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18.1.22

18/385 Alejandra Pizarnik

 



"Sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago, es lejano, pero lo sé y lo aseguro."


"Ahora sé que cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto solo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme."


Alejandra Pizarnik, Diarios


I


Siempre hay gente que jalea a los atormentados. Los animan al exceso, les piden una cabriola más, la descripción del infierno que ven desde la bruma, el paisaje de la desolación. No pudo Alejandra Pizarnik terminar ninguna rendición fiable de todo esas exigencias intelectuales: una sobredosis de seconal, un psicotrópico al que se hizo adicta, contradijo una frase suya, bien aireada, oída y leída incluso en algún bar, hace no tanto tiempo: "Escribo para no sucidarme". Antes del derrumbe, de la sublimación estética que supone un suicidio para un artista, Flora Alejandra Pizarnik lideró un movimiento de frescura en la Argentina de los 50. Después se fue al París de sus autores favoritos y regresó a Buenos Aires ebria de letras y hastiada de vivir en un desencanto perenne. Su poesía es un canto amargo a esa existencia tristísima. Releí anoche, nuevamente, algunos poemas suyos sueltos. Tardé en dar con el único libro que tengo: estaba cerrado por una fila de libros en una estantería alta, la más alta, la que linda al techo. Ahora le he dado un puesto de más fuste. Se ve el lomo, se deja querer más. Volveré a sus poemas cuando entre aquí en donde están mis libros y mis cosas y me dejaré caer por su depresión, por su lirismo quemado, por toda esa evidencia de cáncer en las palabras. De alguna secreta y no razonable forma sale uno pletórico tras la lectura, tocado por la gracia de la palabra. La poesía, dice ella, es un escándalo en la sangre. Debe ser cierto. Al final la jaula se ha vuelto pájaro.


II


Hay consignas invisibles, maneras de conducirnos sin que se aprecie que nos conducen. Basta percatarse una vez para que estemos después permanentemente alerta. Es lo que yo llamo la vigilia de la desconfianza. En cuanto nos dormimos, bajamos la guardia, dejamos que nos lleven y nos traigan por ese territorio huidizo. Los sueños son probablemente el lugar en donde somos verdaderamente nosotros mismos, donde se nos encuentra más fiablemente. En la vida real, en las horas en que no estamos durmiendo, no conviene perder de vista esa desconfianza, la misma que uso en estos días de verano en que uno no está en casa y busco afuera el alivio de lo nuevo, esa sensación de extrañeza que en ocasiones proporcionan los viajes, las camas nuevas, las habitaciones en donde depositamos las maletas y en donde concebimos un universo transitorio de equilibrio dentro del caos. Porque hay que amar el caos, hay que buscarlo incluso sabiendo que puede malograrnos, atropellar la parte de armonía a la que nos inclinamos a diario, en la creencia de que es buena y que nos va a hacer más felices. La felicidad está también en las afueras, en la periferia, en el espacio que no se conoce, observando las peripecias de los demas para encontrar esa felicidad, dejando que todo lo que uno ve penetre, se encastre adentro, permita que el alma (esté donde esté) salga de su estancia lirica, vuele un poco, adquiera altura y nos permita contemplar el paisaje sin la contaminación de lo pedestre. Todo esto se me ocurre hoy, a pie de playa, mirando ahora mismo gente zambulléndose en una piscina, charloteando cosas que llegan desde lo lejos, fragmentos de otras vidas, asuntos que también acuden aquí, mezclándose con los míos, modificando en una parte su singularidad, como si en la trama de esta pequeña representación teatral hubiese un narrador fabuloso que trenzase de aquí y de allá los hilos con los que todos nos vamos moviendo. Las consignas son ahora visibles: cojan un poco de bronce en la piel, tiéndanse en la toalla, abran un libro (estos días la alta poesía de Pizarnik, otra vez) y miren las nubes, allá arriba, contribuyendo de forma espléndida a la riqueza del atrezzo.




