31.1.21

Cinco devaneos de domingo

 Las antiguas averías del alma no acaban nunca de arreglarse. El invierno ofrece esos rigores únicos, pero tampoco tengo en el pecho ese dolor con el que el frío me azuza continuamente sus perros.

 La luz codicia un extravío lentísimo de caballos en un sueño.

 Mirar hacia atrás y advertir que nunca alentamos otros prodigios sino los más sencillos. En esas libaciones frívolas de la razón, en esa herida pura, encontrar quizá el silencio dulce como labio que galope todo el entusiasmo de las tardes en la que es posible todavía conducirnos sin miedo por todos los venenos ciegos del mundo.

 Ser feliz salvo en lo que de verdad importa. Dejarse patria, cordura, fe en discutir si es Dios quien dicen y reparte las causas justas, el manso azar y la aceptada pena y nos deja morir sin habernos instruido en esos avatares trágicos del juego. 

 Cómo sería la dicha de no estar en tu nombre.

Dietario 31

Hay una bondad que pasa desapercibida y sólo conoce el concesionario y el receptor y otra que trasciende a voluntad de quien la lleva a cabo, más por que se sepa su ejecución que por el hecho mismo de concederla, sin que exista mayor difusión que la estrictamente necesaria. A Pío Baroja, al que hace un siglo largo que no leo, yo me lo pierdo, no le admiraba el ingenio ni la memoria ajenas: era la bondad lo que le causaba más asombro. En mi pueblo se ven cada vez con más frecuencia pordioseros en las calles. Por cierto, siempre está ahí Dios, a poco que se piense: pordiosero es el oficio del que sólo puede recurrir a la intervención divina para que su vida mejore. No cuesta la filantropía cuando proviene del convencimiento y se conoce su utilidad, pero en ocasiones cuesta encontrar esa vocación íntima que consiste en sacar una moneda y echarla al platillo (ayer un cartón abierto de leche) del pedigüeño. No sabes en qué contribuirá tu moneda a que ese hombre (suelen ser invariablemente hombres) prospere y no tenga que mendigar. Uno de los que vi estaba sentado a la vera de un cajero automático. Fue ayer día frío y me asombró (sí, señor Baroja) que la única manta de la que disponía la ocupase en tapar al perro, no pequeño el perro además, que tenía. La movía hacia un lado y hacia otro con objeto de encontrar la manera de que lo tapase más completamente y se guareciese de ese frío que él no parecía sentir. Son gestos, no palabras. Cosas que se hacen de corazón y no para que cundan y se exhiban, pensé. Cuando busqué una moneda y no di con ella, acordé volver con una disponible y así lo hice, no mucho más tarde, cuando al pagar algo recibí cambio. Estaba el perro y el cartón de leche, pero no así su dueño. No tendría que consignarlo aquí, pues puede parecer que presumo de filantropía, pero no es ése el motivo, no lo es en absoluto. Lo que hice fue echar la moneda. El perro levantó la mirada y la mantuvo un momento frente a la mía. No sé qué diálogo secreto se produjo: nadie podría descifrarlo, pero no abandono del todo la idea de que nos entendimos. Hoy, al levantarme, a poco de desayunar, pensé en el perro y en el hombre. Estarán en el cajero automático de la plaza principal del pueblo, qué mejor sitio. El frío de hoy es mayor que el de ayer. Qué complicada es la vida, cómo podemos descarriarnos de esa manera. Esa costumbre mía de sacar el móvil y hacer fotos de lo que me sorprende (hay tantas cosas que lo hacen) fue censurada ayer. Pensé en hacer una foto del perro, ahí cubierto por la manta, pero sentí pudor, creí estar entrometiéndome en algo ajeno, en una propiedad ajena, en una casa a la que no había sido invitado. De todo esto saco que en breve me pongo otra vez con Baroja.


