11.2.20

Dibucedario de Ramón Besonías 2020 / 23 / William Blake






Leer a Blake es leer un evangelio apócrifo. Blake es el poeta inglés de los ángeles , el visionario pintor y grabador de paisajes y personajes tocados por el numen de la fatalidad o de la revelación, que vienen a ser a veces la misma épica y apocalíptica cosa. Blake no es un apóstol, es el poeta de los arquetipos, a decir de Borges, que le dedicó un poema en el que reclama la presencia de los íntimos dones de la realidad, los que se apartan al escrutinio cartesiano de los sentidos y prefieren la indagación moral, y en eso, el poeta londinense era un iluminado. Veía lo que no está al alcance de los demás: nada que no haga a diario (cuando puede, mejor dicho) un poeta, pero en su caso era una visión completa, narrada como si fuese un salmo, una admonición, un mensaje pronunciado por Dios que fuese azarosamente restituido por un hombre mortal. Blake rescata la degradación, la sublima, como haría Dios si condescendiera a convertirse en poeta, quién dice que ambas palabras (Dios, poeta) no empleen el mismo barro creativo. 

Blake era un romántico arrojado a la Ilustración. O era un artista del Medievo extraído a la fuerza y transportado a la Modernidad. Eso no convenía a su lujuriosa imaginación poética. Blake nació en una época poco entusiasmada en el género que a él más le fascinaba: el de la crónica bíblica, una especie de relato nada eufónico sobre la construcción del paraíso (Milton fue otro adalid de esta imposible empresa) y sobre la visita de los ángeles y también algún tigre de terrible simetría cuyas rayas moraban en los bosques de la noche. El cielo al que aspiraba el poeta (continúo con Borges) eran tres en realidad: el cielo de la inteligencia, el cielo de la belleza y el cielo de la bondad. El arte puede conducirnos a esa morada fabulosa, lo cual no siempre fue aceptado por sus coetáneos, que dudaban de que lo que pudiera fabricar el ingenio humano adquiriese méritos para conseguir el ingreso en las alturas celestiales, pero Blake fue un visionario, un adelantado, una mosca en el cristal de la sociedad inglesa de entonces, haciendo sus travesuras en las reuniones de la élite cultural, que veían a Blake como un alienígena, uno especialmente facultado para inducir el asombro ajeno. 

De Blake murió cantando. La poesía es cántico antes que otra cosa, anhela ser cantada, enunciada como si fuese un vuelo y cogida en el aire y escuchada con todo el cuerpo. Hay poemas que se impregnan como si fuesen orgánicos. Los hay de una fogosidad verbal tan intensa que son carnalidad pura, transverberación dulce de algún espíritu alado que sólo se deja atrapar cuando aplicamos todos los sentidos. Es la miel untada en el cuerpo o es la sangre. Es el viento que caracolea y nos mece y es el fuego cuando nos corrompe. Es la luz antes de que la haga flaquear la sombra y es también la sombra cuando reina y ocupa el espacio y lo entenebrece. Blake fue un poeta que escribió como si le fuese la vida en ello. Casi literalmente. No sólo escribió. Blake fue un pintor de talento rival a la escritura. Fue también un visionario, una especie de receptor de algún tipo de epifanía que a los demás les estaba vedada y que él (pintando o escribiendo) restituía, plasmaba en poemas o en lienzos. Confiado a la salvación universal de la especie humana, haya pecado o no, merezca la vida eterna o sea el infierno su residencia duradera, Blake fue un lector voraz de la Biblia. No hay poema suyo que no tenga alguna ascendencia bíblica. Leídos de corrido, lo que hice anoche, me pareció estar leyendo los evangelios. Tampoco tengo de esto una idea clara ya que no he sido nunca un lector habitual de las Sagradas Escrituras, pero todo rezuma santidad, rezuma mística, incluso rezuma ese caos que toda religión conlleva en sus doctrinas. La de Blake es una poesía bautismal, parece que ha sido escrita sobre el vacío, como si nada anterior a ella hubiese podido influenciarla. Es a la vez novedosa y romántica, cuando el romanticismo es una consecuencia de muchas consecuencias, un término lírico consumado. 

Borges (volver a Borges es muy fácil) lo comparaba con Walt Whitman. Su tigre arde en los fuegos de la noche, haciendo que el poeta se devane en dar con la mano precursora de su simetría. También hace una pregunta de una lucidez absoluta: ¿fue la misma mano la que creó al cordero y al tigre? La misma nos la hacemos nosotros, persuadidos por su hermosa elocuencia. El tigre febril penetra en los sueños, nos hace prevenirnos, pero miramos con delectación su hermosura, la divina composición de sus trazos, el loco hechizo de sus ojos. Quizá el cordero piense lo mismo antes de que la criatura más hermosa del universo se la zampe y cierre de cuajo toda interpretación posterior de la belleza. No siempre es fácil leer a Blake. Hay tramos suyos que resultan ásperos, sentimos que no disponemos a mano  de todos los elementos de la lectura  y confiamos únicamente en la belleza de las palabras, pero perdemos la comprensión. No hay que entender todo lo que se lee. Por eso hay un poema para cada lector. De ahí que Blake sea un poeta de ahora. Él es la armonía perdida del paraíso, él la concibió en su cabeza e hizo que los pájaros trenzaran su melodioso canto mientras las aguas de los ríos fluían y el cielo estallaba en azules y en ángeles. No llegó a ser Swedenborg, al que admiraba, pero continuó su relato de la creación hasta que cesó la canción de los pájaros.

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