18.5.22

138/365 José Ángel Valente




1

Cruzamos desiertos, desolaciones enteras sin nombre, luces remotas que a lo lejos proclaman la ceniza. 

2

La palabra es la única propiedad, el pulmón hondo y limpio que hace que el aire transcurra entre lo dicho y lo respirado, en el vértigo y en la fiebre, en el pulso íntimo, en el escándalo de la sangre.

3

Yo tenía ante mí la semilla, pero la decliné, me contuve de añadir nada más, ya estaba todo dicho, no había nada por hacer y ni siquiera lo dicho y lo hecho me conmovió. Fue un fulgor sin restañar la semilla . Una herida en la misma oquedad de lo absoluto. 

4

Mi casa es no mi casa, ninguna lo es, lo son todas. Ni yo soy quien parece, nadie lo es, todos lo somos.

5

El aire se nombra a sí mismo y no se escucha. Es un dios el aire. El fuego también se nombra, voz baldía. Es un dios el fuego. Así el agua, así la tierra. El aire deshecho en pétalos. Dulces o secos. Jadeantes. El pájaro toma conciencia del aire percutido. Lo atraviesa. Da al vuelo la consideración más alta. Una metafísica. 

6

La palabra no se consume, da siempre de sí un sucesivo alarde de claridad. Linde de lo oscuro, dijeron. Ocupación inmarcesible de la eternidad. 

7

Subes a lo hondo, vértice de la sed, encendido para siempre clamor como un puente hacia la luz o como un temblor que se obstina en brotar continuamente, en darse como quien de pronto carece de motivo y se entrega sin pesadumbre al silencio.

8

Lo peor es creer que algo ha empezado o que algo está a punto de finalizar. Pues no hay antes ni después. Las palabras carecen de la ortografía del tiempo. Es todo arremolinado hoy. El vano ayer. El entenebrecido mañana. 

9

Como una lengua de pálido fulgor que se desdijera en el blanco ocaso del silencio. 

10

Un navío deja que se le desarbole el cuerpo izado al aire como espuma. Lo arruina una tempestad. Lo silencia un eco mordido, un afán limpio de sacrificio. Se hunde con lentitud la madera antigua. El alcázar entero ha perdido toda compostura. Está el agua cubriendo la última verga. Debajo todo es ripio y clausura. Pronto no quedará nado, salvo la velocidad del olvido. Ni eso. La palabra únicamente. Ella ocurre. Se la ve descender. Ahora está diciendo qué vio. 

 




17.5.22

137/365 Patricia Highsmith

 



Leí que Tom Ripley tardó en venir al mundo. Su madre lo pensó y lo pensó muchas veces. Ninguna de las formas que prefiguraba para su personaje le satisfacía. Lo que Patricia Highsmith no encontraba era la postura. Cuenta que vivía plácidamente en una casa de campo. No tenía preocupaciones importantes. Las normales, las del escritor que no encuentra el tono o el estilo o incluso la trama. Primero hay que dar con el tono y luego viene todo lo demás, pero le faltaba el dolor, la rabia, la maldad incluso. Para alumbrar a Tom Ripley, un hijo de puta fino, uno de esos personajes malignos que arrebatan el corazón del lector desprejuiciado, Patricia tuvo que abandonar la comodidad. Cuanto más confort tenía, menos avanzaba la forja del personaje. Dice que su escritura era flácida. Por eso decidió sentarse en el borde de una silla. En ese posición poco favorable, el cuerpo es el que ordena qué hay que escribir y qué no. La idea confesada es que fuese el propio Ripley el que escribiese la trama, no ella, no el agente externo llamado Patricia Highsmith. Ella quedaría en una especie de corrector, pero la trama la dictaría el personaje. Luego opera el lector, que hace que su asesino (Ripley lo es de modo sustancial) caiga bien, adquiere incluso el rango de héroe, un seductor, una representación ambigua de cierto orden moral poco argumentable, de escaso afecto por las pautas adquiridas por la cultura. Patricia Highsmith tiene esa virtud: logra que la realidad se ponga en duda. Que la apacible normalidad guarde un resquicio de locura, un desatino, un hueco por donde se cuelan (sin que lo advirtamos) todos los demonios. Y la culpa la tuvo la silla, ese forzamiento intencionado del cuerpo. Se escribe bien del dolor desde el dolor. Por eso hay que sufrir para escribir bien. Por eso la paz (el amor, la armonía, la bondad del espíritu) son menos creíbles por el lector inteligente, es decir, por el que ha sentido dolor, por el que ha padecido y ha leído también en el borde de la silla. Ripley tiene talento para las matemáticas y para la envidia. Adora el refinamiento, la aburguesada construcción de la seguridad familiar y cierta inclinación a sentirse propietario de lo que es ajeno. También las vidas son refinadas y ofrecen seguridad y hacen que deseemos dominarlas. Incluso cancelarlas. Ripley es el amoral perfecto que Patricia Highsmith trató de reprimir. La escritora tuvo una madre que trató de deshacerse de ella ingiriendo aguarrás (o puede que trementina) cuando la tenía en su vientre. Si hay que buscar un origen, que tampoco es cosa necesaria enteramente, podría estar ahí: en la barriga de mamá, en el gesto de agarrar la botella y acercarla a la boca con la intención de acabar con lo que quiera que hubiese por ahí adentro y tal vez (no es parte necesaria en la ecuación) con ella misma. No condujo a nada terrible beberla. No hubo aborto ni la madre padeció más allá de un dolor de estómago. De ahí nace la escritora, probablemente. Una vez pidió a Dios que la perdonara por emplear su talento en favor de la fealdad y de la mentira. Las lecturas cristianas de la infancia, junto con las de Poe o los clásicos rusos, hicieron de ella una extraordinaria transcriptora de la moral y de los buenos principios, pero descubrió que era más divertido (empleo el adjetivo con timidez) echar a perder una historia respetable con el concurso de algunos añadidos bastardos, por emplear ahora un adjetivo eficiente. El don nadie de Ripley es el hombre de nuestro tiempo: no soy alguien con algo de lo que presumir, no tengo nada que pueda considerar realmente mío, pero puedo ser lo que se me antoje, puedo ser cualquiera, tengo la posibilidad de dejar de yo y convertirme plácida y lujuriosamente en otro. 