Dibucedario 2021 / 29 / Zacundo

 


Este menda chupasangre es de traca con su espada en la boca y el hilillo de sangre en el diente. Las mismísimas trompetas de Jericó anunciando el pandemónium no rivalizan con el castigador zumbido de sus alas cuando se te viene encima con la bastarda intención de libarte el juguillo, si no te cae algo más gordo y la palmas presa de convulsiones y espumarajos asquerosos. Así se las gasta Zacundo. Se prodiga poco, menos mal, pero en su época combativa puede causar el estrago al que no se acercan otras especies que, en apariencia, causan peligro mayor. Es que a Zacundo no se le ve venir: sólo lo oyes. El sonido a veces es la antesala del infierno. Piensa en Apocalypse Now, recuerda el cielo sobre el Mekong: hueles eso, lo hueles, ¿verdad? Es Napalm. Nada en el mundo huele como el Napalm. Me gusta el olor del Napalm por la mañana. He aquí las palabras del Coronel Kilgore, el fanático del surf, antes de bombardear una aldea del Vietnam con el demoníaco coro de la cabalgata de las valquirias de Wagner sonando en los helicópteros como una manta de sinfónico caos. Ese es Zacundo. Zacundo es Wagner y huele a napalm como la sangre huele a óxido y a metal quemado. Es Drácula sin pedigrí ni memoria atormentada. Zacundo es el mal en estado puro. La banda sonora de la destrucción es Zacundo en bélico vuelo. Tu piel es el escenario de la devastación. Hinca sus estiletes (no es uno, son seis, qué tío) en la indefensa carne y te arranca el espíritu. Dicen que el olor a limón los aleja. Qué sencilla es a veces la salvación. Qué ridícula también. El limón. Con lo feliz que a muchos nos harían abrirles la tripa y rociarla con todas las plagas de la Santa Biblia. Ahí dejo eso. Creo que me he excedido. Es que odio a Zacundo. Qué mala bestia. 


30.1.21

Dibucedario 2021 / 28 / Yubarta



Es aparecer Yubarta y apartarse los demás de grande que es. Si hace las acrobacias recaba la atención de los eventuales y de los avisados de circenses que son. Yubarta se ha ganado a pulso (pirueta aquí, canto allá) un lugar de prestigio entre las criaturas del vasto océano. No es de presumir, por lo que una vez que ha finalizado sus cabriolas se hunde y no mira atrás. Ahí piensa en qué fue y en qué ha quedado. Yubarta es de un pensar profundo, no crean que es un juego de palabras. Cuando pequeña, fíjense qué equivocadas pueden llegar a estar las palabras, escuchaba historias de antaño. Una antepasada ilustre llegó a tener un tamaño tan descomunal que el descomunal tamaño que gastan ahora parecía ridículo. Sola como estaba, sin nadie que apreciara sus arabescos en el aire o su melifluo cántico, decidió desaparecer en los abismos y no regresar jamás. Yubarta, en las ocasiones en que decide retirarse de la actividad pública y se confina en esas profundidades, ha creído verla en alguna ocasión, pero no la ha agraciado la fortuna. Si emergiera arrasaría costas y reinos. El agua ocuparía la tierra y el cielo se entenebrecería como si fuese el último de los días azules y de las noches negras. Como Yubarta es de buen corazón, reza para que ese antepasado monstruoso no despierte de su soledad prehistórica. Eso de ser una criatura de pensar hondo tiene sus inconvenientes. Querría (sin que ese deseo tenga más tarde consecuencia alguna en la realidad) no haber sido bendecida con los dones de la desmesura. Porque da gusto contemplar su opulenta (majestuosa a veces) elocuencia cetácea: ese brincar grácil, a pesar de lo descomedido de su apariencia: ese armonioso tremolar de la voz como una bandera de agua, sin que canse la melodía o abrume la contundencia de la salmodia. Oh, Yubarta, qué peso terrible a tus espaldas, canta una canción de los mares que los marineros a veces entonan en cubierta al divisar una joroba que corona un risco de agua. Oh, Yubarta, contén la locura de ahí abajo, no dejes que despierte la bestia. En algunos pueblos costeros de Japón, las muchachas casaderas  y virgo intacto ruegan en las noches previas al connubio que la bestia siga durmiendo y les permita ser desfloradas en el tálamo nupcial y puedan conocer la ventura de la carne antes de que el mar devaste su casa. 

