22.2.22

53/365 Fernando Fernán-Gómez

 



Dijo retirarse del teatro porque le molestaban los espectadores. En realidad yo creo que actuaba para si mismo, se daba esa satisfacción a la que, por gajes del oficio, acarreaba la presencia del público. Era sincero y era también adusto. Tenía la virtud de no tener doblez, cosa que en su trabajo suele darse con abundancia. No era simpática, no quiso salir. Se puede tener esa voluntad, la de no despertar simpatías. Lo difícil es no despertarlas. Fernando Fernán-Gómez fue un señor peculiar al que le debemos admiración, da lo mismo que en privado, cuando firmaba libros en las ferias (también escribía y muy bien, por cierto) o era saludado con afecto por quienes apreciaban sus interpretaciones, fuese un rancio, un malhumorado, un huraño, un arisco, todas esas cosas y, probablemente, todas juntas sin que ninguna moleste a otra. Tuvo que ser un donjuán de corte intelectual, de los que se ganan el favor de la féminas por la locuacidad y el atrevimiento lingüístico. Era fama verlo con mujeres de buen ver (es expresión suya) en fiestas y similares, todas alrededor suya, como si fuese el mismísimo George Clooney vendiendo café. No pudiendo ser Clark, se dejó llevar por las caricias del teatro y acabó metido en faena. De ellas alguna vez refirió que las preferías atractivas, no excesivamente cultas. Una demasiado culta le podría venir para que le diese clases de Filosofía Medieval, no mucho más, añadió. Llegó a decir que no deseó ser actor por un afán puro y noble, al modo en que otros anhelan dedicarse a ese oficio tan duro y tan hermoso. Era un hombre ensimismado de sí mismo, tierno en lo que uno va conociendo, en lo leído, capaz de no hablar por no molestar y, a la reversa, capaz de encarnizar el verbo y ponerlo al servicio de la razón, cuando no de la ironía y de la chanza, todo servido con una capacidad para el contar asombrosa, que no le faltaba tampoco en la vida diaria, en el ir y en el venir por los platós televisivos o en las entrevistas, no pocas, a las que se prestó. Fue cabal en lo suyo, estricto. Habiendo pasado tanta calamidad, él las contaba con una mezcla de estremecimiento y de jocosidad, no podía ir a medias por las cosas, debía entregarse enteramente, dejar huella, como quien dice. Lo hizo sobradamente. Cómico a ratos, trágico los demás, hizo cientos de películas o de obras de teatro, escribió con ardor la parte que los demás no le escribían nunca. Ya se sabe, hay algunos que escriben que lo hacen para compensar las tramas que no encuentran en los libros de los otros escritores. Recuerdo ahora El viaje a ninguna parte, El mundo sigue, La extraña pareja, El abuelo, Belle Epoque, Esa pareja feliz, El mundo por delante. Uno recuerda la voz de todos los personajes a los que di vida. La oye de vez en cuando. Sin que se la invite. Hacen pensar en que llevaba razón Fernando cuando comprendió (ay) que el cine había derrotado al teatro o que los jóvenes y su liberal ansia de cosa nueva y rápida (parece que le estoy escuchando) han derrotado a los viejos y su gris querencia de cosa antigua. 


Hijo de cómica, Fernando Fernán-Gómez tenía cara de cómico y gesto de gárgola, lo cual es una manera de decir que era un actor para casi cada ocasión, pudiendo ser amable con colmo o desabrido y áspero con mayor audacia, si cabe. Eran conocidas sus impetuosas formas cuando algo que le sucediera no cuadrara con su consideración, la que él había hecho y de la que se había ilusionado. Como defecto, decía, era también irónico, tendencia que se daba en él de antiguo, dado a proyectarse en los amigos y tenerlos en casa para que beban o charlen y no se quieran ir a la suya. Recuerdo un programa de televisión, como de entrevistas o algo así, en la que se me hace la idea de que el actor hacía precisamente eso: traer a un improvisado salón familiar del plató a gente del mundillo y departía con whiskies y humo (es posible que invente lo del humo) los asuntos del vivir. Se le debe respeto a este hombre de voz y sabidurías profundas. Hizo por nosotros lo que no se le exigía: acompañarnos tanto tiempo, poner diálogos e imágenes a un tiempo (amarillo, como el suyo, como el de Miguel Hernández, comido por los años como una fotografía) que anduvimos juntos, aunque él no tuviera noticia de que venía con nosotros. Este hijo de cómica, su madre lo parió en Perú y registró en Buenos Aires, con ocasión de una obra que andaba representando, tuvo lo que muchos: una abuela tierna de la que ha dejado registro de variadas formas, todas amorosas. Fue la que le informó a las claras de quién era: hijo natural, o sea, de madre soltera. De chico quiso ser un señorito rico, pero luego ganó (cuenta él) la idea de que en la guerra gana la injusticia y entonces se apaña uno con ser pobre. Nunca buscó enriquecerse, pero cómo hacer ascos al bienestar. A lo que no puso trabas fue a trabajar. Más de doscientas películas, quién sabrá cuántas obras de teatro. El trabajo es un castigo que Dios impuso, lo dicen la Biblia y Fernando Fernán-Gómez: "los cristianos sabemos que lo impuso Dios y que no lo ha levantado". Toda la altura dramática de esa certeza quedaba en juego más tarde. El actor, el autor, el creador Fernando Fernán-Gómez fabulaba con la posibilidad de que la vida le colmase de inquietudes, que no cesasen nunca y lo tuviera en el escenario hasta que el cuerpo dijera basta. También con la de saber lidiar las penurias. Se obcecaba en dar de sí siempre el máximo, daba igual quién le arrimara el sueldo o qué público se sentase a aplaudirle o a pitarle. Cosas de los del teatro. Recibió en vida todos los grandes honores del oficio: premios nacionales de cinematografía o de teatro, Oso de Honor en el Festival Internacional de Cine de Berlín a toda su carrera o Medalla de Oro de la Academia de aquí, la suya, pero me da que lo que de verdad ansiaba era borrarlo todo y comenzar de nuevo, no por algún tipo de extraño desvarío o porque deseara alargar todavía más su vivida existencia, sino por pura nostalgia, por esa melancolía de quien ha dado la piel en algo y tiene piel aún por dar. Por volver a hacer esas películas tan malas que a veces hizo o por escribir esos libros magníficos que salían entre rodaje y rodaje o entre bolo y bolo por esos teatros de España. Lo de que le molestaban los espectadores era otra de esas salidas de tono suyas. Por incordiar, por hacerse notar, pero falsas en su totalidad. 

21.2.22

Un niño


 
 Dicen de mí que era obediente y disciplinado, salvo que se me metiera entre ceja y ceja alguna travesura, cosa que no despertaba el entusiasmo ajeno y socavaba mi  resuelta imagen de cándida bondad y agrado. Entonces adquiría el arrojo que otros difícilmente me atribuían, vista mi templanza y apreciada mesura, y acometía con heroicidad el desempeño de esa empresa. Cada tropelía que se me ocurría rivalizaba con la anterior en atrevimiento, a decir de mi abuela, que casi siempre las consentía, incluso jaleaba, entre divertida y escandalizada, envalentonado yo y preocupada ella. La adversidad era terreno favorable, aunque saliese de él magullado y, después en casa, duramente reprendido. No tener hermanos hizo que esmerara las distracciones y me inclinara a ocupar el tiempo con pequeñas incursiones en el maravilloso reino de la imaginación. que es un terreno más favorable aún que la adversidad y no daba tantos quebraderos de cabeza más tarde. Es ella el tesoro del pobre, el don del solitario. La imaginación era un privilegio doméstico, de poco ruido, que servía para casi todo. He ahí al niño con miedo a verse en el espejo y descubrir que no tiene a nadie más con quien emprender las aventuras  previsibles, las de la mente ociosa que desea, más que ninguna otra cosa, jugar. Eso refieren los que todavía pueden contar algo de aquel tiempo del que yo no tengo propiedad alguna, por lo que confío sin chistar en el relato de esa vida mía tenida ahora en penumbra, sin asiento fiable ni recuerdo que prospere y no se pervierta ni difumine. Traen, si les pregunto o incluso sin entrar yo en que se explayen, episodios de esa época borrosa, si no invisible, en la que ansiaba, más que nada, tener con quien hablar, también quien me hablara. No sabe uno si al cabo de los años prosigue ese anhelo todavía: el de escuchar y de que se nos escuche y, arrimada a esa idea, cunde la de escribir y la de leer, que es una forma privada de hablar y de escuchar, de contar y de saber, que es el fin que lo cruza todo. 