Mentir también es el oficio del escritor. No sólo la mentira como un ejercicio casual, traído a beneficio de una circunstancia pequeña o muchas cogidas de la mano yendo hacia un mismo fin, sino como manera de vivir y hasta como la esencia de esa vida. Mentir y matar. No sé si debemos llevar su apasionamiento por la cosa truculenta y la decisión de unos de mandar al otro barrio a otros. Convendría, como en cualquier indagación literaria, partir de la idea de que la ficción es un estímulo que no siempre tiene que mover la brújula de lo real. Highsmith fue una consumada creyente del asesinato como una de las más bellas artes, como sentenció Thomas de Quincey. Hay en sus novelas personajes que llevan una vida ejemplar sin que tengamos hasta bien avanzada la trama que son unos perfectos psicópatas y que pueden deshacerse de la vida ajena con la misma facilidad con la que arrojan la basura al contenedor o pisan inadvertidamente una hormiga en la acera. Lo que comienza con un intercambio de opiniones accidentales puede concluir con una tragedia griega. Cualquiera puede manejarse con sorprendente naturalidad en los asuntos más turbios, aunque en casa, cuando pone la mesa o da a sus hijos el beso de buenas noches, represente a la bondad de un modo antológico. Se miente y se mata con la misma vehemencia y con la misma soltura. Escribió en uno de sus diarios (recientemente publicados, deseando hacerme con ellos) que lo esencial de la novela es el individuo que se siente desplazado. Ese desplazamiento es la raíz del mal que recorre toda su obra. Brindaba "por todos sus demonios, por las lujurias, por las pasiones, por las avaricias, por las envidias, por los amores, por los odios, por los extraños deseos, por los enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho. Ojalá no me den nunca descanso". No se lo dieron, a beneficio nuestro. Al final de su vida, en Suiza, escribió entre gatos y caracoles, entre cajas de cerveza y postres de supermercado, fumando un cigarro tras otro, desde que abría los ojos hasta que los cerraba. Quizá fumara en sueños. Hasta que dejó de escribir, la Highsmith (así la llamaba mi amigo A.) fue un bicho de una rareza maravillosa. A todos ellos les debemos algo también maravilloso los que creemos no poseer rareza alguna, que sería cosa de poner las cartas sobre la mesa y ver quién tiene más trucada y envenenada la baraja. La Highsmith nos dio la culpa. Toda la culpa. Entera. Para nosotros. Nos ofreció ese delicado artefacto mental, un poco cristiano y otro poco no. Yo prefiero que la palabra delito sustituya a la de pecado, pero ella nos demostró que las dos son la misma cosa. Cometes un crimen en un sueño y te despiertas aliviado. Respiras hasta que no queda aire en la habitación y sonríes para tus adentros, pero de pronto se te agita perceptiblemente la respiración. A tu lado, la mujer con la que duermes tiene un cuchillo bien hundido en el pecho. No hay nadie más en la casa. Tú no tienes ni rastro de sangre. Entonces se te ocurre que debes deshacerte del cuerpo. Es lo primero que te viene a la cabeza. Maquinas formas de hacerlo desaparecer. Ninguna te satisface. Mientras das con la menos ridícula, piensas en qué dirás cuando te pregunten dónde está tu mujer. Se fue con una hermana suya, hacía mucho que no la veía. Conforme reemplazas una explicación por otra, notas que un leve cosquilleo de satisfacción te ocupa la parte de la cabeza que no está entretenida con borrar los indicios del crimen. Ese leve cosquilleo avanza y se transforma en verdadero placer. No hay ningún espejo, pero estaría bien ver tu cara. Sonríe como si acabara de darse de bruces con un juguete nuevo y supieras que nunca más volverás a estar aburrido. En el mejor de los casos, si eres Patricia Highsmith, cojas la silla más desfavorable, la que menos se acomode a tu culo, la silla más dura de la casa, y escribas con temeraria calma todo lo que vas a hacer en adelante. En ese momento, justo cuando has acabado la primera frase, es cuando tienes claro por primera vez qué quieres ser en la vida. Y hasta es posible que tú no entres en ese proyecto. 

