7.6.22

Breviario de vidas excéntricas / 19/ Cosme Cea

 Lo más fácil es juntar cuatro o cinco palabras en una frase y esperar unas horas a ver qué pasa. Hay palabras feroces que se bajan de renglón y acaban a pie de página en una soledad que conmueve muchísimo. Otras se arriman, blandas y cómplices, a donde buenamente pillan y parecen alemanas por su desmesura y exceso bizarro. Un día cogí cinco verbos copulativos. Los metí en una caja de zapatos sin zapatos y los zarandeé un rato con entusiasmo y travesura. Durante tres o cuatro días oí unos ruidos suaves, algunos musicales, como de ropa que se sacude al viento o como el de pies que se acomodan bajo una buena colcha de paño; otros, entrecortados y como minimalistas, daban una  limpia sensación de cansancio. Hubo hasta un jadeo, o lo que yo imaginaba que era un jadeo, que alteró muchísimo a mi madre. Ese día me habló de cuando era joven y mi padre la cortejaba, pero eso es otra historia y no debo ser yo, celoso y cauto para lo mío, quien la cuente. A lo que iba: cuando abrí la caja encontré once verbos. Uno, recién alumbrado, olía todavía a letra inocente, sin pulir, a letra con su melaza virgen preservándola del vértigo de las horas. Si la empresa tiene un alcance mayor y metemos cincuenta adjetivos superlativos en un cajón de la mesita de noche, suele pasar que el sueño se nos presenta espeso, levantisco, reventón de persecuciones por callejones oscuros como de West End. Un amigo me contó que su empeño en esta vida es mezclar palabras de varios idiomas en una media de señora, pero no le prestan ninguna ni tiene adónde pillarlas y a él igual reparo le da comprarla que pedírselas a su madre o a su hermana, ya talludita y sin novio con el que fatigar parques. Yo le he ofrecido la media de mi abuela, pero sabiendo a qué me puedo exponer y qué explicaciones tendría que dar he preferido no insistirle y esperar que mi ofrecimiento no prospere.  Le conté lo altamente satisfactorio que es  acariciar lomos de palabras concupiscentes. En el trasiego de dedos por la altura accesible de las sílabas, las palabras concupiscentes gimen dulcísimamente. En uno de esos gemidos es posible gemir con ellas y alcanzar en simétrica coyunda un vuelo de calambres en el interior del escandalizado pecho. Le he contado esto, se lo he recomendado con viveza, pero ha desistido. Es tímido y no se lanza como debiera a cercar el placer desde el placer mismo, el éxtasis desde su sensible centro de mando. Por puro amor al peligro, probé dejar caer ocho palabras polisílabas sobre un espejo. Los espejos (la cita no es mía) son abominables porque vienen a duplicar la realidad. La palabra fantasmapósico, que no existe en los diccionarios, cayó boca abajo y se la vio sangrar por una sílaba muy débil que tenía. La palabra aromaterapia, que sí está pero no se me queda nunca para qué sirve, cayó boca arriba y, de súbito, fue cubierta por una preposición muy lúbrica que la sobó con delectación en la tercera consonante, de modo que la palabra infló su vientre y alumbró allí mismo unas vocales extra lindísimas que fueron escurriéndose por el doble corazón del espejo hasta desplomarse sobre el suelo, que estaba ocupado en ese momento por nueve o diez frases adversativas en búlgaro antiguo que nadie entendió. Lo más hermoso del mundo es partir una palabra en pedacitos y observar el  comportamiento de esa ruina semántica. Hay letras que jamás vuelven a dejarse querer por el tacto untoso de otra letra. Al quinto o sexto día del declive, la letra así arrumbada se embebe, se retuerce, manifiesta síntomas de que está muy enferma y pronto va a dejar de colaborar en la formación catedralicia de una palabra.  Ver morir a una letra es una experiencia tristísima comparable únicamente a la mutilación de un sintagma o la supresión de una tilde en una palabra aguda terminadaen en e. Yo ya me he resignado a soportar estas experiencias y no hago esfuerzo alguno por reprimir el dolor o contener el llanto. Un llanto cercenado por la razón propicia otro llanto oculto que no puede ser cerrado de ninguna forma. Anoche lloré por un verbo llano que murió de frío. Ahora mismo tengo el corazón partido por la fuga de unos adjetivos que tenía yo en mucha consideración y delicada estima.  Ni los míos, tan pendientes de mis cosas, han sabido consolarme. Nada me conforta salvo tal vez una caja de zapatos nueva que zarandear cuando nada me divierta. Es mi madre la que me desquicia con sus comentarios, hacen que pierda la concentración: Cosme, te estás poniendo enfermo con el Scrabble. Debes probar a salir un poco. Ya tienes edad. Luego abres la caja y te pones a colocar letras y a quitarlas. Tú sabes que yo no te molesto, pero anda, anímate, sal un poco, da un paseo. Ya es hora de que te eches novia. Hasta puedes dar con una que le gusten las palabras como a ti. Podéis jugar juntos. Yo os llevo la merienda. 

