8.6.24

Elogio de la sombra

 Contiene la sombra una parte considerable uno mismo y, al tiempo, no nos incumbe en absoluto, rehúsa representarnos, ninguna de sus atribuciones apareja alguna nuestra. Tan escasa o nula consideración le tenemos que fascina su perseverancia cuando la miramos en detalle. No se ofrece a voluntad, precisa de la injerencia del sol para que despliegue su esplendor antiguo e incomparable. No ha variado jamás. Es la misma sombra del primer hombre. Concurre el mismo astro que ocupó el primer cielo. Irrumpe con idéntica nobleza. No flaquea, no se compunge ni amilana. Va a lo suyo. No sabemos bien qué sucede debajo suya, ignoramos la sustancia de la que está hecha. Al fuego se le encomienda la clausura del mismo fuego; a la luz, la urgencia de la sombra. 


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