que producen. Conozco varias y no entra en ningunas de mis planes de vida racionarlas. Me las administro con absoluta fruición y aprecio, a cada pequeño chute, las hermosas heridas que producen. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que me atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como billetes dorados escondidos entre las páginas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.
23.7.22
esta bicicleta vietnamita
este suicidio brevísimo que exige apurar los días y fatigar las noches
este simulacro galante de palabras que se abren y palabras que se cierran
esta orfandad atroz que mira desde el fondo del vaso
esta memoria alerta que se deja incendiar y me incendia
este hermoso escándalo de lagartijas trepando al sueño
esta inacabada obra de lágrimas sorprendidas en un rapto de ternura
este goce más hondo que no sabemos nombrar nunca
esta quietud crédula que conforme a sí misma se engalana y sacrifica
este desnudo sin sombra de cuarenta años precipitándose en un verso
esta pequeña evidencia de tragedia que anuncia mi carne cada vez que el deseo la codicia
esta savia dulcísima de adolescencia sin desmayo
este rumor que se agazapa en las sílabas del tiempo
esta voluntad de huésped incómodo que pide prorrogar la estancia
este ghetto digital que no se sacia jamás
este ala que festeja vuelo
este blues con sudor en el verbo
este lento derribar pétalos
esta ausencia que acato sin más y me aturde
esta ebriedad absoluta de temblor ardiendo en el sexo
este esplendor súbitamente abismado en mis recuerdos
esta blonda de luz que vibra en el pecho
esta infancia sin enigmas que todavía canta y me escucha
este misterio más dentro
esta levedad caída desde muy arriba que ha hecho un roto en el folio
esta quieta celebración de la lujuria frente a un cuerpo al que sembrar de tedio
esta alquimia perfecta de espejos que embriagan la luz y la convierten en días
este dios en desorden
este imposible reloj que me mide
este vals con acuse de recibo que en el aire va resbalando como un hijo muerto
este mapa de sombras
este ardor con el que cierro un miércoles
este cómputo infame de abrazos partidos
esta gracia voluble
este armazón de mentiras
este anuncio de cierre
esta bicicleta vietnamita que me escolta al sueño
esta vigilia teológica
esta dulce penumbra sin dios
este espejo de los sueños
esta clausura sin fulgor ni himno
este lupanar de sombras
este parlamento de tarados
esta agujero sin motivo
este pie en el cuello que me nombra
esta gracia sublime de mentirnos
este azul de arriba como un endecasílabo
este pecho mío que me explota en cien alejandrinos
204/365 Ernesto Sabato
Incluso Sabato precisó de Borges para que yo le leyera, pero disfruté de ese escritura precisa, rica como pocas, que indagaba en lo existencial, en lo espiritual, en la vida contemplada como lo haría un científico, pero expresada en boca de un obrero de la palabra, un chamán loco y lírico, uno que mimó el lenguaje y le dio calidez y un humanismo muy provinciano, como de andar por casa. Se fue a los 94 años y parece que activo y comprometido con su trabajo. Con la vida.
