En los cuentos de Kafka huele a naftalina. Una ebriedad rancia afluye. Es la resaca la que escribe, no él mismo. La vida, incluso la mala vida, invita a que se la registre. La felicidad no tiene escribas. El júbilo se recama de grises. La luz se deja convidar por la sombra. Las palabras, las más festivas con más declarado entusiasmo, permiten que se les rezague una sílaba o que un matiz en la restitución de su fonética haga preludiar la descomposición del significado. A Kafka, cuando se encaminaba a la oficina de seguros en Praga, se le iban envalentonando las palabras. Unas consentían una inminencia de gracia; otras, las menos, un festín de lujuria, pero las que metía en los bolsillos y masticaba en la memoria eran las grises, eran las turbias, eran las pobres de espíritu. Kafka era un pobre hombre. Cuando se le lee con el ánimo en alza, acude un frío del que no se zafa uno hasta que otro frío mayor lo reemplaza. Lo bueno de leer a Kafka es que el frío que nos transmite curte el nuestro, lo pone frente a sí mismo, hace que dialogue con él, lo sublima y endiosa.
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