III


Alejandra Pizarnik es la primera poetisa maldita en que he pensado. Podía haber caído en la cuenta de los Panero o de Bukowski (ambos traídos aquí recientemente) o de Emily Dickinson. Los cuatro franceses, Artaud, Mallarmé, Rimbaud y Verlaine, podrían satisfacer cualquier intento de contar qué es ser maldito, pero la Pizarnik (a mi amigo P. le gustaba decir la Pizanirk) es mi favorita. No sabía de pájaros, ni de fuego, pero su alma volaba y su cabeza ardía. Fueron 50 pastillas de Seconal lo que se metió cuando el alma voló demasiado alto o cuando la cabeza ardió y no supo o no quiso apagarla. Me viene ahora (escribo de memoria, no ando escribiendo ninguna biografía, sólo improviso) que le encantaba el sexo, el de su género y el del contrario; que estudiaba volcánicamente, sin orden, por encontrar los secretos de la existencia o por estar cerca de quienes los descubrieron; que Cortázar cuidó de ella y ella no se dejó cuidar; que Octavio Paz dijo que era libre como no lo fue nadie; que leía con voracidad a Novalis y que esa afición hizo que yo lo leyese también hace muchos veranos. Sé ésas y más cosas, pero me duele entrar en ellas, me afecta, siento que su padecimiento es el de cualquiera que haya sentido la fragilidad del mundo y se haya creído la suya propia. Hay una línea que une al que la lee con ella misma, aunque hace casi cincuenta años que no esté en el mundo. Leer poesía (leer, en general) es convertirse en poeta, en notario de la belleza. Uno se reconstituye en poeta cuando el poema se impregna y se ven sus costuras, el abismo que ha abierto delante nuestra. Los de la Pizarnik son poemas malditos porque hablan de la locura y de la muerte, expresan con absoluta veracidad el compromiso interior con el desfallecimiento, con la enfermedad, con el roto pulso del corazón de las cosas, por decirlo un poco a su manera. La Pizarnik fue obscena de primera mano, no fue influida por los libros, la inspiró el Paris surrealista, el fallecimiento de su padre (asunto capital en su vida) y el veneno de la carne, el mismo que cantaba Baudelaire en Las Flores del Mal, el poeta embriagado, el atormentado, el volcado en cuerpo y en alma en dejarse perturbar, en aceptar que únicamente en ese estado de perturbación la vida es soportable y la escritura, la que no nace de la felicidad, puede acometerse sin pudor, libre, libre como hasta entonces nadie lo había sido tampoco. Borges dejó escrito que su destino era literario: que lo malo que cruzara su existencia se convertiría tarde o temprano en palabras, que la felicidad era un fin en sí mismo y no era preciso de ninguna manera contarla, verterla en párrafos o en estrofas. 


IV


Hace falta estar un poco ido para que los demás digan que se está de verdad maldito. Quizá no valga la pena. Hay poetas de poco recorrido que tuvieron vidas excéntricas, de las cultivadas a conciencia para adquirir la experiencia que produjese los versos más perturbadores. No vale la pena la poesía si la alumbra el desquicio: no vale la pena escribirla, sostengo. Otro asunto es asomarse a quienes perdieron la cordura o la dejaron atrás y acometieron la empresa de escribir sobre sí mismos y sobre el mal que los devasta. Se asoma uno con cuidado, teme caer, cree que podría ser posible abatirse, abrazar las causas terribles que exhibieron ellos, los malditos. Leí a Baudelaire cuando estudiaba en la Universidad. Es la época perfecta. En ella se concilia el descubrimiento del mundo, el del amor más puro, el del sexo más sucio y el del ansia por saberlo todo y en todo tener opinión y parte. Que ahí, en esa fiebre, entre Baudelaire o Artaud o Leopoldo María Panero (al que leí muchos años después) puede pasar factura o puede integrarse en el arrimo de todas esas otras cosas que conforman la personalidad de uno, la que más tarde paseará en la edad más adulta, cuando se hace uno responsable, se casa, trae hijos al mundo y trabaja lo mejor que puede de nueve a dos. Un poeta, maldito o no, no descansa, trabaja a destajo, tiene la responsabilidad de contar el mundo, a él se le encomendó la restitución de lo invisible, todo lo que no aflora y florece. La jaula se ha convertido en pájaro. Cada poema debe ser un escándalo en la sangre. Con esa sentencia valdría. 

16.1.22

16/365 María Moliner

 