En realidad, pasa siempre igual con los muertos ilustres que no conocemos. Nos pertenecen sin que importe que estén o no en este mundo. No se me ocurre pensar en Neruda sin que piense en sus poemas. Ni en Cortázar sin que obre sus extravagancias La Maga. En Sabato estáEl túnel y Sobre héroes y tumbas: los tengo aquí detrás mía, en un anaquel alto. Quizá (ahora lo compruebo) cerca de Ficciones, de El Aleph. Cuadran bien. Parecen hechos a estar juntos. No sé si Ernesto y Jorge Luis se encontrarán en la eternidad y discutirán sin estorbo (como si se hubieran suicidado para comprobar si hay vida más allá de la semiótica) sobre Heráclito o sobre el eterno retorno. He escuchado a Sabato como escritor y como autoridad moral de un país (Argentina) precisado (como todos) de quien modele y difunda un pensar al margen de las modas o de los fantasmas (vivos o muertos) que pueblan la cultura y atrofian la vida en común de quienes la practican, si es que alguien se escapa de ese mandato primero. Era hombre de formación intelectual científica (era físico de profesión), pero lo deslumbró el surrealismo cuando esa música loca de las cosas hacía furor en París y Breton era un semidiós o una divinidad entera. Se puede inferir que con Sabato se forma un arquetipo de escritor que no sólo factura novelas (tres hizo y eso bastó) sino que se encomienda la labor de contar a la conciencia de cada uno lo que sucede en las calles o en los casas, en donde haya una pugna entre lo honesto y lo que no lo es, entre la belleza (la de la literatura, la de la convivencia entre las personas) y la fealdad. Porque eso fue a lo que aspiró siempre: a desemborronar las cosas feas. Creería (con razón cartesiana y con aliento lírico) que debajo, en ese palimpsesto grueso de conductas que se van amontonando, de palabras que se van diciendo y luego se olvidan o se reemplazan por otras, que todavía era posible mirar al ser humano de frente y apreciar la franqueza y la rectitud, el pundonor y la inteligencia. Leí a alguien una cita de Sabato en la que se erigía el váter como lugar metafísico de la casa. Igual lo estoy imaginando, es cosa de buscar en los algoritmos de la máquina, ya saben. Imagino al bueno de Ernesto leyendo a sus héroes griegos o los cuentos de su amigo Borges sentado en la taza, imprimiendo a la lectura un apresto orgánico (físico hasta tocar la misma alma) que es posible no se encuentre en ningún otro lugar, permitidme el exabrupto.
En las fotografías a Sabato se le ve siempre cara de buena persona, aunque había un poso de tristeza visible. Tiraba a melancólico el gesto que la ocupaba. Una especie de honda preocupación parecía desquiciarla. Algo así (melancolía, preocupación, desquicio) había en El túnel, la historia del pintor que debía matar a la única persona que podría dar a su vida un sentido, o Sobre héroes y tumbas, la historia de un joven irremediablemente solo en un país (Argentina) irremediablemente enfermo. No he leído Abaddón el exterminador, aunque ahí está en una balda a mi espalda, quizá feliz al saber (quién sabe cómo funcionan los libros en sus adentros) que estoy hablando de sus dos hermanas mayores, tan queridas. Una sola obra (una especie de milagro sin continuación) bastaría para que adoremos a un escritor. Lo prolífico no es señal alguna, aunque se la mire con agrado y nos contente saber que tenemos montones de libros que leer de alguien que acabamos de conocer. Como si acabáramos de nacer y supiéramos de cuajo que tenemos una vida entera por delante, cuándo no se tiene. Hay una luz en la literatura que a veces coincide con la progresiva o abrupta ceguera del escritor. Borges llevaba casi toda la vida ciego cuando murió. A Sabato le sobrevino la sombra al final de su vida, pero decidió cegar también la escritura. Dijo escribir para no morirse, pero debía estar mintiendo, en el fondo. También que pintar era tan hermoso como inventar cuentos. La escritura es menudencia, cosa que se extrae poco a poco y se va imponiendo a la realidad, pero la pintura es algo grandioso, que se acepta y se conoce en una única mirada, deslumbrante esa mirada cuando el objeto mirado rebosa en belleza o en significado, a lo mejor son las dos cosas la misma. Borges no escribió nada sobre pintura, que yo sepa. O, al menos, no con entrega y ardor. Sabato era consciente de la solemnidad de lo plástico. Las imágenes tienen la elocuencia suficiente como para que no haga falta traducirlas en palabras, herramientas menores, artefactos con un error de fábrica ya de antemano: el de contar, no el de ver. Sabato sabía eso muy bien. No intervenía ninguna circunstancia religiosa que lo hiciera temblar o sentir algo parecido al disfrute de lo puro espiritual. "Pero dígame, Borges, si no cree en Dios, ¿por qué escribe tantas historias teológicas?", le preguntó. "Creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género", le contestó el maestro. Yo les creo. Digan lo que digan.