Fueron los años de salir los sábados a jugar a la Plaza Zaragoza y contar con hermosa avaricia las canicas o las estampas en el bolsillo o darle patadas locamente a un balón hasta hacer perder la tersura de las zapatillas de deporte. Contrariaba que lloviese, pero nos afincábamos en un portal y contábamos los planes para el sábado siguiente. Importaba jugar más que el juego elegido, que solía ser casi siempre reemplazado a última hora por alguno recién aprendido o improvisado para la ocasión. De ese tiempo tengo un borroso recuerdo, pero hay escenas que no han sido escamoteadas y perduran con una nitidez a la que no alcanzan acontecimientos que irrumpen después, quién sabe si con más entera efervescencia. Tiene uno de esos años la impresión de que no le pertenecen del todo: se difuminan, adquieren ese afantasmado carácter de cosa vivida y arrebatada, de cuerpo tocado y súbitamente suprimido de la realidad. Yo era John Wayne en 1970, sin saber quién era John Wayne. Era Peter Parker, era con todo seguridad alguien con la suficiente inocencia como para no pensar en otra cosa que no fuese salir los sábados a la Plaza Zaragoza y fundar el universo con un trompo y un par de amigos con los que fatigar las calles en busca de peligros. Del pasado (lo habré dicho alguna vez) tenemos siempre a mano un relato épico, fantástico, adornado de escaramuzas en la oscuridad. Se tiene la impresión de que durará para siempre esa festividad, aunque el ayer leve no cuaja como ansía uno y trae un mañana tangible. Qué habrá de mí ahora del yo de entonces, me pregunto. 

Llega más tarde el tiempo en que no me consuelan las frívolas ocurrencias de antaño (escribí en un poema, que ahora aligero y alargo, según cuente acortar o extenderse) y, abrazada más de la mitad de la vida, pienso en cómo ocupar la que reste. Pensé que en nada fui mejor que en traer dos hijos al mundo. No creyendo en santos, no es eso cosa que me cause inquietud, tampoco tengo el ánimo de creer en pecadores. Trasiego de unos a otros sin mayor esfuerzo, sin quedarme en un lado ni en otro, como un convidado alegre. Hay certezas que me confortan: les doy casa, las abrazo y cuido. Al amor fui de pedirle mucho y no me negó nada, he de decir: tuve a la mujer que quise y ella, habría que preguntarle, me tuvo a mí. Mis padres me criaron como un niño feliz, eso les debo. Me educaron para que apreciara la parte buena de las cosas y conviniera lo innecesario de que observara las malas. Tengo buenos amigos con los que cuento siempre. No son muchos, pero tampoco se precisa que abunden. He distraído el camino con algunos pequeños vicios. Uno de ellos es escribir, no sé ahora si puedo atribuirle un tamaño menor, pero no cuenta eso ahora. Me cuento el mundo con lo que escribo, por ver si cuadro las cuentas y entiendo la trama. No lo he hecho aún, si me permiten la confidencia. No creo haberme aburrido nunca y no me visitó con frecuencia la tristeza. Leo poesía y la escribo a tientas y con más que discutible oficio. Creo, como mi amado Borges, Dios me perdone el atrevimiento, que habré dejado algún verso perdurable. Le cuento a mi mujer que debo descuidarme menos, pero me conoce y hace bien en no creerme. Sabe que hay cosas en las que no soy de fiar. Trasnocho cuando puedo entre novelas de intriga y cine negro de la RKO. Escucho jazz de los cincuenta y blues del delta. No observo dieta, aunque debiera, y, en ocasiones, no caigo en tomarme las pastillas, que el buen doctor me recetó cuando me vio por dentro. Va uno así pisando la dudosa luz del día, como dijo el poeta. Están los días con su fuego a la vista. La noche con su misterio dentro. Declaro mi amor completo por las palabras. Las que decimos, las que no. Por eso escribo cada noche antes de conciliar el bendito sueño. Por dejar registro de algo o para que no me invadan el corazón las algas. Escribo por si esta noche decido no volver a hacerlo nunca. Escribo para que me amen. Al final, todo queda en eso, en ese acto íntimo de amor. A lo que hemos venido a este mundo es a amar y a que nos amen. No hay más que contar. No se me ocurre nada. Ni este selfie contará para que algo se aclare.


52/365 Virginia Woolf

 



Antes de meterse unas cuantas piedras en los bolsillos de su abrigo y tirarse al río y antes de que ella y Leonard, su marido, ensayasen el suicido con gas en el garaje de casa,Virginia Woolf, una dama escocesa de aspecto enclenque, anoréxica una buena parte de su vida y profundamente sensible, se dedicó a escribir. Lo hizo con exquisita prudencia, a pesar de la locura que la poseía. Juntó unas palabras con otras, anticipo de las piedras; dejó que fluyeran en su cabeza, las transcribió con esmero infinito y procuró que toda la extrema sensibilidad de su alma se volcase en la página en blanco y luego trágicamente en el postrero río. Muchas páginas que arrebatar al blanco perfecto, mucho que decir. Quizá esa exigencia, la de la pureza, la de la belleza, la de la sensibilidad, fue la que determinó que una tarde de primavera conviniese que no había nada que la atara a la vida, ni siquiera un matrimonio feliz o una exitosa carrera literaria. 


Su refinamiento vital hizo de ella una mujer triste. La suya fue una tristeza creativa. Ojalá todas lo fuesen. En cierto modo escribió para ser honesta consigo misma. Es probable que todos los escritores deseen sincerarse, manifestar sin ambages ni retórica las pasiones que los ocupan, pero la escritora Woolf llegó esa convicción a la máxima expresión y entregó novelas difíciles (lo son, a mí me lo parecen) en las que expresaba el estrago de la enfermedad: era bipolar, era depresiva, era frágil. Nada hay tosco ni grosero en sus historia: todas avanzan con una limpieza moral impecable, aunque todas (unas con más encono que otras) se enreden en la parte menos amable de la existencia, en el dolor que produce vivir. 


No es fácil empezar a leer a Virginia Woolf y, al tiempo, una vez que se deja uno (leer es un acto de rendición), las historias fluyen como si no hubiese otro modo de contarlas. Lo mejor son sus personajes (la señora Ramsey, la señora Dalloway, trasuntos suyos) y la manera en que todas se conjuran para que exista una sola voz, una manera única de que la trama se extienda y concluya. Fue, además, sin pretenderlo, una precursora. No como Jane Austen, antecesora válida, sino más comercialmente, con mayor ímpetu. De ella, de Austen, Virginia Woolf opinaba que escribía para personas mayores y con voz de mujer o que no tenía sentimientos religiosos o aprecio por la cultura, expresada en libros de los que aprender. Ella, bien al contrario, amaba los libros, todo lo que pudiera informarle de un mundo más allá del suyo, un mundo incluso contrario. Virginia escribía para cualquiera y su espíritu era más hombruno, en el sentido de reclamar una posición viril, enfrentada a la tradición de la mujer, centrada en la casa, ocupada en sus labores domésticos, poco o nada instruida en los asuntos ejercidos por los varones; su literatura no se recluía en la feminidad, sino que partía de ella para contar conflictos universales, con independencia del sexo de quienes los padecían. 


No es sentimental, no es tierna, no se preocupa de que el amor triunfe, le importa escasamente que la desgracia campe a sus anchas y progrese a su antojo. Donde Jane Austen era romántica y poco prolija en la rendición de la belleza de la naturaleza, sin afecto visible por la vida que sucedía extramuros, por decirlo muy brusca y secamente, Virginia Woolf era dura, sensible (ya lo hemos dicho, sensible hasta no poder soportar tanta sensiblidad), emprendedora (montó una editorial con su marido, Leonard Woolf, y publicó a Freud en la encorsetada y severa sociedad británica de principios de siglo) y, sobre todo, consciente del don que poseía, el de la escritura, ese instrumento de indagación en la realidad, capaz de curar o de herir, pero vital, humana y vital.


