16.10.22

289/365 Kurt Vonnegut

 


«En Tralfamadore, según dice Billy Pilgrim, a nadie le interesa Jesucristo. La figura terrestre que más se compenetra con la mentalidad tralfamadoriana es Charles Darwin, quien enseñó que los que mueren están hechos para morir, y que cada cadáver es un progreso».

(Matadero Cinco, capítulo X )


Amo la ciencia-ficción, la distopía, ese especular en el que el texto se declara insurrecto y perpetra la osadía de hablar sobre lo que no se sabe. Hay en ese acto loco (el de escribir el porvenir) una teología pequeña en la que el hombre sale siempre robustecido o aniquilado, lo cual es no es patrimonio del propio género y puede rastrearse en cualquier manifestación narrativa clásica o contemporánea. Es el pasado, es el presente, es el futuro. Lo cómodo es recordar, pero la literatura prefiere en ocasiones perderse en la bruma de lo inefable, aunque Vonnegut trenzara la suya con la brutalidad del pasado. Lo que hace el escritor es depurarse con lo que escribe, quién no lo hace. Tardó más de veinte años en escribir su novela absoluta, la gran novela contra la guerra del siglo XX, Matadero Cinco, el nombre del infierno en el que sobrevivió cuando en la fue prisionero de guerra de los nazis y obligado a enterrar a los muertos que no eran reducidos a ceniza con un lanzallamas. Uno puede enloquecer después de ver la vida insoportable o hacer del fatalismo un patrón, una brújula desde la que trazar un mapa de la supervivencia. 

Vonnegut murió en Dresde, en el Matadero 5, en ese lugar infame, aunque muriera cincuenta años más tarde en Nueva York. Lo salvó la ironía, la inventiva, la escritura. Quizá (eso es conjeturable) el amor. Se mató fumando como un loco. Se fue yendo con un amor exacerbado a la vida, permítaseme la paradoja. Desde los 17 hasta los 84 no hizo nada más que escribir la misma terca línea. Se puede uno ir difuminando con sutileza y dolor, sin que ninguna de esas dos manifestaciones de la sensibilidad redujera un ápice su compromiso con los demás, con el hombre del que descreía y al que arrimó la más alta de las vocaciones, la de registrar su barbarie y su ternura, su orfandad (era un ateo convencido) y su errancia. la de sobreponerse a la infamia y al desamparo infinitos, la de continuar porque no hay valor para eliminarse o porque debe quedar un testigo o porque la humanidad necesita notarios o porque alguien debe contar hasta dónde es posible la depravación o porque es mejor contar con quien vio el mal a alguien que habla de oídas. Un hombre así acaba quemado. Vonnegut cambió la escritura por los garabatos, leí. Se perdía en esa danza de trazos que dan un cuerpo a la pesadilla, aunque parezca infantil y no tenga (habrá que hurgar) la enjundia (la credibilidad) del texto firme o de la voz doliente.

Aconsejó tomar distancia de lo que se escribe a quienes le pedían consejo: que no parezca que te importa lo que te importa. Llegó a pensar que si era capaz de contar cuanto padeció en Dresde no habría necesidad de volver a escribir. A veces pienso en que algo no estrictamente literario te fuerza a escribir. Podría ser un roto en el alma, una primera y duradera experiencia de que el alma anda por ahí adentro y bulle como una hormiga ciega. Así que aceptó que no podía escribir con sobriedad sobre ese episodio (sobre la guerra en sí) así que optó por enloquecer el texto, afincando  el desquicio de un observador alucinado (él mismo) que acaba en la cuarta dimensión en un planeta lejano. Ese alegato antibelicista requería una mirada que no comprometiera el pulso ni afectara al propio autor. Billy Pilgrim debe ser un loco afectado para que Vonnegut libre su batalla interior con solvencia. Pilgrim dice haber sido dirigido por los habitantes de Tralfamadore que creen en un tiempo severo como el hierro: todo lo que ha sido ya fue y sin margen de duda nuevamente será. Vonnegut se consuela en esa extravagancia que habría encantado a Borges. La vida es un libro que puede ser abierto por cualquier página sin pérdida en trama. Todo cuanto está por venir está escrito de antemano. El universo es un bucle lúdico o trágico. Las guerras son terribles y no hay otra cosa que hacer con ellas que observarlas y esperar que concluyan, sin que afloren los sentimientos, sin que las emociones traben la cordura. Dios no entra en esta ecuación. Se da por sentado que no se le precisa. No se podría argumentar su malévolo y cruento plan. A Rosewater, que protagoniza La sirena de Titán, Vonnegut hace decir a la concurrencia en una reunión de escritores de ciencia-ficción: “Os quiero mucho, hijos de perra. Sois mis escritores favoritos. Sois los únicos que habláis de los cambios realmente terribles que tienen lugar, los únicos lo bastante locos para saber que la vida es un viaje espacial, y no precisamente corto, sino uno que durará millones de años. Sois los únicos que tenéis el valor y el coraje de preocuparos realmente del futuro; los que realmente os dais cuenta de lo que nos hacen las máquinas, lo que nos hacen las ciudades (…)». El pragmatismo de Vonnegut era de naturaleza metafórica, un trabajado mecanismo de defensa  



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