Al principio fue el verbo, que sonó como un disparo en mitad del silencio. No sabemos qué verbo fue ni quién lo pronunció. En el inventario de cosas que desconocemos está también el destinatario fabuloso de esa primera orden. Lo que no deja de producirnos asombro (y con el asombro juntamente la fascinación y el agradecimiento) es la belleza de las palabras, su magisterio. Aceptamos que incluso no sean capaces de contar lo que deseamos y que a veces exhiban flaqueza o que enfermen o que mueran, pero no tenemos mejores instrumentos con los que descerrajar la tapa de lo real. No hay día en que no piense en lo maravillosas que son y en lo poco que las veneramos. No hay religión que no las mime y ninguna ha llegado a conmover el alma de sus fieles sin mirarlas muy de cerca y tocarlas y apreciar cuáles son las más válidas y qué efecto harán, contadas como si fuesen un bálsamo o un paliativo contra el dolor. Las palabras son el germen, el embrión de la idea. Lo que sucede al escucharlas o al leerlas es pura magia, por mucho que la lingüística las pese y las mida, las haga entrar en un tubo de ensayo o las exponga al riguroso método de la ciencia. Las palabras están conectadas con el alma. De hecho podríamos pensar que el alma está formada por todas las palabras que hemos ido usando, las que hemos dicho, las que hemos escuchado, las escritas, las leídas, incluso las otras, las que no nos tocaron, todas las que pasaron de largo, las de otros, las ajenas. Todas se buscan y se abrazan y forman el alma, que es la que los creyentes dicen que se salva cuando el cuerpo desaparece. Por eso fue al principio la palabra, la palabra como un soplo de vida. Y hay días en que desearía uno que valiesen más de lo que valen y sirviesen más de lo que sirven. Que las palabras cuenten el mundo y zanjasen la inclinación del hombre a que lo cuenten los gestos, que traen a veces el esplendor y otras, cuando se oscurecen, la miseria, el ocaso. Y hay gestos maravillosos que valen más que muchas palabras juntas. No hay palabra que tenga el tamaño de un abrazo o de un beso. Las palabras son abrazos invisibles, besos que no rozan los labios. Quien sabe esto, abraza y besa sin que nadie se escandalice de lo cariñoso que es o de lo necesitado que está de amor. Hay quien se siente abrazado y besado cuando escucha las palabras adecuadas y advierte que le penetran y se quedan adentro, como si fuesen la residencia en la que van a vivir en adelante. 


No dejo de pensar en lo afortunado que soy al tenerlas a mi disposición. Me fijan al mundo, me explican la parte del mundo que no conozco, cuanto más me esmero en cuidarlas más percibo que son ellas las que me cuidan a mí. El respeto a los demás proviene de las palabras con las que nos dirigimos a ellos. La entera convivencia en el mundo reside en la facultad de elegir continuamente cuáles convendrán al propósito de lo que deseamos decir, de saber apartar algunas (las inconvenientes, las que no proceden) y pesar a conciencia el manejo de otras, pero incluso así, cuidando lo que decimos y las palabras que elegimos para decirlo, las cosas salen mal, dice uno lo que no debe o el que escucha, desavisado, por no prestar la atención obligada, entiende otra cosa y da igual que el mensaje haya sido mimado en su envoltorio hasta que se han articulado las sílabas y las hemos pronunciado. Cuando uno escribe, pasa algo parecido. Se entiende que las palabras, al ser escritas, fluyen de otra manera, se manifiestan con una velocidad distinta y siempre se pueden pensar con la calma que las habladas no propician. Este mismo texto que estoy escribiendo, si más tarde lo releo, no se publicará como lo estoy volcando. Habrá remiendos, habrá borrados, habrá alguna poda necesaria. Lo mejor de no repasar lo que uno escribe es que hay un pulso íntimo (un trasvase directo de mi cabeza a la del lector) que es apreciable en cualquier caso, parecida a la del hablar cuando hay de qué hablar. También están las conversaciones huecas, las que no van a ningún sitio y tan sólo deambulan la periferia, haciendo parada en asuntos nimios, procurando que no decaiga el fluir de las palabras, pero son huecas también las palabras, da igual que se elijan de entre muchas, cuando no tienen contenido, cuando no se decantan ni postulan, las palabras vacías, las que llevan al engaño o a la distracción sencilla, a lo hueco. Hoy es un domingo tranquilo. No hay muchas palabras que decir. No porque no existan, no por no tener las idóneas, sino por descansar. A eso tampoco renuncio, al descanso. No hacer, no decir, no señalar, dejar que las horas transcurren y se persigan, esperar a la hora del almuerzo, disfrutar con la comida, echar más tarde una siesta mientras la televisión ameniza el ingreso en el sueño y despertarse después, curado en cierto modo, concentrado en hacer algunas cosas del trabajo. Palabras ahí también, palabras que deben reclamar su espacio y hacer que funcionen y el trabajo rinda. Qué placer ése, el del deber cumplido, el de saber que has hecho lo que buenamente has podido. 