6.6.22

157/365 Gabriel García Márquez

 



Se puede morir con anticipación, aunque se camine y se alivie el cuerpo cuando lo requiere o se admire un paisaje o el sabor de una fruta. A Gabo le sobrevino esa muerte pequeñita, la de las palabras, la de los nombres y los verbos, la de contar, ese oficio del que fue el demiurgo sublime. En su cabeza perviviría Macondo y sus personajes le regalarían pétalos en una caja de zapatos. La crónica de la muerte anunciada era esto, probablemente. No sabemos qué pasó dentro de la cabeza del maestro. Si fabularía de otra forma o dejaría  de fabular del todo. Los huérfanos y los tristes somos nosotros, los lectores. No duele que alguien se muera. Se nos educa para vivir después de que la muerte abrace a los demás. En lo que no hemos recibido formación alguna es en manejar que los que amamos no sepan nombrar el mundo que les rodea. Fue el mismo Gabo, Gabo El Premonitorio, el que dejó registrado en su Cien años de soledad la posibilidad de que el mundo existiese a partir del momento en que fuese nombrado. La palabra, al hacer carnales y fecundas las cosas, las impone a la realidad. La literatura hace eso.  Lo que necesitaría el bueno de Gabo es un Melquiades, un gitano inventor, uno que le ayudara a fundar palabras nuevas y le guiara, con esas brújulas e imanes que trajera a Macondo, por el camino hacia la muerte. Porque cuando García Márquez murió  no fue una noticia devastadora al modo en que lo es la de otras personas que no conocemos en persona, con la que hemos tomado café y compartido emociones, las que nos han marcado y con las que hemos crecido espiritualmente. Él hizo eso; nos tuteló en la travesía de la imaginación festiva, pura y mágica. Hizo que su Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recordara la tarde remota en que su padre lo llevara a conocer el hielo. No podría, por más empeño que pusiese, hacer nada de eso, hacer conocer algo extraordinario a sus hijos, puesto que fueron diecisiete, todos bautizados Aureliano como él. Maté al coronel, le dijo el escritor a su mujer cuando finalizaba Cien años de soledad. Había acabado su novela. Se había clausurado un parte de sí mismo. Había ganado el insomnio, que es la verdadera trama de Macondo. Nosotros conocemos sus voces, hemos pisado sus calles humildes, la dictadura del miedo y del deseo, hemos apuntado en una libretita los nombres y los lazos, hemos sentido una pena honda al cerrar el libro y pensar que podríamos volver a él, pero nunca (nunca nunca) sentir esa punzada de absoluto deslumbramiento. El mío ocurrió una única vez. Tras esa lectura bautismal llegó otra que me trajo otro modo de recorrer la historia. Sucede continuamente. Las palabras tienen ese eco de cosa conocida  a la que se le profesa un afecto sincero, casi una gratitud. 

5.6.22

156/365 Jim Morrison

 



El surrealismo no era otra cosa que un nuevo tipo de magia para mi. La imaginación y los sueños, toda esta intensa liberación del inconsciente, cuyo objetivo era que las cosas se acostumbraran a ocultar el alma, que debe abrirse paso, debe marcar el comienzo de una transformación de los significados y de los símbolos.