Cuando veo en mi colegio la cara de Virginia Woolf, tomada como icono de mujer relevante, ejemplar en su trabajo de construcción de un mundo mejor, donde la identidad de lo femenino no precise postularse a diario, ejerciendo activamente su rol combativo, pienso en la cantidad de mujeres que no han logrado hacer ver su condición auténtica (la de la música, la de la literatura o la de cualquier otra disciplina de lo político, de lo social o de lo artístico ) por la falta de oportunidades, por la reclusión en su ámbito privado, por la ausencia a veces completa de justicia aplicada a su causa y al desempeño libre y feliz de su existencia como seres humanos. 


Qué dolor tan enorme habría sido ser Virginia Woolf, a pesar de las piedras en los bolsillos de su abrigo, habiendo sido censurada, confinada, convertida en cualquier otra cosa excepto en la que de verdad quiso ser, Pienso en lo duro que es la adquisición de esa igualdad social, en las trabas antiguas que todavía hay que echar abajo y en las modernas que reemplazan a las otras, en una inercia cruel, escenificada en todas esas mujeres contra las que sus parejas ejercen una violencia visible o tapada, dramática hasta decir basta, incomprensible a poco que se piense. No fue Virginia Woolf una mujer de su tiempo: fue de éste, al menos de los tiempos actuales, en los que empiezan a implementarse mecanismos que regulen la presencia de la mujer en la misma medida que existe sensiblemente la presencia del hombre. Veo a Virginia Woolf junto con otras mujeres de parecida reciedumbre reivindicativa (ahí está la propia Jane Austen, Frida Kahlo, Valentina Tereshkova, la Madre Teresa de Calcuta o Coco Chanel) y pienso en si hará falta llenar los pasillos de las escuelas durante muchos más años con dibujos de sus perfiles o con frases relevantes que dijeron. También en la usurpación que el papel del activismo social hace del oficio que ejercieron y por el que brillaron.


Habrá quien no lea a Virginia Woolf, a Jane Austen o cualquier otra autora sin separar ese matiz feminista, esa resolución que tomaron o que les obligaron a tomar en la que importaba mucho más abrirse camino como mujer (y así abrir camino a otras mujeres) que abrirse camino en el ámbito artístico, las más de las veces fue artístico, al que consagraron su vida. Suele uno informarse de la vida privada de los escritores e incorporarla a lo que le escriben. No es buena costumbre, no hace bien que la realidad emborrone la ficción. Habrá quien sólo lea entre líneas y no hurgue adentro, no sepa que Virginia Woolf fue una novelista fantástica, que escribía desde una voz interior, caótica a veces, una voz que reclamaba un lector cómplice, comprometido, capaz de sacar de Las olas (la primera que leí, la que me sigue gustando más) una historia que apenas se adivina, como si no tuviera entidad, pero que transcurre sin descanso en las seis voces (tres hombres, tres mujeres) que la protagonizan. También fue una mujer enferma, lírica y enferma. Le aquejaron mil dolores pequeños, todos terribles a su manera, a los que concedió la mayor de las atenciones. Convivió con ellos, padeció con ellos, murió (se quiso morir) con ellos. No puede uno evitar pensar el modo extraordinario en el que el padecimiento de un artista lo hace convertirse de manera efectiva y militante en artista. Que muchos de ellos no pueden (no pudieron, no podrán) soportar el peso de esa responsabilidad y el de muchas otras y deciden quitarse de en medio, dejar que la vida vaya por otro lado, no por el suyo. Vivir es una responsabilidad continua, una aventura laboriosa y complicada. Ojalá escribir o leer haga que la entendamos mejor.


La literatura de Virginia Woolf me ha producido siempre una sensación de cosa conocida, de imágenes que he visto y de las que dispongo cuando no tengo a mano el texto. Habla de mí cuando no soy yo del que cuentan algo. Soy yo todas las veces. Es un espejo la novela. Vemos cosas que no deberíamos ver, oímos diálogos que resultan comprometedores. Escribe como una mujer debe escribir, lo cual hace pensar que un hombre no podría ser Virginia Woolf y sentir lo que ella para que su escritura resplandezca, alcance ese grado de intimidad en la que la vida sucede con asombrosa cercanía, pero no hay género cuando se la lee, no existe esa obligación del sexo. Si ella se enfrentó a la rígida moralidad de su época (victoriana y provinciana, de hombres y de pecados) fue para que otras mujeres se abrieran paso. No tendrían una habitación propia para sentirse hospitalarias con ellas mismas o para que la literatura fluyese desconsideradamente, sin la brida de un mundo siempre difícil, más todavía para quien no está (eran otros tiempos) en ninguna previsión de autores, salvo que seas extremadamente buena o tengas un amigo (un esposo, el suyo, en este caso) que posea una editorial y, antes de que lo fuese, Julia Duckworth, su madre, miembro de una prestigiosa familia de editores. Todo fácil para ella, sí, pero tenía que demostrar el talento, debía escribir Las olas o La señora Dalloway o Fin de viaje o Una habitación propia. Así que el señor Woolf y la señora Woolf montan Hogarth Press, donde T. S. Eliot, en 1923, por cierto, publica La tierra baldía, que viene a ser el poema antológico, no hay otro. "Abril es el mes más cruel"...

20.2.22

51/365 Walt Whitman

 




“Soy poeta del Cuerpo y soy poeta del Alma”

W.W.

A ojos de Dios, Bach es su músico y Whitman, su poeta. De Whitman se dice lo que yo no he alcanzado a entender del todo, por más que me haya esforzado o por sentida que haya sido la lectura de su obra: que era la voz de América, el poeta del pueblo, el coleccionista de esplendorosas imágenes. Es cierto que lo leí en época de lecturas primerizas, tal vez mal, sin el bagaje posterior, cuando todo deslumbra mucho o se rechaza mucho, en esa edad (la universitaria, en este caso) en la que hay autores de cabecera (algunos, muy selectos) y no existe nada más. Se prefiere releer un mes entero Hojas de hierba que leer otra cosa. Sé, por esas lecturas, que Walt Whitman era un poeta diferente a cualquier otra que yo hubiese conocido. Aún hoy, todos esos años más tarde, sigo pensando que es único, no hay ninguno que se le parezca, ningún otro escribe con esa convicción, como si todo lo que creó saliese de una parte suya que ni le pertenecía, como si todo hubiese sido dictado (el numen debe ser eso) y él se encomendara el oficio de transcribirlo y no modificar en demasía el mensaje. Como un dios de cana barba luenga y ojos profundos, nada que no hayamos visto en la iconografía disponible. 


Walt Whitman no invita a que se lo relea con frecuencia, habrá quien felizmente discrepe. No lo hacía un amigo, entusiasta, por otra parte. Mi alegría al releerlo, me confió, no invita a que se alargue o a que se la frecuente. Es tan solo ese amigo antiguo al que ves en la calle y saludas con afecto, con breve entusiasmo, con el que has tenido aventuras y has vivido tristezas, pero que no está ya entre los asiduos, sin saber bien qué animó esa amable distancia. No agregó razones mayores; no se las pedí. No llego yo a ese punto de hartazgo suyo: él debe haberlo leído con mayor apasionamiento, habrá llegado más adentro. En lo que yo entiendo, Whitman es un poeta deslumbrante, pero lo es a trozos, no conviene atiborrarse, puede producir hartazgo su ingesta. Cada vez que regreso, en todas esas veces en que cojo alguno de los tomos de su Poesía Completa (edición bilingüe, como debe ser) siento que me habla a mí, me hace escuchar al modo en que uno escucha a quien te concede el depósito de una confesión, aunque todo lo que entrega (esa voluntad panteísta, de gozo con la tierra, de amor casi cósmico) acabe por producirte una sensación muy parecida al cansancio. No es que Whitman canse, adoro a Whitman: lo que hace es llenarte, crea expectativas que se cumplen de inmediato, logra que la naturaleza tenga una voz y tú puedas sentir lo que dice. En ese sentido, el poeta profetiza la eclosión pura de la democracia, que había sido alumbrada por los griegos y que nunca tuvo una más entusiasta bandera. Se me ocurre el Canto General de Pablo Neruda, que deslumbra muchísimo cuando se descubre por primera vez y luego (cosas de Neruda) decae en lecturas posteriores, como si sólo quedara el fogonazo y no la misma esencia del fuego. De Neruda no dijo nadie que escribiera la biografía de todo el mundo: son palabras de Gertrude Stein, que amaba a Walt Whitman. 


