16.9.26

2 502 000 visitas

  




"El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma."


Epicuro de Samos



Pronto llevaré 20 años leyendo a diario esta cita clásica. Contiene una máxima de vida a la que he tratado de aplicarme con dispar fortuna. Ocupa desde entonces la cabecera de"El espejo de los sueños", el blog en donde transcribo (también con voluble desempeño) mi literatura. Lo abrí para escribir sobre cine en un fin de semana de agosto en Marbella. En 7364 días he consignado 4534 textos que han tenido 2502000 visitas. Creo que es el blog de la perseverancia. Ese cómputo de días, de escritos y de visitas me hace feliz, pero lo que más festejo es que mi voluntad haya decidido que siga en pie. Festejo esa consideración, al menos: la de bregar con la escritura, para bien o para mal. He sido tozudo, he resistido con entereza, he hecho de ese blog una extensión de mí mismo. No sabría explicarme sin escribir, tampoco lo haría sin mencionar "El espejo de los sueños". Lo cuido como si fuese mi casa. Ese ha sido quizá el cometido más fiable: escribir casi a diario, no dejar que la página entre en barbecho, hacer que el placer sea "el bien primero, el comienzo de toda preferencia y de toda aversión, la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma". Imagino al blog como una especie de cuaderno o de espejo de sueño. Ahí me siento verdaderamente escritor.  A lo mejor lo cierro, con colmo de pudor o de fanfarria. Es una buena cifra. No me la hubiese creído cuando me determiné a abrirlo. Estaba en casa de mi cuñado, en Marbella. Me lastimé un pie haciendo el tonto en la playa y el buen galeno me recomendó que lo tuviese en alto unos días antes de recomenzar los paseos y todo eso. La convalecencia fue agradable. La familia me agasajó con distracciones, saben hacerlo. Ahí se me ocurrió lo de abrir esta casa digital. Comenzó alojando reseñas de cine en mi añorada Muchocine (gracías, Víctor Trujillo). Fueron más de 300 en los pocos años en los que estuve. Perdonadme con la tabarra de las cifras, pero hoy me he levantado contable. 

Los números, esa estadística fiable, fría, gris, no explican lo que ha supuesto este blog para mí. "El espejo de los sueños" es mi aldea gala irreductible. Los romanos, afuera, no lograrán rebasar sus muros, quemar sus casas. Soy el que se cayó a la marmita y bebió el brebaje de la torrencialidad o de la prolijidad o de la hipergrafia o de la grafomanía. Soy un escribidor, lo hago sin pretensiones, por dejar constancia, ya lo he dicho, por contarme el mundo o por contarme a mí mismo. No he debido terminar de hacer alguna de esas cosas a lo visto, así que no tengo intención de renunciar a este placer que me hace estar aquí ahora, dándole a las teclas. Tengo, a decir de Bukowski, la enfermedad de escribir. No es una elección, me temo, aunque en algún momento lo fuese: es una función orgánica como la de respirar o la de beber agua si hay sed o la de comer cuando el hambre. Por precaución, guardo un registro de toda esta cadena de ceros y de unos que deben conformar las tripas de mi blog, el fantasma en la máquina, todo eso. Es una memoria portátil. Por si un día me da por abrir el editor de esta página y me encuentre que un dron la ha devastado o que la han saboteado los chinos o la madre que parió a la desgracia. 


