14.2.20
Apencar
Más que condescender, que es la rama noble del asunto, su transcripción aristocrática y pudiente, lo que hace uno las más de las veces es apencar. Es lo que tiene la lengua: nos zarandea con su filigrana de herramientas, nos viste o desviste a su antojadizo modo. Hay palabras que exhiben un lugar en el mundo y una manera de estar en ese mundo. Incluso las menos afortunadas, las que arriman su pequeña mugre de léxico zafio y tosco, tienen su zona de influencia, su narrativa genuina. Por eso hay quien jamás dirá apencar o apechugar. Antes que hincar la testuz y caer en esa trampa fonética, buscará sustitutos de alcurnia, una de esas pequeñas joyas del diccionario que, sin decirlo todo a las claras, deja la suficiente información para que entienda el que pueda, dejando a la mayoría en el limbo, fuera de rango, en fin, en esa dulzura que contrae toda ignorancia. Dirá que ha transigido o claudicado: por quedar bien, por no deslucirse en demasía. Ah qué belleza tiene la palabra claudicar, con qué apresto silábico se derrama en el aire y lo engalana. Uno claudica sin que ese torcedura del gesto implique nada que de verdad importe. No es lo mismo contemporizar que fastidiarse, por decirlo de otra manera. No es de buen gusto recurrir a la expresión burda y expeditiva "hay que joderse" por cuanto da a entender que el acto de la aceptación del mal casi lo provoca uno mismo, no siendo eso ni comprobable ni tampoco deseable. Puestos a premiar la riqueza de nuestro léxico, vale la pena traer a este hilo de expresiones la muy castiza "jorobarse", que es modo reflexivo y eufónico y que hace pensar en nuestros abuelos, tan jorobados ellos por los tiempos que les tocó vivir, cuáles no. Decían esas menudencias por no arreciar en vocablos de más ruda complexión semántica. También por no saber. Sin embargo, apencar era común en su quehacer. No apenca quien manda, sí el que obedece. He ahí el sesgo social del lenguaje, aunque todos de una u otra manera incurramos en la obediencia y ese respeto al que se nos fuerza implique apencar, abrevar en las aguas turbulentas del fastidio, se quiera o no. El lenguaje tiene esa promiscuidad deliciosa. Las palabras se arriman unas a otras y jadean en sintagmas. Se las oye en alada cópula semántica. Es un ruido como de cuerpo quebrado por el cansancio más dulce. El hecho de que hablemos mal (hay que apencar con eso) constituye, más que una falta, un desahogo del espíritu, una vía por la que escapar de la tragedia.
13.2.20
Maridar
No sé hacer un arroz meloso con calabaza y setas, qué le vamos a hacer. No tengo habilidad alguna en la cocina, confesión de la que no alardeo en absoluto y a la que aplico la atención suficiente como para que torne con suerte en habilidad, asunto del que hablar entre amigos, trabajo que acometer en casa, hasta empeño loable con el que agasajar a las visitas. Cuando vienen a casa, en las ocasiones en que avisan con más eficacia, avituallo la nevera con mis marcas favoritas de cerveza. Ahí sí que me esmero. No es lo mismo poner al principio una vigorosa, de cuerpo fuerte y permanencia de trigo en boca, como si mascaras un puñado de grano, que comenzar con una pilsen ligera, refrescante y de poca carga de alcohol, pero una vez se han despachado un par de ellas, sin que intermedie protocolo alguno, puedes obsequiar al invitado con una buena botella de cerveza de abadía, servida en jarra previamente congelada y decantada con el punto sublime de espuma o corona, que es el término con más pedigrí entre los iniciados. Se le da poca importancia a la espuma, yo al menos no he visto a nadie que se afane en medir su grosor exacto, salvo algún barman en una barra. No es únicamente una cuestión de estética, sino un principio irrenunciable de preservación de su calidad. Hay quien bebe sin detenerse en el sabor y quien paladea con delectación, se regodea adrede en el aditivo aromático o en el dulzor de la malta. Tal vez no convenga introducir en la cata ningún sabor bastardo y