Whitman es el poeta del hombre ordinario, el común y el mortal, el que se obstina incesantemente por procurar estar en paz, en la dulce calma del trabajo hecho y del sueño merecido, el que es invitado por la naturaleza (por los ríos, por las montañas, por los árboles, por la lluvia) a vivir en ella y estar en comunión con ella. Es el de Whitman un mundo que vibra, en continuo anhelo de deseo, sin las trabas de lo urbano, limpio del vértigo del capitalismo. Él mismo se cantaba y se celebraba, festejaba su presencia en el mundo, apreciaba como casi ningún otro poeta (tal vez Homero) el fluir épico del tiempo, la sensación de que todo lo que ocurre es un milagro, un continuo y reverberante milagro que transcurre delante nuestro y del que hay que tomar registro. Esa es la función del poeta, la de Whitman: tomar nota, enumerar los prodigios. Lo hace cabalmente, sin receso. Es agotadora a veces ese vicio. Whitman enumera como luego, por ser su traductor, por influencia suya, imagino, hará Borges. Las listas de elementos de Whitman son ricas y explican el mundo sin que falte nada, como un Aleph doméstico y sencillo (ahí volvemos a Borges de nuevo) que sirviera de mirador y al que nos apostáramos para no perder detalle de nada. Aflora entonces la ingenuidad, la cadencia tímida, aunque valiente, en la que lo revelado por la poesía presagia lo revelado por la vida misma, también ingenua, también tímida, y valiente. Una vida que se puede narrar en los campos, en las tabernas, en el optimismo de la voz cuando se sabe escuchada y canta. Porque Whitman es un cantor de la palabra. Puede que hasta se le escuche declamarla, si uno apresta el oído al runrún interno, a ese ritmo privado, que no lo da la novela, a la que él renunció, y sí, con plenitud, el verso, que es un aliento de la inconmensurable inspiración del cosmos, podría haber dicho él, permitidme el atrevimiento. 


Conocí a Whitman por Lorca, a mediados de los ochenta, en la época novicia en asuntos de letras, cuando abres muchos los ojos, cuando llegaron en tromba todos los poetas y todos los novelistas, sin que uno pudiera hacer nada para evitar esa irrupción mágica. La oda que Lorca le compuso, la del Poeta en Nueva York, me hizo buscar con verdadero deseo alguna obra suya. Compré Hojas de hierba en una edición barata, de segunda mano, en una librería de viejo en Córdoba. Recuerdo esa primera lectura con nitidez. La primera fue en el camino de vuelta a casa, leyendo a saltos, versos de aquí y de allá. Me fascinó la posibilidad de poder leer sin que hubiese un relato, sólo por el placer de escuchar la música de las palabras, todas esas imágenes poderosas que Whitman exponía en su poética. Al saber más tarde que Whitman tardó cuarenta años en terminar de corregirlo, en darle una clausura tras decenas de ediciones publicadas a las que él añadía o censuraba algo, sentí que mi dedicación era indigna. Pobre e indigna. Como si alguien construye una catedral y uno la mira al pasar, sin apreciar la hechura de la piedra, la soberbia rotundidad de sus líneas. Ayer noche volví a leer de esa manera, a saltos. Un bocado aquí, otro allá. Poemas enteros y partes de otros, como si me urgiera la prisa, que era lo último que hubiese deseado el tranquilo Whitman. No sé qué sueños produjeron sus notas festivas, sus colores, su adánica manera de asentar un paisaje y dejar que la luz lo ocupe y los pájaros trencen en el aire puro su epifanía de acrobacias. Porque Whitman es un topógrafo absoluto. Nada se escapa a su ojo, todo es incumbencia suya. Todos esos personajes interpuestos en Hojas de hierba cuentan un trozo de la historia: la del hombre cercano al hombre, la del hombre abrazado a Dios. El poeta Whitman, todos los demás poetas, a decir suyo, son así voceros de la divinidad. Y Dios no es barroco, ni se manifiesta con una sintaxis complicada, por lo que el poeta Whitman escribe con deslumbrante sencillez: matrimonia la palabra con la naturaleza, hace que el río fluya con las palabras, intima con el eco de la lluvia el rumor de las palabras. Tendré que volver al poeta de nuevo, sentir el arrimo litúrgico de los versos, pensar que es un regalo lo que se me cuenta, que ese hombre barbudo y un poco mesiánico (daría miedo topárselo en una reunión de escritores laureados) tenía el recado de contar el mundo. Que ninguno otro había recibido ese encargo inagotable. Whitman es el poeta de lo feliz, el que nos cuenta algo que habíamos pasado por alto y que, de pronto, al reconocerlo, al darle sentido, nos conmueve, nos hace sentir hasta mejores, más íntegros, más heroicos. Hay una heroicidad civil en la literatura de Whitman, un deseo por hacer el bien y por esconderse después de hacerlo, por no molestar, por no dejar caer la idea de que se anhela algún tipo de reconocimiento. La fe, la jubilosa fe, no precisa público. Sólo que alguien sienta, padezca, vibre, ocupe en su pecho la entera extensión de la felicidad. Esa es la magia de la poesía. Da igual que uno regrese a ella de tanto en tanto y resuelva aplazarla, dejar que te abrace o te conmocione más adelante. A veces es ése el propósito: mirar en silencio perfecto las estrellas en el aire húmedo de la noche, se le oye recitar. 





19.2.22

50/365 Norma Desmond

 


1. "Sigue siendo maravillosa, ¿ verdad ? !Y sin diálogos! "


La historia de Sunset Boulevard está narrada por un muerto al que vemos nada más hilarse la trama flotando en una piscina historiada de una mansión de Hollywood.  El muerto se llama Joe Gillis (William Holden) y es la voz en off del escritor de segunda fila, comido por las deudas, que se refugia accidentalmente en la mansión de Norma Desmond (Gloria Swanson), una diva del cine mudo, enajenada, alimentada por la nostalgia y psicótica en su decadente soledad. 


Sunset Boulevard, aquí El crepúsculo de los dioses, es un tesoro para el devoto coleccionista de imágenes del Séptimo Arte. A Scarlett O'Hara de Lo que el viento se llevó jurando con una puñado de tierra en la mano alzada, contra el ocre horizonte, jurando que no volverá a pasar hambre o al Rick de Casablanca con el inspector francés consintiendo el principio de una gran amistad mientras un avión parte en la niebla, sumamos a Norma Desmond bajando la escalinata de su imponente casa para ser detenida por la policía entre flashes y focos. Como una diva en un festival de cine. Antes hemos visto un travelling antológico: una caravana de coches de policía que se acerca a la mansión con esa voz en off relatando: "Sí, esto es Sunset Boulevard, Los Ángeles, California. Son alrededor de las cinco de la madrugada. Es la brigada de homicidios, completada con detectives y periodistas. Han informado de un asesinato en una de esas enormes casas de la manzana 10.000. Podrá leerse en las ediciones de la noche, lo dirán por la radio y se verá en la televisión porque una vieja estrella está implicada, una gran estrella... ". La voz se detiene ante su cadáver, en la piscina. Nunca antes el cine se había atrevido a contarnos el final con tanto explícita crudeza: el protagonista es el muerto.



