24.10.22

297/365 Charles Marlow y el capitán Willard

 

 


 Ilustración: Adam Maguire



Vengo teniendo la costumbre de pensar en un autor a los ojos de otro. Pienso en Julio Verne como si lo razonara Stephen King o a Borges lo cruzo con Garcia Lorca. No hace falta que sean autores que coincidan en sus disciplinas. Stravinski puede escucharse leyendo a Kafka de modo que la música impregne el cuento o el cuento, conforme se va leyendo, mudara el sentido o la impresión que nos proporciona la música. Una sinestesia o un lejano palimpsesto. Es un juego divertido, tal vez, a mí me lo parece, pero a veces no sé conciliar algunas de las inclinaciones estéticas o intelectuales o musicales que se me van ocurriendo y solo resulta un batiburrillo, un cóctel innecesario. Deja de ser divertido cuando no se me va de la cabeza la idea de que Bécquer ponga letra a las melodías de Extremoduro o imaginar con qué trazos narrativos haría Machado un cuento a lo Lovecraft. Se envicia todavía más la historia cuando la realidad se obstina en ponerme a huevo (dejen que use la burda expresión) material con el que engolosinar este capricho enteramente mío. Puestos a agotar la travesura, estaría bien pensar en adelante en Rubén Darío como autor de El Quijote -en un ínclito lugar de la ubérrima Mancha-. Solo me movería distraerme: dar en la periferia con lo esencial, encontrar en lo irrelevante alguna sustancia que me marcara. Sería recomendable (me digo) volver a leer El corazón de las tinieblas después de haber visto Apocalypse Now. Hay más hilo del que tirar ahí. Conrad contado por Coppola, sí, pero quizá también al revés y pensar en Kurtz, ese agente comercial de marfil,  ese semidiós, ese infrahombre, en su pequeño reinado en la jungla, como si lo acabase de escribir Conrad. Se deja lo leído conducir por lo vivido y la vida, en ocasiones, permite que las lecturas la conduzcan también. No hay nada que no sea abrazado por cuanto lo rodea. El cosmos entero, ah el inasequible cosmos, es una fiesta de contrarios que se aman. Alucinados, en trance, los invitados recogen los últimos vasos y se van, bosque adentro, hacia lo oscuro, da igual que sea en el Congo colonial devastado por Leopoldo II de Bélgica o en el Vietnam bélico televisado urbi et orbi para que los encuentre Marlow o Willard. Los dos buscan a un héroe y los dos dan con un bárbaro. Escriben sin ahínco una historia universal de la infamia y de la crueldad: la del hombre arrojado a verse a sí mismo enteramente, el hombre desatado y sin moral, que ejerce el mal en la oscuridad, en lo profundo del bosque, para que nadie lo redima y muera sin otro espectador que él mismo .

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