permitir que la nuez, el limón o los aromas más tropicales malogren la pureza del líquido, su estricto respeto al canon. En todo caso, una vez se ha rebasado cierto número de botellas, tercio mejor que quinto, si no hay más remedio lata, antes de que se corrompa la sensibilidad en el gusto, podemos probar una floral o especiada o con sabor a galleta o a bourbon de Kentucky o a mejillones de la ría de Arosa o a turrón de Alicante. Entran en este inventario de prodigios gastronómicos la cerveza sin filtrar (se preserva más el sabor, aunque se debilite antes) o negra (para quien guste del chocolate amargo o tenga querencia por la estética al verterse en vaso). No es cosa de despreciarlas, alguna tiene su punto de brillantez, pero hastían al final. Parece como si uno traicionara cierta fidelidad casi masónica en la que solo importa el color limpio de la mezcla (sin el aditamento exótico) y se inclinara a cierta perversión, una especie de heterodoxia innecesaria. La curiosidad en materia cervecera es lícita, cómo no; incluso recomendable, pero la liturgia de la ingesta de cerveza tiene sus santos patrones, su altar sin adornos blasfemos, si es que uno es creyente y no desea extralimitarse más de la cuenta, dejarse convidar por los cantos de sirena de la creatividad de las marcas, que a veces se desmadran y privilegian la osadía. Dicho esto (cuánto tiempo llevo con la idea de calzar esa expresión en un texto) se puede continuar con el festín de la cata sin que ninguna barbarie comercial la arruine. Hay que ser consecuente con los vicios propios. Se pueden malear a poco que concedemos licencias espúreas. Empiezas leyendo el etiquetado de la cerveza (mejor botella que lata) y conoces su graduación, la fecha preferente de consumo o los componentes (malta, lúpulo, levadura y agua) y terminas sin que te importe un vil carajo si está caducada o tiene doce grados y avisa con letras mayúsculas de que su consumo excesivo puede achisparte más de la cuenta. Quizá hubiese sido mejor haber aprendido a cocinar un buen arroz meloso con calabaza y setas. Lo malo es el maridaje, que es la unión armoniosa de las cosas. ¿Qué buscamos para que armonice con el arroz y su rica verdura? Un buen vino, sentenciará alguien, pero en cuál confiar. ¿Un tinto joven y afrutado? ¿Un Rueda? ¿Un Ribera del Duero de crianza? ¿Un rosado ligero y fresco o seco? Qué desazón, qué desatino etílico. Me declaro insolvente, no se me ocurre cómo aliviar mi desasosiego culinario. Tendré que concederme de nuevo un placer en el que me manejo con absoluto desparpajo. Haré acopio de cerveza para cuando se presente la oportunidad y tenga en casa amigos. Solo ellos comprenderán mi quebranto. En lo otro, en maridar la vianda con los licores, tendré que solicitar ayuda. No dudo que la tendré y será festiva la noche. Prometo no traer a casa ni una sola cerveza con sabor a pepino. Lo juro por la diosa Ceres.
11.2.20
Dibucedario de Ramón Besonías 2020 / 23 / William Blake
Leer a Blake es leer un evangelio apócrifo. Blake es el poeta inglés de los ángeles , el visionario pintor y grabador de paisajes y personajes tocados por el numen de la fatalidad o de la revelación, que vienen a ser a veces la misma épica y apocalíptica cosa. Blake no es un apóstol, es el poeta de los arquetipos, a decir de Borges, que le dedicó un poema en el que reclama la presencia de los íntimos dones de la realidad, los que se apartan al escrutinio cartesiano de los sentidos y prefieren la indagación moral, y en eso, el poeta londinense era un iluminado. Veía lo que no está al alcance de los demás: nada que no haga a diario (cuando puede, mejor dicho) un poeta, pero en su caso era una visión completa, narrada como si fuese un salmo, una admonición, un mensaje pronunciado por Dios que fuese azarosamente restituido por un hombre mortal. Blake rescata la degradación, la sublima, como haría Dios si condescendiera a convertirse en poeta, quién dice que ambas palabras (Dios, poeta) no empleen el mismo barro creativo.
