18.1.22

18/385 Alejandra Pizarnik

 



"Sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago, es lejano, pero lo sé y lo aseguro."


"Ahora sé que cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto solo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme."


Alejandra Pizarnik, Diarios


I


Siempre hay gente que jalea a los atormentados. Los animan al exceso, les piden una cabriola más, la descripción del infierno que ven desde la bruma, el paisaje de la desolación. No pudo Alejandra Pizarnik terminar ninguna rendición fiable de todo esas exigencias intelectuales: una sobredosis de seconal, un psicotrópico al que se hizo adicta, contradijo una frase suya, bien aireada, oída y leída incluso en algún bar, hace no tanto tiempo: "Escribo para no sucidarme". Antes del derrumbe, de la sublimación estética que supone un suicidio para un artista, Flora Alejandra Pizarnik lideró un movimiento de frescura en la Argentina de los 50. Después se fue al París de sus autores favoritos y regresó a Buenos Aires ebria de letras y hastiada de vivir en un desencanto perenne. Su poesía es un canto amargo a esa existencia tristísima. Releí anoche, nuevamente, algunos poemas suyos sueltos. Tardé en dar con el único libro que tengo: estaba cerrado por una fila de libros en una estantería alta, la más alta, la que linda al techo. Ahora le he dado un puesto de más fuste. Se ve el lomo, se deja querer más. Volveré a sus poemas cuando entre aquí en donde están mis libros y mis cosas y me dejaré caer por su depresión, por su lirismo quemado, por toda esa evidencia de cáncer en las palabras. De alguna secreta y no razonable forma sale uno pletórico tras la lectura, tocado por la gracia de la palabra. La poesía, dice ella, es un escándalo en la sangre. Debe ser cierto. Al final la jaula se ha vuelto pájaro.


II


Hay consignas invisibles, maneras de conducirnos sin que se aprecie que nos conducen. Basta percatarse una vez para que estemos después permanentemente alerta. Es lo que yo llamo la vigilia de la desconfianza. En cuanto nos dormimos, bajamos la guardia, dejamos que nos lleven y nos traigan por ese territorio huidizo. Los sueños son probablemente el lugar en donde somos verdaderamente nosotros mismos, donde se nos encuentra más fiablemente. En la vida real, en las horas en que no estamos durmiendo, no conviene perder de vista esa desconfianza, la misma que uso en estos días de verano en que uno no está en casa y busco afuera el alivio de lo nuevo, esa sensación de extrañeza que en ocasiones proporcionan los viajes, las camas nuevas, las habitaciones en donde depositamos las maletas y en donde concebimos un universo transitorio de equilibrio dentro del caos. Porque hay que amar el caos, hay que buscarlo incluso sabiendo que puede malograrnos, atropellar la parte de armonía a la que nos inclinamos a diario, en la creencia de que es buena y que nos va a hacer más felices. La felicidad está también en las afueras, en la periferia, en el espacio que no se conoce, observando las peripecias de los demas para encontrar esa felicidad, dejando que todo lo que uno ve penetre, se encastre adentro, permita que el alma (esté donde esté) salga de su estancia lirica, vuele un poco, adquiera altura y nos permita contemplar el paisaje sin la contaminación de lo pedestre. Todo esto se me ocurre hoy, a pie de playa, mirando ahora mismo gente zambulléndose en una piscina, charloteando cosas que llegan desde lo lejos, fragmentos de otras vidas, asuntos que también acuden aquí, mezclándose con los míos, modificando en una parte su singularidad, como si en la trama de esta pequeña representación teatral hubiese un narrador fabuloso que trenzase de aquí y de allá los hilos con los que todos nos vamos moviendo. Las consignas son ahora visibles: cojan un poco de bronce en la piel, tiéndanse en la toalla, abran un libro (estos días la alta poesía de Pizarnik, otra vez) y miren las nubes, allá arriba, contribuyendo de forma espléndida a la riqueza del atrezzo.