22.7.22
203/365 Jorge Guillén
Qué claridad preludia la sombra
al precipitarse en la
tarde
como un pájaro ya entero
ala.
Todo es fulgor en la
caricia
en la que el cuerpo
existe.
Asombra que no
aturda
lo sublime
contemplado.
Es clamor la luz si se
la nombra.
La palabra apenas
percute el aire.
Está ofrecida la verdad
en puro goce.
Cunde, avanza, se abisma
y clausura.
Se desdice el ocaso.
Cierras los ojos.
Oh tú, júbilo pleno,
acaece el amor
con blondas de nieve
pura,
con terco embeleso de
íntimo arrobo.
El amor de pronto
horizonte
para que los días broten
y nos tengan.
21.7.22
202/365 Kingpin
Soy de la Marvel donde otros dicen ser de derechas o de la cofradía de su barrio, de su equipo de toda la vida o de la pasta italiana. Lo soy sin estridencias. Las andanzas de Peter Parker por Nueva York amenizaron las mías por la plaza Zaragoza y la calle Jaén cuando era pequeño e impresionable. Se me podía preguntar por todos los malvados que atizaban a Spidey en los callejones y los nombraba sin error, uno a uno, relatando sus poderes y el atuendo que llevaban, pero me gustaba Kingpin por encima de los demás. Lo que nunca hizo Stan Lee fue darle cancha a Kingpin. Le relegó a números sueltos cuando se merecía una franquicia para él solo. El Duende Verde, el Doctor Octopus, El Lagarto, El Hombre de Arena, El Buitre, Electro, Rhino, Misterio, Venon o Kraven El Cazador eran villanos de segundo orden. A mi hijo le extraña esa pasión mía por Kingpin, ese mafioso de doscientos kilos de puro músculo y dos metros de altura, carente de superpoderes, trajeado con chaqueta blanca, bastón, inflexible, locuaz, instalado en el confort de la alta sociedad, ejerciendo el mal con cierta elegancia aristocrática, emperrado en derrotar a su archienemigo (cómo adoro esa palabra comiquera) Daredevil. Kingpin es un ser depravado y un mafioso refinado y con esmero en el decir. Tiene Wilson Fisk un año menos que yo así que le puedo tutear, contar con él como si fuese un amigo de la infancia, tenerle al tanto de cómo fue todo entonces y de cómo va ahora, creo que puedo permitirme esa cercanía. Se le forjó a imagen y semejanza de Sidney Greenstreet, al que se recuerda sobre todo por sus papeles en El halcón maltés y en Casablanca.
A la juventud de hoy, entre la que me incluyo cuando me conviene, le fascina un mal distinto al que yo me inclinaba cuando era joven. La culpa la tiene la MCU o la tienen los blockbusters repartidos por todo el mundo, serán la misma pecuniaria cosa. En los últimos setenta, cuando yo compraba los cómics del trepamuros, el cine todavía no había descubiertos las bondades financieras de los superhéroes. A mí, Superman, el primero de un amortizado elenco, nunca me entusiasmó. Era de la Marvel como otros son de la DC Comics. Me da igual que Nolan haya salvado a Batman del olvido (lo único soberbio que ha hecho desde Memento) y su trilogía sea fantástica en casi todo (la última flaquea en narrativa). Uno es de Peter Parker y de Kingpin por respeto a la memoria y ya está. Le importa escasamente que este reflotamiento reciente de la figura de Spiderman no haya cuajado lo más mínimo y se balancee entre el cine de héroes para adultos y el palomitero sin pretensiones que mueve masas de adolescentes a los centros comerciales para ponerse hasta los ojos de hamburguesas después de la proyección. Viva Sam Raimi, dije al salir de su Amazing Spiderman. Luego vino Kafka y vino Borges, la poesía renacentista y Humbert Humbert recorriendo los moteles de la América profunda con su preciosa Lo-li.ta, pero antes de todo eso, antes de que me atrapara y me atrofiara, la edad hace eso, yo gritaba por las calles del Sector Sur en Córdoba: “viva Stan Lee, viva John Romita Sr., viva Kingpin"
20.7.22
Breviario de vidas excéntricas / 36 / Azucena Novaferro
Perdí el virgo con un capitán del Tercio de Flandes en un descuido cuando iba a la fuente de mi pueblo a llenar un cántaro de agua. Era apuesto como un sol y tenía la voz grave., hecha a cuadrar destacamentos.