Blake era un romántico arrojado a la Ilustración. O era un artista del Medievo extraído a la fuerza y transportado a la Modernidad. Eso no convenía a su lujuriosa imaginación poética. Blake nació en una época poco entusiasmada en el género que a él más le fascinaba: el de la crónica bíblica, una especie de relato nada eufónico sobre la construcción del paraíso (Milton fue otro adalid de esta imposible empresa) y sobre la visita de los ángeles y también algún tigre de terrible simetría cuyas rayas moraban en los bosques de la noche. El cielo al que aspiraba el poeta (continúo con Borges) eran tres en realidad: el cielo de la inteligencia, el cielo de la belleza y el cielo de la bondad. El arte puede conducirnos a esa morada fabulosa, lo cual no siempre fue aceptado por sus coetáneos, que dudaban de que lo que pudiera fabricar el ingenio humano adquiriese méritos para conseguir el ingreso en las alturas celestiales, pero Blake fue un visionario, un adelantado, una mosca en el cristal de la sociedad inglesa de entonces, haciendo sus travesuras en las reuniones de la élite cultural, que veían a Blake como un alienígena, uno especialmente facultado para inducir el asombro ajeno.
De Blake murió cantando. La poesía es cántico antes que otra cosa, anhela ser cantada, enunciada como si fuese un vuelo y cogida en el aire y escuchada con todo el cuerpo. Hay poemas que se impregnan como si fuesen orgánicos. Los hay de una fogosidad verbal tan intensa que son carnalidad pura, transverberación dulce de algún espíritu alado que sólo se deja atrapar cuando aplicamos todos los sentidos. Es la miel untada en el cuerpo o es la sangre. Es el viento que caracolea y nos mece y es el fuego cuando nos corrompe. Es la luz antes de que la haga flaquear la sombra y es también la sombra cuando reina y ocupa el espacio y lo entenebrece. Blake fue un poeta que escribió como si le fuese la vida en ello. Casi literalmente. No sólo escribió. Blake fue un pintor de talento rival a la escritura. Fue también un visionario, una especie de receptor de algún tipo de epifanía que a los demás les estaba vedada y que él (pintando o escribiendo) restituía, plasmaba en poemas o en lienzos. Confiado a la salvación universal de la especie humana, haya pecado o no, merezca la vida eterna o sea el infierno su residencia duradera, Blake fue un lector voraz de la Biblia. No hay poema suyo que no tenga alguna ascendencia bíblica. Leídos de corrido, lo que hice anoche, me pareció estar leyendo los evangelios. Tampoco tengo de esto una idea clara ya que no he sido nunca un lector habitual de las Sagradas Escrituras, pero todo rezuma santidad, rezuma mística, incluso rezuma ese caos que toda religión conlleva en sus doctrinas. La de Blake es una poesía bautismal, parece que ha sido escrita sobre el vacío, como si nada anterior a ella hubiese podido influenciarla. Es a la vez novedosa y romántica, cuando el romanticismo es una consecuencia de muchas consecuencias, un término lírico consumado.
Borges (volver a Borges es muy fácil) lo comparaba con Walt Whitman. Su tigre arde en los fuegos de la noche, haciendo que el poeta se devane en dar con la mano precursora de su simetría. También hace una pregunta de una lucidez absoluta: ¿fue la misma mano la que creó al cordero y al tigre? La misma nos la hacemos nosotros, persuadidos por su hermosa elocuencia. El tigre febril penetra en los sueños, nos hace prevenirnos, pero miramos con delectación su hermosura, la divina composición de sus trazos, el loco hechizo de sus ojos. Quizá el cordero piense lo mismo antes de que la criatura más hermosa del universo se la zampe y cierre de cuajo toda interpretación posterior de la belleza. No siempre es fácil leer a Blake. Hay tramos suyos que resultan ásperos, sentimos que no disponemos a mano de todos los elementos de la lectura y confiamos únicamente en la belleza de las palabras, pero perdemos la comprensión. No hay que entender todo lo que se lee. Por eso hay un poema para cada lector. De ahí que Blake sea un poeta de ahora. Él es la armonía perdida del paraíso, él la concibió en su cabeza e hizo que los pájaros trenzaran su melodioso canto mientras las aguas de los ríos fluían y el cielo estallaba en azules y en ángeles. No llegó a ser Swedenborg, al que admiraba, pero continuó su relato de la creación hasta que cesó la canción de los pájaros.
8.2.20
Dibucedario de Ramón Besonías 2020 / 22 / Nabokov
Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.