III


Alejandra Pizarnik es la primera poetisa maldita en que he pensado. Podía haber caído en la cuenta de los Panero o de Bukowski (ambos traídos aquí recientemente) o de Emily Dickinson. Los cuatro franceses, Artaud, Mallarmé, Rimbaud y Verlaine, podrían satisfacer cualquier intento de contar qué es ser maldito, pero la Pizarnik (a mi amigo P. le gustaba decir la Pizanirk) es mi favorita. No sabía de pájaros, ni de fuego, pero su alma volaba y su cabeza ardía. Fueron 50 pastillas de Seconal lo que se metió cuando el alma voló demasiado alto o cuando la cabeza ardió y no supo o no quiso apagarla. Me viene ahora (escribo de memoria, no ando escribiendo ninguna biografía, sólo improviso) que le encantaba el sexo, el de su género y el del contrario; que estudiaba volcánicamente, sin orden, por encontrar los secretos de la existencia o por estar cerca de quienes los descubrieron; que Cortázar cuidó de ella y ella no se dejó cuidar; que Octavio Paz dijo que era libre como no lo fue nadie; que leía con voracidad a Novalis y que esa afición hizo que yo lo leyese también hace muchos veranos. Sé ésas y más cosas, pero me duele entrar en ellas, me afecta, siento que su padecimiento es el de cualquiera que haya sentido la fragilidad del mundo y se haya creído la suya propia. Hay una línea que une al que la lee con ella misma, aunque hace casi cincuenta años que no esté en el mundo. Leer poesía (leer, en general) es convertirse en poeta, en notario de la belleza. Uno se reconstituye en poeta cuando el poema se impregna y se ven sus costuras, el abismo que ha abierto delante nuestra. Los de la Pizarnik son poemas malditos porque hablan de la locura y de la muerte, expresan con absoluta veracidad el compromiso interior con el desfallecimiento, con la enfermedad, con el roto pulso del corazón de las cosas, por decirlo un poco a su manera. La Pizarnik fue obscena de primera mano, no fue influida por los libros, la inspiró el Paris surrealista, el fallecimiento de su padre (asunto capital en su vida) y el veneno de la carne, el mismo que cantaba Baudelaire en Las Flores del Mal, el poeta embriagado, el atormentado, el volcado en cuerpo y en alma en dejarse perturbar, en aceptar que únicamente en ese estado de perturbación la vida es soportable y la escritura, la que no nace de la felicidad, puede acometerse sin pudor, libre, libre como hasta entonces nadie lo había sido tampoco. Borges dejó escrito que su destino era literario: que lo malo que cruzara su existencia se convertiría tarde o temprano en palabras, que la felicidad era un fin en sí mismo y no era preciso de ninguna manera contarla, verterla en párrafos o en estrofas. 


IV


Hace falta estar un poco ido para que los demás digan que se está de verdad maldito. Quizá no valga la pena. Hay poetas de poco recorrido que tuvieron vidas excéntricas, de las cultivadas a conciencia para adquirir la experiencia que produjese los versos más perturbadores. No vale la pena la poesía si la alumbra el desquicio: no vale la pena escribirla, sostengo. Otro asunto es asomarse a quienes perdieron la cordura o la dejaron atrás y acometieron la empresa de escribir sobre sí mismos y sobre el mal que los devasta. Se asoma uno con cuidado, teme caer, cree que podría ser posible abatirse, abrazar las causas terribles que exhibieron ellos, los malditos. Leí a Baudelaire cuando estudiaba en la Universidad. Es la época perfecta. En ella se concilia el descubrimiento del mundo, el del amor más puro, el del sexo más sucio y el del ansia por saberlo todo y en todo tener opinión y parte. Que ahí, en esa fiebre, entre Baudelaire o Artaud o Leopoldo María Panero (al que leí muchos años después) puede pasar factura o puede integrarse en el arrimo de todas esas otras cosas que conforman la personalidad de uno, la que más tarde paseará en la edad más adulta, cuando se hace uno responsable, se casa, trae hijos al mundo y trabaja lo mejor que puede de nueve a dos. Un poeta, maldito o no, no descansa, trabaja a destajo, tiene la responsabilidad de contar el mundo, a él se le encomendó la restitución de lo invisible, todo lo que no aflora y florece. La jaula se ha convertido en pájaro. Cada poema debe ser un escándalo en la sangre. Con esa sentencia valdría. 