 No le damos a las palabras la importancia que tienen, las tratamos mal a posta, como si en ese acto de violencia semántica ejerciéramos otra violencia que no nos atrevemos a ejecutar. Es mejor que sean ellas las afectadas, las caídas en la lucha. Las palabras no sangran, no lloran cuando las zaherimos o las humillamos. Tienen la paciencia antigua de la sabiduría, se han levantado con más aplomo y entereza en cada ocasión en que han sido tumbadas y arrumbadas y estarán cuando llegue el final de todo y el cielo se cubra con las nubes negras del apocalipsis, que en su origen significaba revelación, no debacle, ni fin, ese invento moral de los sacerdotes para tener al pueblo dentro del redil y no pastando a su antojo, Unas palabras suplen a otras y hasta las que están en desuso, en ocasiones, aparecen con su aire antiguo, de infancia recuperada y contada con entusiasmo. En casa hay varios diccionarios; algunos fueron adquiridos por recomendación (obligación tal vez) universitaria, otros a voluntad propia y los más recientes por la misma recomendación primeriza, pero confiada a mi hija, que trabaja con las palabras y vivirá de ellas. Los cojo, los peso, los ojeo, los consulto, me maravillo siempre de ellos. 



María Moliner es la dueña de las palabras, es la mujer que pensó en juntarlas todas, en componer un libro que las recogiese y explicase como hasta ahora ningún otro había hecho. No debía faltar ninguna y a todas debía aplicarles una manera de explicarse más afín a los tiempos, sin esa recarga retórica, a veces rancia, de los catálogos anteriores. Es un libro de uso, dice ella, un instrumento de manejo, no una rendición de léxico, un inventario cartesiano de vocablos. De ahí que el diccionario que escribió no sólo ofreciera el significado, sino también anotaciones fonéticas, morfológicas y sintácticas, así como sinónimos, antónimos y hasta enteras familias de palabras. Todos los demás libros están en deuda con éste, con todos los que son afines a él. Lo que hizo María Moliner es titánico. En parte, porque lo hizo sola. Vivía en una mesa llena de fichas lexicográficas y una máquina de escribir que nunca reemplazó. Seguro que en ese trabajo no anduvo enteramente sola. Tenía a mano todas las palabras del mundo, las sabía suyas, eran su patrimonio. Guarda las fichitas en las que va manuscribiendo las palabras en cajas de zapatos y en cajones de aparadores y de cómodas. Rondaba los cincuenta años y tardó sobre quince en acabar la empresa de meter todas las palabras de todas esas fichas en un libro. Estamos en 1967. No debía ser un libro más. La Real Academia de la Lengua tenía diccionarios, cómo no. Estaba el Corominas (etimológico) y el Casares (ideológico), aparte de cientos de ediciones comprimidas, de uso exprés del idioma, que ocuparían estanterías en bibliotecas y en colegios nacionales, pero no todo fue investigar, anotar, ordenar. Para conseguir que se le concediese la posibilidad de armar ese diccionario, tuvo que intermediar un hombre de letras con fama (Dámaso Alonso), un filólogo de renombre (Rafael Lapesa) y una editorial de prestigio (Gredos). Con esos dos avales, María Moliner, licenciada en Filosofía y Letras, funcionaria con plaza en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, republicana y, más que todo eso, por encima de cualquier consideración laboral o de sesgo político, enamorada de su idioma, escribe su Diccionario de uso del español, que es un volumen para escritores, para lexicógrafos, para cualquier espíritu sensible al decir de las palabras. El modo en que fraguó este andamiaje de vocablos tiene más que ver con la vida de esos vocablos que con su mera disposición alfabética, que con su contención en un listado. Vio María que las palabras, si se las quiere de verdad comprender, deben ser explicadas en contexto, unas abrazando a otras, colisionando con ellas, produciendo la impresión de un organismo vivo por entero, capaz de engendrar también vida. Como una especie de madre. ¿Qué es, si no, el lenguaje?


Tomada en serio mucho más tarde, el Diccionario de la Moliner (así se le llamaba con todavía cierto desprecio por numerarios de la Academia poco inclinados a reconocer la valía de una mujer) no hizo de su autora una candidata a ocupar un sillón entre los honorables sillones. La Academia se lo entregó poco después de abrir la democracia en España a Carmen Conde, merecido, por otra parte, pero María Moliner no se debió dar por afectada. Para compensar ese error o esa desgana, quizá más lo segundo, la RAE le concedió por unanimidad un premio mayor, el "Lorenzo Nieto López", que ella rechazó. Sus tres kilos de diccionario (dos tochos, 3000 páginas) ocupan el lugar más preeminente de cualquier balda en la que, aledaños y deudores, estarán los otros libros, que son extensión suya. También casi 100.000 palabras. Era María muy de leer prensa. Allí se ponía al día, confesaba. Temerosa de cualquier desviación de su rutina, tímida con retranca, muy celosa de su intimidad y la de su familia, vivía para sus palabras y para sus flores de terraza modesta en un apartamento en un bloque de Madrid. Cuando pienso en María Moliner y en la gesta de su diccionario, la imagino en una soledad hermosa. Como si de su cabeza se izara una brecha de luz. Como si el padecimiento de esa labor mecánica, perseverante, no causase mayor trastorno que un dolor de espalda. La imagino también en una soledad más física, no únicamente creativa, útil, el tipo de soledad de la que procede a veces la belleza. Echa el cierre a su vida, cuenta Fernando, uno de sus hijos, cuando muere mi padre, al que había atendido con el mismo primor que a sus palabras. Desde 1973, cuando eso ocurre, hasta que fallece, en 1981, María Moliner no es ella, nada de lo que se ve hace pensar que construyera una catedral. Porque eso es lo que hizo. Un diccionario es un templo en el que acudimos los feligreses de la palabra. Que yo ahora escriba o que tú ahora leas, en parte, se lo debemos a ella. 