Jim Morrison 



A Jim Morrison le visitó el numen y lo trajeó con todos los dones del espíritu. Antes le mostró los libros sagrados y le encomendó la salvación del mundo. Daba igual que él fuese una pieza sacrificable en esa heroica empresa. Antes de alcanzar el estrellato y guiar al pueblo hacia el edén, Morrison leyó a los grandes poetas y educó su cuerpo para que su alma brillara como una gema divina. Era el pastor instruyendo al rebaño en las bondades del éter y de la lujuria. Era un chamán bohemio y concienciado de todas las prerrogativas de su oficio. Que lo arrestaran en un concierto fue un hecho previsible al que no opuso demasiada resistencia: los mitos precisan un devocionario. El Mesías no desoye las admoniciones de la grey: las hace suyas, las conjuga y extrae de ellas enseñanzas para su evangelio. La alquimia transmuta al hombre en semidiós, al orador en poeta. Manumitidlo de toda traba que lo ausente de su cometido espiritual, Morrison decide montar un grupo de rock a su imagen y semejanza: he aquí a The Doors, su templo, su altar, su púlpito desde donde narrar las parábolas. Hay que expandir el mensaje. Hay que fundar una academia de la conciencia mística del hombre. Yo soy un elegido, pero no me adoréis, recita en un concierto. Yo soy el principio y el fin, pero podéis seguir después de mí, podéis buscar qué hubo antes de mí. Antes estuvo su adorado Rimbaud, su Baudelaire, su Verlaine, su Artaud, su Lorca. Los sentidos son las puertas del alma. Todos se abren, a todos se les confía el éxtasis. El sexo es una válvula infinita. Morrison era un ser erótico. Apolíneo y dionisíaco, cual instruido efebo griego, Morrison se entregaba sin interrupción ante su público. Eran espectáculos rituales, una especie de cópula sublime en la que la música ocupaba la sangre y nutría el cuerpo. El poeta beat se afilió a las drogas. Lo afínaban, dijo. La clarividencia matrimoniaban con esa voluntad de perderse (literalmente) en la bruma lisérgica. En las giras, hacia lo que salía del alma, déjenme ser candoroso. “Vosotros no estáis aquí por el rock and roll, ¿no? […] Vosotros habéis venido aquí para verme la polla, ¿no?” Y se la sacó para que la viera la sobresaltada audiencia del Dinner Key de Coconut Grove en Miami. Ahí lo enchironaron. Nada que lo alterara demasiado. Qué os habéis creído, que pediría clemencia, que rogaría. Tengo en mi cuerpo todo el peyote que había en el desierto de Arizona, tengo toda la poesía simbolista que había en las calles del viejo París. Allí lo enterraron. Murió en una bañera después de un subidón de heroína. Su novia dijo que tenía una sonrisa infantil. Sin confirmar, a título meramente anecdótico, se dice que la noche en que murió tenía en su casa de París un super-8 en el que proyectaba una película en la que él y su novia de entonces (Pamela Courson) pasean el patio de los leones, en la Alhambra. Pasó unos días en la ciudad nazarí. Se dice (volvemos a la inconsistencia de estas cosas) que pidió whisky escocés. No habiendo, lo engolosinaron con vino de Montilla-Moriles. Estáis bebiendo con el número tres, dijo, aludiendo a las muertes de Jimi Hendrix y Janis Joplin. El hotel Alhambra Palace recoge en su libro de visitas que Morrison y su pareja durmieron en sus habitaciones, lo que enturbia la versión más famosa: la de que pernoctó en casa de un amigo australiano y se prendó del flamenco en una cueva del Sacromonte. Ahí pudo componer Caravan. La letra dice que le lleven a Portugal, que le lleven a España, a la Andalucía de los campos llenos de trigo. "Llévamos lejos, caravana, donde los vientos alisios encontrarán galeones perdidos en el mar. Sé que hay un tesoro aguardándome. Plata y oro en las montañas de España". Se sabe que alquiló un Peugeot Sedán y condujo hasta los Pirineos. Querían visitar los edificios rosáceos de Toulouse. Pamela dijo que nunca le había más conmovido que viendo El jardín de las delicias de El Bosco en el Museo del Prado. El primer pintor psicodélico, dijo. Se quedó en París para siempre. Hay quien dice que murió de una sobredosis adulterada de heroína en los servicios del Rock and Roll Circus, una discoteca parisina. Se sobornó al médico y lo condujeron a la habitación de la calle Beautreillis. Allí lo depositaron en la bañera. No hubo autopsia. El cementerio de Pere Lachaise es un santuario para todos sus feligreses. Allí reposan Moliere, Honoré de Balzac, Marcel Proust, Oscar Wilde, Edith Piaf, Delacroix, Modigliani, Ingres, Chopin, María Callas, Rossini, Bizet… pero el peregrinaje necrófilo recala en la tumba de Morrison. Se le oye modular su voz barítono, precisando las sílabas, desgañitándose y amansándose, encendiendo un fuego para calmarlo después. El repertorio de los Doors es psicodelia, bossa nova (ese bajo de Break on through), rock despampanante y una apabullante creatividad. Hasta la discreción de Ray Manzarek (el otro en la banda) hacia filigranas maravillosas, apuntalando las piezas de modo que no se precisa nada más en ellas, haciendo que suene a blues casi todo el tiempo o incluso a clásica. Lo impredecible queda para el discurso del líder. Él hace oscilar el metrónomo del talento. Todavía recuerdo la primera vez que escuché un disco de los Doors. Fue Alive, she cried. Había acabado una fiesta y todos se fueron marchando. Algunos sin alboroto y otros, por causas etílicas, haciéndose notar. Pedí algo, creo. Se me negó. Vas a escuchar esto, apostilló alguien. Gloria. Light my fire. Little red rooster. El éxtasis. 