16.5.22

136/365 William Shakespeare

 



Es posible que todo lo que se necesita saber sobre la vida esté en el teatro de Shakespeare. Lo dicen los que los han leído, gente muy de libros, muy de haber vivido también y de saber qué hay afuera, en el mundo. No hay cosa que se pueda pensar que antes no esté en el discurso de los personajes de Shakespeare. No afirmaré yo que eso sea cierto. He leído poco y quizá mal al bardo inglés. He visto algunas adaptaciones teatrales y mucho, mucho cine y he amado el precioso sonido de la lengua inglesa, la dicción de sus actores y actrices o la sensación, luego confirmada, de que está a punto de ocurrir algo extraordinario y de que vamos a asistir a esa circunstancia, impregnándonos de su dramatismo, llevándonos después a casa un pedazo de vida, la que no solemos despachar nosotros, la grandiosa, la que escarba en lo hondo y saca todas las emociones que es capaz de sentir el alma. El teatro, el buen teatro, posee ese don: el de impregnarnos de luz o de oscuridad, el de proveernos con absoluta eficacia de vidas que no nos pertenecen, pero que sentimos nuestras, como si de verdad las hubiésemos vivido o las viviéramos en primera persona en el momento en que asistimos a su representación. Lo que hace Shakespeare es darnos la palabra, está invitándonos a pensar que ese teatro ampuloso y trascendente, cómico a veces, nos cuenta algo que ya sabemos en el fondo. Su cuota de tragedia la cubren en paralelo los informativos, la prensa, toda esa rueda infame de cosas extraordinarias que vemos a diario y de las que después no podemos, por más que deseemos, desprendernos. Uno se levanta comido por la corrupción, incendiado por la ira de la injusticia o arrebatado por el desprecio a la clase política, que en tiempos de Shakespeare eran los nobles, los reyes, los elegidos o los mimados por la fortuna. Las series de televisión están haciendo que Shakespeare no se lea, si es que es un autor leído, en el fondo, asunto del que no tengo información fiable. Es posible que esta oferta brutal acabe por aturdirnos definitivamente y no sepamos a qué acudir, qué píldora tomar cada noche, si la de la tragedia o la de comedia, si meternos en la piel de una amada despechada o en la del rey que se duele de la codicia doméstica. Y se acuesta uno sin haberse desembarazado de ese dolor con el que salió de la cama, sin creerse del todo que está en un escenario y lo que le pasa es parte de una obra que ha escrito otro, nunca uno mismo.

Hay personajes suyos de los que no te separas nunca. Piensas en Hamlet y en la inocencia yendo de la mano con la maldad hasta que una de ellas decide soltarse y la otra se siente bien en la soledad de la venganza. Ricardo III es un manipulador antológico: desquicia al que va desentrañando la trama con envenenamientos, conspiraciones, bulos y ardides larvados en el mal puro para que su camino al trono quede expedito. Son así casi todos ellos: tienen una idea fija en la mente y no cejan hasta que mueren o lo consiguen. En cierto sentido, Shakespeare es un cronista de la perseverancia. También se las ingenia para que alguno de esos personajes nos toque alguna de esas fibras sensibles, deshilachadas o recias, con las que debe estar cosida el alma. Busquen a Shylock en el monólogo de El Mercader de Venecia cuando cuestiona la misma naturaleza de lo humano y reflexiona en voz alta sobre si los judíos no tendrán ojos, manos, proporciones, afectos, pasiones y si no se alimenta de la misma comida y son las mismas armas que le hieren las usadas contra los demás y le devastan las mismas enfermedades. Al pincharlos, sangran. Ríen cuando llama la risa. Se vengan, cuando se les ultraja. El bardo de Stratford es el verdadero manipulador, no todas criaturas que hablaron por él en los escenarios.  El arte dramático requiere un don: el de la elocuencia, el del dominio de las palabras. Debieron venir esas palabras de los libros (la Biblia o los clásicos latinos) y de la calle. Shakespeare tuvo que afinar el oído y aprender a escuchar. Toda la épica de sus obras está en ella. No sucede algo distinto ahora. La realidad es todo lo que tienes cuando has creído escribir toda la ficción. Los reyes que matan o que mueren, los que anhelan la venganza y los que la padecen, los arrepentidos y los conjurados a no desdecirse o los amantes que se creen por encima de las leyes y de los dioses son gente que vemos a diario, sabemos dónde viven, cómo se llaman y de qué honrada o torcida manera llevan el sueldo a casa. 