13.1.22

13/365 Johnny Cash

 


Johnny Cash no disimula nada, no esconde su fe baptista, su devoción a Dios, su noción ancestral de pecado y de castigo. Su repertorio en el escenario es una rendición de esa fe. Como uno de esos predicadores que agitan las manos y ponen cara de estar en trance. El matrimonio inestable entre Dios y las anfetaminas le impidió enseñar otra mirada o ensayar una cara más jovial. La suya es un desquicio. Cash no solo se implica en lo que está haciendo (ser fotografiado) sino que traspasa la mera transmisión de un gesto o de un sentimiento y percute el objetivo de la cámara, trasciende el sencillo proceso de la impresión cromática y ejecuta, a su manera, una pieza no excesivamente distinta a las que interpreta en el escenario, cuando proclama su lamento y exhibe sin pudor las heridas que le van dejando el amor y los caminos. Dios y el diablo estaban de su parte.

A la vejez, a poco de morir, Johnny Cash grabó algunas piezas de bandas como Depeche Mode (Personal Jesus) o Nine Inch Nails (Hurt). Querían ser una evidencia testamentaria de que el viejo trovador, el que puso el folk en la calle, en las cárceles y en las radio fórmulas, era sensible a los iconos modernos. Impuso su voz trémula, la hizo carne en la carne, como un salmo apocalíptico, tal vez todos lo son. Cualquier cosa que cantara en ese último tramo de su carrera discográfica era una expresión de dolor, aunque no pidiera compasión, ni exhibiera bajo ninguna circunstancia una brizna de debilidad. Era Cash, pero viejo. No sé si alguna de las canciones que recogían la parte cuarta de su American Recordings, The man comes around, donde están estas piezas antológicas, ganan o pierden cuando las interpreta Cash, pero duelen más que las originales. Hay en Johnny Cash un poso de dolor audible en el arrastrado casi gutural de su manera de cantar. En esos últimos años, en los discos que hizo, apenas cantaba. Lo que se escucha es un parlamento con algunas leves inflexiones de voz, un cántico minimalista, un paseo por la periferia.
Está la destrucción, está el amor traicionado, está la muerte. Cuando Cash canta, están esas cosas y están de un modo asequible al más insensible de los oídos. No importa que uno entienda lo que dice, que ignore el poema que recita: a lo que se aferra el asombro es a la rendición de un espíritu, a ese volcado majestuoso de penalidades que provienen de lo más profundo de su devastada alma. Pocas personas sufrieron lo que este tipo de aspecto pendenciero, serio como una pedrada en la nuca, que bajó al infierno para regresar y contarlo. Lo hizo con un título de Teología bajo el brazo. Cum laude. Se los sacó por correspondencia. Creo firmemente en la Biblia, en las Sagradas Escrituras, en la Palabra de Dios, recitaba cuando lo entrevistaban, cuando le decían que cómo iba la novela. Era una biografía sobre San Pablo (El hombre de blanco, ése era su título). El Santo era el hombre de blanco; Cash, el de negro. El haz y el envés. La luz y la sombra. No llegó a concluirla, la escritura es un trabajo arduo y las drogas y las giras se lo impidieron, pero siempre dijo que esa era la empresa de su vida: la redacción y la rendición de su novela. Un poco como yo, aunque sin la logística celestial y sin el arrimo de giras ni de drogas.
Nos ahorró un viaje. Le debemos mucho. Le debemos 1500 canciones. No he escuchado todas, no hace falta. Tengo algunos discos, esos me bastan. Sé que fue el rey del rock and roll, como muchos adeptos reclaman. Elvis hizo otro tipo de embajada del género, pero Cash es el dueño legítimo, el que llegó más lejos, el que llegó más hondo. En lo que a mí respecta, junto con Van Morrison, Bob Dylan, Neil Young y, en menor medida, Nick Cave, Johnny Cash es un superviviente, uno trágico y lírico, uno demoníaco y perfecto. Da lo mismo que sea el único de todos esos que ya no esté en este mundo. Sigue siendo un superviviente, su música lo es, su legado, su historia. Francisco Machuca, mi amigo Paco, me contó (de alguna forma me lo contó) que Cash no necesitó vender su alma en un cruce de caminos, que fue el diablo el que fue a su busca y allí estaba el tipo, esperándolo, dispuesto a invitarle a una copa. Álex, mi amigo Álex, sostiene que es un animal enjaulado que ignora el motivo de su encierro. La vida es una jaula. A veces la jaula se convierte en pájaro. Eso le debió pasar a Cash. Voló, aunque estaba preso.
No sabemos nada de lo que nos aguarda. Quizá dolor y belleza, el dolor y la belleza matrimoniados en un combo sublime, paladeable. Me voy a la calle escuchando el quejido de este artista más grande que Elvis y más roto que Dylan. Me va a llevar de viaje y me a dejar después en paz conmigo mismo y con el mundo. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, dejó escrito Rilke, el poeta. Cash dio mucho y recibió mucho también. June Carter, su amor fundamental, el cielo terminado de hacer puesto en la tierra, le controló lo que pudo, pero un tipo así siempre se escapa de las manos. No hay forma de tenerlo controlado, no es posible, quizá ni sea necesario. Oigo la versión que hace del In my life, el inmortal tema de los Beatles, y te dan ganas de morir, y de llorar. Primero te mueres, y luego lloras. Es un llanto dulce, un llanto de comprensión y de armonía, pero notas las lágrimas caer mejilla abajo y se te encoge el corazón y te duele, sin que importe mucho, el pecho.