Breviario de vidas excéntricas/ 17/ Manolito Rocabruno


Al loro que compré en Estambul le gustaban las literaturas germánicas medievales. Ponía unos ojos de loro entusiasmado cuando le recitaba en voz alta las gestas de Beowulf o los funerales de Héctor, el domador de caballos. Contrariamente a lo que se puede esperar de un loro, el mío no repetía con la gracia previsible las frases que yo decía. Su única evidencia de una inteligencia superior a la de otras criaturas era la de abrir los ojos como los abría. Se diría que estaba allí mismo, en la batalla, blandiendo la espada, empapado de sangre enemiga. Si un día me daba por cambiar de tercio y leer otro género en voz alta, como suelo hacer, qué sé yo, poesía romántica o cuentos policiales, mi loro expresaba su disconformidad y emitía unos ruidos tan poco soportables que tenía que mudarme a otra habitación a continuar la lectura. Qué placer oírle repetir versos de Keats en su esforzado inglés, líneas de Proust en un más que decente francés. Era el mío un loro de costumbres poco refinadas, en todo lo demás . Bastaba observar cómo se agitaba en cuanto el episodio narraba una cruenta batalla a la vera de un río o el ajusticiamiento de algún reyezuelo caído en desgracia. Esta mañana mi loro ha muerto. Estaba en el fondo de la jaula. Tenía un sencillo corte en el cuello. Temo que se ha suicidado. No me cabe otra explicación. Debió tener una pesadilla, me ha dicho mi madre, que es la que lo cuidaba. Era muy impresionable. Manolito, eres bueno hasta las trancas, añadió. Te das con entera ocupación a todos menos a tu madre. Los Rocabruno somos así, tercié. Papá prefería jugar con su hámster que conmigo. A ti te reemplazaba con esas amigas escotadas que traías en las tardes de verano a jugar al bridge en el jardín. Una vez lo vi con la cara enterrada entre las piernas de tu querida Úrsula. Juro que no se me ha ido de la cabeza esa inclinación bastarda de su cabeza ni esos gemidos quebrados en el aire del sótano. Nunca he vuelto a bajar, como sabes. Mi amor por los loros carece de escenas molestas.