Importa poco que un actor mediocre (un plebeyo sin talento) tuviese dentro un escritor absolutamente genial o que otro alumbrara las obras y él tan sólo las rubricara con su firma, que bien podría ser un alias bajo el que anduviesen Marlowe o Bacon o hasta ambos en alegre comandita literaria. Será asunto de otros que se zanjará alguna vez o del que nunca se verterá sentencia fiable. Importa que se le lea con apasionamiento y (como tantas veces) gratitud. Esa misma sensación de plenitud proviene de que Laurence Olivier, Orson Welles, Ian McKellen, Judi Dench, Kenneth Brannagh, Paul Scofield, Anthony Hopkins, Al Pacino o Denzel Washington hayan sido Enrique V, Macbeth, Othello, Julio César, Ricardo III, Titus Andronicus, Lear, Falstaff o Lady Macbeth. Algo de ellos acude sin que uno sepa bien de dónde, si hay algún lugar en el que reposan y basta un pequeño detalle (una conversación, un gesto de alguien, una palabra entre otras palabras) para que vuelvan a recitar en el escenario o en la pantalla o en la página del libro sus diálogos. Algunos son más nuestro que del propio Shakespeare. Es lo que sucede con la belleza o con la inteligencia: se torna nuestra, la creemos parte de nosotros como si fuese un brazo o un ojo o un pulmón. Lo que dicen parece que siempre estuvo a nuestro lado. Sus padecimientos y sus festejos son los mismos que nos duelen o que nos confortan a nosotros mismos. Ese es el arte de William Shakespeare: ser todos, no ser nadie. Así que no debe causar mayor quebranto que fuese otro el autor. Se llamará de otra manera. Cuenta lo dejado a la posteridad. Porque sangramos igual y nos reímos igual y nos conmovemos igual. 

Breviario de vidas excéntricas/ 11/ Cornelius de Cóstumo



Ahora que estamos descuidados y no nos apremia la prisa, déjame que te cuente una historia de la que tal vez no tengas conocimiento y que hará bien al viaje y aliviará el discurrir cansino de las horas, querida Claudia, le cuenta Adolfo Castro de la Vega a su joven esposa, Laura Velázquez de la Cruz, cuando el autocar de la empresa Albus 2000 estaciona en la puerta del Cambrón, en pleno casco histórico de Toledo, con objeto de que los usuarios hagan sus unánimes evacuaciones y tomen los refrigerios de rigor en los bares del lugar. Ella le escucha con la atención habitual, sin que se le tuerza el gesto ni exhiba desinterés. Dice así: "El brujo Cornelius de Cóstumo, allá en tiempos antiguos,  tenía fama de contaminar harina con cornezuelo y empanar con ella  los peces que luego daba a quien visitaba su morada. La dimetiltriptamina de la mezcla del cornezuelo machacado con hierbas y preparado en una infusión inducía al trance y a una suerte de sueño levitatorio que era concebido por la Santa Inquisición como evidencia de la presencia del Diablo. Los precipitados a ese encantamiento padecían una ebriedad insana, en nada parecida a la adquirida por la ingesta del alcohol. Se corrió en la ciudad de Toledo el rumor de que ser invitados a la casa de Cornelius de Cóstumo era lo más parecido a visitar cielo y apreciar con soberbia nitidez la urdimbre de las mismas presencias angelicales, si no más, con el añadido de que no se precisaba el concurso de la muerte para percibir esos dones del espíritu. Alguno salía malparado tras beber la pócima y degustar el pez enharinado con briznas del delirante cornezuelo, de resultas de lo cual contemplaba al mismo Dios, pero atrochando por el camino más corto. A la vuelta del viaje a las alturas celestiales, el poseído por el estrago del hongo de marras se explayaba a su antojo en el relato de los arcanos contemplados. Se esmeraba en contar cómo era Dios de primera mano, en el tú a tú más íntimo. La población de Toledo, al menos la más inclinada al riesgo, refería con ardor sincero las bondades de la hechicería . En esto que un alto cargo del clero, viendo la competencia desleal y pecaminosa que le hacía el brujo, mandó apresarlo y de inmediato se  le encerró en una mazmorra del Obispado, habilitada para los desmanes espirituales del devoto descarriado. No se volvió a saber de él. Los entusiasmados, en la sospecha de que lo habían ajusticiado o enterrado en vida, cosa comprenderás que peor, reclamaron su puesta en libertad. Adujeron que la fe se puede alcanzar por intermediación de la sabia madre natura, sin que ese detalle logístico hiciera flaquear la asistencia a misa y la comisión de los imperturbables preceptos de la Iglesia. Baldío propósito. Una calle de Toledo exhibe una inscripción en la que se recuerda a Cornelius y sus visionarios peces". Es más tarde cuando Claudia le reprende en estos términos. “Adolfo, amor mío, hazme el favor de controlar el vino. En cuanto sabes que vas a probarlo, te pones insoportable. Te enciendes y cuando te enciendes mareas la cabeza de Jesucristo si se te pusiera a mano. Ahora tómate un refresco. Te lo pido por favor. No me des el viaje. No vaya a ser que seas tú el que se ha metido un dedo de hongo de esos que dices en el café del desayuno”

15.5.22

135/365 Joe Cocker

 





