Creo todavía en la bondad de la gente. De un modo a veces rutinario, sin apreciar los desaires de algunos, sin caer en la cuenta de todos los atropellos que uno ve en la calle o en una pantalla de televisión. Quizá el mal esté en la indolencia, en el hecho de habernos acostumbrado a que lo natural y lo previsible sea el mal; que el bien, cuando triunfa, escandalice incluso y cree esa especie de malestar que sólo causa lo que no se espera.
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