8.1.22

8/365 La señora Danvers

 



Anoche soñé que volvía a Manderley. No hace falta que tenga un registro de la visita, no se precisa el concurso de la certeza, tan cabal ella, ni nada verosímil traído de allí al despertar, no sé, el olor de alguna de las alas vacías (las grandes mansiones tienen la costumbre de adoptar olores, se las puede reconocer por ellos) o el recuerdo (nítido y ominoso) de la señora Danvers, portando un quinqué por un ala de la mansión iluminada por los rayos de una tormenta. Luego vendrá el descubrimiento de la verdad y la decisión de confiar al fuego la memoria de las cosas. En el depósito firme de ese sueño no se me reveló la razón por la que el agria ama de llaves adora como lo hace a la finada señora De Winter, a la Rebeca del título de la novela de Daphne du Marier y de la película de Alfred Hitchcock. Ni uno ni otro desearon contar nada más allá de lo sucintamente preciso. Ella representa el mal, en eso estuvieron los dos de acuerdo. El mal como una forma precisa de comportamiento, el mal oscuro y aristocrático, el mal como una de las formas más logradas del odio o se puede decir a la reversa. Porque la señora Danvers odia con absoluta credibilidad. Se aprecia ese odio en cada una de las tomas en las que podemos ver más de cerca su desquiciado rostro. Nadie va a ocupar el lugar de su niña bonita, la que aparece tiempo después, la pobre, muerta y varada en la costa, como una sirena. Hará cuanto pueda para que fracase el segundo matrimonio del señor de la casa, que es un elemento accesorio. Es la señora Danvers la que custodia el recuerdo de su señora, la que no permite que nadie se vista como ella, la que (llegado el caso) hará (atención, spoiler) que la mansión sea pasto de las llamas. Siempre que uno ve arder Manderley siente que no era real. Arde como si fuese producto de un sueño. No es que anoche soñáramos con Manderley: es que no existe Manderley, es una invención, forma parte de la ficción de los sueños, una quimera de fuego. Ella es maldad de la buena; nosotros, el objeto lento de sus desquicios. No habrá mansión, no digo ya una que arda hasta los cimientos, en la que no esté ella, la ama de llaves celosa de su dueña, quién sabe si secreta o públicamente enamorada de ella (Hitchcock no lo cuenta, du Marier tampoco) y que no tiene miramientos para preservar ese amor por encima de todas las circunstancias.

4.1.22

4/365 Ignatius J. Reilly

 





"Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, se lo reconoce por este signo: todos los necios se conjuran contra él".