Dietario 30

1

Palabras que concuerdan entre ellas y una arrima el concurso de la otra de manera que no crees posible separarlas, considerar que puedan cursar una vida aparte. Igual las personas, los afectos, el amor cuando acude. Un gesto se cose a otro y hasta crean en su intimidad primeriza una especie de realidad a salvo de la realidad, un reino de fe y de cordura. El amor es la expresión más alta, la que invoca a cualquier otra y de la que se extrae la respuesta que satisface cualquier pregunta. Es de amor el día, a qué ocultarlo, no hay con qué reemplazarlo, ninguna otra consideración rivaliza con él, ni lo rebaja. Amor a uno mismo en la medida en que cada uno disponga y luego (es un orden el que ahora invoco yo) amor al prójimo. De tan completo a veces no alcanzamos a abarcarlo entero, pero nos da la cantidad exacta de esperanza y sabemos que únicamente él nos explica. Afuera suyo, en su derredor turbio, no ocurre nada a lo que debamos prestar atención y, sin embargo, cuántas cosas suceden que carecen de amor, con qué frecuencia se despojan de él (si es que llegaron a tenerlo) y hasta lo combaten. Nada a lo que dar más vueltas. 


2

Está el sábado de un gris manejable: no apesadumbra como en ocasiones suele, pero no se deja y a la luz le cuesta abrirse paso. Hace un momento el sol ocupó el alféizar de una ventana baja en mi camino de vuelta a casa. Alzó el vuelo nada más hacer yo el gesto de sacar el móvil del bolsillo del abrigo o tal vez fuese el ruido (no excesivo, es cierto) de la calle. No hubo manera de que pudiera registrar esa imagen que (sin el escrutinio de la razón) me pareció sobrecogedora, habida cuenta de la mañana tan sucia (llovía, hubo niebla) con la abrió el día. Conforme el pájaro cogía altura y se perdía por detrás de unos tejados, el sobrecogimiento tornó en admiración. No nos fascina lo que ya hemos visto, hay un cansancio, una especie de ceguera. Esta mañana la luz era entera pájaro. 

29.1.21

Dietario 29

 No sé fijar una fecha, una probable, en la que me sentí bien rodeado de libros. No es que sea placentero leerlos y se tenga esa certeza, estén a mano o sólo se piense en ellos, sino que su presencia nos conforte. Podría ser la adolescencia, no antes. De los maestros que tuve (alguno imborrable) ninguno (que recuerde) animó a la lectura al modo en que después he visto a otros maestros, cuando yo lo he sido. Una de mis obligaciones como docente es precisamente la de hacer amar los libros. El libro como objeto que tutele el posterior regalo, el de la lectura. El libro como extensión de uno mismo. Es de Borges esa idea; de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo (cito todavía de memoria, ya flaqueará). Luego nombra maravillosos objetos que hacen que nuestra vida sea mejor o más feliz, pero todos esos objetos (creo que la espada y el teléfono, ahora la memoria no me alcanza) son extensiones del cuerpo, como si salieran vivamente de él, como si estuviesen hechos de su misma sustancia, pero el libro es memoria y es imaginación y proviene de ella su magia y su esplendor. Los libros son mapas tangibles de la felicidad. Mapas fiables de cómo funciona el mundo. Guías para no perderse. Cabe incluso la posibilidad de que los libros sean los mapas del desconcierto. Guías que no cumplen la función que les encomendaron. Porque ese mundo que registran en sus páginas no es una materia fácilmente registrable, de manejo dúctil. No creo que haya otro objeto más venerable que el libro. Lo que encierra (esa forma encriptada de belleza y de inteligencia) hace que seamos lo que somos. Para malo o para bueno. Somos lo que los libros nos cuentan. También lo que no cuentan. No hay nada que no esté en los libros. La bondad y la maldad están dentro de su reino. Pero los libros que más me fascinan son los que no están enteramente a mano. Los que no se exhiben con la majestuosidad de las grandes bibliotecas o las baldas de las buenas librerías. Ni siquiera ésos bien amados con los que uno ha ido haciéndose. Hablo de los libros inesperados. Surgidos de improviso, ofrecidos en un capricho del azar, rendidos a nuestros sentidos cuando nada invita a que aparezcan. 