4.6.22

155/365 J.D.Salinger

 


No me entusiasmó  inmediatamente J.D.Salinger, tal vez lo leí tarde. En la adolescencia tenía escaso apego a las letras y el deslumbramiento llegó después. Fue entonces cuando descubrí El guardián en el centeno. Era una edición de Alianza que todavía conservo. La releí hace bien poco y me encontré con un texto nuevo. Los libros son siempre objetos cambiantes. Cambian ellos y cambia uno. Imagino a un adolescente norteamericano en la época en que Salinger publicó su obra. El signo de estos tiempos está lleno de hechizos, pócimas y amores vampíricos: símbolos de la vacuidad intelectual o, si se prefiere, del dirigismo estético que las grandes industrias del ocio planean para adoctrinar al futuro contribuyente. Mandan las arcas. A distancia, a cubierto de exigencias éticas o de valores estéticos, está la literatura que consumen los jóvenes. 


A Salinger, fallecido no hace mucho a la muy noble edad de 91 años, en su hermetismo antiguo, en su cerrada vida de estilita pijo, le salió bien la jugada revolucionaria: condujo a cierta parte de los adolescentes a un mundo sórdido, hostil, reflejo de la propia adquisición de una personalidad, un estar en el mundo. Holden Caulfield, el protagonista de El guardián en el centeno, es un antihéroe, el muchacho quebrado por dolores finísimos, compartibles. Toda ese gentío de jóvenes en busca de un sueño encontraron en la historia de Caulfield el referente perfecto. No sé qué hubiese pasado si Salinger creara hoy en día su Guardián. Probablemente nada. O nada de lo que entonces alumbró. El autor esquivo, celoso de lo suyo, afantasmado y casi violento, contribuye a la forja del mito. Toda esa basura David Copperfield que el piojoso de Caulfield odiaba en la obra es, en el fondo, la destrucción de la literatura de la credibilidad. Salinger, sobredimensionado, en mi opinión, no escribío La Gran Novela Americana: sólo creó un contexto para la rebeldía, un territorio fronterizo que igual servía a suicidas que a niños-bien con ínfulas de malditos. Ahora se lee con otros ojos, pero se mantiene cierta fiereza, una especie de rebeldía que casa bien con cualquier espíritu fronterizo o levantisco o declaradamente revolucionario. En una de las poquísimas entrevistas que concedió, se lee que enseñar a escribir es una cosa absurda: un ciego guiando a otro ciego. También que publicar es un acto que le distraía de la escritura. No dejó nunca de hacerlo, pero todo fue para su único deleite. Imaginemos que al menos él apreciaba su trabajo. 


Ermitaño, misógino, arisco, Salinger es una hermosa anomalía. Se arrogó la legitimidad de esconderse, pero esa voluntad acrecentó su fama. Basta que se oculte algo para que su búsqueda cancele la fortuna de encontrarlo. Solo es nuestro lo que perdimos, escribió Borges. Él es indiscutiblemente un misterio que se acrecienta, a su ya inútil pesar, a medida que esa novela suya (la única) resulte todavía una pieza antológica de la literatura universal. Que Mark Chapman llevará un ejemplar cuando abatió en la puerta del edificio Dakota a John Lennon no rebaja su mitología, ese aura de obra reverencial que continúa fascinando con la misma coherencia lírica, con el mismo asombro primitivo. La comenzó a escribir a los 22 años y la acabó diez después. No hay nada que sepamos sobre las motivaciones que lo arrojaron a ella. Tal vez convenga ese vacío biográfico. Qué importará quién escribe algo. Si lo que se desprenda de su vida variará lo que se desprende de su obra. Salinger, el invisible, es el enigma de la literatura del siglo XX. Habrá otros. Hay escritores que producen su obra sin que aflore. No existen. Esa biblioteca no será nunca revelada. El ánimo que la justifica es de naturaleza entera y caprichosamente privada. Ninguna más libre, ninguna más necesaria. 

Precipitación de la máscara


 Al fuego se le encomienda la clausura del mismo fuego; a la luz, la urgencia de la sombra. 

