La tomó mi hijo hace once años. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudir para cuando no estén. El cielo, al darle acomodo en una instantánea, pierde algo, deja de conmover, precisa (requiere) el mirarlo al natural. Las nubes, estas nubes, lo emborronan, lo hacen boceto de otra cosa, no sabe uno bien de qué, pero lo engalanan, lo visten de domingo o de festejo importante. Incluso emborronado, qué cielo más hermoso. El cielo tiene esas efemérides improvisadas. Cautivan las nubes, hacen que las miremos como se mira al fuego o al mar, ensimismados, buscando algo, tampoco sé qué, que pueda estar oculto, en el anhelo de que se le urja a que se manifieste. No me pongo místico, ni busco lo que no procede buscar. Es el cielo sobre Lucena, sobre la azotea de mi antigua casa, en una fotografía tomada sin pensar, como a veces deben hacerse ciertas cosas. Tampoco hay intención artística. No hace falta, no se exige. Del cielo pedimos que sea clemente, que se porte bien con nosotros y no nos malogre las cosechas o la bonanza de un paseo vespertino al que puede arruinar la lluvia. Lo hemos mirado tanto que no parece que haya nada sin revelar, pero está por descubrir todavía, no hay un cielo igual, ninguno se repite. Es el cielo como el río de Heráclito: no es el mismo nunca, nosotros tampoco somos los mismos al mirarlo. Cambia el cielo y cambia el observador. Nadie baja dos veces a las aguas de mismo río, declaró Borges, pensando en los clásicos. Está el asombro, está el horror sagrado, de ver que el cielo muta, se transfigura, restituye la antigua sensación de sentirnos solos, en un desamparo sin abrigo, en un limbo, de saber que somos poco o somos nada, de que estamos aquí de paso, de que todo es fugaz y a todo el tiempo lo cifra, lo sublima y lo censura. Y mi hijo, al subir, al hacer la fotografía y luego mostrármela, debió sentir ese asombro, sagrado o no, debió pensar qué hermosa cosa había contemplado. Algo lo movió a dejar constancia de su comparecencia, algo a mí para dejar nota escrita de ese prodigio.
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