2. "No necesitábamos diálogos. ¡ Teníamos rostros ! "



Wilder tenía, en palabras de William Holden, cuchillas de afeitar en el cerebro. Igual convenían para sacar a flote la película, que nació silenciada y se grabó en secreto. El director engañó a Meyer, el productor todopoderoso del Hollywood de la Metro y del glamour, diciéndole que era otra, y con otro argumento, la que estaba siendo filmada. La razón proviene de la propia naturaleza transgresora del film y de su propósito carnalmente homicida, canibal casi. Narraba el ocaso del cine mudo y se cebaba de forma ácida y sangrienta en los modos de Hollywood, en sus patéticos códigos de vida y en el anquilosamiento de la industria del cine, que prefería no arriesgar por mor de la corrección política y del agrado del nunca demasiado exigente público.


El guión de Wilder y de Charles Brackett pervierte la estructura clásica de la escritura cinematográfica. Quizá por primera vez de un modo tan contundente. No es sólo el hecho de que sea narrada por quien ya sabemos que ha muerto sino también por la voluntad de hablar del cine dentro del cine y de hablar con acritud, ásperamente, sin pelos en la lengua. Esta metalingüística, formidablemente desarrollada después por los hermanos Cohen en Barton Fink, se refuerza con la inclusión acertada de pesos pesados del cine mudo, préstamos generosos, para dar más verismo a lo contado. Está Erich Von Stroheim (mítico director alemán de la cinta Avaricia, 1.927 y Cecil B. de Mille, padre en nómina de ese cine primerizo que salía del laboratorio para inundar pantallas, que aquí hace de sí mismo, cómo no, con su natural y curioso modo de vestir, botas altas y ademanes de cazador en un safari).



Salpimentado de fatalismo, el guión es puro cine negro o cine negro aligerado con un drama griego, aunque Wilder retoca algunos tópicos de uno y de otro y se convence de que quizá un retrato muy impúdico de Hollywood, que él conocía bien por su etapa de guionista, podría no convenir para que el film tuviese el beneplácito de los jefes. Su osadía consiste en abofetear al Hollywood clásico, aristocrático y fetén y no se arredra Wilder en tirar de repertorio también clásico y aristrocrático y así asistimos a una partida de cartas asombrosa con Buster Keaton de jefe de naipes o los ya citados Von Stroheim o De Mille. La sordidez en lo narrado o el continuo recurso del flashback, una novedad en la forma habitual de contar las cosas en el cine de entonces, dan al film un tono artístico: como si Wilder hubiese notado que aquel material, en sus manos, podría revolucionar la Historia del Cine y apartarse del común producto del mainstream de la época.


No hay nada escabroso en la relación sentimental de Norma y Joe: el esplendor de la diva, su creencia en que ese brillo todavía late, y el fracaso del guionista (otro guiño a la mediocridad del guionista mercenario de los peores films de la propia Metro en la época) no adquieren nunca una entidad autónoma, sólida. Norma es una víctima de la tecnología (luego el video mataría a la estrella de la radio o el instagram suplantaría las portadas de las revistas de glamour, pero eso es otra historia) y se recluye en una mansión: se ata a la viejas bobinas con sus películas famosas, se embadurna con todos los aceites del mundo. La cosmética, el maquillaje, nos informa del verdadero trastorno de Norma Desmond: no es el cine, no es el abandono del ruido de los flashes y de las claquetas, es el tiempo, el inaplazable, ése es el que causa el desquicio. Los años han devastado su cordura. Vive con quien fue su primer marido y que ahora es el mayordomo perfecto, cínico y eficiente. La llegada de Joe, que representa el mundo exterior, destapa su ansias dormidas por reverdecer la fama fugada, el ruido de los flashes y de las claquetas, el tiempo recuperado tal vez.



3. "¡ Aún soy grande; es el cine el que se ha hecho pequeño!"



El crepúsculo de los dioses, junto quizá a Ciudadano Kane, es la película que más bibliografía ha suscitado. Wilder quiso a Greta Garbo, pero ya retirada, rehusó el ofrecimiento. Mary Pickford, otra gloria silente, exigió más de la cuenta. Quería un biopic al uso y un film sobre el ocaso de un arquetipo. Mae West, aquella lagartona ávida de machos, alegó que ella era más joven que la Norma Desmond del guión. Gloria Swanson, empujada por George Cukor, fue la elegida. La transición del mudo al sonoro la llevó mal y se retiró a vivir de las suculentas rentas apareciendo en teatro, en radio o en la nueva reina, la televisión. Para Gillis, antes de Holden, desfilaron Montgomery Clift, que adujo que sus fans, legión, no le perdonarían que flirtease en pantalla con un esperpento arrugado. Fred MacMurray, del agrado de Wilder, fue rechazado por Meyer. Gene Kelly no vio una película de estilo reconocible en su vertiginosa carrera. William Holden no era considerado por el director un actor competente. Incluso en una revista le atacó frontalmente diciendo que era un mediocre actor de serie B, pero acabó aceptando y se rindió ante su soberbia interpretación. Pero entre todos, es Gloria Swanson la que da sustento dramático al film: la que lo mantiene intacto, quien ha grabado en nuestra memoria de cine su cara estirada, sus gestos de loca exquisita, el glamour y el patetismo, la locura sublime y también el amor olvidado. Bette Davis hubiese sido una Norma Desmond fantástica, apunto yo. El repertorio de matices gestuales de la Swanson es el inventario habitual de todas aquellas actrices del mudo, que decían con una mueca lo que luego necesitaba dos verbos y nueve adjetivos. Su desfile perfecto de tics ha pasado a la historia del cine.


4. "Fuck you"


Una curiosidad: El crepúsculo de los dioses (O Sunset Bouleard, como se prefiera) tuvo un pase privado previo a su distribución. Es lo natural. Louis B. Mayer, el jefazo de la Metro, se acercó a Wilder y le espetó: " Usted, cabrón bastardo, ha desprestigiado a la industria del cine. La ha arrastrado por el lodo. Ha mordido la mano que le convirtió en alguien y que además le dio de comer. Deberían alquitranarle, emplumarle y arrojarlo del país.". Wilder sólo le respondió: "Que te jodan".

Otra: La idea primera de Wilder era hacer que la película comenzase con el cuerpo de Joe Gillis en el mortuorio, debajo de la sábana,... hablando. Fue convencido por parte de Buckett, su alter-ego en la escritura, que aquello iba a hacer que todo fuese tomado a chacota.

Addenda o posdata o lo que faltaba: sólo por la imponente bajada de Gloria Swanson por la escalinata cuando va a ser detenida vale la pena la película. Esa imagen perdura en la memoria de este escritor apasionado de sus vicios  como el cielo azul o como la luna recortada en los tejados cuando se da en ese esplendor. Sabemos, encima, que ha matado quizá para que por última vez los focos la miren y los flashes de los periodistas parpadeen como balas. Leí que todos los reporteros de esa escena no eran actores, sino reporteros auténticos.


Coda

Y luego está el muerto formidable, el cadáver parlanchín, que da en su parlamento un ácido repunte de sana ironía, de crudeza limpia.

18.2.22

49/365 Atticus Finch

 


Harper Lee escribió un libro para esconderse dentro, un evangelio cívico donde la redención del pecado era sustituida por el pago del delito. Mulligan, una película sobria, metódica, religiosa, moderna. Atticus Finch, el hombre bueno por excelencia, bueno machadianamente, bueno bíblicamente (aunque eso de calzar la Biblia tiene muchos matices), bueno a salvo de todas las imperfecciones del mundo, es también el hombre cabal, el imperturbable, el conjurado, el trascendente al modo de algunos personajes de Frank Capra. Lee registró la historia de un abogado contra el Sistema, contra una sociedad cafre, incivil y escandalosamente injusta, las tres puntas son el mismo dardo. Atticus es para siempre el impecable hombre vestido de blanco, con gafas de pasta que Gregory Peck inmortalizó en Matar a un ruiseñor. La he visto muchas veces y sé que tengo que verla muchas más. Ahora de nuevo como cura, como evidencia de que un mundo mejor es posible y todo eso que uno se cuenta cuando ve que las cosas ahí afuera se están liando en exceso y que no tenemos aguante para casi nada, aunque el aguante posee sus matices también, cómo no. Hacen falta algunos Atticus en estos días atropellados. Atticus sin tacha, Atticus que no flaqueen en la comisión de la justicia y del bienestar, aunque el personaje sea un arquetipo tal vez sobre dimensionado y etéreo. Porque hay también de eso. De algún modo Atticus simboliza la verdad sobre el caos que genera la mentira, hace pensar que un hombre solo puede derribar los altos muros de esa injusticia que campa por la tierra y se hace fuerte sin que la debilidad (que la tiene) triunfe. Luego está la verdad de la infancia, su limpieza. La enturbia la experiencia: de ahí la valía de la educación, la restitución de unos valores, la enseñanza primaria de que todos somos una pieza del mecanismo de la sociedad o de la realidad, viene a ser lo mismo. Atticus Finch tan sólo anhela que podamos vivir entre gente que no se parece a nosotros. Y luego están los niños, la inconmensurable voluntad de que el futuro sea de verdad suyo, que nada de sus adultos lo enturbie, que ninguna cosa que los padres hagamos corrompa esa verdad inocente, que la justicia triunfe, que el amor sea lo único verdaderamente importante, que hay personas que son capaces de sacrificar su felicidad para que la felicidad ajena sea posible. 