Vladimir Nabokov
Uno miente porque no tiene un folio a mano en dónde registrar la ficción del engaño o porque, cuando lo tiene, no sabe bien cómo armar la trama de lo impostado, su asiento en el mundo. Se miente mejor si es un acceso espontáneo, si hacer concurrir la mentira anima la conversación o hace que quien nos escucha preste la atención que la verdad no alcanza. Se dicen mentiras para creerlas también un poco. Una mentira mantenida durante días hace que adquiera un rango de veracidad. En ocasiones uno también miente por ver la credulidad del que se expone al juego. Porque todo queda en juego, en imponer a la realidad una capa novedosa y batallar contra ella y hacer que no se salga siempre con la suya. Hay vidas tristes que precisan de la injerencia creativa de la mentira. Yo escribo para mentir menos, aunque creo que no se me nota enseguida que no voy a derechas o que lo que digo no cuadra con lo que soy. Se miente con más oficio cuando no nos conoce el que escucha. Escribir es un acto deliberado de terapia. La ficción es el territorio de la felicidad absoluta. Somos los que nunca podríamos ser, hacemos lo que nunca podríamos hacer, vamos donde nunca podríamos ir. La vida, a fin de cuentas, es un viaje extraño que elige compañeros extraños.
La verdad está sobrevalorada. Importa la calidad de la historia, no que podamos constatar su credibilidad, su conducto tautológico. A mi amigo K. le fascina que alguien que escriba pueda reglarse después por las convenciones habituales y se comprometa a no desvariar, a no caer en la frivolidad de mentir, de dar lo que no es dable. Decía mi amado Nabokov que la literatura no nació cuando un niño prehistórico gritó “el lobo, el lobo”, con un lobo gris enorme pisándole los talones, sino cuando un niño prehistórico - un neardenthal, dice Nabokov - gritó “el lobo, el lobo”, no habiendo ningún lobo cerca. Entre el lobo falso y el verdadero está la literatura, la ficción, la narrativa sobre la que se ha edificado toda la Historia de la Humanidad.
Sigo con el maestro. Sostenía que el niño que alertaba sobre la proximidad y el peligro del lobo fue el primer maestro, el primer escritor, el primer embaucador. Mentir (decir lo que no es, improvisar una premisa falsa para que se construya un relato) es además una máxima muy bien aplicada en esa Historia de la Humanidad. Todas las religiones han pensado si conviene más hacer que el lobo hinque el diente y devore al niño o que lo deje vivo y el niño fabule la verdad del lobo. Un lobo suyo, por supuesto, un lobo fantástico. Se elige el mal porque no nos agrada que se nos obligue a aceptar el bien. Eso lo dejó escrito Anthony Burguess en su fabulosa y apocalíptica La naranja mecánica. Mentir, además, tiene un maravilloso aire teatral. Al mentir se imposta la voz, se eligen con más esmero las palabras.
Hoy en día tendemos a confundir al creador con lo creado, al actor con la persona que le sirve de vehículo. Nabokov, mi amadísimo Nabokov, era, en esencia, un provocador. De haber publicado ahora sus novelas (Lolita, muy especialmente) se habría encontrado de frente con obstáculos que antes no existían. Lolita no es la ninfa inductora del pecado: es la víctima. Humbert Humbert es un delincuente moral, por más que lo estilice y vista con los ropajes del buen decir y de la sensibilidad más exquisita. Se puede ser sensible hasta el colapso sináptico y ser un perfecto cabrón. Qué habilidad la de Nabokov al administrar la cantidad de veneno que va dejando caer en los capítulos de la novela. La corrupción de su nínfula es la corrupción de una sociedad. Nabokov usa el material del que dispone: no le pertenece, solo lo extrae y exhibe a su antojadizo manera. Compone una radiografía nítida y procaz: la de la criatura perversa, la del monstruo absoluto. El problema adherido enfermizamente es cree que es Nabokov el perverso, el monstruo. No es tal: él únicamente constata el mal, se regodea en planificar la paulatina decadencia de sus protagonistas, el descenso al abismo. Mentir para contar la verdad, esa paradoja.