17.1.22

17/365 Cody Jarrett


Para siempre, enmarcado en la memoria cinéfila, James Cagney será Cody Jarrett, el mafioso de Al rojo vivo, el gangster atormentado y enmadrado, subido a un depósito en llamas y pronunciando su frase favorita: "Lo conseguí, Ma, estoy en la cima del mundo". Todas las madres pueden dar al mundo un hijo de puta, un cabrón con la boca torcida y el gesto fruncido, un demonio con avidez de sangre y absoluta impudicia. A vivir se viene a hacer el bien, pero hay veces en que se extravía el sentido común y se enfila un descenso precipitado al infierno mismo. Ahí está Jarrett, en esa caída. Lo está por determinación propia, la moralidad es un privilegio que no está al alcance de todos. A Cody no le preocupa irse a la tumba, eso puede ocurrir en cualquier manejo de las armas, en un descuido o en una fechoría mal planeada. Lo que de verdad le trae de cabeza es que su madre sufra. Crispado constantemente, Cody es un artefacto peligroso, una máquina concebida para que el mal irrumpa por todos sus engranajes. No es un mal que pueda explicarse, no hay manera de que se le haga entrar en razón, todo se conduce con artera precisión. Hay que vivir a tope, habrá que morir algún día. La idea que prevalece en Al rojo vivo no es el matón irredento, sino su inmaculada madre. No tiene mancha, no hay nada que pueda rozarle y herirla sin castigo. A la madre no se le ha dedicado el debido estudio. Las hay crueles, sin saber que lo son. Educan de un modo tan deplorable que enferman al hijo, lo apartan de la corrección y lo empujan al desquicio. Ahora se me ocurre la madre de Norman Bates y la depravada construcción de su anómala y psicótica criatura. También está Cersei Lannister, en Juego de tronos. O la madre de Carrie White, la más perversa entre todas las madres perversas, las que enarbola un crucifijo y tiene una parábola de la Biblia para cada pequeña circunstancia de la vida. La religión es un veneno, cuando no se sabe administrar su dulzura. En estos días de abatimiento, Cody Jarrett es un icono de más envergadura. Representa el mundo en su más vírica naturaleza. El mal es un virus. No se sabe bien cómo encerrarlo, de qué manera hacer que no salga y reviente por aburrimiento, atrapado en una celda. Acabará fagocitándose. Si esto no se alivia en días (demos semanas, serán semanas), el panorama doméstico va a llegar a cuotas de desvarío alarmantes. Ojalá cunda la cordura.

16.1.22

16/365 María Moliner

 



Al principio fue el verbo, que sonó como un disparo en mitad del silencio. No sabemos qué verbo fue ni quién lo pronunció. En el inventario de cosas que desconocemos está también el destinatario fabuloso de esa primera orden. Lo que no deja de producirnos asombro (y con el asombro juntamente la fascinación y el agradecimiento) es la belleza de las palabras, su magisterio. Aceptamos que incluso no sean capaces de contar lo que deseamos y que a veces exhiban flaqueza o que enfermen o que mueran, pero no tenemos mejores instrumentos con los que descerrajar la tapa de lo real. No hay día en que no piense en lo maravillosas que son y en lo poco que las veneramos. No hay religión que no las mime y ninguna ha llegado a conmover el alma de sus fieles sin mirarlas muy de cerca y tocarlas y apreciar cuáles son las más válidas y qué efecto harán, contadas como si fuesen un bálsamo o un paliativo contra el dolor. Las palabras son el germen, el embrión de la idea. Lo que sucede al escucharlas o al leerlas es pura magia, por mucho que la lingüística las pese y las mida, las haga entrar en un tubo de ensayo o las exponga al riguroso método de la ciencia. Las palabras están conectadas con el alma. De hecho podríamos pensar que el alma está formada por todas las palabras que hemos ido usando, las que hemos dicho, las que hemos escuchado, las escritas, las leídas, incluso las otras, las que no nos tocaron, todas las que pasaron de largo, las de otros, las ajenas. Todas se buscan y se abrazan y forman el alma, que es la que los creyentes dicen que se salva cuando el cuerpo desaparece. Por eso fue al principio la palabra, la palabra como un soplo de vida. Y hay días en que desearía uno que valiesen más de lo que valen y sirviesen más de lo que sirven. Que las palabras cuenten el mundo y zanjasen la inclinación del hombre a que lo cuenten los gestos, que traen a veces el esplendor y otras, cuando se oscurecen, la miseria, el ocaso. Y hay gestos maravillosos que valen más que muchas palabras juntas. No hay palabra que tenga el tamaño de un abrazo o de un beso. Las palabras son abrazos invisibles, besos que no rozan los labios. Quien sabe esto, abraza y besa sin que nadie se escandalice de lo cariñoso que es o de lo necesitado que está de amor. Hay quien se siente abrazado y besado cuando escucha las palabras adecuadas y advierte que le penetran y se quedan adentro, como si fuesen la residencia en la que van a vivir en adelante. 