17.2.22

48/365 Stephen Hawking



 “¿No basta con ver que un jardín es hermoso sin necesidad de creer que hay hadas entre el follaje?”


                                                                                                    Douglas Adams


No basta con la belleza, con su halo de esplendor. Uno desearía contar con las hadas. La parte invisible, a pesar del materialismo (histórico o filosófico) y de la prospección científica y cartesiana, informa a veces más que el tinglado visible. Deben estar debajo las hadas. Hacen su oficio espiritual para quien disponga de sensibilidad para escucharlas. Toda la literatura, incluso la más vinculada a la realidad, depende de ellas. Dios depende de ellas. La idea de que no todo está a la vista conforta, aunque sea en un plano metafórico o simbólico, pero son las metáforas y los símbolos lo que nos alimenta y, en cierto modo, curte. Somos tristes pasajeros en una travesía ciega si cancelamos la credulidad. Tristes y ciegos también. Hay una porción de realidad que no es posible aprehender con los instrumentos de los sentidos. No la resuelve la vista, ni el oído. No es algo que veamos ni que se oiga. Tal vez ver u oír no alcance a descifrar lo visto ni tampoco lo oído. Son otras las herramientas del conocimiento; otras, las del escrutinio de la belleza. La misma poesía es un asunto mágico en el que pululan seres etéreos, que no pueden asignarse a ninguna disciplina de la ciencia. Toda ella anhela lo inefable. 


Stephen Hawking dejó escrito que el cielo es un cuento de hadas para los que tienen miedo a la muerte. La religión entera es un bálsamo. A lo que hace frente la religión, faliblemente, es a la oscuridad. A Hans Christian Andersen le parecía que la vida de cada hombre es un cuento de hadas escrito por Dios. En realidad somos las únicas criaturas que poseen el don de la narración. El problema fue (sigue siendo) qué contar. Si bastaba la transcripción de los hechos tal cual se expresan frente a nosotros o si, por el contrario, merecía la pena hurgar, conferirles un rango mágico y tratar de explicar a través de esa impostura (la de la magia, la de los mitos y las leyendas, la de la religión, la de Dios) el mundo en el que vivimos, la vida que se nos confió sin que sepamos su propósito ni tengamos (he ahí el verdadero trasunto de todo) gobierno sobre ella. No creo a Hawking, muy matemático. Ni a Andersen, poco o nada matemático. Ni lo sagrado, ni lo secular. Ambos compinchados. Los dos tienen vocaciones distintas y su cometido es distinto también. El asiento moral podría ser la decantación pensada de ambas. 


Podemos creer en las hadas, aunque sepamos que ninguna vendrá a confirmarnos su alada existencia. Podemos creer en Dios, sin que nada barrunte que esta ahí a beneficio nuestro. Su roce, aun invisible, quema. El alma comparece después: se la reclama para que aspire el calor de las historias, las palabras del fuego. Debajo de las palabras está el asombro, la bendita capacidad de dejarnos fascinar. No hay fascinación sin que intermedie el asombro. Hay prodigios velados al que no está atento; también prodigios forzados (y hasta patéticos y ridiculice) que entusiasman al observador poco preparado. Se aprecia más el embeleso de las historias cuanto más se aparta uno de ellas. No me creo que el mar se abriera en dos y cruzara el pueblo elegido, pero entiendo la función de esa ficción maravillosa y su verdad simbólica y pura. El asombro es saludable, sentenció Chesterton, muy de hadas también, muy cultivado en todas las literaturas heroicas de sus ancestros. Los cuentos (los infantiles con más hondura) colman y sacian, pero no todo lo contado debe ser aceptado. Hay reglas. No se esas reglas: estamos al tanto de ellas sin que se nos expliquen. Lo que no se sabe, se inventa, eso lo sabemos. 


La primera actividad poética proviene de la fantasía. Creamos para eludir la realidad (que no siempre dominamos) y para concebir una realidad terapéutica y crítica, nuestra, confeccionada con nuestros deseos, habilitada para resolver las incógnitas que no podemos despejar en la realidad constatable y pública  (lo dijo Bettelheim en su todavía vigente Psicología de los cuentos de hadas). Así que hay árboles que hablan y seres diminutos que viven debajo de la cama. El niño, al jugar, es adulto. Hace cosas de adulto, pero expresadas con instrumentos adultos. Puestos a cruzar edades, el adulto que ha dejado de jugar necesita ese mismo alimento espiritual, ese despojarse de las trabas de lo real y adentrarse en la fantasía de lo fabulado. De ahí que prefiera creer en Dios y fundar religiones. Así se otorga la función del demiurgo y construye un credo y una trama celestial. El cielo es el que conmuta la presencia terrible del miedo. Al miedo se le levantan infinitos muros. Unos rudimentarios y débiles; otros, recios, capaces de frenar la brusca irrupción de lo desconocido; todos conjurados a hacer más llevadera la vida, en definitiva. 


Richard Hawking, otro descreído, pedía que no se educara a los niños con dioses y cuentos de hadas. Razonaba que esa pedagogía los distraía de un cometido vital más limpio de engaños. Es posible que haya una maquinación cultural (histórica, social, uno de esos constructos intelectuales) y también que el creacionismo sea una teoría burda y falaz y hasta infantil, pero convendría aplacar cualquier exceso moral, sea laico o sacro. Los dioses de las mitologías nos narran verdades hermosas, con absoluta independencia de que puedan tasarse y adjudicarles un peso cartesiano. Las hadas son efluvios dulces de esa verdad metaforizada. Esa legitimidad de la verdad no hace que se tambalee el crecimiento sano de un niño, ni el lugar en el mundo de un adulto. En todo caso, contribuyen a que el tránsito por la vida no flaquee y se permita (déjenme el atrevimiento) creer en lo que no se puede registrar. 


Qué hermoso es lo invisible, cómo nos tutela y conforta y abraza, con qué sabiduría nos guía entre las llamas de la incertidumbre. Porque la incertidumbre está ahí, a poco que uno observa. No sabemos nada, no tenemos nada.  Educar en la presencia de lo invisible es difícil. Podemos incurrir en errores. Incurrimos en ellos se plantee la educación desde donde se desee. Prefiero a Tolkien que a Darwin. El escritor ilumina los senderos; Darwin los explica. Quiero saber de qué están hechos, pero no me priven del placer de recorrerlos, aunque me guíe mi ignorancia. Luego está la superstición, el volcado en crudo, sin matizar, sin darle cuerpo ni pulirlo. El cerebro no es solo un maravilloso computadora con fecha de finiquito para sus componentes. Da lo mismo que ese aserto difundido por ateos insignes sea cierto en el fondo y no haya más allá ni derecha del Padre ni hadas en los jardines. Lo trascendente es que somos eternos mientras la maquinaria funcione. Que dependamos de dioses y de hadas no deja de ser una línea de texto en la brumosa trama que se nos entregó al ingresar en este mundo. En él estamos invariablemente todos. Los que creen, los que no. Se puede creer a ratos. Habrá veces en que la credulidad sea un cuerpo vivo y dulce y otras, las más, hablo en primera y dolorosa primera persona, sea un lastre o un obstáculo. La oscuridad se cierne de continuo. Es la luz a la que aspiramos. Ese es el anhelo irrenunciable. 


