Hay cosas de las que uno nunca habla. Se las reserva, las salva de la exposición pública, no permite que se maleen en la charla o que se expandan sin que ya se pueda manejar su impacto. Tiene de ellas la secreta impresión de que quizá no deban ser manifestadas o de que el hecho de custodiarlas de ese modo tan severo hará que perduren. Si alguien las aborda o la conversación propicia que se aireen y se duda de que convenga guardarlas más tiempo, mejor las calla, hace el esfuerzo que sea necesario, pero las oculta, las ahonda más, deja que se impregnen por ahí abajo y las considera a salvo del tiempo, absolutamente irreducibles, perfectas en su soledad interior. Todos tenemos algo que esconder, a todos nos satisface tener algo que nadie conoce, como si ese trozo de vida nos hiciera únicos, diferentes a los demás, por completo individuales y, por supuesto, hermosos y épicos. A escondidas, con el esmero, con arrobo y mimo, ejercer un vicio del que nadie sabe nada y conforme pase el tiempo darse uno cuenta de que ese vicio es una parte de otro mayor por fuerza. Vivir tal vez.
23.3.21
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