Y ahí he pensado en el maravilloso oficio del librero. En el incontestable hecho de que lo vende es felicidad. Mapas fiables, guías. Conozco a un par de ellos que me han hablado del oficio o yo he visto cómo se manejan en su desempeño, en sus librerías, volcados en su reino de metáforas y de verdad. Aprecio el placer absoluto de manejarse entre libros, el confort óptico, la certeza de que el mundo entero está en las estanterías, en las mesas en donde se apilan los volúmenes. No es la primera vez que escribo sobre libros y estoy seguro de que no va a ser la última. Creo que no hay nada de lo que escriba más a gusto. Casi nada que me conforte más. Son criaturas dóciles, argamasa sublime con la que levantar un templo en el que refugiarse y al que invitar a la feligresía cómplice. Hay dioses en las letras. A falta de otro rezos, sigo descreído, no he entrado en la consideración de la fe, elevo a diario mi plegaria con un libro en la mano. Mañana sábado, iré a la librería de mi pueblo (estamos confinados, no podrá ser otra, aunque la de Pipo me abastece bien) y echaré un rato viendo estanterías, repasando títulos, viendo novedades. No sé qué libro caerá. Últimamente compro poesía. De entre todos los libros que hay en casa (no sé, no los he contado nunca, no caben, serán miles, necesitamos otro piso más grande) a los que más recurro es a los de poesía. Los abro, me dejo caer en poemas sueltos, los dejo en su sitio. Hay poemas que son plegarias. Acabo de pensar que eso es cierto. Una forma de credulidad y de esperanza. 

28.1.21

Dibucedario 2021 / 27 / Xenopus





De la aversión al odio hay un trecho corto. Uno empieza sintiéndose indispuesto al escuchar claxons en un atasco y termina saliendo a la calle con algodoncitos en los oídos o confinado en casa, por miedo a que el ruido te disloque del todo. Lo malo de las fobias es que hacen patria en quienes las padecen. Se enquistan y pujan. Llegan a confundir al punto de que no se tiene certera idea de cuándo comenzó el desquicio o está ahí desde siempre y es ahora cuando se le ha tomado en serio. El mismo hecho de que no se puedan argumentar hace que abusemos de ellas. Fobias que se extienden en una metástasis invisible, como todas, pero indolora, por lo que se acepta e incluso alienta. Yo tenía una amiga que se negaba a ir en autobús. Sostenía que no soportaba el mal olor, la cercanía inevitable de los demás usuarios, la sospecha de que un salido se iba a acercar en demasía, mirarla con productiva lascivia y cosas así. Iba a pie a todos sitios porque tampoco podía pagarse un taxi. Con el tiempo adquirió una fobia nueva: se negaba a caminar sola. Soportaba (acuciada por la necesidad) distancias cortas: comprar el pan, tirar la basura, ir al cercano estanco a por tabaco o al súper a por víveres. Iba a disgusto  y volvía con precipitación y taquicardias. Entraba en estado de shock al pensar en la posibilidad de que alguien la hubiese seguido y estuviese afuera, rondándola. Hace un siglo que no la veo, pero la imagino en su piso de soltera quisquillosa, recluida en su habitación, pidiendo la compra por internet y buscando en el Google algún trabajo que pueda realizar en casa. Es posible que estos tiempos de reclusión forzada la hayan definitivamente abonado a esa opción, quién iba a pensarlo entonces. Encapsulada, reina de un mundo que no conoce la veo. Pero no me extrañaría que estuviese empastillada, gastados todos sus ahorros en consultas de psiquiatras, a la espera de que alguien sane su cabeza caprichosa, pero quién soy yo para criticar.