Jonathan Swift


Ignatius J. Reilly tiene un pijama de franela y lee filosofía medieval en la cama mientras su señora madre le prepara unos huevos con tocino y le anima a que se levante y busque trabajo. Ignatius, nuestro ya para siempre entrañable, glotón, irreverente y sabihondo Ignatius, no se cosca, no se da por aludido, elude cualquier responsabilidad que le distraiga de su verdadero oficio, que es la holganza y la cruzada contra el género humano en general, incluyendo a quienes han padecido irritación de colón y los que no, a los que han leído la Biblia en latín y los que no la han leído en ningún idioma, a los que gimen y a los que ríen, sin que exista consideración que pueda salvar a ninguna de esas individualidades de su verborrea desquiciada. Su padre libresco, John Kennedy Toole, se suicidó a los 31 aplicándose el humo del tubo de escape colado por la pequeña ranura que dejó en su Plymouth. Era 1969. En 1981, La conjura de los necios, la novela que causó el sacrificio, por la que Thelma, su madre, convirtió en una cruzada, se publicó y se hizo una pequeña (irrelevante) compensación estética o moral o intelectual. Las novelas nacen siempre sin certezas. No ya la de los lectores, que es un escrutinio soberano, sino sin la de la imprenta. Nacen, se difunden entre amigos y no prosperan, no alcanzan ni siquiera la balda más humilde de la librería más pequeña.


Ignatius J. Reilly tiene un vocabulario formidable. Lo emplea con absoluto magisterio, no incurre en expresiones usuales al vulgo y se empecina en que ninguna traba, ni lingüística ni de otra índole, le aparte de la gesta literaria de su Cuaderno Gran Jefe, en donde consigna sin vacilación ni flaqueza, la demolición de la sociedad tal y como la conocemos, arrogándose el noble título de Historiador Único de esa circunstancia. La rueda de la fortuna había aplastado la clavícula de la Humanidad, escribe gozosamente, aplaudiéndose él mismo (esto es magnífico, se apresura a decir entre línea y línea) y exhibiendo su propia condición humana: infantil, grotesca, enciclopédica y, las más de las veces, misántropa o, más afinadamente, con más alegre denuedo, misógina. Por lo demás, Ignatius es feliz en su desacato al orden, en su vida beligerante y anárquica. Todo lo confía al ingenio lingüístico y la creencia de que es un ser privilegiado, magnífico en cualquier sentido, así que a todo le impregna su cinismo, que es una extensión culta de su inmadurez, deduce el lector. Ignatius, a pesar de las facultades con la que fue alumbrado, es un paria de la sociedad, uno de esos espíritus sin ocupación que pendonean aquí y allá y únicamente necesitan que se les alimente (ahí tenemos a la madre, peculiar donde las haya) y procure las atenciones domésticas más sacrificadas. 


Ignatius tiene por cabeza un globo carnoso al que aprieta una gorra verde cazador. No habiéndose cortado el pelo cuando debió hacerlo, carece de orejas, tapadas por la abundancia capilar y por las orejeras de la dicha gorra. Un protuberante bigote negro lo hace mayor, pero los ojillos delatan una infancia sin acabar, asunto de la mayor importancia en el deambular quijotesco del personaje. Unos generosos pantalones de tweed disimulan las carnes fondonas. La camisa, franela del mismo hilo que el pijama, hace que sude copiosamente, más cuando arrecia el calor de la primavera o el rugido feroz del inclemente verano. Por lo demás, Ignatius cumple con Dios y con las modas. No sé de dónde saca que ese atuendo, el descrito (franela, gorra con orejeras y recio pantalón de tweed) cree la impresión en quien lo mira de que estamos ante un personaje de rica vida interior. Siente desasosiego a poco que las variadas circunstancias lo cercan, de modo que reclama que su madre lo transporte a casa y lo libere del tráfago de la gente común, que no está a su altura y de la que en mayor o menor (elijo mayor) medida rehúye. El barrio francés de Nueva Orleans está lleno de gente de poco fiar. Gentuza podría ser  la palabra idónea, la que más cuadra en la composición de este enfoque rápido sobre nuestro sujeto.


Ignatius tiene la debilidad de la carne y acomete con fruición un poco ya desmotivada las satisfacciones que le exige. Se alivia a mano, cuando puede, sin que esa desviación del recto proceder, según diría su madre, le cause mayor perturbación. Le preocupa más su vientre abombado, que le dará un susto cualquier día, a poco se descuide o incluso haciendo caso de los consejo maternos y comiendo a las horas pensadas y no permitiendo que toda esa basura de hamburguesas y perritos calientes le perfore el estómago y le haga engordar lujuriosamente. Un medievalista como él podría prescindir de los peajes del cuerpo y valerse únicamente de su privilegiado cerebro, pero no hay manera de que ese anhelo metafísico se cumpla, no es posible librarse de las ataduras de la carne sin que su adorada cabeza se vea seriamente afectada. Oh Fortuna (dice en un tramo de la historia), oh Deidad Ciega y Desatenta (grita) dime qué murmuras sobre mí, atado estoy a tu rueda (recito de memoria, no será así el comercio de las palabras), no me abandones, cumple conmigo, hazme sentir la bondad de tu gracia, etc.