En su "Breves respuestas a las grandes preguntas", el último libro, inconcluso, Hawking se enfrascó en hacer un imposible: pensar en Dios con cierta coherencia, dar con las claves para que Dios se arrimase o para que definitivamente se alejara. No quería rebatir su existencia: "No tengo ningún resentimiento hacia Dios. No quiero dar la impresión de que mi trabajo trata de demostrar o refutar su existencia. Mi trabajo consiste en intentar hallar un marco racional para comprender el universo que nos rodea". En lo demás, Hawking fue (quiero creer eso) un ser sensible. No creo que ningún astrofísico (cosmólogo es una palabra más hermosa) se cierre a cualquier efluvio de la bendita naturaleza, de la entera composición de los planetas y de los éteres siderales. Me agrada pensar en que todos esos hombres y mujeres fueron agasajados por una inteligencia sobrehumana para que se convirtieran también en poetas. Un poeta es un científico que no maneja algoritmos, sino verbos. En lugar de agujeros negros, cesuras y metáforas. Todo queda al final alojado en una misma suprema argamasa, de la que no sabemos mucho más que su presencia, sin haber logrado entrar en su sentido, en su vocación ancestral de misterio. La esclerosis lateral amiotrófico que lo postró en una silla y malogró tempranamente su ansia de vida quizá le confirió una espiritualidad más honda, una receptividad de recorrido más puro. Será cosa de enfermos crónicos que una parte de su cuerpo prospere con mayor arrojo y alcance cotas de una especie de hiperestesia emocional. Trasegó con el mal durante más de cinco décadas, cuando es normal que esa cifra no supere el año. Convivieron él y la enfermedad como si fuese una extensión natural de su ingente capacidad creadora. 


Borges dijo que la religión era una rama de la literatura fantástica, tal vez la más distinguida. Leemos las palabras de Dios para entender las palabras del hombre. Que uno invierta los términos y sean las palabras humanas las que manuscriban las de Dios es el asunto de toda la filosofía, la intriga narrativa de todo el largo y tortuoso y hermoso periplo vital. No he visto gente de fe que no haya admirado, a la que no dispense sentida envidia. Que traspase y cuaje dentro no siempre cuenta con el concurso de la voluntad. También he visto creyentes con la peregrina convicción de que todos los que no creemos a ciegas estamos perdidos. No hay tal desvarío ni la flaqueza del espíritu haga zozobrar la idea de que seamos íntimamente felices. Al final es ese el verdadero asunto: la búsqueda afanosa de la felicidad. No es otra cosa la anhelada. Si las hadas la embellecen, adorémoslas, aunque Hawking no les tuviese (al menos en público) el afecto precisado. Con todo, habló de algo que merece fundamental en estos tiempos: no del conocimiento, sino de la ilusión del conocimiento, una idea sobre creer que hemos hecho algo o que podemos retirarnos del empeño de saber más y llegar más lejos. Y no, no hemos hecho nada todavía, no hemos ido a ningún sitio. Ni al espacio exterior hemos llegado, aunque sepamos que no es cierto. Ni mirar dentro de un agujero con su poderío gravitatorio y su contención de secretos hará que podamos entender lo que probablemente nos rendirá, más o menos limpiamente, la pesquisa dentro de uno mismo. También eso era cosa que sabía Stephen Hawking. 






16.2.22

Contar una historia

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras. Un hombre guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, las manosea con avaricia, especulando con la posibilidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va así, tintineando monedas, calle abajo. Es una mañana muy fría de una ciudad al norte de Europa. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa la viandancia. Se percata del hombre que va contando las monedas. No sabe que son monedas, cree que pueden ser unas llaves. Piensa la mujer en ellas y razona que es un hombre al que le espera una casa cabal, confiada a su esmero y cuidado. O son monedas. Entre las monedas y las llaves no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y seguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama. Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto un coche no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas percibe la fatalidad a unos pocos metros, a sus espaldas. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Saca del bolsillo del abrigo el móvil y hace una foto. La mira con más dedicación que a la muerta sobrevenida. Se sienta en una terraza desde la que se aprecia la magnitud soberbia del accidente y pide un café. El camarero está distraído. No sabe qué hacer. La mujer, desconyuntada, llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Se endemonia por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta y se decide a hacer su trabajo. Las monedas cierran la transacción. 


La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, tocando monedas en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que nada sabemos tampoco y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos nada de lo que va a pasar después. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si es de pronto iluminado por la verdad, por su concatenación fortuita de accidentes. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera, morosamente quizá, las calles. No sabemos cómo se construyen las historias, qué lentitud o qué voracidad narrativa las anima. Sólo se aprecia la capa visible, las circunstancias más o menos evidentes, lo que concurre para que el espectador pueda entrar sin sentirse desplazado, creyendo que es una parte de lo que escucha o de lo que ve. La credulidad es la brújula. Nos vemos en la vida con esa incertidumbre, la de creer lo que no vemos, la de avanzar a ciegas, la de confiar en la mano maestra del autor. Lo dejó escrito por aquí un amigo hace un tiempo: es lo liviano lo que lo mueve todo. Las grandes historias son en realidad tintineos en un bolsillo. Monedas o llaves o quién sabe, palabras que animen a otras palabras para que absurdamente construyan un relato. 

47/365 Leopoldo María Panero

 



Hay poetas que aman su ruina, adoran la literatura y detestan la vida eso me lo contó un amigo cuando hablamos de Panero. Es esa ruina la que les faculta como poetas precisamente, ven la periferia de la belleza, el trozo de ella que acabó desquiciado, su yo roto como un trozo de pastel al que de pronto se le han encaramado un puñado de hormigas. Leopoldo María Panero odiaba a Leopoldo María Panero, pero estaba encantado con lo que escribía, no había otra cosa en su vida que le acercase más a cierta sensación de bienestar que la de producir poemas o la de ser entrevistado o (hago un spoiler) burlarse de su padre muerto o excederse en estimulantes y en poetas franceses. He aquí la literatura convertido en ocupación soberana, en el hombre que se ha impuesto la metódica labor de cartografiarse. Todo es deleznable y ruin, nada merece salvarse, nos cuenta, pero la palabra es el instrumento sagrado, es a la que se encomienda la sublimación de su alma. Alguna habrá por ahí adentro, estará todavía algo suyo que pueda procurarle algún tipo de consuelo espiritual. Él, pese a todo, quería ser sublime. En ese trayecto, el que va de la vida a los libros, no deja nada en pie, todo lo tritura. La familia es la primera sacrificada. Sólo hay que ver El desencanto, la película transgresora de la Transición, el documento en el que los hermanos Panero (Juan Luis, Michi, el propio Leopoldo) se nos ofrece la esquizofrenia, la paranoia, la afición extrema a la bebida, la deslenguada propiedad de la venganza. Era Leopoldo María un niño bien (me viene ahora a la memoria un tango) con un padre laureado en los juegos florales del franquismo más rancio, con una madre con un nombre incómodo (Felicidad) y una maldad inteligente. Esas son las peores, a poco que se piensen.