También la sangre revoca el tumulto de la sangre y el silencio se previene y reclama la pugna del ruido. 

La verdad es una intimidad que ha precipitado su floración en el aire.

 A la mentira le ha sobrevenido un acceso de pudor y se aprecia con más nitidez su condición de máscara.

 El espejo es una burda maquinación de la mirada. 

Mido ahora la altura de las palabras cuando se cruza un pájaro frente a mi ventana y ese afán cartesiano, más que un número, encuentra un vacío. 

A veces es inefable lo real; ni siquiera lo que no lo es se deja conmover por el ardor de las palabras.

Fuego, luz, sangre, silencio, verdad, máscara, espejo. 

La locuacidad de las horas escribe un salmo invisible. 

3.6.22

154/365 Pablo Picasso




Crear es no conformarse. También confirmarse en esa disidencia de lo previsto. Uno crea para centrarse y acaba descentrado. El arte es una indagación de la periferia de las cosas. Hay disciplinas visibles y las hay perseverantemente ocultas. Esas son las verdaderas, a poco que uno las indaga y comprende que cualquier objeto puede ser convertido en un objeto artístico. La posibilidad de que todo sea material de trabajo es el motor de quien crea. Picasso era un inconformista, un indagador, un excéntrico puro. Todo era susceptible de ser incorporado a su incansable hambre creativa. Era excesivo como autor y como persona. Una y otra consideración se entrelazan, conforman un ser indivisible: lo que uno urde se subordina a lo que el otro hace o a la reversa. Le intriga el mundo y lo observa con tal vez los ojos más desquiciados que se puedan tener. Mirar es sobre todo atreverse a mirar, dar con lo velado y extraer lo esencial, cierta compostura en apariencia invisible que forma un toro que no es deliberadamente un toro, pero que aspira a concentrar todos los toros posibles. Lo fascinante de Picasso es su osadía, ese ir abandonando aquello en lo que ya ejercía un magisterio y aventurarse a mirar de nuevo con ojos inéditos. Querría empezar cada vez. No darse nunca por satisfecho. Creer que crear es siempre un aprendizaje. El material de trabajo era la luz misma, el modo en que bañaba los objetos. Luego su cabeza componía los destellos, la cadencia cromática, la disposición novicia de las líneas, la ocupación alternativa de los volúmenes. Porque todo estaba sujeto a esa dispersión lúdica de lo mirado. Su don era ese continuo discrepar con la realidad. Su aportación al arte es esa deconstrucción feliz en la que, más que registrar en un lienzo una fugacidad o un estado de ánimo, era convenir una visión que excitara la imaginación. 


Tardé cuatro años en pintar como Rafael, pero me llevó toda la vida aprender a dibujar como un niño, dijo. Esa vehemencia inocente describe a Picasso más que ninguna otra aproximación formal y academicista, discursiva o exegética. Quiso ir hacia atrás desde que descubrió que únicamente ya podía ir hacia adelante. Ansiaba esa candidez de la infancia, todo ese limpio e inocente concurso de la pureza. Todas las etapas (azul, rosa, cubista) eran tentativas, un tránsito hacia otra cosa. Hizo lo que quiso ininterrumpidamente. Vivió como quiso con la misma intensidad. Amó sus palomas malagueñas. Amó su soledad al enfrentarse al momento bautismal en que su imaginación confeccionaba una nueva creación. Hay que ser un clásico para faltarle al respeto. Hay que pensar como El Greco o como su adorado Velázquez para renegar de ellos y reformar la pintura de su época. Hay que estar en absoluto estado de gracia para renunciar a un patrón y dejarse ocupar por lo que quiera que lo sacuda y haga brotar el genuino talento, el genio inagotable. A mí me sigue pareciendo una intromisión ver esas fotografías que tanto disfrutaba que le hicieran en las que, ataviado solo con unos calzones, pinta. Es el artista en su laberinto. No sé si la escritura puede representarse con esa logística íntima y clarificadora, un poco desafiante e impúdica.

