11.3.20

Mojarse

Creo que fue Simone de Beauvoir la que dijo que no habría opresión si no hubiese cómplices entre los oprimidos. Hay opresores que advierten esa mansedumbre y oprimen de un modo más afectuoso. Una especie de síndrome de Estocolmo a la inversa. En oprimir hay grados, maneras de aplicar la opresión, hasta diferentes maneras de soportarla. Quién no ha visto apaleados felices, los pobres, sin boca con la que emitir una queja, sin gesto con el que exhibir su quebranto. La habilidad de unos es la de cercenar la disidencia de otros. No hay dolor si no se sabe que lo hay, podríamos decir. Sarna con gusto no pica, informa el refrán. Ayer vi a un hombre hablar tan mal a una mujer (no sé si la suya, imagino que sí) que me hizo encolerizar, pero no entré al trapo, no sé si actué cobardemente, probablemente sí, quién está tan alerta, pendiente de que todo funcione bien. Al fin y al cabo, a qué esa intromisión, por qué involucrarse, son cosas ajenas, no nos pertenecen, no hay nada que nos afecte, tampoco tenía ninguna información sobre lo que pasaba, salvo la desmadrada trama en el pasillo del supermercado, la voz subida, las palabras soeces, algunas hubo, los dos haciendo que todos miráramos (él más que ella, él actuando en el derribo, ella derribada) sin que nadie interviniera, un poco como si aquello fuese un espectáculo contratado, un entretenimiento sofisticado para que la compra del tomate y del salmón se hiciese amena y pudiese uno más tarde contarlo o escribirlo en un blog. Ella, sin evidenciar una sola brizna de apuro; él, envenenado y bruto. Luego los vi en un mostrador de quesos como si tal cosa. Ella eligiendo uno y comentándole si le parecía bien y él mirando la etiqueta. Hasta me pareció que se miraban con cierta ternura. No sería ternura, sería otra cosa. La costumbre a veces se trasviste de (en apariencia) cosas buenas y dulces, pero el miedo va por dentro, la soledad va por dentro.

Siempre hubo mansos, ese gremio fácilmente contentable de gente que no pide mucho a la vida, o se lo piden todo y no tiene reparos en guardarse la ética (si es que la tienen) con tal de medrar y no pasar calamidades. Está muy extendida la figura de que lo principal es ser feliz y todo eso, aunque a veces no basta y haya que mojarse. Es un verbo mal usado mojarse. En cuanto se nos pide que nos mojemos, quedamos en evidencia, no se nos envalentona el pie, no tenemos arrestos fáciles y caemos en tentativas sencillas, en medias tintas (se dice así), todo por no etiquetarnos en demasía, por no delatarnos mucho, por dejar el mundo correr, eso decía mi abuela. Al fin y al cabo, no es nuestra fiesta, no la hemos convocado nosotros, pero acaba uno comprendiendo que hay solo una fiesta y es nuestra, nos incumbe, todo lo que sucede en ella es cosa nuestra, por más que parezca ajena y no sepamos quién eligió las canciones o quién infló los globos. Estamos muy acostumbrados a que alrededor nuestra suceda el caos y nos creemos a salvo cuando abrimos la puerta de casa y nos ponemos ropa cómoda frente al televisor. Es un vicio extendido, una especie de recogimiento saludable. Encapsularse, le llaman. Lo que hacemos frente a la brutalidad que nos circunda es precavernos, atrincherarnos, levantar una empalizada y acuartelarnos detrás. Lo real es una ficción; la ficción se hace real. Algo así. De ahí que sintamos esa distancia protectora cuando asistimos a un conflicto y dudamos entre si participar o echarnos al lado. Habrá ocasiones en que no se piense siquiera, sino que se abalance uno y la decisión de actuar la tome el instinto y así podamos decir a la pareja del súper que se calme. A él, por ejemplo, que no le grite. A ella, que no permita que le grite. A los dos que se esmeren en la elección del queso y se besen cuando den con el adecuado. No sé, asuntos que no requieren una elaboración intelectual excesiva, que tan solo precisan un empeño del corazón, ni siquiera uno de un tamaño desmesurado.

1 comentario:

Susana dijo...

Hay parejas que acostumbran a tratarse mal. Un saludo

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