Perdí las Obras Completas de Benito Perez Galdós en una mudanza. Las compró mi padre, Baltasar Novaferro, viajero de curiosidades y de compras insólitas. No sabía leer.
Perdí a mi madre en un todo a cien en el que no encontramos un kit de limpieza de piscinas.
Perdí una maleta con todas las cartas de amor que me mandó un catedrático de latín en un vuelo de la Pan Am a El Cairo en 1927. Tenía el don de la ubicuidad. No había calle en la que no lo viese. Ni cama en la que no lo echara en falta.
Perdí un diario en un hotel de Estambul un cuento inédito que Chéjov me dio en prenda de amistad. Estaba firmado. Su letra era menuda, como de niño que acaba de perderse en una palabra que desconoce.
Perdí un collar que perteneció a Milady de Winter. Tres gotas de sangre de espadachín dibujaban un atareado paisaje de venganza.
Perdí un ángel que custodiaba mis desquicios. Era más pendenciero que dulce, más colérico que manso, pero tenía una voz que parecía una lágrima que brotase del mismísimo ojo de la divinidad. Una noche en la que me achispé más de la cuenta le despedí. Le dije que no volviese nunca. Que no tardase en recoger sus alas. Las había dejado en el jardín, pero cuando fue a por ellas ya habían echado raíces y convertido en un pequeño árbol. Sus frutos me hablan cuando los acaricio.
Perdí las vocales de mi nombre. Llegué a pensar que nunca las tuvieron. Quedaron la zeta, la ce, la ene. Un amante celoso dijo haberlas cogido. "Por si un día ya no me amas", confesó. Por eso le hablo todas las mañanas, aunque no lo vea.
Perdí un hijo en la batalla de las Termópilas. Le cortó la cabeza Jerjes, el rey de los persas. La exhibía envuelta en una seda color caramelo que acabó de un rojo insoportable a la vista. Todo para que sus soldados no olvidaran que los valerosos griegos sangran. Para que el metal de las espadas brillara la noche anterior a la liza. La hoja que le sesgó la vida la tengo guardada en un cajón. Lo cierran siete cerraduras. He abierto la tumba de Leónidas y he arrojado ahí las siete llaves.
Perdí el tomo 62 de la Enciclopedia Británica. En la página 235, cerca de la entrada de un célebre general otomano con el que discutí sobre la herencia grecolatina en Occidente, guardaba un poema que me escribió en el que no constaba adjetivo alguno.
Perdí el manuscrito de mi única novela en una taberna de la vieja Praga. Se llamaba “Adagio del impostor”. He vuelto sin esperanza de dar con ella, pero el dueño me ha contado que todos los clientes conocen la historia, se la cuentan cuando la cerveza los ha embrumado, cuando se les suelta la lengua y profieren versos de los más altos poetas de la patria.
201/365 William Faulkner
–¿Entonces cuál sería el mejor ambiente para un escritor?
– El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ése es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo le da cierta posición social; no tiene nada que hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.
Jean Stein Vanden Heuvel – Entrevista a William Faulkner (1956)
1
Borrada la confidencia periodística, tomado como boutade, bastaría una máquina de escribir Underwood. A beneficio memorialístico, esa máquina está en Rowan Oak, la casa de los Faulkner, una especie de Tara libresca, en Oxford, Mississippi. El Faulkner rural, ebrio, emprovinciado, demiurgo de Yoknapatawapha, el que reivindicaba la bondad de la escritura pero renunciaba a la importancia del escritor. Porque hay muchos escritores dentro del escritor o muchos lectores dentro del lector. No hay ocasión en que no vuelva a Faulkner sin que me descubra absorto en un pasaje que pasé por alto o en el que no entreví nada relevante. Faulkner es a la literatura como Charlie Parker al jazz. A los dos les encantaba lucirse con sustancias milagrosas. Faulkner amaba el bendito éter de los alambiques tanto como una página en blanco. De hecho, las palabras iban saliendo a medida que el whisky iba menguando. Ya lo dice bien a las claras: papel, tabaco, comida y un poco de whisky.