Lo que sea el alma

 No se sabe a qué velocidad morimos. Hay por quien no pasan los años y hay quien por quienes pasan sin pudor los de todos los demás. Quienes mueren habiendo aprovechado el tiempo y habiendo visto muchas cosas muchas veces, quienes han vivido todo una triste o festiva única vez y quienes no han vivido absolutamente nada, ya sea por interrupción del suministro o por infortunio o incapacidad. Se tiene una idea rudimentaria e imprecisa de cómo se va uno muriendo. La misma de la que disponemos para razonar la velocidad con la que vivimos. Algunos, atropelladamente; otros, con morosidad, con esmero a veces. Hay hasta un inasible término medio, aséptico, neutro, gris, sin excesos ni atrevimientos, feliz a su antojadiza manera. Son más las cosas que se ignoran que las tenidas por ciertas. En esa certidumbre, sobre ese pequeño avituallamiento de verdades, se vive infinitamente mejor. La verdad es una mentira razonada. Ardo, pero no conozco el fuego, podríamos decir. Nos consumimos imperceptiblemente. No hay indicios registrables a diario. Apreciamos el desquicio de la piel o el atropello salvaje del olvido cuando vemos fotografías antiguas, advertimos las dentelladas del tiempo, pero son conceptos esquivos, de manejo oscuro. El dolor del tiempo no es tangible, no se puede medir bajo los criterios con los que valoremos todos los demás. Estamos en un desamparo terrible, si se piense esto un poco a fondo.

Del pasado se posee una impresión enteramente frágil y huidiza. Sabemos que hemos vivido porque la memoria nos restituye los datos cabales, las imágenes exactas, las emociones puntuales, pero del mismo modo aceptamos la ficción. Podríamos inferir que la vida que hemos dejado atrás es una ficción más. Que todo lo que no es ya visible ni se puede evaluar con el rigor de los sentidos no existe. Piensa uno: yo no fui a Galicia hace algunos veranos. O yo no jugué al fútbol, siendo niño, en la plaza de Zaragoza, en el Sector Sur de Córdoba. O yo no compraba discos de jazz de segunda mano en una tienda cerca de la Corredera. O yo no leí con fascinación los cómics de la Marvel. O yo no pensé en Kafka ni el Golem al pasear una noche las calles de Praga. Ninguna de esas cosas sucedieron verdaderamente. Algo me dice que sí, que ocurrieron, pero no debo fiarme de la memoria. La memoria, las más de las veces, es un juguete roto, el único del que tenemos una propiedad fiable, y no siempre. Es la misma memoria falible que altera a su antojo la vida. No sabemos nada. No tenemos registros de lo que ocupa los días y ocupa las noches de la existencia que atesoramos. Porque vivir, a pesar de todo, es un prodigio, es uno de esos tesoros inviolables, inargumentables, inasequibles al desencanto, inefables, por más que haya quebrantos que lo fracturen, por más que el olvido lo vacíe de nombres y de gestos, de lugares y de caricias.
La piel se cuartea a poco que se apremia a vivir. No tiene con qué explicar el origen de todas esas formidables arrugas que la surca. Es una travesía breve su viaje. Solo tenemos el ahora, el pasar majestuoso de las horas, no el vuelo de los años. Con lo pequeño, vivimos. En lo pequeño, estamos. Lo tremendamente grande, lo que solo se deja describir con grandes palabras y con grandes relojes, se nos escapa. Está en fuga ya en el mismo instante en que dejó de suceder. El tiempo, del que estamos hechos, es una broma estupenda, un fraude colosal, uno de esos argumentos que no comprendemos, pero que invariblemente hechizan. No sé qué fuego me quema, pero ardo. Si me lo preguntan, no sé qué es el tiempo, decían los filósofos. No me lo pregunten. No me pongan a pensar. Las cosas importantes de esta vida (el amor y la fe a la cabeza) no son asuntos del pensamiento. Los conduce el corazón. Los malogra el corazón también. Mis dudas son las comunes. Mis desvelos, los previsibles. No sé a qué velocidad mi alma modela su bienestar. No sé qué puedo hacer yo para que vaya más lento todo. Supongo que es la lentitud lo que se anda buscando en estos asuntos. A esta altura de la trama, viene bien un poco de lentitud. La ecuación se resuelve así. La incógnita, el tiempo, se despeja sin que en ningún momento se advierta excesiva pompa. Y de lo que nada sabemos, de lo que está por venir, nada digamos. No estropeemos la intriga, toda esa dulce sensación de asombro que todavía adoramos. Será el asombro el que hace que el mundo gire. El asombro fascina por lo que tiene de fantasma. Cada uno maquina los suyos: ellos nos curten, hasta nos justifican. La misma fe es una extensión prodigiosa de ese informe inventario de emociones con las que alimentamos el alma. Qué será el alma. Qué hay adentro suya que todavía no nos pertenece.