6.2.20
Dibucedario de Ramón Besonías 2020 / 21 / Miguel de Unamuno
Un liberal era Unamuno. Hay que defender al Estado hasta que el Estado no nos defiende o cuando, llegado el caso, interfiere en sus ciudadanos, los vigila y reprende. El Unamuno liberal no era partidario (está la palabra bien traída) de los absolutismos, le escandalizaba la posibilidad de que las instituciones vulneraran los derechos civiles, asunto ese que constituía el esqueleto sobre el que levantar cualquier sociedad moderna. Ese es el Unamuno-ciudadano (profesor, rector) que yo he comprendido, el que se me ha antojado más afín a lo que deriva de haber leído al Unamuno-escritor . En algún momento de su dura existencia, se preocupó más de España que de sí mismo, no dando por perdida nunca la batalla contra la mediocridad y, en muchas ocasiones, más de las que pudo soportar, contra la ignorancia. Es lo que suelen hacer los profesores comprometidos con su oficio, pero el de Unamuno no fue uno solo, fueron muchos, algunos más costosos que otros. El que más le dolió fue el de ciudadano. Manifestarse en contra o a favor de una doctrina (según la conveniencia de un momento) no le impidió desdecirse y abrazar la contraria, sin que ese voluble torna en la opinión fuese producto de un arrebato sentimental, sino que provenía de una exigencia moral o intelectual, no sabemos cuándo una y otra se ensamblan y prosperan hacia el mismo propósito. Es verdad que en ocasiones callarse es una forma de mentir, como dejó dicho. También fue de los que prefirió expresarse, no permitir que la pereza lo convirtiera justamente en el tipo de ciudadano objeto de su enfado, el que no se involucra, el echado a un lado adrede, por unas causas o por otras, casi nunca justificadas. Unamuno fue un declarado defensor de la palabra, aunque más tarde unas fuesen reemplazadas por otras y las circunstancias las zarandearan y hasta las enfrentaran. Por eso fue acusado por los dos frentes en la guerra: por apoyar a unos en un tramo del relato histórico (a los militares para poner coto al desmán anárquico de la Segunda República, de la que fue ferviente defensor) y por desdecirse y por dar por malo lo que antes le pareció justo y correcto. Ha brotado la lepra católica y anticatólica, dijo también. Su España se embrutecía (se envilecía, se entontecía, añadió) mientras él no podía poner en orden el delirio de "hunos" y de "otros" en su reclusión domiciliaria, una vez le apartaron del rectorado salmantino y se dejó comer por la enfermedad hasta que murió. No hay un bolchevique (un republicano en términos reales) en Unamuno, ni tampoco un novio de la muerte, un fascista con el cerebro quemado por las consignas y las entendederas abotargadas por el miedo al que es distinto. Le horrorizaba esa bajada a los infiernos de Millán Astray (no he visto todavía Mientras dure la guerra, pero parece que se aplica con ganas Amenáb ar en ese episodio) cuando arengaba a los bárbaros (a sus ojos eso eran) con soflamas burdas, zafias, más acordes al estertor de un animal que a la voz de un hombre. Cómo se puede ir de la mano con alguien que jalea la muerte y la entroniza. Se puede, en todo caso, convencer hasta llegar a ella, dedicar la vida entera al oficio de las palabras y darles el uso más idóneo, el que evite que los unos aniquilen a los otros. Es la contradicción la que lo animó, la que alimenta debería cualquier ideología. Cuando no lo hace, no es ideología: es fanatismo, es barbarie, es esa tozuda marca con la que a veces nos liberamos del trabajoso oficio de pensar. Me equivoqué, qué ligero fui, qué cándido, dijo en cierta ocasión a propósito de sus adhesiones primeras y sus afinidades posteriores. Nada que no esté en el ser humano de modo absolutamente natural. Saber arrepentirse, aceptar el desengaño, ir con él hacia un desengaño futuro, del que no se sabe aún nada, pero que nos romperá de nuevo el corazón.
5.2.20
La poesía es un milagro secreto
Hay cosas imprecisas a las que uno no les puede dar asiento ni esperanza. Concurren con absoluto normalidad, se acercan con la naturalidad de lo cercano, pero no prosperan, flojean a poco a que insisten, no tienen voluntad de permanencia ni se espera que comparezcan en otra ocasión, cuando las circunstancias sean más favorables. Tal vez ese arrimo de sustancias sutiles (las livianas, las que no hacen casa) sean las más importantes y, sin embargo, transcurrimos sin que nos pertenezcan, vivimos en la creencia de que estamos satisfechos y no hay nada importante que tengamos que reclamar.. A veces, al leer poesía (hoy en un banco en un jardincito en la entrada de una iglesia) he sentido la inminencia de esa revelación, la constancia (muy esquiva, huidiza ella) de que estaba en posesión de un secreto. Se había revelado y yo era el portador de su mensaje. Cuando me levanté del banco, había perdido ese prodigio confiado. Luego volví a casa un poco aturdido. Como si hubiese perdido la propiedad de un milagro y ya no pudiera recuperar su esplendor secreto.