La vida vino después, con mayor entusiasmo si cabe. El poeta en el manicomio es el poeta manumitido de los protocolos, es decir, el hacedor máximo, el obrador puro. Duele el confinamiento en el sanatorio con más crudeza si es tu madre la que te recluye con peregrinos argumentos sobre la marihuana o sobre el infantilismo. Porque Leopoldo es Peter Pan. Un niño que no ha querido crecer y se ha quedado en un idílico País de Nunca Jamás Perpetuo en el que (si cuela) podemos meter una república y llevar a juicio al Rey. Son cosas que decía cuando iban a entrevistarle. Qué bien se lo pasaba ahí, con qué medida sorna contestaba. Hacía del personaje en que se había convertido un monstruo, en un perseguido, en un mártir, en un desgraciado, en un dios. Hay que empezar por ahí, por el hombre que se mira continuamente y mide el tamaño de su boca y la longitud de su desquicio. O es al revés. Ahí anduvo una parte más que considerable de su vida, en los frenopáticos, en habitaciones acolchadas. Adrede, sin pretensión de pisar la calle, convencido de que la medicación lo purga, lo instruye en las lides poéticas, extra de él la piedra maravillosa de la locura. Los poetas malditos tiene todavía ese pedigrí dulce de las cosas que no entendemos. Panero lo tiene todo para ser un gran maldito: familia culta y enfermiza, insurgencia, ínfulas de genio, pastillas, vodka, simbolismo, comunismo militante, Verlaine, talento. La poesía no se entiende a veces, pero la suya a veces no se entiende nada. Suena como un disparo en un sótano oscuro cuando se declama. La de los poetas malditos es una poesía que no precisa una formación lírica previa. Lees y te sientes súbitamente agredido. Están violentándote. No seré un poeta maldito del todo hasta que la palme. Eso sucedió en uno de los muchos manicomios en los que estuvo, en Las Palmas de Gran Canaria, en 2014. Lleva 8 años más maldito que nunca.  Murió el fumador empedernido, el bebedor crítico de Coca-Cola, el apestado al que amaban más afuera, en París, que él adoraba, o en cualquier ateneo cultural en donde la poesía todavía tiene la vigencia que aquí, en este país de fracasados y mediocres (según Panero) nunca tuvo. Yo me atrevo a sentenciar: nunca tendrá. 


Al hombre, que no al poeta, lo engulló hace tiempo el abismo. Parte de su obra, por no decir su obra entera, consistió en contarnos qué hay dentro de ese abismo. Ya no está el blasfemo, el alcohólico, el depravado, el loco. Un loco culto, hijo de una biblioteca familiar absolutamente maravillosa, bebedor de las grandes fuentes literarias. No sabe uno en qué cifrar esa locura, sobre qué criterio razonarla. Estuvo loco como poco: quizá llegó más lejos y le dio la vuelta al asunto y se encontró, de cuajo, con la cordura, que estaba ahí, pero haciendo falta el poema y el tabaco imposible y la cafeína en vena para que la adquiriese. La cordura se adquiere. Porque la vida nos enloquece. Al menos él lo sabía. No va a descansar en paz. No hubo un cristo en la tierra que le consolara, no tuvo a dios cerca, no creyó en los dogmas, se esmeró en faltarles al respeto de un modo profesional casi. El manicomio era el puto infierno, decía, pero la vida era peor. Mucho peor que cualquier otro castigo. Menos mal que era más inteligente que Nietzsche. Menos mal que cultivaba el espanto como una ciencia. Era un poeta amarrado a un desatino. Todos los buenos poetas, en el fondo, querrían tener a un loco dentro, pero las editoriales y la educación no les dejan. En la morgue en la que reposaba su madre no pudieron evitar que le practicara el boca a boca para resucitarla. Lo había leído en una novela de Stevenson. Sería "el espanto de estar vivo como un gusano". Ninguno de sus hermanos se afectó tanto. Ninguno vivió en la desgracia de la literatura y de la descomposición del orbe de las ideas, como Leopoldo sugería. Jaime Gil de Biedma le llamaba Blablapoldo. Era habitual que pasara de la verborrea a unos silencios angustiosos, habida cuenta de su cara de pocos amigos y sus gestos sospechosos. Cualquier día se le va la cabeza y se mata o mata a alguien, debían pensar. Pero Leopoldo se consolaba en los versos. Hizo decenas de libros. Tenía a su editora encantada con el niño prodigio, con el adulto prodigio, con el viejo prodigio. La sobrehumana capacidad de facturar cosas asombrosas no le abandonó nunca. El asombro, ya saben. Hacer lo que otros no podrían o lo que ni se les ocurriría siquiera: fundar Carnaby Street, pasear Madrid como un apestado con un cigarrillo en la boca y una bolsa llena de libros buscando a Dios en alguna barra de taberna. Al final no le envenenaron en público, delante de una congregación de asiduos o de casuales, en televisión o en una plaza de pueblo. La muerte le pilló solo, como a tantos. Con su paquete de tabaco en la mesita de noche y una botella a medio liquidar al pie de la cama. Leerlo hace pensar que tal vez fue feliz. La literatura hace eso con quien la acoge con ese apasionamiento: procura el bienestar anhelado, da las raciones justas de espanto y de gloria. Desbordante en todo, inasequible al desaliento, a pesar de la rigurosidad de la vida, incluso a pesar de la absurda e inquebrantable y obcecada ruindad de la vida, él seguía haciendo sus letras en cualquier sitio. Adoraba escribir en los bancos de los parques después de haber estado tumbado en ellos una noche larga de resaca. 

15.2.22

Un acto de amor

 


                                                              Fotografía: Cristina García Rodero

Hay un momento en que uno se mira a sí mismo con absoluta dureza. No hay piedad, ni indulgencia: sólo el esmero en aplicar la exigencia más alta. No importa que ese acto de intransigencia sea irrelevante o que todo esa voluntad de sublimación quede en nada: lo que de verdad cuenta es el instante en que estamos en diálogo con nuestro interior. No suele pasar, no son muchas las veces en que se produce esa mirada limpia y profunda. En ocasiones ni siquiera se tiene la percepción de que estemos en ese trance, no requiere preparación, irrumpe sin aviso, nos arrebata y hace que cambiemos, no somos nosotros, no los que fuimos, todos los que modelamos durante nuestra existencia para afrontar la realidad y no dejar que nos coma. Porque la realidad hace eso: comernos. A veces da la impresión de que es al contrario y es ella la mordida, pero no sucede así, por mucho que las apariencias inviten a pensar que es uno el que muerde. Por eso fascina la belleza. No se deja gobernar, no tiene un protocolo que cumplir, ni se la oye venir poco antes de que se plante delante nuestra. Hay quien se mira dentro y arranca a bailar y se yergue y hace como que el mundo se ha detenido en cuanto ha levantado los talones y ha dispuesto los brazos como aspas. Lo que hay alrededor no contribuye a que ese acto de amor puro a uno mismo triunfe o flaquee. La derrota no vende nunca, no se le da el apresto, ni el predicamento, ni siquiera la generosidad con la que se abraza la victoria, la propia o la ajena. Se nos educa para vencer. En realidad todo está pensado para que desfile, rutilante y espléndida, la victoria. La propia Historia, la contada, la leída, la que perdura y avanza, es un extenso relato de los vencedores. Son ellos los que la escriben, a ellos se les encomienda el registro de lo que aconteció. No sabemos ni siquiera el nombre de los caídos, quedan en la invisible memoria de quienes depositaron en ellos la confianza del triunfo. Sin embargo, en el arte no hay vencedores ni hay vencidos. No se gana ni siquiera el aplauso de los que nos ven. No deprime que no suscitemos aplauso alguno. Hay cosas que hacemos para creer en nosotros mismos. Las vemos a diario en los colegios, en el patio de los juegos, en la manera en que un niño aprende. Es eso lo que debería prevalecer: el aprendizaje, la sensación de que estamos aquí para aprender, no para hacer las cosas bien a ojos de los demás o mal a los nuestros propios. Quizá sea al revés. Uno cree que lo hizo condenadamente mal y los otros advierten un fragmento de luz, una porción pequeña o considerable de belleza. Está ahí, ofrecida sin alardear, con la timidez de quien no precisa exhibirse. Basta creer. Es cosa de fe probablemente, fe en el interior, en la posibilidad de que al final de la actuación sintamos la plenitud, ese estado primitivo de la gracia. De pronto, la niña se sabe artista, se cree elegida por alguien, ungida por algún secreto don, aunque no haya símbolos religiosos ni esté el aceite como líquido de esa pureza o de ese extraordinario esplendor. Entorna los ojos, sube las manos, no imita a nadie: se está encontrado a sí misma, ha dado con los movimientos que la convierten en un ángel. Los desconchones en la pared, la pizarra humildísima y el agradecido público asisten a un hecho único: el de la verdad haciéndose paso, el de la vida convertida en un prodigio. 

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