2.6.22

153/365 Carlos Sahagún

 



Yo sé lo que hay debajo de la tierra,

lo que se custodia
en la hondura torpe de su alma,
lo reservado del aire.
Para que brindemos todos juntos
y el agua brinque libre por las peñas
y la entera luz sobrevenida en el cielo
copule con las sombras en los árboles,
hay que abrir el suelo,
hay que desenterrar la esperanza.
Ahí andaba, a cubierto.
Sola y perezosa y gris.
Sin la responsabilidad del oficio 
que se le encomendó.
A salvo de la dureza del tiempo de los hombres.
Sin que la arrumbara más adentro aun
el olvido o la desgana.
Ahí la esperanza.
En esa estancia lejanísima.
Qué cabal y sordo es el abatimiento.
Es un cáncer tenue y limpio.
Va cubriendo de gris las almas
y va cerrando con tiniebla las palabras,
pero llegará el día
en que brindaremos todos juntos
y el agua festejará el paisaje
y el sol acuchillará la niebla
y saldrá a la calle la esperanza,
ella con su festín de sol,
nosotros adornados de vértigo.
La esperanza, la enterrada,
como una novia
a la que de pronto
le hubiesen estallado de pura alegría
cien hijos en el vientre.
Finge en la altura su luz
un cansancio dulce.
Allí se enturbia y adormece.
Ocupa un rastro de verdad y de clausura.
Crece sin propósito, ocupa
la breve extensión de una mirada
y se desvanece sin alboroto,
como si no hubiese existido.

1.6.22

152/365 José Agustin Goytisolo

 


Se muere a cachos, se muere uno sin percatarse de que uno se está yendo. Es la historia de siempre. La alegría iza su bandera en un costado y la tristeza planta un agujero en el otro para levantar la suya. Da miedo toda esta sórdida maquinación de las sombras. Porque tienen que ser las sombras las que nos acechan tanto. Vosotros, mis amigos, deberíais saber que, aunque estornude, soy un cadáver. Se me nota en el ancho inédito de un ojo. Lo tengo más abierto que de costumbre. Como si hurgara la luz y buscase un argumento con el que rebatirla. Me muero porque el mal me va ganando. Es el mal, oh amados míos, el que nos derrota fatalmente. Si la bondad existiera en el mundo, si no hubiese tiranos, ni ganasen las batallas los de siempre, si los tahúres vieran cómo se pudren todos los ases que esconden en la manga, si Dios estuviese más al quite y nos librase de algún quebranto, no moriríamos nunca. Lo he dicho bien claro: no moriríamos nunca. El miedo a morir predica más miedo y trae a la muerte de la mano y nos la sienta en la mesa. Ah, si todo pudiese empezar de nuevo, dije una vez. Que una pura y simple palabra abriera el mundo y sonaran las sílabas como un cántico. Dejé la militancia y me tiré al campo. Por ver si de verdad la palabra se hacía tronco y pétalo. Por escuchar la flor cuando alienta que se la libe y rezume amor en cada destello de sus colores. Y sí, la vida es bella, ya verás, como a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amores. Lo es aunque la pueble la melancolía y la ocupe el olvido. Yo llevo toda la vida pensando en cómo hacerla mía igual que el aire se arrima al pulmón y los dos se entienden. Por eso escribí versos. 


Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...