4.3.20
Alma
Al alma se la doma, se la aquieta, se le impone una disciplina y luego se saca a pasear como si fuese un perro, se enseña a los amigos, se les dice lo estupenda que es, lo bien que le hemos enseñado y después se vuelve a casa, se echa uno en el sillón de orejas, conecta el televisor y permite uno que se aquiete, que adquiera la calma con la que poder más tarde afrontar lo que la asedia. Porque el alma no puede estar siempre alerta, sensible, frágil, inquieta o curiosa. Necesita aplazarse, vencerse, dejarse querer por el silencio, que es una asignatura que no se da en las escuelas. Parece que es propiedad nuestra, pero no lo es. Tiene, a ratos, consideración hacia quien la tutela y da refugio; tiene también la bendita voluntad de hacernos creer que algo de ella es nuestro, pero es quebradiza, es volandera su naturaleza, no se apacigua cuando se lo pedimos, no se envilece cuando hace falta o lo hace a pesar de que la reprobemos. Ni los filósofos han podido escribir con magisterio sobre ella. Ni las religiones, las que la inventaron, saben cómo manejarla. Hace lo que le conviene, a despecho nuestro. No nos pertenece, no sabemos nada de ella y, sin embargo, nada hay que nos pertenezca más, ninguna otra cosa la iguala en importancia.
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