Hay desolaciones admirables, tristezas ejemplares, descensos muy loables al vacío puro, de donde apenas se sale. La literatura, en ocasiones, se abastece de todo eso, de la desolación, de la tristeza y de todos los descensos posibles a la forma más pura de la soledad. Todo para que el lector invisible caiga al mismo vacío, arrastrado maliciosamente. Todo para que el escritor ande ahí, a su espera. La literatura tendrá ese propósito. Pero también el edén, la posibilidad de que la salvación exista. Veneno y antídoto. Hacer que no caigamos irremediablemente. Mantenernos a flote. Evitar la deriva. Saber que alguien nos ha llamado y hemos acudido. Que todavía podemos sentirnos, en esa soledad sublime, perplejos.
21.9.26
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