Ignatius no sería Ignatius sin el patrullero Mancuso y sin su novia Myrna. Tampoco sin su adorada madre, Irene. Ellos tampoco serían quienes son (Mancuso y Myrna e Irene) sin el atribulado concurso de nuestro exótico antihéroe. Con ella tiene la más hermosa relación epistolar que uno pueda recordar en la literatura que ha leído. Mancuso merece texto aparte, por lo hondo de su bonhomía, por sus precarias habilidades profesionales. Hay mucho spin-off en La conjura de los necios, la maravillosa única novela de J.K. Toole, la que le hizo quitarse de en medio, al no verla en circulación. Pobre talento perdido. Nueva Orleans es el centro del cosmos. Ignatius es el pequeño demiurgo. Fue Reilly quien mató a Toole, podría decirse. Hay personajes contra los que sus creadores sucumben. Parecería que sucede más comúnmente a la reversa. El autor es el sacrificado, él es quien se aparta y da paso a su creación. Como un dios al que su obra le ha causado un daño terrible o cuyos resultados le parecen prodigiosos o lamentables, no cabe el término medio.

3.1.22

3/365 Buster Keaton

 

Enrique Vila-Matas en El traje de los domingos cuenta una anécdota fantástica sobre Buster Keaton. Estaba el hombre en su lecho de muerte, arropado por sus más íntimos, cuando alguien dudó si había perecido o, por el contrario, todavía latía su corazón. No contando con recursos para resolver esa incertidumbre, procedieron a expresarla. Está muerto, dijo uno. No lo está, añadió otro. Tócale los pies, los muertos siempre los tienen fríos, cerró un tercero. Buster Keaton, que estaba vivo, en un hilo de voz, respondió: "Juana de Arco, no". 


A veces las caras de los cómicos son las más tristes. Quizá por eso sean los actores de más hondura dramática, los que de verdad alcanzan más nobles cotas en sus registros interpretativos. Aceptamos sin chistar que hacer reír cuesta más que provocar el llanto. El melodrama, al menos el más sencillo, no es difícil de componer. Basta que alguien se muera o una tragedia se le cruce. Curiosamente los grandes actores (y actrices, no se me agiten los puristas de la ortodoxia) suelen venir de la alta tragedia, de un Shakespeare sin rebaje léxico o de un método de estudio cincelado en el escenario de un teatro, alejado de las cámaras de cine. Al actor serio le cuesta más convertirse en cómico que al contrario. Análogamente, el poeta es capaz de hacer una novela (porque domina los registros de la lengua y sabe los mecanismos de su hálito interno) pero el novelista difícilmente escribirá un libro de poemas. Quizá Buster Keaton no hubiese sido el actor impasible, el rostro granítico, si las bombas no le hubiesen dejado sordo de un oído en las postrimerías de la Primera Gran Guerra. Nunca sabemos qué hace que seamos lo que somos. De un modo absolutamente incomprensible, de escaso afecto a las leyes de la lógica, se nos etiqueta a poco que nos descuidemos. Se es un payaso a pesar de tener la cara de Buster Keaton. Es que es una contradicción enorme que, de entre todos los posibles registros interpretativos, hubiese elegido el de hace reír. Es más: Buster Keaton es un obrero de la risa ajena por tener la cara que tiene. Porque el ingenio maquina adentra sus cosas y el rostro solo contribuye a esa plasticidad paradójica de su ejecución, al torpe aliño de gestos que a veces se interpone entre la idea y su rendición al público.

1.1.22

1/365 Charlie Parker

 


En noches como ésta una hemorragia cándida y dulce vacía mi cuerpo. Desaloja  primero la voz, luego me arrastra al hueco del sueño. Ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, paisajes de plástico, extensiones que a mi paso se ondulan y arquean, se pierden en un punto y súbitamente aparecen luego en otro, turgentes, plenas, respirando con un pulmón de dios el aire sublime de toda esta pereza increíble o de esta soledad ahora ya pura. O quizá sea el cansancio y el whisky y la luz delicada del flexo en los cubitos. Está la lengua flambeada de vértigo y yo, Charlie Parker, estoy detrás, soplando como un condenado mientras afuera la noche mira extasiada y se ofrece lasciva. Estoy tocando ayer. De mañana no se sabe nada. 

Todas las mariposas

  Nabokov buscaba mariposas cuando no escribía. No hay nada en su literatura que haga pensar en mariposas. Nada cuando las cazaba que filtra...