Los días son páginas de un libro que solo podemos leer una única vez. Cada uno de esos días es una de esas páginas irrepetibles. No hay con qué retroceder al día anterior, ningún ardid nos faculta a que regresemos al ayer ni accedamos al mañana. Cada vive conforme a esa incontrovertible disposición del tiempo. Quizá por eso amamos la literatura. No solo es una vida o muchas vidas añadidas a la que disponemos, sino que ofrece la posibilidad de cancelar la naturaleza misma del tiempo. Escribir depara un regocijo mayor, que me perdone mi buen Borges: el de saberse inexplicablemente gratificado por un especie de don. Yo me paro a pensar en estas cosas a veces cuando me da por cuestionarme qué sentido tiene todo esto. Y me las compongo para encontrar un motivo para seguir leyendo, escribiendo, viviendo, empecinado en que el asombro y la incertidumbre ayuden a escalar la cumbre de todos esos días. No hay ninguna cumbre igual. Esa topografía es absolutamtne caprichosa. Ni siquiera la rutina, tan buscada a veces, repite uno solo de esos días. Iba a escribir de esas páginas.
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