A mí en particular me irritan las moscas. Hacen que estalle. Me ponen a mil. Sacan de mí la ira que me convierte en una bestia. Y sí, soy un tipo violento, hosco, un animal sin maneras ni tiento si una mosca gorda y zumbona me hace la corte mientras veo una película o leo un libro. No me conozco y hago que los demás tampoco lo hagan. He leído lo suficiente sobre fobias y he leído lo suficiente sobre moscas y ninguna de esas jugosas lecturas me ha puesto en la senda correcta. Paso (es cierto) unos buenos meses al año, meses con ocupaciones placenteras, ajenas a mi quebranto, dulces, perfectas, pero en cuanto las criaturas del infierno (las maquiavélicas moscas) hacen volar sus cuerpos asquerosos y las muy putas se conjuran para hacer mi vida insoportable mi temperamento, por demás calmado y razonable, vira al odio más cerval y mis ojos se encienden en un estallido de puro caos. Rabia y más rabia. No sé si han visto la rabia alguna de vez de cerca. Está en mis ojos, está en mi cerebro nada más sentir la presencia de una mosca. Tengo armarios llenos de insecticidas y montones de sapos (especialmente la especie llamada xenopus) campan a sus anchas por el salón de mi casa, enfilando el angosto pasillo hacia los dormitorios y sentando su culo verde en mi cama. Tenemos los xenopus y yo un enemigo común, eso no puede ser discutido. Me encanta verles abrir la boca y engullir moscas. Bluf. Dentro. Lo hacen con juguetona disciplina. Quien me los vendió aseguró que pueden llegar a vivir treinta años. Tengo veinte ejemplares. Croan como posesos, pero cumplen la misión que el buen dios de todos los sapos xenopus del mundo encomendó al primer gran sapo xenopus, al adán de ojos como puños que comía cientos de moscas de un solo y pantagruélico lengüetazo. Como no puedo sacarlos a la calle y que me acompañen al cine o a comprar las vituallas, llevo ya un par de meses que no salgo. He encontrado una felicidad batracia. Si llego a saber antes que sólo croan los sapos macho, habría comprado veinte hembras. Yo con mi harén de lenguas retráctiles. Parece una película porno, pero es el dolor de mi cerebro atormentado. Los ahorros menguan al tiempo que mueren las moscas. Supongo que con la ultima mosca podré salir a la calle y respirar aire puro. Tampoco me importa. Me hecho a este festín doméstico. Soy feliz en mi devastada intimidad. 

De tanto odiar a las moscas he terminado por parecer un verdadero sapo. Tengo la cara abotargada y he notado que mi lengua ha crecido notablemente. Habiendo sido flacucho, ahora exhibo unas caderas de parturienta y la panza amenaza con no dejarme ver los pies que ya apenas sirven a la noble función de desplazarme. Doy unos saltitos ridículos y lo que pudiera parecer una arcada o un eructo es en realidad el sonido que emito cuando intento croar. Lo hago bien para ser un sapo tan joven. Anoche intenté cazar una de las pocas moscas que quedan al vuelo. Estaba plantada en una cortina y me aposté a su vera. Abrí con desmesura carnívora la boca y lancé el músculo recién adquirido. Qué elasticidad la suya, qué despliegue de facultades, qué atlética eficacia. La tragué sin que mi asco chistara. Es tal el odio que les profeso que el hecho de comérmelas hace que me sienta pleno y dichoso. Como el depredador que antes de dar la dentellada final a su presa la mira y entiende que los dos son la cara y el envés de la misma moneda. Que uno no puede vivir sin el otro. Algo así. Mi conversión a batracio nubla mi elocuencia. La calamidad a la que había conducido mis días felices en la tierra (yo era un eficiente profesor de instituto, yo era amigo leal y un buen hijo para mis padres) se estaba transformando nuevamente. Mi dieta ha hecho de mí un ser nuevo y sublime. Soy el sapo xenopus macho-alfa de la horda de sapos que han ocupado felizmente mi casa y tengo un croar barítono. Ya no preciso la rutina de antaño y no salgo jamás a la calle. Soy el puto amo de mi imperio de moscas. Cuando faltan, abro las ventanas y dejo que se airee la basura que acumulo para tenerlas engolosinadas. Acuden como un ejército a punto de conquistar un castillo. No saben la trampa mortal, el engaño de mis amigos verdes, el mío propio. A mi amiga, la ermitaña con la que arranqué mi historia, se le pasará su fobia. Volverá a montarse en autobús, saldrá afuera y paseará sola. La conozco, sé que no es amiga de costumbres eternas. Lo mío es de otra naturaleza. He perdido ya completamente las facciones humanas. Ayer mismo se atrofiaron casi del todo mis manos. Este escrito es mi último acto enteramente humano. Ya no pienso como un hombre. Estoy todo el día en la bañera, feliz en mi nueva condición anfibia. Además croo de maravilla. A este respecto debo templar mi desatino porque ya he oído por el patio interior quejas de algunos vecinos. Hasta creo que me he enamorado de una sapo hembra que me mira siempre con muchísimo afecto. Nos separa el tamaño. Somos incompatibles. El amor es injusto y esquivo y ciego. 