2
19.7.22
200/365 Jesús Franco
Siempre pensé que Jesús Franco (Jess, en muchos títulos de crédito, en los más libertinos) fue un talento que prefirió, como el Bartleby de Melville, no dar de sí más de lo necesario o, llegado el caso, iluminado en una toma, demostrar quién era, hasta dónde podía llegar, pero sin alharacas, sin que se fijase en adelante un modo de hacer las cosas que le venía largo y al que no le prestó mucha atención. Me lo imagino como un enfermo de cine. En el desquicio de su trastorno, filmaría sin orden ni esperanza, comido por esa fiebre de registrar en celuloide esa cabeza suya sin guion ni pudor, como sus películas. Su cine es una sesión de historias salvajes que podrían verse en una maratón y no saber si es todo una misma película y el cansancio o el estupor han convenido que parezca una sola, pantagruélica. Grabó casi 200 y no hay ninguna que concite el aplauso unánime de la crítica, aunque el conjunto suponga un hito en la historia del cine.
De su trabajo dijo que no tenía más importancia que la de cualquier otro obrero de cualquier disciplina. Lo imagino feliz rodando, haciendo que Drácula o Fu-Manchú no pareciesen ni Drácula ni Fu-Manchú sino algo que bulliría en su imaginación y cuyo grado de verosimilitud con el original dependía las más de las veces de que el presupuesto de la película fuese holgado, cosa que no ocurriría con frecuencia. Su incontinencia visual no tenía nada que ver con el dinero, ni le quitaba el sueño que sus cintas tuvieran una difusión pequeña ni que se le diera un reconocimiento público. Hasta que Franco partió a peor vida, el tío Jess hizo su trabajo en Suiza y en Francia, mayormente, países de una moral a prueba de señoritas desnudas y de terror de baja intensidad, pero truculento y (en ocasiones) casi risible. Llegó a hacer nueve películas por año. Ninguna fue de su agrado, dijo. Prefería las de John Ford o las de Alfred Hitchcock. Quentin Tarantino prefería las suyas. La serie B es la que siempre tuvo más tirón en las estanterías de los videoclubs. She killed in Ecstasy es Tarantino puro. De ahí bebió hasta aturdirse. Consta que Fritz Lang vio su Necronomicón y la aplaudió.
Orson Welles, que recorrió algún tramo del camino con Jesús Franco, hubiese querido para sí la imagen que su joven pupilo español, ya muy anciano y muy traqueteado por la vida, dio en la ceremonia de entrega de los Goya en la que se le homenajeó. Lo sacó en silla de ruedas su musa, su mujer, su ángel de la guarda, Lina Romay. Hubiese deseado que Rita Hayworth le colocara el micrófono, condujera con mimo su silla y estuviese siempre detrás, paciente, solícita, vigilando que nada estropease ese momento especial en el que los compañeros de profesión le tributan el homenaje por toda una vida dedicada al cine. Lina Romay no es Rita Hayworth, pero las dos levantaron pasiones en parecida medida. La suma de sexo, hemoglobina y cutrerío vario dan otra dimensión del mito Franco. El tito Jess, el icono de muchos cine-fórums de barrio, el elemento distanciador entre el cine elegante y culto y el cutre-exploitation system, visitó esa noche de celebraciones un buen puñado de casas españoles y abrió la interrogante que hasta ese momento no estaba: ¿Y quién este señor tan viejo? Generaciones nuevas, ávidas de referentes, abrirán (en adelante) los ojos...
Breviario de vidas excéntricas / 7 / Los Argüelles
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Hay vida después de las novelas históricas, aunque las estanterías estén secuestradas por dinastías y pasillos secretos, por cetros perdidos...