Bajó al infierno y se codeó con el diablo, le habló de tú, le dijo que no iba a encontrar en su casa nada que le escandalizara, así que el diablo le dejó salir. Se bebió Escocia entera antes de entrar en razón y hacerse un señor mayor, un hombre serio, un profesional que grababa sus discos, hacía sus giras y volvía a casa a pasear a sus perros y a escuchar soul en un altavoces caros. Porque Joe Cocker era negro. Le nacieron en la Inglaterra minera, en la parte pobre recién salida de la guerra, pero podía haber sido un negro de Detroit, un devoto de la Tamla Motown, un siervo de las plegarias de iglesia de los barrios pobres de la gran ciudad. No habrá canciones memorables, versiones de temas que sonaban mejor en su voz que en la del padre que la trajo al mundo. Era un obrero cualificado en interpretar los sentimientos ajenos, un gourmet exquisito, un privilegiado al que no le traicionó jamás la voz. Supo rearmarla, renunciar al huracán de antaño (hacía que el grito puro fuese melódico) y modularlo, adaptarlo a los nuevos tiempos. Envejeció muy bien, creo. Nadie le perdió el respeto..With a little help from my friends hizo que Lennon y McCartney descubriesen la joya que había compuesto. You are so beautiful es una canción que me ha salvado la vida varias veces. Yo soy de esos sentimentales a los que una canción puede salvarles la vida. Él se las apañó para que su don no decayese y el bendito numen lo agasajase con pundonor y una dignidad imbatible, capaz de contentar al público avezado en el cancionero de la Motown y al nuevo, que descubría un vozarrón único, adictivo y, sobre todo, respetuoso con el material ajeno, que hacía suyo de un modo asombroso. El fontanero del Sheffield proletario fue un tipo atormentado, hecho a deshacerse, zarandeado por los efluvios de cien destilerías y quemado por cien plantaciones. Sus movimientos espasmódicos en el escenario, el baile agónico de sus manos que parecen tocar un instrumento invisible, la torcedura imposible en la voz al acometer uno de sus gritos quedan para la historia del rock. Tuvo discos absolutamente antológicos, piezas mayúsculas en cualquier discoteca, (With a little help from my friend, Joe Cocker! o Mad dogs and englishmen, todas del periodo sublime) y obras de fuste vigoroso (Night calls, Organic o No ordinary world) no es posible encontrar un disco indigno. Por su discografía fluyen canciones de The Beatles, Van Morrison, Eric Burdon, Bob Dylan, Leonard Cohen, Ray Charles, REM, Randy Newman, Billy Preston, INXS, The Rolling Stones, Screamin' Jay Hawkins, Marvin Gaye, John Lennon, Aretha Franklin, Nina Simone, Robert Palmer, Squeeze, Steve Winwood... Tiro de memoria, me dejo alguna que no se pueda dejar atrás. Sorprende que fuese el soul el género con el que se fajara en aquellos setenta de la psicodelia y de la innovación electrónica. Sorprende que funcionara. Que la gira Mad Dogs no lo tumbara del todo o lo convirtiese en un zombi (más de sesenta conciertos en menos de dos meses). Que cayese y se levantase las veces suficientes como para imaginar que no se moriría nunca. Que no fuese perdedor hasta el final y muriera hecho un primor de hombre, recuperado de sus adicciones, repartiendo su talento en giras contadas, en discos pensados. Como si pensara seguir grabando hasta que no pudiera ni coger el micrófono con las manos o las manos (esas manos) se quedaran agarrotadas, incapaces de bailar o de tocar una guitarra en el aire. 

14.5.22

134/365 Iggy Pop



Hace años que no sigo a Iggy Pop. Quizá la primera palabra que se me viene a la cabeza es empacho. Está uno ya avisado de lo que hace y de lo pirado que está y su inagotable vigor me produce ahora cierto desdén. Hartura. No siempre fue así. Tuvo su época. Era el inyector más idóneo de adrenalina cuando el cuerpo pedía un poco de desparrame. Hay pirados fantásticos en la Historia del Rock, pero la voladura mental de este señor americano causa ya poco asombro. Esta ahí para abrir franquicias mentales en las nuevas generaciones. Yo fui el diablo, yo me metí todas las farmacias de Berlín, todos los polvos de Detroit. Es la vieja y rota iguana que no desea salirse del todo del negocio y se las ingenia para ponerse de nuevo en circulación. Por los viejos tiempos. Y qué turbulentos fueron. 


Iggy Pop va a lo suyo, flipando por dentro, adquiriendo experiencias que luego incrustar en su cuerpo enfermo, viejo y enfermo, a salvo de las modas. Cuando él se va, los nuevos acólitos entran. Yo fui el punk, ahora haced lo que queráis. No sabemos si el cerebro está más presentable. Por dentro, tiene que estar jodido. Da igual que ahora se haya pasado al zumo de frutas y a los tés orientales. El pronóstico, por fuerza, no debe ser alentador. El hombre quería ser un perro es ahora una caricatura de sí mismo, un zombi con momentos puntuales de lucidez y una criatura (todavía) extremadamente encariñada con el negocio, con la parte crematística del show business. Acaba de sacar un disco de jazz brumoso y espiritual. Se las sabe todas. Quedan piezas monumentales del punk rock o del rock sucio o como se quiera llamar. No creo que ni él mismo sepa en qué lugar catalogarse. I wanna be your dog (salvaje, capital), Home (que produjo un pequeño impacto en hit parades). Lust for life (que escucho ahora precisamente). La clásica Louie Louie. O (ya por último) la fabulosa The passenger, tan versionada. El resto es sacrificable, según el momento, excepción hecha de la hipótesis (no sé si finalmente plausible) de que uno quiera buscar de archivo y ver algún concierto o esperar que toque y ponerse a brincar al ritmo de sus excéntricos gruñidos. Su histórica cojera, su cuerpo imposible, su boca sucia. No estoy yo, a pesar de la edad que me separa de él, en ponerme a seguirle. Seguro que me agota. La edad debería poseer un dispositivo de control interno que abriera o cerrara ciertas actividades. Por bien propio. Por el común. Por la salvación de la industria del ocio o la del alma, que sigue siendo en su forja de rebelde eterno un vertedero de ofrendas al mismísimo diablo. 


