13.9.26

Un cuento antiguo

 Las máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosida a rezos con sus blondas de oro de Moscú y su brazo partido en una mudanza, una radio Telefunken de cuplé, doctrina, rosario y goles, que ameniza las infinitas tardes de domingo en los inviernos castos y humildes, cine con ambigú y manos que vuelan escotes y registran dobladillos de falda, la vida en blanco y negro la patrocina Cifesa, mujeres haciendo jabón doméstico, la dulce propaganda del perverso NO-DO, las escuelas huelen a óxido y a catecismo, las nobles caligrafías en la flaca cartera, la enciclopedia Álvarez amarilleada por el uso, la palmeta de la tabla del nueve, la campana del patio, una estatua ecuestre en la plaza del pueblo con un jinete de un tamaño inconcebible, yugos y flechas en los bloques de vecinos, Imperio Argentina con su barco de nombre extranjero, el pan negro en el hule de la mesa, la letra con sangre entra, los caídos por Dios y por España, los fantasmas de Belchite, los atormentados  y los administradores del tormento, toda la quincalla fantasma del orgullo, retirada del pecho y del gesto, escondida en el sótano, en los cajones más hondos de la memoria, la cara, el sol, la camisa nueva, el dieciocho de julio, el 20 de noviembre, Cristo Rey, la camisa azul planchada con tesón, el brasero de picón, las ancianas de luto, ojos verdes, verdes, verdes como el trigo verde, el café de achicoria de las abuelas, el salvador estraperlo, el Día de la Raza, la pareja de picoletos, el as de bastos, las chapas de botellas en los juegos de la infancia, el vino en porrón, la tarima escolar con su pizarra y su crucifijo, la bata de cola recogiendo el polvo de los tablaos, don Santiago Bernabéu en tribuna, Gento y Puskas en racha, la Virgen del Pilar, que no quería ser marxista, sino capitana de la tropa falangista, las Hermandades del Trabajo, el cadáver de Lorca debajo del mapa, la muerte del capital, por el imperio hacia Dios, la Costa Brava y la Costa del Sol, Spain is different, dos gardenias para ti, el ABC con su tercera divina, el coño de la Bernarda en boca de un borracho, el Sagrado Corazón, la pandora de la censura, el ministro abriendo el mar como el altísimo en las estampas, espantando peces y electrones, los que se iban a Alemania, los que nunca pudieron, la Inclusa, la Sección Femenina, los remiendos en el pantalón, Lola Flores patrocinada por el Caudillo, las radionovelas, el Concilio Vaticano II con su misal en vernácula lengua y  con su apostolado laico, las suecas en Torremolinos, con sus carnes al sol, levantando la hombría cateta, los pistoleros que mató el torrencial Marcial Lafuente Estefanía, el Monte de Piedad, los poetas confabulando en los cafés, en el esmero del verso, en el temblor y en el pánico de la palabra, un paquete de Celtas, la carta de ajuste, la Vespa, el tocadiscos, los payasos de la tele, el glorioso 600 de la (parecía) inmortal fábrica de Seat, el hombre reunido consigo mismo, con sus versitos, redactando pasquines hasta el alba sumisa, el hombre, ya digo, ensimismado, asustado, sometido, rebajado, el hombre en una mínima expresión hasta que llegue el día y abra la luz en el horizonte de una ciudad sencilla de gentes de a pie que se hablan y se cuentan y no tienen miedo y viven a su antojo sin que nadie les vigile ni les mande más allá de la vigilancia y del mando previsible que se ejerce discretamente para que la concordia puje en el aire como una brisa de pronto encantada de convertirse en viento. Esto es lo que a uno le han contado o lo que ha leído y lo que, en parte, ha vivido. Esta es la memoria recibida de quien supo y supo también contar, mi padre, que votó siempre con escrupuloso respeto cuando pudo votar, que tuvo los recuerdos como un tesoro y elocuencia intacta hasta que se le borraron las palabras y comenzó a aprender a hablar con los ojos. Antes de que la fatalidad lo derrotara y le tapiaran la voz, gustaba de llevarme (siempre fui llevado si él estaba cerca, incluso cuando lo llevé yo) a una terracita en la que se explayaba a gusto. Se esmeraba en el relato, en la elección correcta de los recuerdos, primero, y luego en la hondura de las palabras. Creo que mi amor al lenguaje viene del suyo.

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