No dejo de pensar en lo afortunado que soy al tenerlas a mi disposición. Me fijan al mundo, me explican la parte del mundo que no conozco, cuanto más me esmero en cuidarlas más percibo que son ellas las que me cuidan a mí. El respeto a los demás proviene de las palabras con las que nos dirigimos a ellos. La entera convivencia en el mundo reside en la facultad de elegir continuamente cuáles convendrán al propósito de lo que deseamos decir, de saber apartar algunas (las inconvenientes, las que no proceden) y pesar a conciencia el manejo de otras, pero incluso así, cuidando lo que decimos y las palabras que elegimos para decirlo, las cosas salen mal, dice uno lo que no debe o el que escucha, desavisado, por no prestar la atención obligada, entiende otra cosa y da igual que el mensaje haya sido mimado en su envoltorio hasta que se han articulado las sílabas y las hemos pronunciado. Cuando uno escribe, pasa algo parecido. Se entiende que las palabras, al ser escritas, fluyen de otra manera, se manifiestan con una velocidad distinta y siempre se pueden pensar con la calma que las habladas no propician. Este mismo texto que estoy escribiendo, si más tarde lo releo, no se publicará como lo estoy volcando. Habrá remiendos, habrá borrados, habrá alguna poda necesaria. Lo mejor de no repasar lo que uno escribe es que hay un pulso íntimo (un trasvase directo de mi cabeza a la del lector) que es apreciable en cualquier caso, parecida a la del hablar cuando hay de qué hablar. También están las conversaciones huecas, las que no van a ningún sitio y tan sólo deambulan la periferia, haciendo parada en asuntos nimios, procurando que no decaiga el fluir de las palabras, pero son huecas también las palabras, da igual que se elijan de entre muchas, cuando no tienen contenido, cuando no se decantan ni postulan, las palabras vacías, las que llevan al engaño o a la distracción sencilla, a lo hueco. Hoy es un domingo tranquilo. No hay muchas palabras que decir. No porque no existan, no por no tener las idóneas, sino por descansar. A eso tampoco renuncio, al descanso. No hacer, no decir, no señalar, dejar que las horas transcurren y se persigan, esperar a la hora del almuerzo, disfrutar con la comida, echar más tarde una siesta mientras la televisión ameniza el ingreso en el sueño y despertarse después, curado en cierto modo, concentrado en hacer algunas cosas del trabajo. Palabras ahí también, palabras que deben reclamar su espacio y hacer que funcionen y el trabajo rinda. Qué placer ése, el del deber cumplido, el de saber que has hecho lo que buenamente has podido. 


 No le damos a las palabras la importancia que tienen, las tratamos mal a posta, como si en ese acto de violencia semántica ejerciéramos otra violencia que no nos atrevemos a ejecutar. Es mejor que sean ellas las afectadas, las caídas en la lucha. Las palabras no sangran, no lloran cuando las zaherimos o las humillamos. Tienen la paciencia antigua de la sabiduría, se han levantado con más aplomo y entereza en cada ocasión en que han sido tumbadas y arrumbadas y estarán cuando llegue el final de todo y el cielo se cubra con las nubes negras del apocalipsis, que en su origen significaba revelación, no debacle, ni fin, ese invento moral de los sacerdotes para tener al pueblo dentro del redil y no pastando a su antojo, Unas palabras suplen a otras y hasta las que están en desuso, en ocasiones, aparecen con su aire antiguo, de infancia recuperada y contada con entusiasmo. En casa hay varios diccionarios; algunos fueron adquiridos por recomendación (obligación tal vez) universitaria, otros a voluntad propia y los más recientes por la misma recomendación primeriza, pero confiada a mi hija, que trabaja con las palabras y vivirá de ellas. Los cojo, los peso, los ojeo, los consulto, me maravillo siempre de ellos. 