4.2.20
Oficio de tahúr
El tahúr enamorado de su manga.
Solo así evitar el miedo, el tiempo
perdido en el sórdido trucaje de la
baraja.
Solo así evitar el miedo, el tiempo
perdido en el sórdido trucaje de la
baraja.
2.2.20
Galería de Ramón Besonías 2020 / 20 / Tamara de Lempicka
Un amigo muy inclinado a nombrar pintores favoritos o cineastas favoritos o músicos favoritos a la menor oportunidad, aunque la rica nomenclatura no contribuyese a la conversación, dijo no conocer a Tamara de Lempicka cuando la nombré yo. De haber tenido entonces móviles con conexión a Internet (ese entonces al que me refiero no tenía ni internet) le habría enseñado algunos retratos de su hija Kizette o el autorretrato en el Bugatti. Sin hacer excesivo aprecio, lleva uno todas las pinacotecas del mundo en el bolsillo. Hoy abrí el móvil y busqué cuadros de esta señora rica, exquisita y cultivada cuyas cenizas fueron arrojadas por expreso deseo suyo al cráter de un volcán en México. Fuego al fuego, pudo haber dicho mientras el polvo gris de su existencia era danzado por el aire. Su vida fue flamígera, desde luego. Hizo la pintura más acorde a ella: aristócrata, excesiva, glamurosa, despreocupada, voluptuosa, enigmática, aburguesada. Tiene esa pintura una virtud únicamente al alcance de verdaderos genios: se la reconoce con absoluta inmediatez. No hace falta ser un iniciado, ni siquiera alguien que empieza a conocer estilos y trazos. De hecho Madonna (no se conoce que posea titulaciones, no se duda de que posea sensibilidad) se prendó de Tamara de Lempicka y tiene varios de sus cuadros en casa. También Jack Nicholson. Ninguno de los dos los presta para exposiciones. Son regocijo privado, qué le vamos a hacer. Al final siempre es privado ese esplendor, el del momento en que alguien mira un cuadro y no se despega de él, aunque lo haya dejado atrás y se haya aplicado en sus cosas. El cuadro está en su cabeza, no se ha marchado, dura ahí hasta que otro ocupa su lugar. Algo parecido pasa con la música (piezas que se incrustan de un modo intolerable a veces) o con películas (escenas repitiéndose sin cesar) o con la literatura (tramas que se confunden más tarde con la realidad, frases de las que no puede uno desembarazarse. Yo me parezco mucho a Madonna, ahora que lo pienso. No tengo conocimientos para adentrarme con solvencia en la pintura de esta señora, pero tengo sensibilidad para prendarme de sus colores y sus trazos. La recreación besoniana es maravillosa. Si en alguna ocasión me topo con mi viejo amigo (treinta años largos sin saber de él, no sabría ni cómo buscarlo) le volvería a nombrar a la Lempicka por ver si está al tanto y, aparte de ponernos al día, hablamos un rato sobre ella.
el poeta está en la terraza de un café en una gran ciudad, una concurrencia de curiosos se le arrima por ver cómo escribe el poema, por ver la naturaleza mística, por ver el esplendor epifánico en su rostro, pero el poeta se levanta, paga la consuimición, un té negro, y huye por las aceras perseguido por una invisible turbamulta de alucinados, luego relee el poema como si no fuese suyo y lo olvida
1.2.20
Cinco poemas de amor
Hacer de vivir un secreto sencillo y puro y morir muy tarde sin misterios ni hondura con toda la evidencia del amor varada en la voz como un canto que aspira a ser himno.
*
Al alma la astilla el tiempo o su eco inasible de marcas muy dulces.
*
Qué nombre convendrá al olvido, qué poderoso Leteo coserá tu boca a la mía.
*
Y si dentro de poco llegara la hora feliz de fugarnos, bastará un apero sencillo.
*
Qué galope se oye: silbo de poeta recién enamorado.
*
Al alma la astilla el tiempo o su eco inasible de marcas muy dulces.
*
Qué nombre convendrá al olvido, qué poderoso Leteo coserá tu boca a la mía.
*
Y si dentro de poco llegara la hora feliz de fugarnos, bastará un apero sencillo.
*
Qué galope se oye: silbo de poeta recién enamorado.
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