Fotografía: Bruce Davidson
Todo está en orden, se puede apreciar. Podría ser el desorden lo que emane de esa apreciación, según desee quien mira. No hay nada en esta fotografía que nos haga inclinarnos con propiedad hacia un lado o hacia otro. Por fortuna, lo que a mí me parece una imagen de absoluta tranquilidad le pudiera parecer a alguien el preámbulo de una tragedia. La mujer habrá salido de un lugar para llegar a otro. El tren la conduce sin estrépito. Conocerá el ruido, sabrá de los silencios. Tendrá, dejo ya estos futuros hipotéticos, con qué amenizar el desempeño del trayecto. Seguro que todos hemos sido esta mujer en alguna ocasión. La de veces que, si la fortuna nos da la elocuencia del tiempo, podremos parecernos a ella. Lo que me fascina de esta instantánea es la posición de quien la registra. No sabremos (qué difícil en este hilo de las cosas desprenderme de la conveniencia de los tiempos futuros) si previno que la mujer estaría ahí o si fue el azar quien convino la posibilidad de ese registro impagable. En alguna ocasión he salido a la calle con la pretensión (baldía más tarde) de hacer alguna de esas fotografías que cuentan algo. No dispongo (acudo ahora al presente dispensador de certezas) de la sensibilidad suficiente, arguyo. Me he ido conformando con admirar la ajena.

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