María Moliner es la dueña de las palabras, es la mujer que pensó en juntarlas todas, en componer un libro que las recogiese y explicase como hasta ahora ningún otro había hecho. No debía faltar ninguna y a todas debía aplicarles una manera de explicarse más afín a los tiempos, sin esa recarga retórica, a veces rancia, de los catálogos anteriores. Es un libro de uso, dice ella, un instrumento de manejo, no una rendición de léxico, un inventario cartesiano de vocablos. De ahí que el diccionario que escribió no sólo ofreciera el significado, sino también anotaciones fonéticas, morfológicas y sintácticas, así como sinónimos, antónimos y hasta enteras familias de palabras. Todos los demás libros están en deuda con éste, con todos los que son afines a él. Lo que hizo María Moliner es titánico. En parte, porque lo hizo sola. Vivía en una mesa llena de fichas lexicográficas y una máquina de escribir que nunca reemplazó. Seguro que en ese trabajo no anduvo enteramente sola. Tenía a mano todas las palabras del mundo, las sabía suyas, eran su patrimonio. Guarda las fichitas en las que va manuscribiendo las palabras en cajas de zapatos y en cajones de aparadores y de cómodas. Rondaba los cincuenta años y tardó sobre quince en acabar la empresa de meter todas las palabras de todas esas fichas en un libro. Estamos en 1967. No debía ser un libro más. La Real Academia de la Lengua tenía diccionarios, cómo no. Estaba el Corominas (etimológico) y el Casares (ideológico), aparte de cientos de ediciones comprimidas, de uso exprés del idioma, que ocuparían estanterías en bibliotecas y en colegios nacionales, pero no todo fue investigar, anotar, ordenar. Para conseguir que se le concediese la posibilidad de armar ese diccionario, tuvo que intermediar un hombre de letras con fama (Dámaso Alonso), un filólogo de renombre (Rafael Lapesa) y una editorial de prestigio (Gredos). Con esos dos avales, María Moliner, licenciada en Filosofía y Letras, funcionaria con plaza en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, republicana y, más que todo eso, por encima de cualquier consideración laboral o de sesgo político, enamorada de su idioma, escribe su Diccionario de uso del español, que es un volumen para escritores, para lexicógrafos, para cualquier espíritu sensible al decir de las palabras. El modo en que fraguó este andamiaje de vocablos tiene más que ver con la vida de esos vocablos que con su mera disposición alfabética, que con su contención en un listado. Vio María que las palabras, si se las quiere de verdad comprender, deben ser explicadas en contexto, unas abrazando a otras, colisionando con ellas, produciendo la impresión de un organismo vivo por entero, capaz de engendrar también vida. Como una especie de madre. ¿Qué es, si no, el lenguaje?


Tomada en serio mucho más tarde, el Diccionario de la Moliner (así se le llamaba con todavía cierto desprecio por numerarios de la Academia poco inclinados a reconocer la valía de una mujer) no hizo de su autora una candidata a ocupar un sillón entre los honorables sillones. La Academia se lo entregó poco después de abrir la democracia en España a Carmen Conde, merecido, por otra parte, pero María Moliner no se debió dar por afectada. Para compensar ese error o esa desgana, quizá más lo segundo, la RAE le concedió por unanimidad un premio mayor, el "Lorenzo Nieto López", que ella rechazó. Sus tres kilos de diccionario (dos tochos, 3000 páginas) ocupan el lugar más preeminente de cualquier balda en la que, aledaños y deudores, estarán los otros libros, que son extensión suya. También casi 100.000 palabras. Era María muy de leer prensa. Allí se ponía al día, confesaba. Temerosa de cualquier desviación de su rutina, tímida con retranca, muy celosa de su intimidad y la de su familia, vivía para sus palabras y para sus flores de terraza modesta en un apartamento en un bloque de Madrid. Cuando pienso en María Moliner y en la gesta de su diccionario, la imagino en una soledad hermosa. Como si de su cabeza se izara una brecha de luz. Como si el padecimiento de esa labor mecánica, perseverante, no causase mayor trastorno que un dolor de espalda. La imagino también en una soledad más física, no únicamente creativa, útil, el tipo de soledad de la que procede a veces la belleza. Echa el cierre a su vida, cuenta Fernando, uno de sus hijos, cuando muere mi padre, al que había atendido con el mismo primor que a sus palabras. Desde 1973, cuando eso ocurre, hasta que fallece, en 1981, María Moliner no es ella, nada de lo que se ve hace pensar que construyera una catedral. Porque eso es lo que hizo. Un diccionario es un templo en el que acudimos los feligreses de la palabra. Que yo ahora escriba o que tú ahora leas, en parte, se lo debemos a ella. 

14.1.22

14/365 Alicia

 



Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante, dice el gato de Cheshire. Antes Lewis Carroll había arrojado a Alícia por el agujero de una madriguera de conejo. Dorothy

había sido izada por un tornado en Kentucky, casa incluida. La literatura abunda en niñas sacadas de su zona de confort, como se estila decir ahora. El juego consiste en amar el juego. Alicia cruzan parajes que existen con más hondura y asiento en la realidad que los paisajes de la realidad, los fiables y registrarles en la fotografía que tanto amó Carroll. El túnel qué hila lo real con lo fantaseado está hecho solo de voluntad: la de Carroll y la de Alicia, la de quien lee y luego se cuestiona la periferia de lo narrado, la trama cartesiana de lo real. 


