Contiene la sombra una parte considerable uno mismo y, al tiempo, no nos incumbe en absoluto, rehúsa representarnos, ninguna de sus atribuciones apareja alguna nuestra. Tan escasa o nula consideración le tenemos que fascina su perseverancia cuando la miramos en detalle. No se ofrece a voluntad, precisa de la injerencia del sol para que despliegue su esplendor antiguo e incomparable. No ha variado jamás. Es la misma sombra del primer hombre. Concurre el mismo astro que ocupó el primer cielo. Irrumpe con idéntica nobleza. No flaquea, no se compunge ni amilana. Va a lo suyo. No sabemos bien qué sucede debajo suya, ignoramos la sustancia de la que está hecha. Al fuego se le encomienda la clausura del mismo fuego; a la luz, la urgencia de la sombra.
8.6.24
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