Dietario 28

 En la radio, en un suelto que me ocupa el pequeño e inestable rato en el que el sueño anda intentando embaularme, escucho a alguien que sostiene que la cultura es un estorbo en la época en la que estamos, a lo que se le interpela con la idea de que aclare cuál época es y de qué cultura habla. Por acotar la discusión. Por evitar generalidades. Me voy durmiendo en el arrobo de las palabras (en lo que dejan las palabras cuando una es reemplazada por otra o cuando su discurso concluye y uno las rumia sin estorbo) y pienso que si les presto mucha atención aplazaré el anhelado sueño y estaré en vela más rato de la cuenta. No es así: el cansancio del día (los martes en concreto son poco llevaderos) impone su criterio y caigo fulminado. No sueño con palabras: en realidad fue una de esas noches en las que no tuve nada que recordar cuando me desperté, pero no pude evitar pensar en la afirmación del contertulio (la cultura es un estorbo en la época en la que estamos) y en la pregunta que suscita a otro de ellos (de qué época y de qué cultura hablas) y sospecho que traeré más veces el diálogo (que no acabé) durante el trajín del día. No ha sido así: hubo con qué ocuparlo y la cabeza no se entretuvo en juegos semánticos. Ha vuelto ahora de una manera nítida, como si acabara de escucharlos y el tiempo hubiese retornado a anoche, en realidad hace escasas horas, cuando me acosté, encendí la radio (me encanta esa expresión, da a entender que emite luz, y en verdad lo hace) y me acoplé un auricular (dejo un oído libre, como quien duerme con un ojo abierto) para entenebrecerme con las palabras de los demás. Benditas ellas. Que nos hablen, que nos cuenten, que nos solivianten. Hablados, contados, soliviantados entendemos mejor el mundo. Quizá quede eso de la pregunta de marras. Lo de menos, lo veo claramente ahora, es que sea cierta y la cultura sea un estorbo. 

27.1.21

Dietario 27

 Se agradece un arrimo de sol en la cara, desembozado y consciente de ese prodigio. Lo es siempre, pero cuenta en ocasiones la propiedad asumida de la luz, la comisión de ese milagro del que sólo se tiene noticia cuando adolece. Vivimos sin apreciar lo que se nos ha entregado. La plenitud no se adquiere adrede casi nunca: acude sin más, te roza o te abraza, te concede su acopio de belleza y de paz.

Dibucedario 2021 / 26 / Wapití

 






De haber sido ciervo habría sido más feliz, sin que de esa apreciación mía se desprenda que no lo soy, pero es una felicidad a la que siempre le falta algo. Es ir por esos bosques y sentir envidia de la buena cuando a mi lado pasa una nutria y alguien le dice "Eh, nutria" o el zorro, antes de zamparse al ratón, en el momento en que está a punto de hincarle el diente, le dice: "Ratón, di tu última palabra". Es que no puedo evitar tenerle cariño a las palabras. Dicen lo que somos. Yo no soy yo entero, esto es, completo, sin merma, si no soy nombrado con propiedad. Y he aquí la causa de mi quebranto, tal vez el único, no crean que me quejo por gusto: nadie sabe cómo me llamo. Ciervo, me dicen, cuando no lo soy, por lo que no me doy por aludido. Ciervo, repiten. Wapití, contesto. Waqué?, preguntan Wayó, concluyo. Hemos montado un grupo musical, por amenizar la vida comunitaria. Arranca uno y sigue cualquiera. Wapitú, wapiké, wakayó. Estamos buscando letra nueva. La melodía nos encanta. 

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...