Alicia en el país de las maravillas es y no es un cuento para niños. Hace estragos si se lee con detenimiento, cuidando con esmero la propiedad que nos regala. Se puede leer ligeramente, con la mirada atónita del niño. No hay ninguno que no quede atrapado en esa turbia y surrealista manifestación de talento. La perversión - el lado oscuro del autor, su inclinación amorosa a la niña que inspiró el personaje- queda para estudios menos relevantes ahora. Importa la fascinación de ese idilio descompensado, en el que un hombre se prenda de una ninfa, un poco a la manera gastada por Nabokov mucho después cuando narró otro idilio pedófilo, el del talludo Humbert Humbert y Lolita, fuego de sus entrañas, pulso de luz en sus tinieblas. 


El camino que debes tomar depende de a dónde quieras ir. Si no sabes dónde quieras ir da igual qué dirección tomar. Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente. Es la lógica contundente del gato blanco, en conversación con Alicia. Importan las palabras. Carroll se envicia en exprimir su lógica puramente léxica, pero impone su lado surreal, el que nos abre los sentidos, predisponiéndolos al asombro. Cualquier pasaje de la historia induce al asombro. 


Mi favorito, por acelerado, es precisamente Cheshire. Memorable el episodio en que la reina desea decapitarlo, no pudiendo cumplir esa voluntad al ser solo cabeza el ajusticiable gato. La presencia continua del reloj en su chaleco impone la normativa del tiempo y la demuele a la vez. Todo en el cuento está ajustado a la pericia del lector. Es una historia exigente, siendo liviana si uno así se la plantea. 


De todas las Alicias que he conocido (la de Carroll, la de Disney, la de Burton) me quedo con la mía: una mixtura caprichosa de todas, una composición aleatoria y frívola, de la que extrae uno enseñanzas continuamente. Hay pocas lecturas más didácticas, aunque esa pedagogía no sea la imperante entonces, ni siquiera la que prospera ahora. Carroll detestaba la historia con moraleja, la que persigue la obediencia y se tasa con el aprendizaje de algo útil para la vida o para no desentonar en exceso en ella. Carroll prefería la disidencia, era más de buscarle los tres pies al gato, aunque fuese de Cheshire, mi favorito, ya lo he dicho.


Disparatada, ocurrente, absurda, Alicia en el país de las maravillas es la historia que uno siempre habría querido escribir, aunque Carroll no sea el autor que se le viene primero a la cabeza cuando piensa en autores de cabecera. Está escrito con un estilo rico y ampuloso, sin caer en el aburrimiento o en la pedantería narrativa. Siempre hay un juego verbal al que acogerse, siempre hay un truco en el que caer. Las palabras juegan a ser palabras de verdad, dispositivos de significado en los que todo está dicho o no está dicho nada, porque al juntarse unas con otras, en ese matrimonio interesado, se produce la zozobra, el desquicio, la sublimación de la imaginación. 


Carroll, el poeta, el reverendo, el matemático, el fotógrafo, hizo un gran homenaje al lenguaje, que fue su verdadera pasión. No hay enamoramiento más correspondido que el de las palabras, ninguno. Es el amor en estado puro, el que nos reconcilia con el universo y con nosotros mismos, que somos una parte fundamental y absolutamente necesaria en ese universo. Uno ama las paradojas porque le hacen cuestionarse el estado lógico de la realidad, que a veces es excesivamente cargante o abrumadoramente exigente. Ambas cosas, con seguridad. Mientras sucede el lenguaje, suceden las historias que trae el lenguaje bajo el brazo. Vivimos de ellas, no seríamos nada de no tenerlas, estamos aquí para escuchar y escuchar otra, incesantemente y cautivadoramente. La de Alicia es de las más recomendables. No importa la edad. Sólo hace falta dejarse caer por la madriguera del conejo. Quizá por eso, ocupado en inducirles a que lean, me permito poner a mis alumnos la versión de Disney, que no es mala, ni mucho menos. Le dejo el inglés original y añado los subtítulos. En otras ocasiones, por amor al arte, por placer sin añadidos que valga, prescindo del inglés y les dejo el peculiar doblaje español. Siempre ha sido un éxito. No ha habido ocasión en que no hayan salido de clase con un poco de vida recobrada o de vida ganada al aburrimiento o al desencanto. 

13.1.22

13/365 Johnny Cash

 


Johnny Cash no disimula nada, no esconde su fe baptista, su devoción a Dios, su noción ancestral de pecado y de castigo. Su repertorio en el escenario es una rendición de esa fe. Como uno de esos predicadores que agitan las manos y ponen cara de estar en trance. El matrimonio inestable entre Dios y las anfetaminas le impidió enseñar otra mirada o ensayar una cara más jovial. La suya es un desquicio. Cash no solo se implica en lo que está haciendo (ser fotografiado) sino que traspasa la mera transmisión de un gesto o de un sentimiento y percute el objetivo de la cámara, trasciende el sencillo proceso de la impresión cromática y ejecuta, a su manera, una pieza no excesivamente distinta a las que interpreta en el escenario, cuando proclama su lamento y exhibe sin pudor las heridas que le van dejando el amor y los caminos. Dios y el diablo estaban de su parte.