Creo que no voy a escuchar Ready to die, su vuelta al negocio con sus viejos Stooges. Creo que lo conozco. Hace mucho tiempo que no hay un buen disco de Iggy Pop. Incluso una canción digna. Lo único a lo que se agarra este símbolo del rock (lo es, a pesar de todo) es a su escuchimizado aspecto, al indiscutible legado (como tantos) y a la supervivencia absoluta como exclusivo criterio artístico. Ha envejecido mal el hombre. Y no se cohíbe en mostrarlo. Salió hace unos años en el programa de Pablo Motos y pasó un poco inadvertido. Defraudó. Queríamos que vomitara. Que se luciera en excesos. Todo medido. Todo por el negocio. Le hicieron todo tipo de reverencias, le entronizaron como el ídolo que sigue siendo, pero no se involucró en demasía. Ni siquiera cuando Mario Vaquerizo, esa sustancia entre lo patético y lo hortera, entró en el plató y se le puso de rodillas, lo besó sin mesura y le contó, como Trueba a Wilder, que él era Dios y que tenía postrado a su más ardiente feligrés. Un aprendiz mediocre, en todo caso. Iggy es el exhibicionista mayor del circo del rock. Quiso ser un Jim Morrison sin el lado poético, un Bowie en continua mutación. El Duque Blanco le produjo discos en los setenta: tú hazme caso, lo principal es que hablen de nosotros. Adictos a cualquier baile de moléculas diabólicas, Bowie y Pop marcaron una época. De ahí viene el Grunge. De ahí la épica del rock, una de ellas. Se fueron sus hermanos de toxinas y de bravura, de música musculosa y tóxica. Que viva mucho la iguana. Cualquier día anuncia cerveza o champú.

Breviario de vidas excéntricas /9/ Florencio Acevedo

 Florencio Acevedo nació en una pompa de jabón. En el momento de su alumbramiento, la madre hacía sus abluciones en el bidé de mármol rosa con grifería cuello de cisne comprado en Paris en su luna de miel. La tiritera que produce nacer en una pompa de jabón le regaló un catarro del que jamás logró recuperarse del todo. En cada estornudo arrojaba una pompita diminuta (y a gusto de las féminas, coquetona) de jabón y levantaba el asombro de quienes participaban del singular fenómeno. Cuando Florencio, a la temprana edad de doce años, tuvo su primera eyaculación, una pompa enorme de jabón lechoso, amasada una vida entera en la fontanería de su hombría, inundó el cuarto de baño, se estrelló contra el espejo y lo impregnó de una sustancia viscosa que, sin ser semen, tampoco era jabón. Una desmesurada misoginia, causada por las inclinaciones higiénicas de su madre o por su madre, en términos absolutos, hizo que Florencio apenas saliese de casa. Se hizo a leer cuanto caía en sus manos: libros de antropología, de Derecho Romano, de Biología Molecular, de Historia del Arte Grecorromano, de Arte Mesopotámico. Harto de lecturas, porque hasta lo bueno acaba por cansarnos, decidió escribir su propia historia. Antes de acometer esa especie de diario personal, tenía que comprobar si había, en el ancho mundo, en el ajeno trajín del capricho de Dios, un caso idéntico o similar al suyo. Días antes de que aquel catarro mal curado lo privara de una explicación racional, pues era eso lo que anhelaba, vio un titular en una gacetilla dominical que mamá solía comprar. Refería la existencia de un hombre ecuatoriano (o del Perú) que nació en el vaho del grito de su madre, cumplida ya, molesta por los rigores del esfuerzo y aterida por el intenso frío de la Cordillera de los Andes. Dio con él, hoy en día todos estamos a mano de todos, y se dispuso a escribirle unas letras. La carta que le envió era un inventario prolijo de su vida. De algún modo supo que no habría nadie que le entendiese mejor. Tenía absoluta convicción de que aquel hermano sobrevenido allende los mares abriría una nueva senda en su angustiada vida y tal vez él mismo podría consolar recíprocamente la suya. Fue su madre la que abrió el buzón y vio la carta transoceánica. Una película de fino vaho impedía  que el sello (de unas montañas sobre un cielo blanquísimo) quedase fijo, y mientras ella rumiaba sobre la pericia de la Estafeta de Correos –una carta así acaba con el sello caído y no hay emisor, destinatario o carta– miraba a su hijito, amortajado, quieto, serio en la caja, huérfano de luz y de candor materno. El destino es bicho cabrón, sentenció, circunspecta, aunque no le gusta blasfemar, ni de decir palabras soeces. El azar arruina una vida antes de que eche a andar. Dan ganas de mirar a Dios a la cara y pedirle cuentas por el precario e infame curso de la trama. 

13.5.22

133/365 Humpty Dumpty




Humpty Dumpty sat on a wall,
Humpty Dumpty had a great fall.
All the king's horses and all the king's men
Couldn't put Humpty together again.