Salvo en los tres o cuatro primeros años, mantengo en el blog la misma cabecera: el icónico puente de Queensboro de la película Manhattan, de Woody Allen. Isaac y Mary siguen sentados, viendo cómo amanece, charlando. Yo no he dejado de hacerlo desde entonces. Se puede estar más solo que escribiendo, pero ninguna soledad, ni siquiera la no pedida, la que nos invade y sojuzga, rivaliza con la escritura en hondura, en apartarse enteramente del mundo y, al tiempo, en apropiarse de él. En ocasiones, al escribir, se percibe esa soledad, se aprecia cómo se cierne en torno, sin que podamos zafarnos de ella o sin que, por más que nos afanemos, podamos tampoco dejar de escribir. Dejar de escribir con la esperanza de que regrese la luz o de que la oscuridad no cunda, ni se enseñoree como suele. Nunca fue un padecimiento escribir, nunca sentí que me fracturara o que me ablandase o que me retirara alguna posible fortaleza que yo, sabiéndolo o no, pudiera tener y, sin embargo, a veces prefiere uno no tener que dejar consignado nada, no ocupar la limpieza de la hoja o el vacío del editor de este blog. No dura mucho ese arrebato ascético, un poco sobrevenido por el cansancio o por la evidencia de que no hay ningún lado al que conduzca escribir que no se pueda acceder de otro modo, no sé, paseando, tomando café con los amigos en las terrazas del verano o en la intimidad de la casa en el invierno, leyendo lo que otros a los que no conocemos han hecho para nosotros, ah lectores. No es una preocupación que persista, se diluye conforme el día va conviniendo sus peajes y tienes que salir a la calle y acudir al trabajo y regresar a casa andando o en coche, pero de pronto hay una necesidad que bulle y obliga, algo que dice que te sientes y escribas. y se aplica uno en satisfacerla. 


No importa de qué se escriba, incluso de la escritura misma, tal es el caso. Lo que de verdad cuenta es penetrar en esa soledad solicitada y dejarse ir. No creo que haya otro método: no hay escritor que no se deje ir, por más que organice y cuadre su trabajo, por más que investigue, tabule o prevea cuál será el texto que finalmente saldrá. Lo que fascina es el acto impetuoso de la escritura, su vértigo, su fiebre, ese avanzar loco, sin brújula, en el que las palabras se prestan y uno las abraza o las censura o aplaza que concurran o se duele de que salgan esas y no otras, que son las que deseamos, pero no están a nuestro alcance. Tal es el caso también. Esta soledad mía es más íntima cuando abre el día. Ahí encuentro que está la cabeza en condiciones, si es que eso fuese cierto. Ahí me envalentono con el día y encaro lo que a su antojadizo capricho haya decidido arrojarme. En este sentido un poco nutritivo de las cosas, escribir es una ingesta de luz, una especie de avituallamiento de coraje para que no nos haga flaquear en demasía el tráfago de las cosas. Como quien sale a correr a primera hora de la mañana y vuelve a casa con el cuerpo encendido y la cabeza alerta. Añado que jamás he hecho eso, no es algo de lo que presuma tampoco. 


Mi abuela Luisa no escribió una palabra en su vida. Decía, al verme correr: "Mientras el nieto corre, el mundo gira". Y el placer, ah, el placer, el bien primero, el don más hondo. Uno de los que más aprecio es la de nuevos amigos que el blog me ha traído. Vinieron de Madrid, de Málaga, de Castellón, de Nueva York, de Barcelona. Uno escribe para que lo quieran. Esa podría ser otra máxima. Hoy es un día de máximas y de gratitudes. No sé la de gente que este blog me ha regalado. Algunos hasta hicieron cientos de kilómetros para venir a visitarme, qué valor, qué responsabilidad la mía al acogerlos. También hizo que pudiera publicar libros. Yo creo que él me avaló. Quizá diga más de mí que lo que yo pudiera si se me pregunta. Anoche le hice una cosa de esas que llaman backup. He guardado todos los escritos (con sus comentarios, con sus fotos) en un archivo de muchas gigas en el disco duro, en varios discos duros. Por si un día se desgracia el contenedor de estas escrituras. Por si un día me da por abandonar y quede, al menos, un testimonio de esta parte de mi vida. 







1 comentario:

ethan dijo...

Enhorabuena por esas cifras y gracias por todo lo escrito!!
Abrazos!

2 502 000 visitas

    "El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la in...