A la vejez, a poco de morir, Johnny Cash grabó algunas piezas de bandas como Depeche Mode (Personal Jesus) o Nine Inch Nails (Hurt). Querían ser una evidencia testamentaria de que el viejo trovador, el que puso el folk en la calle, en las cárceles y en las radio fórmulas, era sensible a los iconos modernos. Impuso su voz trémula, la hizo carne en la carne, como un salmo apocalíptico, tal vez todos lo son. Cualquier cosa que cantara en ese último tramo de su carrera discográfica era una expresión de dolor, aunque no pidiera compasión, ni exhibiera bajo ninguna circunstancia una brizna de debilidad. Era Cash, pero viejo. No sé si alguna de las canciones que recogían la parte cuarta de su American Recordings, The man comes around, donde están estas piezas antológicas, ganan o pierden cuando las interpreta Cash, pero duelen más que las originales. Hay en Johnny Cash un poso de dolor audible en el arrastrado casi gutural de su manera de cantar. En esos últimos años, en los discos que hizo, apenas cantaba. Lo que se escucha es un parlamento con algunas leves inflexiones de voz, un cántico minimalista, un paseo por la periferia.
Está la destrucción, está el amor traicionado, está la muerte. Cuando Cash canta, están esas cosas y están de un modo asequible al más insensible de los oídos. No importa que uno entienda lo que dice, que ignore el poema que recita: a lo que se aferra el asombro es a la rendición de un espíritu, a ese volcado majestuoso de penalidades que provienen de lo más profundo de su devastada alma. Pocas personas sufrieron lo que este tipo de aspecto pendenciero, serio como una pedrada en la nuca, que bajó al infierno para regresar y contarlo. Lo hizo con un título de Teología bajo el brazo. Cum laude. Se los sacó por correspondencia. Creo firmemente en la Biblia, en las Sagradas Escrituras, en la Palabra de Dios, recitaba cuando lo entrevistaban, cuando le decían que cómo iba la novela. Era una biografía sobre San Pablo (El hombre de blanco, ése era su título). El Santo era el hombre de blanco; Cash, el de negro. El haz y el envés. La luz y la sombra. No llegó a concluirla, la escritura es un trabajo arduo y las drogas y las giras se lo impidieron, pero siempre dijo que esa era la empresa de su vida: la redacción y la rendición de su novela. Un poco como yo, aunque sin la logística celestial y sin el arrimo de giras ni de drogas.
Nos ahorró un viaje. Le debemos mucho. Le debemos 1500 canciones. No he escuchado todas, no hace falta. Tengo algunos discos, esos me bastan. Sé que fue el rey del rock and roll, como muchos adeptos reclaman. Elvis hizo otro tipo de embajada del género, pero Cash es el dueño legítimo, el que llegó más lejos, el que llegó más hondo. En lo que a mí respecta, junto con Van Morrison, Bob Dylan, Neil Young y, en menor medida, Nick Cave, Johnny Cash es un superviviente, uno trágico y lírico, uno demoníaco y perfecto. Da lo mismo que sea el único de todos esos que ya no esté en este mundo. Sigue siendo un superviviente, su música lo es, su legado, su historia. Francisco Machuca, mi amigo Paco, me contó (de alguna forma me lo contó) que Cash no necesitó vender su alma en un cruce de caminos, que fue el diablo el que fue a su busca y allí estaba el tipo, esperándolo, dispuesto a invitarle a una copa. Álex, mi amigo Álex, sostiene que es un animal enjaulado que ignora el motivo de su encierro. La vida es una jaula. A veces la jaula se convierte en pájaro. Eso le debió pasar a Cash. Voló, aunque estaba preso.
No sabemos nada de lo que nos aguarda. Quizá dolor y belleza, el dolor y la belleza matrimoniados en un combo sublime, paladeable. Me voy a la calle escuchando el quejido de este artista más grande que Elvis y más roto que Dylan. Me va a llevar de viaje y me a dejar después en paz conmigo mismo y con el mundo. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, dejó escrito Rilke, el poeta. Cash dio mucho y recibió mucho también. June Carter, su amor fundamental, el cielo terminado de hacer puesto en la tierra, le controló lo que pudo, pero un tipo así siempre se escapa de las manos. No hay forma de tenerlo controlado, no es posible, quizá ni sea necesario. Oigo la versión que hace del In my life, el inmortal tema de los Beatles, y te dan ganas de morir, y de llorar. Primero te mueres, y luego lloras. Es un llanto dulce, un llanto de comprensión y de armonía, pero notas las lágrimas caer mejilla abajo y se te encoge el corazón y te duele, sin que importe mucho, el pecho.