Lo mejor es que Humpty Dumpty no sea un huevo antropomórfico ni que, una vez caído del muro no pudieran recomponerlo ni todos los caballos ni todos los hombres del rey. Sólo una vez, que recuerde, he escuchado la canción infantil inglesa en una conversación, aunque la haya visto impresa en un libro muchas veces. Se nombró al huevo de imposible recomposición cuando alguien dijo de sí mismo que jamás volvería a tener los favores de quien amaba, expresado con esa delicadeza. Me siento como Humpty Dumpty, creo que dijo. A mí me vino otra idea del huevo de la canción y de la obra de Carroll, no la convenida, la de caerse y no tener quién lo rearme y haga andar de nuevo, cosa de ser huevo. La charla entre Alicia y el redicho Humpty Dumpty que recordé sucede en el capítulo VI de A través del espejo, continuación de Alicia en el país de las maravillas. Tiene que ver con las palabras, la argamasa que lo ensambla todo, si se me permite. El huevo le dice a Alicia que habla a su entera conveniencia y que las palabras que use serán justamente las que decida usar, sin que haya que fijarlas a un sentido o sin que tengan que significar exactamente lo mismo en quien habla, el que detenta la autoridad, y el que escucha, el que la acata. Una vez que a una palabra se le ha desasignado una de sus acepciones y otorgado antojadizamente otra que cuadre a quien la dice, la palabra cobra una nueva dimensión. Quien manda es el que decide. "Cuando uso una palabra", dice Humpty Dumpty desdeñosamente, "quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos". A lo que Alicia replica con asombro y humildad: "La cuestión es si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes". "La cuestión", zanja el huevo, "es saber quién manda... eso es todo". El argumento puede extrapolarse a capricho del lector. No sabe Alicia qué significa la palabra gloria. "Aquí tienes una", le dice Humpty Dumpty. "No sé qué quiere decir una gloria". No lo sabrá hasta que él se lo diga. Y, claro, lo hace: "He querido decir 'Aquí tienes un argumento bien apabullante'". Yo hoy he imaginado que viernes significa "el día en que puede pensar que la luz tiene un comportamiento errático y completamente lúdico" o "parte final del sueño en el que todo está diáfano y cada imagen tiene el vigor de la siguiente y de la anterior hasta que la vigilia corrompe la claridad de la trama". Humpty Dumpty es el transgresor antológico. Hace que todo lo que puede ser dicho y comprendido caiga como un castillo de naipes. No hay libertad en el lenguaje, continúo yo. Estamos ligados a un código que necesariamente coarta y envenena. Qué libertad la del huevo y qué buena alumna Alicia. Mañana diré alguna palabra que haga que se rompa la unidad del sentido. Veré el efecto que causa. Seré Humpty Dumpty en algún maravilloso momento. Luego volveré a las matemáticas. El lenguaje es una ecuación a la que no le falta ningún término, pero permite que se la desquicie, disfruta cuando hacemos alguna granujada y nos creemos los dueños, los que mandan, si es que alguien no nos empuja, caemos del muro y vemos (horrorizados, entre espasmos) que nadie nos va a socorrer. 

12.5.22

132/365 Leonard Cohen



A María Teresa Ferrer, por las canciones.

"Nos conocimos cuando éramos jóvenes./ Fue en un parque de colores lila y verde./ Me cogiste como si fuera un crucifijo mientras nos adentrábamos de rodillas en la oscuridad./ Hasta la vista, Marianne, ya es hora de que empecemos a reírnos y a llorar y llorar, y a reírnos de todo".

So Long Marianne, Frank Sinatra


I

Suzanne te invita a naranjas y té de la China. Sabe que no tienes nada que darle. Jesucristo fue un marinero cuando avanzó sobre las aguas. Dijo: todos los hombres seréis marineros y un día el mar os liberará. El sol cae como miel. Leonard Cohen está en Hydra. Ha visto a Mick Jagger tomar café en una terraza humildísima. Se saludan desde lejos. Jagger le ve sostener un libro. Tiene una biblia en la mano, pero no se cree lo que dice; sólo recita los pasajes controvertidos, los que encierran las metáforas más hermosas. En cierto sentido, su poesía es de índole teológica. Lo que hace en muchas de sus composiciones es indagar en la naturaleza de lo espiritual, en la posibilidad de que Dios exista y de que no sea una construcción humana, como sospecha desde que echó a andar por los libros y por las personas. Lo más hermoso de todo lo que Leonard Cohen ha escrito proviene probablemente de ese deseo enorme de aceptar la cultura que ha recibido y de convivir con ella con armonía. Maldito a medias, entre la voluntad de vender discos y hacer giras y la de pasar desapercibido y cantar a solas y escribir sin que nada importe, Leonard Cohen dijo estar en el ocaso de su vida poco antes de dejarla. La vio venir, podemos pensar. La muerte le habló algo. No me dediques ninguna canción, pero que sepas que he pensado en ti, le podría haber dicho. Siempre me impresionó la literatura póstuma. Tiene de verdad lo que otra ni alcanza., Todas esas últimas palabras que se dicen para que consten o para que la memoria de los demás las reciten o las pronuncien (más modestamente) cuando piensen en qué hicimos en vida y cuánto duele que no podamos añadir nada más. Este bardo feliz sigue fumando para siempre en las portadas de sus discos y desafía heroicamente a quien le reproche su mensaje, su discurso tras haber pasado por los hoteles de las ciudades a las que va a tocar. Cuando le dieron el Príncipe de Asturias de las Letras Cohen expresó una gratitud muy profunda: la de la tierra, la de la vocación por componer, la de ubicar su yo en el mundo, tarea a la que contribuyó (lo dijo varias veces) el poeta Federico García Lorca.

II

De Leonard Cohen se tuvo la impresión de que los años no le afectaban, aunque los cumpliera y tuviera cada vez más a mano la muerte, de la que ha contado algunas historias y a la que nunca le pareció un asunto por el que preocuparse. Eso de que la muerte esté cerca no es en absoluto atributo de la ancianidad. La obra de Cohen abruma, a poco que se mida o que se piense, porque es un recitado, pausado y lírico, de la soledad que nos cerca, del miedo que nos acucia, del dolor que nos vence. y todo lo cuenta como el galán atormentado al que le han robado el amor y le cuenta al nuevo, al que debe conquistar, el inventario de las heridas, por si se le da por lamérselas. 

III

Las heridas, lamidas, duelen menos. Mientras tanto, la cabeza del poeta sigue buscando las respuestas. Las del amor, las de la fe, las de la justicia. Ninguna viene con solo llamarlas. De hecho llevaba cincuenta años detrás de las palabras con las que explicarse el mundo. Quién si no. Al poeta Cohen le incumbía profanar el velo que separa todos los mundos que no se entienden. Y hay muchos. La labor no acaba nunca. El mundo no acaba nunca, como escribió Simic. Los discos de Cohen son también maneras de vivir. Se puede tener la encomienda de la narración de lo que no se ve a simple vista (eso hace la poesía, en cierto modo) y también el deseo, no siempre secreto, de vivir bien en el mundo al cual se interroga. Cohen trabajaba para pagar las deudas. Las de los bancos, las del alma. No es el único. Eso no le resta el valor que se le asigna.

IV

La belleza requiere cierto adiestramiento. Uno accede a ella sin tumulto, debilitado casi, sin consciencia alguna de que se está produciendo un milagro y de que somos espectadores de un hecho asombroso: la sublimación de los sentidos, cierta certidumbre imposible de subvertir a palabras en la que nos sentimos noqueados, derrotados por ese júbilo inefable y apenas dispuestos a razonar el calambre inicial, el roto en el alma que acaba desmontando todas las barreras, todos los miedos, todas las causas que nos han hecho alguna vez tristes y dolidos, abandonados, huérfanos. 

V

La belleza puede estar en una canción o en una fotografía o en un paisaje. Puede alcanzarnos en los violines de una pieza barroca o en la voz profunda de este bardo canadiense, dotado de un olfato poético único en el panorama de los cantautores en cualquier lengua. A distancia, aunque también digno de alfombrarle el paso, Luis Eduardo Aute, en España. Los dos, a su modo, han pecado en ocasiones y han entregado a la rutina y a la jauría de perros hambrientos que es el mercado discos espeluznantes, canciones horrorosas, pero les salva la belleza de algunas melodías, las letras que nos han acompañado como poemas súbitamente tarareables. La poesía debe contener ese aliento musical para no ser otra cosa de la que no pueda disfrutarse así, instintivamente, a golpe de corazón. 

VI

En un concierto ofrecido no mucho antes de morir, dos muchachas subieron al escenario a ofrecerle un ramo de flores. "Ay, si tuviera dos años menos", dijo, quitándose el sombrero y llevándolo con reverencia y humildad al corazón. 

VII

Cohen fue zen. Si se dice esa frase con voz rápida, no suena a español. Coenfuezén. Lo fue al perseverar en sí mismo, al convidarse de él, al meditar el estado de las cosas, el suyo propio. Ser un monje zen no le apartó del judaísmo de sus ancestros. El budismo carece de Dios, no hace que se recite ninguna plegaria, no es una amenaza. Dijo que le complacía extremadamente sentarse en el suelo de la cocina de su casa y ver desde la ventana la maravilla del sol al reflejarse en la chapa de los coches. Una experiencia absoluta, remarcaba. No tener que pensar en qué vas a tener que hacer después reconforta, dijo. No tendría que pensar en el sexo, ni en el alcohol ni en si una canción cuajaría o un amor duraría un mes. Vaciado completo. Cohen es un ser nuevo, pero de pronto algo del fragor antiguo regresa. Oye el ruido de un tren. Huele a tabaco rancio. Le viene a la boca el sabor de un buen whisky de malta. El camino del bodhisattva es hermoso, pero el peaje es caro. Cohen sabe convencerse. El cuerpo es un veneno. Las sombras son un templo. 



 


11.5.22

A kind of blue




 Decían sacar de sí mismos partes que no conocían cuando tocaban música. A gente como John Coltrane o como Bill Evans no les fascinaba la posibilidad de ser otros, al modo en que a veces incurren quienes escriben. Lo que buscaban era encontrarse ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran y no el fuego visible, la inclinación natural a ser sociables o a disponer de una sonrisa cuando se requiere que aparezca. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. No sé qué busca otro aficionado al jazz. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos de ellos. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K. La música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. 

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...