12.1.22

12/365 Annabel Lee

 



Poe nombra a los alados serafines del cielo en su declaración de amor a Annabel Lee. Los serafines, en la escala celestial, están en un peldaño superior a los querubines. No contaminados de las humanas pasiones, sorprende que estos ángeles tengan celos de la hermosa Annabel Lee, la que se llevó un viento en una oscura noche, la que reposa en un sepulcro junto al mar ruidoso. No habrá amor más poderoso, ninguno en el que el amante repose con la amada durante las noches cuando arrecien las olas en las rocas y haga frío en la tenebrosa noche. Quizá por eso aquel viento le heló el corazón, sospecha el poeta. Por ser un amor más grande que el amor. Por rivalizar con la pureza de las armonías arcangélicas. Ya no hay amores como el del poema de Poe. No hay Poe. Da pena pensar en él, en su desdicha. Es una pena de poco peso. A veces cree uno que el mismo Poe es un personaje de Poe. Lo es Annabel Lee o William Wilson o el mismísimo Arthur Gordon Pym. Cuando se lee mucho (nunca se lee mucho, es un decir eso de leer mucho) uno cree que el autor es también una parte de la trama. Se inmiscuye en ella, se impregna de todas. Una de las cosas que deberíamos hacer es renunciar a las biografías. No sirven para nada, sólo entorpecen el curso de la literatura. Annabel Lee siempre estará muerta en nuestra memoria. Poe siempre estará delirando por las calles de Baltimore. El poema de amor más hermoso de la literatura o uno de ellos, al menos, permítaseme, es también uno de los más tristes. Es un epitafio. El amor y la muerte, el Eros y el Thanatos del recurrido Freud, pueblan la literatura, la conforman al modo en que ocupan la vasta geografía de la vida. Al final todo es un recuento febril (y gozoso y terrible también) del tránsito por los días. Gracias, añado, a la impagable canción de Radio Futura. Fueron grandes.

11.1.22

11/365 Chet Baker

 




10/365 Peter Pan

 


1

Todos los niños de Londres aman a Peter Pan. No es algo que se advierta siempre, ni sucede con la fiereza con la que el amor se manifiesta en otros episodios suyos, pero es una verdad inamovible. Lo aman sin saber que esa entrega existe. Están fascinados sin conciencia del hechizo. Se esmeran en su embrujo. Todo por no crecer, todo por cancelar el yugo del tiempo, su veneno dispensado con morosa lentitud, su trampa de días y de noches. 

2

Wendy es un ángel, Campanilla es un hada. Los tejados de Londres cubren la residencia de los que desoyeron al corazón y crecieron sin conciencia del milagro inverso, el de la cruenta cuenta de las responsabilidades. Es mejor no crecer, ser niños todo el tiempo, no pensar en nada que arruine esa bondad, la de la edad sin edad. 

3

Peter Pan es el dios juguetón y caprichoso de los juegos de la infancia. Los tutela aunque no se perciba su presencia alada y hermosa. La primera interrupción de la vida coincide con el final de los juegos. 

4

Nunca Jamás existe. El capitán Garfio existe. También todos los cocodrilos que se empecinan en arrebatarle la mano sana. Garfio es el diablo, Garfio es la némesis oscura del niño, no importa cuál, cualquiera cuenta, todos valen, ninguno es ajeno a la llamada de las tinieblas. 

5

Crecer es una tiniebla consentida, la del adulto que recuperó su sombra y la pasea sin saber que la sombra es el enemigo, el vigilante eficaz. 

6

Peter Pan es también un síndrome. No sé si universal y aplicable en toda circunstancia. Se percata uno a diario, a veces en carne propia. No es no desear haber crecido exactamente. Más bien es entender, ni siquiera dolorosamente, que todo lo que ha venido después ha sido un poco sin la voluntad explícita del propietario, acuñado con vértigo, inapelablemente. 

7

Todos somos niños perdidos. Ojalá sea así, no hay mejor manera de crecer que hacerlo a capricho, sin que intermedie el concurso ajeno, el no pedido.

El cielo en Lucena hace once años

  La tomó mi hijo hace once años. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudi...